Este es un libro con una fuerte carga ideológica en la que confluyen el animalismo, el vegetarianismo, el ecologismo, el nihilismo, la lucha de clases y la reivindicación del buen salvaje. Significativo de nuestra época, sin duda. La autora, Christine Webb, por otra parte, es una prestigiosa primatóloga.
El argumento principal de El Mono Arrogante es que el excepcionalismo humano —también conocido como antropocentrismo o supremacía humana— es la raíz de la crisis ecológica. Esta mentalidad generalizada otorga a los humanos una sensación de dominio sobre la naturaleza, sintiéndose ajenos a ella y con derecho a mercantilizar la Tierra y otras especies para su propio beneficio exclusivo. (Capítulo 1)
El excepcionalismo humano se remonta a la antigüedad clásica y al surgimiento de la tradición religiosa judeocristiana. Ha sido formalmente codificado y amplificado en toda la cultura occidental por otros movimientos, como la Ilustración, el colonialismo imperial, el capitalismo y la Revolución Industrial. Pero quizás lo más preocupante es que el excepcionalismo humano también ha permeado las ciencias y, por ende, la forma en que muchos de nosotros comprendemos y nos relacionamos con la naturaleza hoy en día. Más que cualquier otra ideología, esta fuerza omnipresente atraviesa todo el espectro político, moldeando la economía industrializada global actual y dejando a su paso numerosos problemas. La visión antropocéntrica del mundo crea jerarquías entre los humanos y la «naturaleza». Pero (…) también perpetúa jerarquías entre los propios humanos: ricos sobre pobres, blancos sobre personas de color, hombres sobre mujeres, etc. Esta Gran Cadena del Ser se ha utilizado para excluir sistemáticamente a ciertas clases humanas y al resto de la vida de la autodeterminación, la capacidad de acción, la dignidad y mucho más. Desmantelar estas jerarquías es quizás el mayor desafío de nuestro tiempo. (Capítulo 10)
Se trata de una ideología que se enfrenta a otra ideología, y que, además, se hace desde la perspectiva de la ciencia… a la que, por otra parte, se niega la neutralidad.
Uno de los mayores mitos dentro de la ciencia occidental es que es inmune a la influencia cultural. (Capítulo 9)
Sin embargo, la ideología animalista a la que se adhiere la señora Webb resulta sospechosa, pues se intenta equiparar humanismo y animalismo… y ni se menciona el componente nihilista y sectario del animalismo (demostrado, por ejemplo, por ciertas iniciativas nazis).
La scala naturae organizaba toda la materia y la vida en la Tierra en una estructura jerárquica. (…) Aristóteles basó su sistema de clasificación en diversas características que observaba en el mundo natural. Por ejemplo, sostenía que todos los animales y plantas pueden crecer y reproducirse, lo que los hacía superiores a los minerales. Sin embargo, aparentemente solo los animales pueden moverse y percibir, lo que les otorga primacía sobre las plantas. Según Aristóteles, solo los humanos estaban dotados de la capacidad de pensar racionalmente, lo que nos situaba en la cima de la jerarquía (…) [Aristóteles escribió que] si la naturaleza no crea nada incompleto ni en vano, la conclusión lógica es que ha creado a todos los animales para el beneficio del hombre (Capítulo 3)
La escala natural y la Gran Cadena del Ser son también escaleras de desencarnación (donde quienes están en la cima son mente y espíritu puros, mientras que quienes están en la base son cuerpo y materia puros). (…) La noción de que nuestros cuerpos no importan está profundamente arraigada en el excepcionalismo humano y en una profunda lucha con nuestra propia «animalidad». (Capítulo 7)
Estas son observaciones valiosas aunque las conclusiones resulten discutibles.
Aristóteles y los grandes sabios al diferenciar entre animales y humanos crean el humanismo, y es probable que si se hubiera continuado la equiparación entre humanos y no humanos el resultado habría sido el contrario del que asegura la autora ("hemos excluido a ciertos grupos de la consideración moral y justificado su maltrato"), ya que, al no diferenciar a los otros humanos de los animales (deshumanizarlos) el efecto sería perpetuar entre los humanos las relaciones de dominio y explotación que son habituales en la vida animal no humana. Identificar al ser humano con el portador del alma inmortal (excepcionalismo) fue un paso gigantesco en el progreso social porque garantizó la igualdad, cuando menos ideal, entre todo tipo de individuos humanos. Esto, evidentemente, sí es cierto que tuvo consecuencias en cuanto a nuestras relaciones con los animales no humanos.
La opuesta tesis de la autora (que el excepcionalismo humano es lo que lleva a dar diferente tratamiento a diferentes categorías humanas jerarquizadas) resulta poco comprensible porque la división de los animales no humanos en especies en constante competición es el modelo por defecto. Para un cazador-recolector puede no haber gran diferencia entre cazar un ciervo o a un humano extranjero. Para que llegue a existir la categoría de “semejante” es preciso que identifiquemos “lo humano” como algo específico y bien diferenciado de los animales no humanos.
A medida que nuestra capacidad para explorar la naturaleza con herramientas y tecnología crecía, también lo hacía la creencia de que los seres humanos eran la fuente de todo conocimiento y valor (una visión ampliamente conocida como humanismo). El dominio humano del mundo natural era vital para el continuo desarrollo del progreso humanista. (Capítulo 3)
Toda especie animal requiere de ejercer cierto “dominio” sobre el medio en el que desarrolla su ardua tarea de crecer y reproducirse. El humano civilizado acaba descubriendo que “todos los hombres somos hermanos” y en consecuencia actúa de forma coordinada y eficiente extrayendo recursos del medio para el bien común, lo cual puede suponer desequilibrios ecológicos… igual que sucede cuando un depredador no humano llega a una isla desierta donde no encuentra oponentes ni presas capaces de desarrollar estrategias de protección.
Por otra parte, no se encuentra en este libro un razonamiento por el cual el animalismo no pueda evolucionar hasta el antihumanismo, con todo lo que conlleva. Más bien aparecen indicios de lo contrario.
Debemos empezar a reducir nuestras ambiciones tecnológicas, nuestro compromiso ciego con el atractivo del progreso. (Capítulo 10)
La competencia y la cooperación son fuerzas impulsoras de la evolución. No se trata de priorizar una sobre la otra (Capítulo 8)
Sin ambición tecnológica, la cooperación humana carecería de sentido al optarse por una voluntaria ineficacia económica. El “atractivo del progreso” puede interpretarse de muchas formas… pero su rechazo supone una limitación irracional a la cultura tecnológica. Y no diferenciar entre “competencia y cooperación” relativiza las metas civilizatorias: los no humanos viven ciertamente en esta dinámica ambigua… pero el humano civilizado aspira a que todo sea cooperación y nada nos fuerce a la competencia, ya que con una cooperación ilimitada contaremos con recursos ilimitados y entonces la competencia carecería de sentido.
Una y otra vez, los grupos humanos no blancos, no occidentales y otros que se desvían del prototipo dominante son caracterizados como carentes o deficientes en refinamiento, cultura, racionalidad, autocontrol y moral, dependientes del instinto y no de la razón, y más tolerantes al dolor (Capítulo 3)
En realidad, es el concepto de “ser humano” el que permite que todos los seres humanos sean tratados dignamente y se active la empatía con respecto a todos ellos. Extender el concepto de “humano” a los no blancos, no occidentales, a las mujeres, a los pobres, solo es posible al crear ese concepto abstracto excepcional sobre el que opera el “humanismo”. Aplicar a los humanos los criterios de comportamientos animales llevaría, por ejemplo, a maltratar a las hembras de forma sistemática, como hacen los machos chimpancés. La “deshumanización” solo puede producirse después de que se haya creado el concepto –excepcionalista- de “lo humano”.
Cultivar vínculos con otras especies también fortalece nuestras relaciones humanas (Capítulo 7)
La demostración de que el animalismo lleva a los comportamientos de empatía y compasión entre humanos no es nada convincente.
[En varios] estudios realizados (…) los participantes leyeron editoriales de periódicos que enfatizaban las similitudes o diferencias entre humanos y animales. Quienes aprendieron sobre las similitudes entre humanos y animales reportaron menor prejuicio contra los inmigrantes y otros grupos humanos marginados que los participantes que aprendieron sobre la división entre humanos y animales. (Capítulo 3)
Esto hace referencia al comportamiento compasivo: el que empatiza con el diferente (humano o no humano) mantiene esta tendencia en todo caso.
Con todo, la posición animalista aporta muchas afirmaciones lúcidas.
No se puede comprender con precisión a otras especies, y mucho menos valorarlas, si partimos de la pregunta de cuánto se parecen a nosotros (Capítulo 5)
En 1789, Jeremy Bentham, fundador del utilitarismo, afirmó que la cuestión crucial sobre el estatus moral de los animales no es "¿Pueden razonar?" ni "¿Pueden hablar?", sino "¿Pueden sufrir?". (Capítulo 6)
Y entre estas aportaciones hay algunas que nos presentan posibles nuevas cuestiones futuras.
La opinión generalizada de que las plantas no son inteligentes porque carecen de sistema nervioso se denomina a veces «neuroexcepcionalismo»(Capítulo 6)
La referencia a lo neural tiene que ver con que muchos animalistas partidarios de la perspectiva de la sintiencia contabilizan las neuronas como prueba empírica de la sensibilidad para el dolor y lógica exigencia para la actuación altruista al respecto.
Si aceptáramos la posibilidad de la inteligencia vegetal y la investigáramos sin prejuicios antropocéntricos, podríamos sorprendernos con lo que descubrimos (Capítulo 6)
¿Qué relevancia tendría para el Homo sapiens la existencia de una inteligencia vegetal? ¿Qué valoración pueden hacer los vegetales de su propia condición inteligente y de su posible no excepcionalidad con respecto a los humanos? Difícilmente este tipo de pensamientos pueden llevarnos a otra parte que a planteamientos misticistas –no muy científicos- por el estilo de la hipótesis Gaia… que es mencionada varias veces en este libro.
Lectura de “El mono arrogante” en Penguin Random House 2025; traducción www.onlinedoctranslator.com