viernes, 25 de enero de 2019

“Obediencia a la autoridad”, 1973. Stanley Milgram

  El “experimento Milgram” es justamente uno de los más célebres que se han realizado en el campo de la psicología social. Acerca de tal experimento y las polémicas implicadas en él se ha escrito en libros científicos, y el mismo experimento también se ha comentado en multitud de ensayos de opinión y novelas  (y hasta hay una película). Diez años después de llevarse a cabo, el psicólogo Stanley Milgram dio una versión de las conclusiones en su propio libro.

  El origen del experimento lo encontramos sobre todo en el juicio al homicida nazi Eichmann. Éste aseguró ante los jueces que él se había limitado a obrar por mera obediencia a la autoridad.

Es viejo, viejo como la historia de Abraham, el dilema que se encierra en la obediencia a la autoridad. Este estudio no pretende otra cosa que presentar este dilema de una forma moderna, en cuanto que queda tratado como objeto de una investigación experimental, y pretende únicamente comprender dicho dilema, sin hacer juicio alguno del mismo desde un punto de vista moral.(…) El problema moral de si se ha de obedecer cuando se da un conflicto entre el precepto y la conciencia fue discutido ya por Platón, llevado a las tablas en Antígona y analizado filosóficamente en toda época de la historia

   En ningún momento Stanley Milgram pretendió cerrar la polémica al respecto, limitándose a hacer una aportación experimental a la gravísima cuestión

Es preciso ir elaborando cuidadosamente una situación [experimental] que capte lo esencial de la obediencia, es decir, una situación en la que la persona se entrega plenamente a la autoridad y no se considera ya a sí misma causa eficaz de sus propias acciones.

   Y, por supuesto, tras volver a examinar los resultados de su experimento, no puede evitar emitir su propio juicio…

Me es preciso concluir que la concepción de Arendt sobre la banalidad del mal se halla mucho más cerca de la verdad de lo que pudiera uno atreverse a imaginar (…) La adaptación de pensamiento más corriente en el sujeto obediente es, por lo que a él se refiere, el considerarse como no responsable de sus acciones.

Un 65% de los sujetos obedecieron hasta el final (…) En determinadas variaciones desobedeció un 90% de los sujetos

   Y en otras variaciones quizá hubiera desobedecido apenas un 10%...

El esfuerzo final por establecer un límite lo constituyó la condición de proximidad de tacto

   El contacto físico con la víctima desinhibe la obediencia. La lejanía (como la del piloto del bombardero que solo aprieta un botón) inhibe la desobediencia. Todo es banal, y algunos optimistas lo relacionan con la ética situacionista. Se confirma terriblemente con estudios pormenorizados sobre los grupos de ejecución de masas nazis. Y Milgram no olvida referirse a la matanza de My Lai, todavía reciente cuando escribe el libro.

   Obediencia. Milgram ve, por supuesto, el lado oscuro de la obediencia. El sujeto en estado de obediencia sufre una especie de “mutación agéntica”

No responde con un sentimiento moral a las acciones que lleva a cabo. Su preocupación moral se desplaza ahora, más bien a la consideración de lo bueno que es vivir conforme a las expectativas que la autoridad se ha forjado respecto de uno mismo. 

La consecuencia de mayor alcance de esta mutación agéntica es la de que un hombre se siente responsable frente a la autoridad que le dirige, pero no siente responsabilidad alguna respecto del contenido de las acciones que le son prescritas por la autoridad.

   Por otra parte, Jonathan Haidt es un psicólogo que ha reivindicado recientemente el lado positivo de la obediencia, incluso como una intuición moral innata (“obediencia” como “lealtad”). Al fin y al cabo, se da por sentado que los seres humanos no podrían desempeñar acciones cooperativas complejas sin una organización jerárquica.

  Y he aquí el dilema en el que Stanley Milgram, dentro de su evaluación lúcida de los resultados de “su” experimento, no se atreve a entrar: que el ideal humanista es, en esta cuestión, tan “antinatural” como en lo que se refiere a la agresividad, la pulsión sexual o la propiedad privada. ¿Es lo que hemos averiguado acerca de la “obediencia” una demostración más de que la civilización supone una lucha constante contra aspectos esenciales e innatos de la propia naturaleza humana?

    Milgram solo se atreve a sospechar que algunos condicionamientos previos de los sujetos les permiten una mayor autonomía moral frente a la presión de la autoridad.

Los católicos eran más obedientes que los judíos o protestantes. Quienes habían gozado de una buena educación eran más desobedientes que los menos bien educados. Los miembros de profesiones liberales, como derecho, medicina y enseñanza, daban muestras de una mayor desobediencia que quienes se hallaban en profesiones técnicas, como por ejemplo, ingeniería o ciencias físicas. Cuanto más prolongado era el servicio militar por uno realizado, mayor era su obediencia, excepción hecha de antiguos oficiales que eran menos obedientes que quienes habían hecho su servicio militar tan sólo como alistados, y ello sin tener en cuenta la extensión del servicio.

   Lo que falta es una iniciativa sistemática de diseño, aunque sea aproximado, de requerimientos previos a una mayor prosocialidad capaz de afrentar el peligro que supone la tendencia a ser “obediente” (y, lógicamente, también sería necesaria una clarificación acerca de si la organización jerárquica es imprescindible o no para alcanzar una cooperación eficiente). La naturaleza humana no puede cambiarse, pero sí podemos preparar a los individuos, bajo determinados condicionantes, a afrontar los dilemas morales en los que pueden verse implicados dentro de una sociedad compleja.

   Tengamos en cuenta que los “malos”, ya son hábiles en el sentido de estimular las tendencias antisociales cuando esto supone una ventaja para un determinado acto social, tenga éste que ver con el poder del Estado, el interés de una facción política, la acometividad militar o el mundo del crimen organizado. Todas las ideologías que propagan el odio étnico, por ejemplo, predisponen al desarrollo de pautas de la conducta en un sentido de deshumanización. No basta con ser “obediente” en general, has de estar predispuesto, en alguna medida, a serlo en el sentido que conviene a cada jerarquía en particular. Y a ello contribuyen muchas y bien conocidas estrategias.

Atribuir una cualidad impersonal a fuerzas que son, tanto en su origen como en su ulterior subsistencia, esencialmente humanas. 

El lenguaje comienza a verse dominado por eufemismos, no por razones frívolas, sino como un medio de proteger a la persona contra las implicaciones morales totales de sus actos.

Una devaluación sistemática de la víctima nos otorga una medida de justificación sicológica del tratamiento brutal de la víctima

  La ideología, por su parte, crea la base del planteamiento de que “el fin justifica los medios”. Las autoridades son reconocidas como tales en buena parte porque representan el mensaje ideológico predominante en una sociedad.

La ideología, un intento de interpretar la condición del hombre

    Milgram  subraya el papel destructivo de la autoridad mientras que no le ve el papel positivo y se muestra escéptico en tanto al poder de la ideología en un sentido opuesto al de la autoridad (es decir, una ideología contraria a la obediencia y que promueva la autonomía moral). Teme, por ejemplo, que la misma ciencia pueda convertirse en una fuente de malignidad dentro de estructuras de autoridad. Al fin y al cabo, así plantearon el experimento en el contexto de una sociedad en particular (la norteamericana de 1961) que era muy respetuosa y aún admirativa con todo lo que tuviese que ver con la ciencia, la educación y el progreso.

La idea de ciencia, así como su aceptación como una empresa social legítima, nos procura la justificación ideológica (…) El experimento queda presentado ante nuestros sujetos de una manera que acentúa sus valores humanos positivos: aumento del conocimiento acerca de procesos de aprendizaje y memoria.(…) En contraste con ello, los objetivos que perseguía la Alemania nazi eran en si moralmente rechazables, y como tales fueron reconocidos por muchos alemanes

   Aquí el autor se equivoca, pues tanto el nazismo como el marxismo soviético partían también de planteamientos supuestamente científicos. Muerto Dios, la ciencia suponía ya a primeros del siglo XX el suelo firme ideológico que garantizaba una moralidad superior (la honestidad de la ciencia, basada en evidencias comprobables). El darwinismo racial de los nazis y el cientificismo social y económico de Marx suponían un fuerte apoyo ideológico para la autoridad.

  ¿Siempre estaremos en manos de la manipulación ideológica?, ¿no hay una salida al maligno “el fin justifica los medios”?

  Quizá pueda construirse una ideología benevolente que se asentara en la conducta ética. Ésta no podría ser manipulada con tanta facilidad. La opinión de Milgram al respecto es que

La cultura ha fracasado, casi de lleno, en inculcar controles internos sobre las acciones que tienen su origen en la autoridad.

   Sin embargo, pueden hacerse progresos si determinamos una serie de metas de prosocialidad coherentes. La obediencia a la autoridad hemos de considerarla como un hándicap más contra la prosocialidad, a sumar a otros como la agresividad, la pulsión endogrupal, la pulsión sexual, el egoísmo o los casos de psicopatía.

  Para empezar, no hemos de tener en cuenta los efectos positivos de la autoridad: son prescindibles si desarrollamos más la alternativa de la autonomía del individuo, ya que la autonomía moral ha de ser la misma que puede permitir también una organización social eficiente sin autoridad, dado que las tendencias sociales del mundo de hoy ya muestran que ambicionamos alcanzar una mayor capacidad para tomar nuestras propias decisiones en armonía con las de nuestros semejantes. Y no basta con no tener autoridad en el sentido emocional del término: ha de evitarse el mero planteamiento de “el fin justifica los medios”. La prosocialidad puede ser también una forma de vida y, por tanto, medio y fin al mismo tiempo, de manera que cualquier proceso de acción humana en cooperación se hallaría supeditado a los fines humanistas y no podría ser manipulado por “el fin justifica los medios”. No si las metas sociales son coherentes con los medios.

   Nuestra forma de vida actual está plagada de planteamientos autoritarios, jerárquicos, agresivos y competitivos. Una cultura de autonomía moral habría de ser también una cultura de empatía y benevolencia. Los dilemas éticos que pudiesen surgir no hallarían respaldo en ideología alguna, y ninguna acción tiene por qué quedar fuera del control de la autoridad moral.

   Una vez establecida la meta podemos esbozar los medios por los que llegar a ella. Después, solo quedará el largo y complejo proceso de “prueba y error”, siempre asentado, a nivel de la psicología individual, en una simbología ética con efecto emocional que a su vez esté informada por la ciencia.

martes, 15 de enero de 2019

“La mujer que nunca evolucionó”, 1981. Sarah Hrdy

   Hace ya algunos años, la bióloga Sarah Hrdy decidió emprender un estudio de la evolución humana desde una perspectiva alejada de los prejuicios patriarcales.

[En el pasado] se ha asumido que los hombres están por naturaleza mejor equipados para conducir los asuntos propios del avance de la civilización y las mujeres están para perpetuar la especie; que los hombres son los miembros racionales activos de la sociedad, y las mujeres son meramente pasivas, fecundas y cuidadoras.

   El feminismo llegaba a su apogeo por entonces (ya era fenómeno de masas, vinculado al triunfo mundial de las libertades) pero corría también el peligro de descarriarse y hacerse incompatible con los avances científicos.

El ideal feminista de un sexo menos egoísta, menos competitivo por naturaleza, menos interesado en el dominio, un sexo que nos llevaría de nuevo a “la era dorada de los reinados de mujeres, cuando la paz y la justicia prevalecían en la tierra”, es un sueño que puede no estar bien fundamentado

Hay poco que ganar con los contramitos [opuestos al mito de la inferioridad femenina] que enfatizan la inocencia natural de la mujer en cuanto al gusto por el poder, [así como] su cooperatividad y solidaridad con otras mujeres. Tal mujer nunca evolucionó entre los otros primates. Incluso bajo condiciones más favorables  para el alto estatus de las hembras –monogamia y hermandades femeninas fuertemente vinculadas- la competición entre las hembras es un hecho en la existencia primate. En un número de casos, lleva a la opresión de algunas por otras: en otros casos, la competición entre hembras ha frenado la emergencia de la igualdad con los machos

  Para Hrdy el contramito de la mujer como benevolente cooperadora frente al macho agresivo y destructor no solo no es coherente con lo que muestra la observación científica, sino que podría ser cómplice del prejuicio patriarcal que ya afectó a los primeros biólogos varones. El prejuicio caballeroso –la mujer, como imagen de la maternidad, la benevolencia y la vida- no solo dificulta la integración de la mujer en la sociedad, sino que puede ser una contradicción en el discurso feminista.

   Por supuesto, Darwin, hombre del siglo XIX, no podía dejar de ser vulnerable al prejuicio.

La versión darwiniana de la selección sexual (…) daba por sentado que los machos evolucionan para ser “ardientes” y las hembras “retraídas” (…) Los hombres están programados para buscar la novedad sexual, mientras las mujeres buscan una relación estable con un hombre que ayude a su descendencia

  Es decir, que según Darwin y los biólogos que le sucedieron, los machos compiten ferozmente por las hembras que permanecen pasivas. Esta pasividad de la mujer –de la hembra- es el gran peligro.

La “mujer que nunca evolucionó” de mi título no es solo una crítica implícita a los estereotipos sobre la naturaleza femenina que nos lega una época anterior de la biología evolutiva. También es una heroína para el futuro, la mujer en la que “muchas de nosotras aún puede convertirse” –pero solo con perseverancia y una gran cantidad de autoconciencia

   Esta “mujer que nunca evolucionó” es la hembra que se observa en el comportamiento de nuestros cercanos parientes simios. Y no es pasiva, sino activa, influyente y competitiva.

Nunca comprenderemos adecuadamente las causas presentes de la asimetría sexual en nuestra propia especie hasta que comprendamos su historia evolutiva en las líneas evolutivas de las cuales descendemos

   El libro dedica muchas páginas a las descripciones de la vida de los primates:

Los primates no están totalmente encerrados en un patrón de dominancia masculina

La competición entre hembras es central en la organización social de los primates (…) [Pero] los persistentes conflictos entre las hembras son con frecuencia más sutiles [que los protagonizados por los machos]

  También se aborda, por supuesto, lo que se sabe de la vida de la mujer “en estado de naturaleza”, es decir, el Homo Sapiens hembra en la forma de vida previa a la civilización.

[Entre las] concepciones erróneas en esta visión de la sexualidad extremadamente centrada en el varón [se encuentra] la asunción de que todas las mujeres en un estado natural –a diferencia de los varones- generan descendencia casi al nivel de su capacidad reproductiva. (…) [Muy al contrario,] las mujeres difieren en fertilidad. Quizá más importante es el hecho de que la mortalidad de los hijos no maduros –que siempre ha sido alta- varía de madres a madres

El 52% de una cohorte de mujeres [en una sociedad tradicional en concreto] no lograba tener ningún hijo. Un 5% adicional no tenía ningún nieto

  En un principio del estudio de la evolución, la idea darwiniana originaria tenía su lógica: en la naturaleza, en permanente lucha contra un entorno hostil, debe maximizarse la reproducción, de modo que la hembra ha de poner todas sus energías exclusivamente en la concepción, parto y crianza de la prole a fin de asegurar el éxito de la especie. Pero puede interpretarse en sentido contrario lo que se nos cuenta de muchas mujeres “primitivas” que no logran reproducirse. Es decir, siempre parece que el macho alfa tiene una gran ventaja sobre los otros machos en lograr una mayor descendencia en un universo formado por mujeres receptoras y que su éxito en dejar descendencia depende exclusivamente de que venza la competencia de los otros machos, pero parece que también hay hembras que son perdedoras frente a otras hembras y que como consecuencia de esto no dejan descendencia…  Esto implica que no solo los varones luchan contra otros varones por elegir mujeres: también las mujeres compiten contra otras mujeres... para ser elegidas o tal vez para elegir también ellas de alguna forma más sutil.

   Y aquí entra la llamada “cuckoldry theory” (o “estrategia combinada”): hembras que manipulan a los machos para conseguir las mejores prestaciones para su descendencia en sus dos fases diferenciadas de concepción y crianza. Un macho puede proporcionar la mejor semilla para que el descendiente sea más capaz de sobrevivir y prosperar… pero otro macho puede proporcionar la mejor asistencia a la hembra en la crianza del descendiente. De modo que lo ideal sería conseguir a toda costa la semilla más valiosa de un macho incluso aunque éste no sea el más adecuado –o el más dispuesto- a prestar la asistencia al descendiente, por lo cual, considerando que ningún macho quiere cuidar del descendiente de otro, lo indicado es engañar a un segundo macho –más dispuesto y capaz para asistir en la crianza- haciéndole creer que el descendiente al que ayuda a cuidar es suyo.

Los antropólogos están comenzando a identificar a las madres tanto en las sociedades tradicionales como modernas que emplean las relaciones sexuales con varios hombres para ayudar a conseguir recursos para su descendencia (…) En las culturas humanas, el matrimonio poliándrico en el sentido formal es extremadamente raro, pero informalmente todo lo que va de compartir esposas a padres secuenciales o adulterio no es nada raro

  Esta teoría sobre la conveniencia evolutiva del engaño y el adulterio tiene su peligro, pues abunda en viejas leyendas misóginas, pero, en realidad, no es menos digna de consideración que otras.

Dos idealizaciones conflictivas –las mujeres como castas, pasivas, inocentes, y las mujeres como poseedoras de una peligrosa sexualidad- siempre han dominado los juicios históricos sobre la naturaleza femenina. Tensiones similares caracterizan las creencias en muchas sociedades tradicionales, preliterarias.

  Otro elemento a considerar es el del orgasmo femenino, muy de actualidad en la época en que Hrdy escribía su libro

La falta de un propósito obvio ha dejado el camino libre a que tanto el orgasmo femenino como la sexualidad femenina en general sean desdeñados como “no adaptativos”, “incidentales”, “disgénicos” o adaptativos solo en tanto que proporciona un servicio a los machos (…) La clave de la copulación, señalan la mayor parte de los biólogos, es la inseminación. Debido a que la hembra solo necesita ser inseminada una vez para alcanzar el embarazo, parecería que tendría poco incentivo para obtener sucesivas copulaciones y ninguna cuando ella no está ovulando

  El estímulo del orgasmo para que la mujer busque más relaciones con varones mostraría una iniciativa sexual de la mujer que no estaría centrada en la reproducción ni en la mera pasividad a la espera de que intervenga el macho dominante. La hembra puede utilizar el sexo como medio de relación social, para construir alianzas y lograr mejoras en sus propios intereses.

  En suma, Sarah Hrdy ve a una mujer competitiva, activa y capaz de participar en la evolución por su cuenta. El mensaje a la sociedad contemporánea es que se desconfíe de las utopías femeninas –que en el fondo estarían basadas en ciertos prejuicios- y que se postule una participación plena en la sociedad, ya que las mujeres no son tan diferentes a los varones.

  Por otra parte, hay una consideración que la señora Hrdy no hace y que, por lo visto, tampoco nadie más hace en el marco de la psicología evolutiva: partiendo de que cada vez parece más cierto que se ha producido una autodomesticación del Homo Sapiens para adaptarlo –adaptarse a sí mismo- a la forma de vida propia del prolongado periodo neolítico (agricultura, ganadería y jerarquías patriarcales), no se tiene en cuenta que la posición subordinada de la mujer como madre y esposa en ese tipo de sociedades habría de llevar necesariamente a una domesticación diferenciada de la mujer por el hombre, al ser la primera seleccionada por el segundo de modo que cumpla mejor sus funciones específicas dentro del sistema socioeconómico de la civilización agropecuaria patriarcal. Funciones que, de la misma forma que sucede con perros, caballos o vacas, implican una preferencia acentuada por pautas de conducta como la obediencia, la inocuidad, la moderación sexual y la productividad.

  Si esto hubiera sucedido así, si la civilización agraria hubiese modificado significativamente las pautas innatas de comportamiento de la mujer a lo largo de miles de años de selección de “buenas esposas y madres”, ello quizá explicaría algunas diferencias de conducta entre hombres y mujeres que parecen bastante sorprendentes, como la mucha menor agresividad, la mayor capacidad para la empatía y la posible “plasticidad erótica” femenina. Recordemos que el estudio de la señora Hrdy –hoy un tanto alejado en el tiempo- se refiere a hembras y mujeres en el medio natural y no considera una posible domesticación dentro de un entorno civilizado que se ha prolongado durante cientos de generaciones.

sábado, 5 de enero de 2019

“La verdad sobre la confianza”, 2014. David DeSteno

  Para asegurar la propia supervivencia (y asegurar su reproducción) los seres vivos necesitan bienes y servicios. Los animales sociales –como Homo Sapiens- los obtienen en buena parte de la cooperación, es decir, del trabajo común para beneficio de todos y de cada uno: trabajamos juntos y luego nos lo repartimos, lo cual es mucho más eficiente que si cada uno intenta hacerlo todo por su cuenta. Pero, a pesar de que el reparto implica una determinada objetividad en las proporciones ¿no va en el interés propio el engañar a los demás para quedarnos con todo lo que podamos en lugar de solo una pequeña parte? Por lo tanto, si a todos nos guía el interés particular, es de esperar que todos seremos cooperadores renuentes y poco fiables.

  Pero si no hay confianza, no tiene sentido la cooperación.

La confianza implica  (…) un delicado problema centrado en el equilibrio entre dos deseos dinámicos y con frecuencia opuestos- un deseo porque algún otro satisfaga nuestras necesidades y el deseo de éste de satisfacer las suyas (…) [La confianza] es acerca de intentar predecir lo que hará alguien basado en intereses y capacidades en conflicto. En resumen, es acerca de jugar con tu habilidad para leer la mente de alguien, incluso si ese alguien es tu yo futuro.

El dilema [del prisionero] (…) captura la esencia de los intercambios inherentes a muchas decisiones para cooperar cuando muestra cómo la lealtad puede llevar a mejores resultados que el simple interés propio

  Si la desconfianza entorpece la cooperación, y la honesta cooperación resulta tan beneficiosa ¿por qué la naturaleza no nos ha dotado de mayor capacidad para averiguar en quién confiar y para ser, a la vez, dignos de confianza?

  Una posible explicación es que, por una parte, la desconfianza ya es habitual en muchos animales sociales por el mero hecho de que el egoísmo y la correspondiente capacidad para el engaño también son habituales; pero, por otra parte, en el caso del ser humano civilizado el problema empeora porque, siendo Homo Sapiens un ser que, en estado de naturaleza, vivía en pequeños grupos (de poco más de cien integrantes de promedio), el engaño no era fácil en un principio, coexistiendo en tan pequeñas comunidades en las que todo el mundo se conoce, una especie de familia extensa. Ha sido después, cuando hemos formado enormes comunidades de personas anónimas, cuando nos hemos encontrado con los mayores problemas al contarse con más posibilidades de llevar a cabo engaños con éxito.

   La evolución social ha tratado por encima de todo de extender la confianza…

Si realmente quisieras evitar los riesgos inherentes a confiar en otra gente beneficiándote de la cooperación, hay un solo camino: transparencia. Si pudieras de forma efectiva verificar las acciones de otro, los riesgos, por definición, se hacen más bajos
   
   Y confiar no solo consiste en confiar en la honestidad de otros, porque tal vez los otros sean honestos, pero incompetentes… o tal vez nosotros mismos cambiemos y no estemos en el futuro a la altura de nuestros compromisos de cooperación actuales.

  Necesitamos encontrar un medio para averiguar cuándo podemos confiar en otras personas y en nosotros mismos. La primera tentación es la de establecer criterios de confianza a simple vista.

Los científicos han estado décadas buscando marcadores de confianza en el cuerpo, rostro, voz, escritura y demás, todo con poco resultado

   Esto no quiere decir que tales marcadores no existan en alguna medida y que no tengan utilidad. Lo que sucede es que son mucho menos fiables de lo que creemos.

   Históricamente, el mayor control de confianza que hemos podido utilizar ha sido el de la reputación. Confiamos más en aquellos de quienes tenemos constancia que han tenido una conducta más cooperativa en el pasado.

  [Dentro del “dilema del prisionero iterativo” la estrategia] ”toma y daca” quiere decir exactamente eso: comienza portándote bien pero después adecúa tu conducta a la de tu asociado. Si se porta bien, pórtate bien en el siguiente turno. Si no lo hace, entonces no lo hagas tú en el siguiente turno (…) A diferencia de una estrategia que asume que la confianza rota debería siempre llevar a la represalia, “toma y daca” permite que un socio sea redimido por su voluntad de cooperar de nuevo

  Ésta es considerada la mejor estrategia en teoría de juegos, pero la vida real es algo más complicada.

Alguien ha de prestarse a tomar el riesgo en ser el primero en invertir dinero, tiempo u otros recursos, esperando que en el futuro su socio mantendrá el trato hasta el fin (…) Resolver este problema de compromiso es uno de los dilemas centrales de la vida humana

Los cooperadores intentan encontrar códigos secretos para identificarse unos a otros, y los tramposos intentarán quebrar el sistema obteniendo las contraseñas

  La transmisión cultural ha permitido que algunas pautas de conducta que despiertan mayor confianza se vayan extendiendo de forma que valga la pena seguirlas, lo que permite que nos expongamos menos a las decepciones habituales cuando nuestra elección del primer movimiento es errónea. No hay duda de que algunas sociedades nacionales son más fiables que otras. Por otra parte, la subcultura del mundo de la delincuencia –en cualquier lugar del mundo- muestra unos niveles mucho más bajos de confianza, lo que les lleva a numerosas reyertas. Por lo tanto, algunos resultados se van consiguiendo en la evolución social, averiguaciones acerca de lo que es eficaz a la hora de crear sistemas sociales de confianza.

  Algunas estrategias son muy antiguas y siguen teniendo validez.

Cualquier tipo de sutil marcador de similaridad que enlace a dos personas sirve para incrementar dramáticamente su voluntad de ayudarse unos a otros 

   Está el famoso experimento de modificar fotografías para que se parezcan a nosotros mismos: automáticamente sentimos más confianza por quienes guardan ese parecido con nosotros. Similitud equiparable a la que suele darse entre parientes, que guardan cierto parecido de rasgos faciales. Pero no se trata solo de los rasgos faciales: la ropa, los adornos, todo tipo de similitudes externas tienen esa capacidad estadística de influir en la confianza.

  Más complejo es lo que sucede con las congregaciones religiosas, que aumentan los niveles de confianza recurriendo a elaborar todo tipo de marcadores externos, pero que también van más allá y ponen controles onerosos que afectan intelectual y emocionalmente: compartir una fe, unos rituales exigentes e impactantes, así como el conocimiento complejo de unas escrituras sagradas son características identitarias complejas que permiten pautar algunas variedades de conducta ética y a la vez son exigentes de un cierto esfuerzo. Valen la pena porque se hace mucho más difícil el fingimiento. Hasta los servicios secretos norteamericanos suelen preferir a creyentes mormones como agentes estadísticamente más fiables.

  Por otra parte, da la impresión de que DeSteno se equivoca en dar por sentada la persistencia de la incertidumbre: nos asegura que nadie es de fiar, que todo depende de las circunstancias o que la confianza que se crea se ve forzada por condicionantes accesorios (la similaridad aparente entre individuos, por ejemplo).

El mejor posicionamiento sobre la confianza (…) descansa en los intentos de inferir las motivaciones de una persona en cada momento, no en la presencia o ausencia de una etiqueta fija

   Lógicamente, inferir las motivaciones de cada persona en cada momento y circunstancia no es tarea fácil. Ni práctica…

De la misma forma que los supuestos santos pueden convertirse en pecadores, los supuestos pecadores pueden convertirse en santos. En otras palabras, la redención del engaño habitual es posible si uno comprende las fuerzas internas y externas que habitan la confianza

    Ahora bien, esto puede interpretarse como que implica que no se trata tan solo de la confianza que nos despierta un sujeto en particular (y sus circunstancias). La actitud del actuante puede ser modificada (las fuerzas internas y externas que habitan la confianza) hasta el punto de que dé por resultado un comportamiento más o menos digno de confianza bajo cualquier circunstancia. Era lo que veíamos con las religiones y más probablemente aún con la combinación de condicionantes culturales complejos. Si los suizos son más fiables no se debe al clima de montaña (los afganos no tienen fama de fiables) sino a una suma de condicionantes religiosos, legislativos, históricos y económicos.

  Naturalmente uno no puede elegir ser suizo o afgano. Ni tampoco es tan fácil elegir ser calvinista o hinduista. Más bien la fiabilidad de los suizos, los calvinistas o los doctores en Medicina es un subproducto cultural. ¿Cómo podríamos construir deliberadamente un sistema de condicionantes culturales que afecte las fuerzas internas y externas que habitan la confianza?

  DeSteno da un ejemplo que puede parecernos frívolo, pero que también es muy indicativo.

La razón por la que [los swingers] normalmente no están celosos es porque continuamente trabajan en construir la confianza y la fiabilidad con su pareja a largo plazo mediante el reforzamiento de la idea de que el sexo fuera de su relación primaria es solo una forma diferente de recreación

  Por supuesto, el swinging sigue siendo una práctica arriesgada que exige una gran preparación psicológica (o quizá una peculiar constitución psicológica), pero no es más difícil que la castidad de un sacerdote católico o la incorruptibilidad de un juez. Es algo que ha de trabajarse porque, ciertamente, es tan antinatural como lo son también la mayor parte de las exigencias de la cooperación y la prosocialidad. Ahora bien, los swingers  cuentan con una ventaja: el incentivo es el placer sexual. Nunca ha de perderse de vista que todo individuo ha de obrar no tanto en función de su pensamiento lógico o de la conveniencia social, sino en función de sus motivaciones individuales. Coordinar tales motivaciones personales con un interés común es un elemento fundamental a la hora de encontrar estrategias de cooperación.

Armado con una mejor comprensión de las claves no verbales que realmente son significativas y los factores situacionales que realmente importan, la exactitud al decidir en quién confiar sería mejorada de forma decisiva

   El libro de DeSteno no nos da ningún truco infalible para aprender a confiar en las personas, pero nos procura advertencias sensatas a fin de que se desarrollen estrategias completamente racionales al respecto. Como siempre, en lo que a deducir estrategias psicológicas se refiere, el voluntarismo nunca es la solución. No basta con proponerte ser fiable a la hora de que los otros confíen en ti, o proponerte ser más racional a la hora de juzgar a los que quieren ser considerados algo tan conveniente como individuos de gran fiabilidad.

  En cambio, podemos tomar el camino de evaluar las circunstancias que harían posible la fiabilidad y podemos asimismo hacer un seguimiento lo más atento e innovador posible de los viejos  marcadores de fiabilidad conocidos de siempre pero en los que siempre puede profundizarse (palabras, gestos…). Por otra parte, podemos emprender estrategias a largo plazo que nos permitan evitar los inconvenientes que nos harían menos fiables, como un aprendizaje de nuestros propios defectos en la vida social o, mejor aún, comprometernos en una estrategia ambiciosa de mejora del comportamiento en ese sentido. Y nunca hemos de perder de vista la necesidad de definir nuestras motivaciones personales.