domingo, 5 de julio de 2020

“La paradoja de la bondad”, 2019. Richard Wrangham

Comparados con otros primates, practicamos niveles excepcionalmente bajos de violencia en nuestras vidas cotidianas y sin embargo alcanzamos promedios de muertes violentas excepcionalmente altos en nuestras guerras. Esta discrepancia es la paradoja de la bondad (Capítulo 1)

Algunas especies animales son relativamente no competitivas, algunas relativamente agresivas, algunas las dos cosas y otras ninguna de ellas. La combinación que hace extraños a los humanos es que somos a la vez intensamente calmos en nuestras interacciones sociales cotidianas y sin embargo en algunas circunstancias somos tan agresivos que hasta podemos matar. (Introducción)

Tenemos una baja propensión a la agresión reactiva y una alta propensión a la agresión proactiva (Capítulo 13)

  Para el eminente primatólogo Richard Wrangham, al hacerse la distinción entre “agresión reactiva” –la que se hace como consecuencia de no reprimir la ira- y “agresión proactiva” –la que es fruto de una deliberación con un interés particular-, resulta que somos muy capaces de reprimir nuestra ira y a la vez muy capaces de urdir conspiraciones letales para nuestros semejantes.

   Somos hoy más pacíficos que en el pasado, y de hecho no tenemos aún límite a la vista en lo que se refiere a nuestra capacidad para ser pacíficos. Wrangham considera que esta peculiar naturaleza  propensa a la vida pacífica es consecuencia de un largo proceso de autodomesticación… que a su vez solo ha podido realizarse mediante acciones agresivas conspirativas –ejecuciones- contra los que llamaríamos “elementos antisociales”.

La hipótesis de la ejecución (…) propone que la selección contra la agresividad y a favor de una mayor docilidad llegó de la ejecución de los individuos más antisociales (Capítulo 7)

La ejecución de los machos alfa seleccionó en contra de la agresión reactiva (Capítulo 8)

Es la agresión proactiva en coalición lo que hace que nuestra especie y sociedad sea realmente inusual. Entre nuestros antepasados, la violencia proactiva en coalición dirigida a miembros de su propio grupo social nos permitió la autodomesticación y la evolución del sentido moral. (Capítulo 12)

  En este caso no es el entorno de la especie, según el típico modelo darwiniano, el que selecciona a los más o menos aptos –los mejores cazadores, las hembras que generan las crías más robustas…-, sino que es la misma iniciativa concertada del grupo –agresión proactiva- la que en nuestro remoto pasado como especie seleccionó –para eliminarlos- a los machos alfa. A diferencia de chimpancés o gorilas, en el Homo Sapiens no hay “macho alfa”. Este proceso de eliminación gradual, a lo largo de cientos y miles de generaciones, habría tenido nuestra autodomesticación como resultado y, con ello, una peculiar forma de vida en sociedad.

Los individuos simios y otros primates se hacen alfa al derrotar de forma concluyente al alfa previo en una lucha física. Entre los cazadores-recolectores nómadas que siguen normas sociales, por el contrario, no hay luchas y no hay equivalente de un varón alfa (Capítulo 8)

El igualitarismo, que es un rasgo tan especial de relación entre los hombres cazadores-recolectores, estaba centrado en los cinco a diez hombres casados dentro de una banda (Capítulo 8)

    Entre los gorilas, solo hay un macho alfa y su harén de hembras. Entre los chimpancés, hay un macho alfa en permanente conflicto con sus segundos y terceros. Y entre los peculiares bonobos

La psicología del bonobo ha evolucionado hasta el punto que los machos muestran menos interés en dominar a otros, sean machos o hembras, de lo que muestran los chimpancés. La cuestión entonces es por qué, a lo largo del tiempo evolutivo, los machos con proclividades más amables y menos agresivas tendían a tener un mayor éxito reproductivo (Capítulo 5)

  Y la respuesta es muy original:  son las hembras bonobo las que actúan en coalición para controlar –y a la larga eliminar-  a los machos alfa, cuando menos, seleccionando a los machos menos agresivos para la reproducción.

  Así pues, todo tiene cierta lógica: Homo Sapiens eliminó, gracias a su capacidad conspirativa –facilitada por el lenguaje y una mayor inteligencia-, a los machos alfa y permitió así una vida comunitaria más pacífica. Generó una autodomesticación debido a que se heredaban las características individuales de una menor agresividad: los machos alfa no dejaron descendencia.  Por supuesto, la agresión en buena medida eliminada que caracteriza al macho alfa es la de tipo reactivo, la ira mostrada de forma inmediata.

La agresión proactiva, planeada, puede ser seleccionada positivamente incluso cuando la agresión reactiva, emocional, ha sido suprimida evolutivamente. Los humanos pueden en consecuencia usar un poder abrumador para matar a un oponente seleccionado. Esta habilidad única es transformadora. Ha llevado nuestras sociedades a desarrollar relaciones sociales jerárquicas que son mucho más despóticas que las de otras especies (Introducción)

   El despotismo de una jerarquía organizada es muy diferente a la tosca matonería del macho alfa. Se trata del despotismo político que permitió la puesta en marcha de las grandes civilizaciones: clases dirigentes muy especializadas, muy bien organizadas –también militarmente- y clases serviles poco conflictivas, laboriosas y complejas. Por supuesto, para que saliera adelante esta solución se requería una inteligencia que está más allá de la capacidad de los grandes simios. Así como debía de estar también más allá de la capacidad de nuestros ancestros “intermedios”, como el Homo erectus.

Tenemos formas características de sociedad. En ninguna parte las personas viven en tropa, como los babuinos, o en harenes aislados, como los gorilas, o en comunidades del todo promiscuas, como los chimpancés o bonobos. Las sociedades humanas consisten en familias dentro de grupos que son parte de comunidades mayores (Introducción)

   Las comunidades humanas también han dependido de su gran tamaño, consecuencia del éxito económico. Y en sociedades de gran tamaño, la “agresión proactiva en coalición” lleva inevitablemente a la guerra.

Una población [humana primitiva] (…) desarrolló una capacidad para recolectar y cazar tan buena que sus recursos de comida se hicieron más productivos. La población creció de forma natural hasta el punto en que hubo competición acerca del suministro de comida y pronto los grupos comenzaron a luchar por los mejores territorios. El éxito en la guerra se hizo imperativo. Los grupos se aliaron unos con otros, dando lugar a sociedades más grandes del tipo de las que forman los cazadores-recolectores de hoy.  (Capítulo 6)

  Este relato de constante disputa por recursos escasos parece un tanto truculento. De hecho, Richard Wrangham se declara totalmente “hobbesiano”: la civilización, mediante la violencia organizada, ha reprimido nuestra capacidad espontánea para una desastrosa y constante violencia desorganizada.

Los grupos e individuos siempre estarán interesados en buscar el poder (Capítulo 13)

Destruye las antiguas instituciones sin reemplazarlas y la violencia aparecerá de forma predecible. Los hombres rápidamente usarán alianzas para competir por el dominio: aparecerán milicias que lucharán. Los grupos de varones pueden confiar en su fuerza física de agresión proactiva en coalición para dominar en la esfera pública. La historia y la antropología evolutiva cuentan la misma triste historia (Capítulo 13)

  El hobbesianismo además lleva a un estado de guerra constante de tipo "guerra preventiva" (atacar por temor a ser atacados). Sucede así también entre nuestros primos los chimpancés.

Cuando el territorio ocupado por una comunidad [de chimpancés] se incrementa en tamaño, los miembros de la comunidad se alimentan mejor, crecen más rápido y sobreviven mejor. Mata algunos vecinos, expande el territorio, consigue más comida, ten más bebés –y estarás más seguro, ya que hay menos vecinos que puedan atacarte (Capítulo 11)

  El punto de vista opuesto era el rousseaunianismo, que básicamente es la visión del socialismo en todas sus versiones: nuestra naturaleza es pacífica (lo fue en el comienzo de los tiempos) pero la civilización la corrompe. En la prehistoria, no habría existido la guerra entre grupos.

La afirmación de que los grupos de cazadores-recolectores antes de la revolución agrícola tenían habitualmente relaciones pacíficas y podían moverse a tierras no ocupadas y ricas en recursos es implausible (Capítulo 11)

  Ahora bien, la visión de nuestra naturaleza violenta también tiene una lectura optimista. Para empezar, la pasada autodomesticación –posible solo mediante la violenta eliminación de los machos alfa dentro de cada grupo- nos permite desarrollar nuestras capacidades para una cooperación más pacífica –más eficiente- y no solo para hacer mejor la guerra al vecino.

  Además, podemos utilizar formas de coacción mucho más sutiles. Si liquidar al macho alfa implica liquidar determinadas características agresivas del individuo que son perjudiciales para el bien de la mayoría –es decir, tendencias antisociales- una consecuencia de ello es que en adelante los individuos buscarán labrarse una buena reputación de prosocialidad para minimizar la posibilidad de ser condenados. La búsqueda del estatus, la dependencia de la constante evaluación crítica del entorno –chismorreos y conspiraciones-, todo esto ha llevado a la interiorización psicológica del sentido moral: actuamos preocupados en todo momento por no cometer errores, por no ser juzgados antisociales. El primer paso, evidentemente, es no mostrar un comportamiento airado, brutal; es decir, no mostrar “agresión reactiva”.

Nuestra tolerancia social viene de que tengamos una relativamente baja tendencia a la agresión reactiva (Prefacio)

  Pero también nos conviene mostrar un comportamiento inocuo y cooperativo.

La docilidad debería ser considerada como fundacional de la humanidad, no solo porque es inusual, sino porque parece probable que sea una precondición vital para una cooperación avanzada y para el aprendizaje social (Capítulo 6)

Tres rasgos del Homo Sapiens nos capacitan para acumular (…) habilidades culturales: somos altamente inteligentes, somos altamente cooperativos y destacamos en aprender de otros –el llamado aprendizaje social (Capítulo 6)

  Wrangham parece que olvida señalar -aunque nada en su concepción lo contradice- que el control de la antisocialidad puede ser todavía más incruento que el chismorreo o corrección cotidiana por parte de quienes nos rodean. Supongamos que, en efecto, se comenzó liquidando a los machos alfa para atenuar la violencia dentro del grupo –la agresión reactiva, colérica, “en caliente”-; pero después se procedió a atenuar la violencia proactiva dentro del grupo –las intrigas por la lucha por el poder, no ya la mera reacción colérica-; más adelante, y siempre buscando una cooperación cada vez más productiva y eficaz, se trataría de evitar el uso de un control cruento… y ahí entraría la promoción de la reputación, el promover que cada cual se gane una “buena fama” por sus virtudes cívicas.

    Más allá están los mecanismos psicológicos de interiorización de pautas de conducta prosocial (“conciencia” o mera repugnancia a obrar mal): el hecho de que, en un entorno cada vez más pacífico, los individuos requieren menos del control represivo de los otros y más del propio autocontrol moral. La búsqueda de una buena reputación ya no es premeditada, sino automatizada por el hábito que hemos asimilado en nuestro inconsciente. De “comportarnos bien” pasamos a “ser buenos”… la mejor garantía de que vamos a comportarnos bien. Nuestra motivación ha cambiado. Ya no obramos prosocialmente solo para que los demás tengan buena opinión de nosotros; lo hacemos “porque sí”. El ejemplo más habitual es el del cliente de un restaurante que deja buenas propinas en una ciudad a la que sabe que jamás va a volver. Pero también el “amar a los enemigos”… porque si tu moralidad interiorizada te lleva hasta a amar a los enemigos… tanto más amarás a los amigos.

    Esto no es tan sorprendente, porque ya sucede en otros mamíferos que los comportamientos agresivos se disparan o se reprimen no dependiendo directamente de las motivaciones que juzgaríamos más lógicas.

Escasez de espacio, más que escasez de comida, predice la agresión entre manadas [de lobos] (Capítulo 11)

  Es decir, aunque la agresión evolutivamente obedece a disputar los recursos, en la vivencia de la conducta animal se reacciona en base a un estímulo indirecto. Si falta espacio es probable que falten recursos. Así que basta con que falte espacio para que se desate la agresión… aunque muy bien suceda que la falta de espacio no se corresponda con la falta de recursos. De forma parecida, las reacciones humanas pueden depender de estímulos que no son directamente los que promovieron el cambio evolutivo: el comportamiento prosocial, tan conveniente, puede ser aceptado incluso muy íntimamente por motivaciones emocionales que nada tienen que ver, a primera vista, con nuestra conveniencia material, como en el caso de las propinas en el restaurante de la ciudad a la que nunca volveremos.

  Un comportamiento humano antisocial es reprimido por el sujeto no porque el individuo tema directamente ser agredido, rechazado o denigrado, sino por una adaptación a un determinado estilo de vida.Ya no necesitamos matar al macho alfa porque la evolución ha acabado con tal estructura social, tal vez pronto no necesitaremos tampoco organizar guerras contra grupos que compitan con nosotros –porque los recursos ahora son en potencia inmensos- y tal vez algún día no necesitaremos conspirar, asignar reputaciones o denigrar.

  Un comportamiento altruista parece a primera vista muy poco práctico… pero sería el más productivo, pues una “comunidad de santos”, donde el comportamiento prosocial surgiría espontáneamente por haber interiorizado sus pautas cada individuo, nos dará siempre las mayores garantías de confianza y cooperación efectiva.

Lectura de “The Goodness Paradox” en Pantheon Books 2019; traducción de idea21

jueves, 25 de junio de 2020

“Inteligencia intuitiva”, 2005. Malcolm Gladwell

  El periodista y divulgador científico Malcolm Gladwell es el autor de este libro sobre el pensamiento intuitivo, sobre las decisiones acertadas que se toman en un instante. La intuición existe y en ocasiones es en extremo efectiva. ¿Por qué es así? ¿Y qué enseñanza podemos extraer de ello?

Las decisiones tomadas muy rápidamente pueden ser tan buenas como las decisiones tomadas precavida y deliberativamente  (Introducción)

Darnos sentido a nosotros mismos y a nuestros comportamientos requiere que reconozcamos que puede haber tanto valor en la decisión tomada en un pestañeo como en meses de análisis racional (Introducción)

  Nos “da sentido” porque las intuiciones reflejan la adaptación natural de nuestra psicología a la vida social humana. Estamos dotados de capacidades naturales no solo para las funciones “animales” que compartimos con todos los mamíferos, sino también para nuestra vida propiamente humana, con su riqueza conductual y su complejidad cognitiva. De lo que se trata es de desenredar esa complejidad de comportamientos instintivos para adaptarla a nuestra cultura. Podemos hacernos cargo de estas capacidades y ponerlas al servicio de un estilo de vida racional.

  De los muchos ejemplos que el autor nos da en su libro, uno de los más sencillos es el de un entrenador de tenis profesional que, observando el saque errado de un tenista, sabe cuándo cometerá después un segundo error –lo que da lugar a una “doble falta”, una pérdida de puntuación.

El entrenador de tenis se sentía frustrado por el hecho de que él sabía cuando alguien iba a cometer una doble falta pero no sabía cómo lo sabía. Después hizo equipo con algunos expertos en biomecánica que filmaron y analizaron digitalmente a los jugadores de tenis profesionales en el acto de servir, de modo que pudieron averiguar precisamente qué era lo que en el saque de los jugadores el entrenador había percibido inconscientemente. (Capítulo 6)

  Es decir, lo valioso no es tanto que haya disponibles unos individuos con “talento innato” para percibir lo que casi nadie más es capaz de percibir. Lo valioso es que, a partir de tales casos, sabemos que existen capacidades que nos pueden permitir aumentar la eficacia de todos a la hora de emitir juicios y a las que podemos acceder si desentrañamos cómo se originan esas intuiciones.

Nuestras reacciones inconscientes salen de una habitación cerrada con llave, y no podemos mirar dentro de esa habitación. Pero con experiencia y adiestramiento nos capacitamos para interpretar –y decodificar- lo que está detrás de los juicios instantáneos y las primeras impresiones. Es un poco lo que la gente hace cuando está en psicoanálisis: se pasan años analizando su inconsciente con la ayuda de un terapeuta adiestrado hasta que comienzan a comprender cómo trabaja su propia mente. (Capítulo 5)

   Lo del deportista mencionado es muy gráfico, pero más importante es la capacidad de detectar las reacciones emocionales más sutiles en lo referente a la conflictividad o no conflictividad de las relaciones humanas. Un conocimiento que en buena parte es innato, como demuestra el hecho de que los autistas, que carecen de la constitución nerviosa al respecto, no pueden desarrollar las “habilidades sociales” que para la mayoría son comprendidas de forma automática y sin esfuerzo. Y también este conocimiento innato puede ser decodificado, cultivado y ampliado por psicólogos como, por ejemplo, John Gottman y sus colaboradores.  Estos llevan muchos años observando interactuar parejas o matrimonios y han llegado a desarrollar conocimientos avanzados acerca de la predisposición humana a la conflictividad.

Cuando contemplan el video de un matrimonio [que se presta a mantener una breve discusión en el experimento], asignan un código a cada segundo de la interacción de la pareja, de modo que una discusión conflictiva de quince minutos acaba siendo traducida a una hilera de 1800 cifras -900 para el marido, 900 para la esposa (Capítulo 1)

A un nivel técnico, [el especialista] está midiendo la cantidad de emoción positiva o negativa, porque uno de los hallazgos alcanzados es que para que un matrimonio sobreviva, el promedio de emoción positiva a negativa en un encuentro dado ha de ser al menos de cinco a uno. (Capítulo 1)

Todos los matrimonios tienen un patrón [de conducta] distintivo, una especie de DNA marital, que sale a la superficie en cualquier interacción significativa. Es por esto que [el científico social] le pide a las parejas que cuenten la historia de cómo se conocieron debido a que ha descubierto que cuando un marido y una esposa cuentan el episodio más importante en su relación, ese patrón aparece inmediatamente (Capítulo 1)

Si Gottman observa que uno o ambos integrantes de la pareja muestran desprecio hacia el otro, considera que es el signo aislado más importante de que el matrimonio está en problemas (Capítulo 1)

[Incluso] si miraban solo durante tres minutos a una pareja mientras hablaba, podían predecir con impresionante exactitud si iban a divorciarse y quien iba a causarlo  (Capítulo 1)

   En estos estudios sobre las relaciones humanas destacan también los trabajos de Tomkins y Ekman acerca de las expresiones faciales, una de las manifestaciones humanas para las cuales más predispuestos estamos todos en cuanto a llevar a cabo “cogniciones rápidas” efectivas.

Una microexpresión (…) es un tipo de expresión muy particular y crítica (…) [Se trata de] expresiones de las que no tenemos control consciente (Capítulo 6)

   Las expresiones faciales son incontrolables, hasta el punto de que Tomkins las comparó, en la fiabilidad de las reacciones, al órgano sexual masculino. Por lo tanto, estamos hablando una vez más de un conocimiento que hace referencia a indicadores biológicos muy precisos.

  El conocimiento intuitivo almacena experiencias a las que en el futuro se les podrá dar un uso cada vez más relevante, ya que se trata del equipamiento que nos ha dado la propia naturaleza para afrontar numerosos problemas cuya solución no puede esperar a largas deliberaciones.

   Este tipo de conocimientos, especialmente lo que se refiere a la interacción social, podría llegar a ser en extremo valioso para mejorar las relaciones humanas. ¿Y si en lugar de preocuparnos por detectar interacciones negativas –prevención del conflicto-, trabajásemos en detectar –y promover- pautas de comportamiento prosocial –interacciones positivas? Esto podría contribuir enormemente al desarrollo de relaciones humanas de extrema confianza, que son la base del éxito social.

[Se constata] la habilidad de nuestro inconsciente para hallar patrones en situaciones y comportamientos basados en capas muy finas de experiencia (Capítulo 1)

Nuestros juicios instintivos y primeras impresiones pueden ser educados y controlados (Introducción)

Con demasiada frecuencia nos resignamos a lo que sucede en un pestañeo. No parece que tengamos mucho control sobre lo que asoma a la superficie desde nuestro inconsciente. Pero sí lo tenemos, y si podemos controlar el  entorno en el cual tiene lugar la cognición rápida, entonces podemos controlar la cognición rápida. (Conclusión)

  Finalmente, el autor, como no podía ser menos, nos ofrece numerosos ejemplos de decisiones rápidas desastrosas. ¿A veces falla el instinto?

Parte de lo que quiere decir tomar las primeras impresiones y los análisis de pequeños muestreos seriamente es aceptar el hecho de que a veces podemos saber más sobre alguien o algo en un pestañeo de lo que podemos saber después de meses de estudio. Pero también tenemos que reconocer y comprender aquellas circunstancias en las que las cogniciones rápidas nos llevan al error  (Capítulo 3)

   En realidad, si consideramos el instinto estrictamente como la evaluación inconsciente de referentes precisos, biológicamente determinados, la intuición no habría de fallar nunca. Y sin embargo, las decisiones tomadas a la ligera suelen ser desastrosas, y el avance de la civilización y el pensamiento universales se basa precisamente en la elaboración cuidadosa y metódica del recto juicio, de lo cual es paradigma el método científico.

   En la inmensa mayoría de los casos, la rapidez en la toma de decisiones no implica que estén basadas en criterios inconscientes precisos, y por lo tanto no son intuiciones. “Cognición rápida” es casi siempre lo mismo que cognición defectuosa, normalmente basada en prejuicios o en condicionamientos externos inconscientes, mientras que el instinto procede de una base innata de pautas de comportamiento, es por ello que descifrar los marcadores de los juicios instintivos genuinos está en la línea del pensamiento científico.

Lectura de “Blink” en Penguin Books Ltd 2006; traducción de idea21

lunes, 15 de junio de 2020

“Propaganda”, 1928. Edward Bernays

  En la década de 1920 estaba naciendo la sociedad de consumo a gran escala. El desarrollo tecnológico y político hizo posible que la mayoría de la población en Estados Unidos contara con suficientes medios económicos para adquirir bienes que ya no solo eran los de primera necesidad y que antes estaban únicamente al alcance de las clases altas. El mercado entonces se disparó, así como la búsqueda de consumidores para los muchos artículos disponibles. El incremento del mercado llevó a la aparición de la publicidad comercial como actividad económica de primer orden.

Si cada uno de nosotros, antes de decidirse a comprar cualquiera de las docenas de jabones o tipos de pan que están a la venta, se paseara por el mercado realizando estimaciones y pruebas químicas, la vida económica quedaría atascada sin remedio. Para evitar semejante confusión, la sociedad consiente en que sus posibilidades de elección se reduzcan a ideas y objetos que se presentan al público a través de múltiples formas de propaganda. (capítulo 1)

Es el objetivo de este libro describir la estructura del mecanismo que controla la mente pública y explicar cómo lo manipula el sofista que trata de recabar la aceptación del público para una determinada idea o artículo de consumo (capítulo 1)

  La propaganda puede presentarse en su justa medida como algo muy diferente a la manipulación interesada.

La propaganda no es más que el establecimiento de relaciones recíprocas de comprensión entre un individuo y un grupo.  (capítulo 11)

  Pero la propaganda mercantil es solo la expresión más cotidiana de un fenómeno mucho más significativo. El norteamericano Bernays (periodista, hombre de negocios... y sobrino de Sigmund Freud) lo relacionaba con la necesidad de comunicación dentro de la sociedad de masas. Concretamente en la sociedad democrática norteamericana que sería un modelo de las sociedades democráticas en general.

La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática.(…) Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar. Ello es el resultado lógico de cómo se organiza nuestra sociedad democrática. Grandes cantidades de seres humanos deben cooperar de esta suerte si es que quieren convivir en una sociedad funcional sin sobresaltos. (capítulo 1)

  “Los que gobiernan” suponen una guía necesaria para la vida social. Y ello no es algo nuevo, pues la sociedad siempre ha dependido de la guía de sus líderes. Lo novedoso es el carácter masivo e impersonal de las masas y la indeterminación del liderazgo.

Cuando la muchedumbre no dispone del ejemplo de un líder y debe pensar por sí misma, no tiene otra opción que servirse de clichés, latiguillos o imágenes que representan un grupo completo de ideas o experiencias.  (capítulo 4)

El grupo posee características mentales distintas de las del individuo, y se ve motivado por impulsos y emociones que no pueden explicarse basándonos en lo que conocemos de la psicología individual. (capítulo 4)

La mente del grupo no piensa en el sentido estricto del término. En lugar de pensamientos tiene impulsos, hábitos y emociones. Al tomar decisiones su primer impulso suele ser el de seguir el ejemplo de un líder de confianza. Éste es uno de los principios más sólidamente fundamentados de la psicología de masas. (Capítulo 4)

Los hombres rara vez se percatan de las razones reales que motivan sus acciones. (capítulo 4)

  Bernays fue también el creador de una nueva profesión, la del "asesor en relaciones públicas"

La nueva profesión de relaciones públicas nace con el aumento de la complejidad de la vida moderna y la consiguiente necesidad de que las acciones de una parte del público sean comprensibles para otros sectores del público. También debe su existencia a la dependencia cada vez más acusada de toda forma de poder organizado con respecto a la opinión pública. (...) El asesor en relaciones públicas es, por lo tanto, el agente que trae una idea a la conciencia del público sirviéndose de los medios de comunicación modernos y de los grupos que conforman la sociedad. (Capítulo 3)

   Queda la duda de que tal nuevo profesional no sea otra cosa que el responsable en primera línea de la manipulación de las masas para el interés de una minoría. Sin embargo, la función social de la propaganda estaría por encima de los intereses personales.

La propaganda deviene perjudicial y reprensible sólo cuando sus autores saben consciente y deliberadamente que diseminan mentiras, o cuando se proponen objetivos que saben perjudiciales para el bien común. (Capítulo 2)

  Aunque el libro es contemporáneo de los regímenes totalitarios de la Italia fascista y la Unión Soviética, no se aborda la cuestión de la propaganda política para regímenes no democráticos. Y eso es parte del problema, porque el autor no nos da una guía que nos permita distinguir la propaganda peligrosa de la que es inocua.

De ahí que la pregunta no tardase en plantearse: si conocemos el mecanismo y los motivos que impulsan a la mente de grupo, ¿no sería posible controlar y sojuzgar a las masas con arreglo a nuestra voluntad sin que éstas se dieran cuenta? La práctica reciente de la propaganda ha demostrado que ello es posible, al menos hasta cierto punto y dentro de unos límites. La psicología de masas dista todavía de ser una ciencia exacta y los misterios de las motivaciones humanas no han sido desentrañados en absoluto. Pero nadie puede negar que teoría y práctica se han combinado con acierto, de modo que hoy es posible producir cambios en la opinión pública que respondan a un plan preconcebido con sólo actuar sobre el mecanismo indicado, al igual que los conductores pueden regular la velocidad de su automóvil manipulando el flujo de gasolina. (Capítulo 4)

  Y, por otra parte, entre los ejemplos que da de estrategias publicitarias comerciales aparece algo tan curioso como esto:

[Para el] desarrollo de un importante proyecto urbanístico (…) no se escatimó en medios para que la zona de Jackson Heights fuese atractiva desde un punto de vista social. Se intentaba sobre todo propiciar este proceso asociativo. Se programó una actuación benéfica de los Jitney Players a beneficio de las víctimas del terremoto de Japón de 1923 con los auspicios de la señora Astor, entre otras personalidades.  (Capítulo 4)

  Parece dudoso que un publicista actual recomiende aprovechar una tragedia para sacar adelante un proyecto inmobiliario. Con esa actitud, las protestas por la honestidad del experto en relaciones públicas y el respeto por el buen juicio social resultan poco creíbles

[En el caso del experto en relaciones públicas, su] oficio no consiste en engatusar o engañar a la gente. Si terminase cosechándose esa fama, su utilidad para la profesión habría tocado a su fin. (capítulo 3)

El público no es una masa amorfa que pueda moldearse a voluntad o a la que se pueda imponer órdenes. (capítulo 5)

  Pero se compara justamente a este nuevo profesional, el “asesor de relaciones públicas”, con los abogados, lo cual resulta esclarecedor

Su función principal es la de asesorar a su cliente, no de manera muy distinta a como lo haría un abogado.  (capítulo 3)

  Por esta misma época se vendía en Alemania el famoso libro “Mein Kampf” de Hitler -1925- que incluía párrafos acerca de lo fácilmente que las masas pueden ser seducidas por la propaganda. Obsérvese las similitudes del texto de Hitler con el de Bernays: "La capacidad de asimilación de la gran masa es sumamente limitada y no menos pequeña su facultad de comprensión, en cambio es enorme su falta de memoria. Teniendo en cuenta estos antecedentes, toda propaganda eficaz debe concretarse sólo a muy pocos puntos y saberlos explotar como apotegmas hasta que el último hijo del pueblo pueda formarse una idea de aquello que se persigue. (…) La gran mayoría del pueblo es, por naturaleza y criterio, de índole tan femenina, que su modo de pensar y obrar se subordina más a la sensibilidad anímica que a la reflexión. "

  Y Bernays:

El estudio sistemático de la psicología de masas reveló a sus estudiosos las posibilidades de un gobierno invisible de la sociedad mediante la manipulación de los motivos que impulsan las acciones del hombre en el seno de un grupo. (capítulo 4)

Lo importante para el estadista de nuestro tiempo no es tanto saber cómo agradar al público sino saber arrastrarlo.  (capítulo 6)

   Las afirmaciones de Hitler eran de un gran cinismo… y sin embargo su libro acabó difundiéndose por millones de ejemplares como una especie de “Biblia”. Parece ser que, para el público, leer acerca de lo fácil que resulta manipularle no despertaba animadversión.

  Sobre Bernays, hoy sabemos que en absoluto sus actuaciones se rigieron por escrúpulo alguno

  Finalmente, ¿esta sistemática deshonestidad es inevitable?

Acaso fuese preferible tener en nuestro país, en lugar de la propaganda y la sofistería, ciertos comités de hombres sabios que escogiesen a nuestros gobernantes, dictasen nuestra conducta privada y pública y decidiesen por nosotros qué ropa ponernos y qué tipo de alimentos deberíamos comer. Pero hemos elegido el método opuesto, el de la competencia abierta. Tenemos que hallar una manera de que la libre competencia se desarrolle sin mayores sobresaltos. Para lograrlo, la sociedad ha consentido en que la libre competencia se organice en virtud del liderazgo y la propaganda.(capítulo 1)

   Por supuesto, nadie propone algo tan absurdo como que los hombres sabios decidan sobre trivialidades ni mucho menos sobre la evolución de las costumbres. Pero sí se debería promover que los “hombres sabios” actúen de forma organizada, sostenida por la sociedad, de forma parecida a los venerables jueces de la Corte Suprema. Promoviendo la competitividad de los intereses particulares facilitada por una experta propaganda eso no se ve facilitado en modo alguno.

Lectura de “Propaganda” en Libros del Zorzal, 2000; traducción de Albert Fuentes.

viernes, 5 de junio de 2020

“Teoría del aprendizaje social”, 1976. Albert Bandura

  Uno de los aparentes propósitos del psicólogo Albert Bandura al escribir este libro debió de ser el contestar a los excesos de la psicología conductista. El conductismo psicológico era no solo una tendencia científica sino también una de tipo cultural bastante en auge durante las décadas  de 1950 y 1960. Para el conductismo, el comportamiento humano se compone de respuestas automáticas a los estímulos del entorno.

  La teoría del aprendizaje social no negaba el condicionamiento por el entorno, pero rechazaba una simplificación que obviara la capacidad de los procesos cognitivos para dar respuesta a los cambios.

La teoría del aprendizaje social enfatiza los roles prominentes que juegan los procesos vicarios, simbólicos y autorreguladores en el funcionamiento psicológico (p. vii)

No es la existencia del comportamiento motivado lo que es cuestionado, sino si tal comportamiento lo explica todo al ascribirlo a la acción de los impulsos (p.3)

  Subrayar la importancia de la cognición sobre el comportamiento impulsivo se parece un poco a defender el libre albedrío, e incluso un poco a tratar de dignificar la condición humana.

La gente aprende y retiene comportamientos mucho mejor usando ayuda cognitiva generada por ellos mismos, que mediante mero refuerzo repetitivo (p. 10)

Como ciencia preocupada por las consecuencias sociales de sus aplicaciones, la psicología debe promover la comprensión pública de las cuestiones psicológicas para asegurar que sus hallazgos se usan al servicio de la mejora humana (p. 213)

  La base de toda psicología es considerar que no tenemos un pleno control sobre nuestros actos, pero la pretensión conductista de que una sucesión repetida de estímulos puede acabar condicionándonos más allá de nuestra capacidad autoconsciente parece exagerada. Muy al contrario, bien pudiera ser que lo que hacen los estímulos es motivarnos a utilizar la capacidad de evaluar y juzgar las circunstancias por nosotros mismos.

Aprender mediante refuerzo se considera normalmente como un proceso mecánico en el cual las respuestas están moldeadas automática e inconscientemente por sus consecuencias inmediatas. (…) Sin embargo, las capacidades cognitivas de los humanos nos capacitan para aprovechar más extensivamente la experiencia de lo que sería el caso si solo fuésemos organismos no pensantes  (p. 17)

  Los animales también evalúan las experiencias y actúan de forma acorde con estas. Es posible que los humanos simplemente lo hagamos de forma más compleja, pero un factor especial se suma a nuestra evaluación de los cambios en el entorno: el simbolismo.

Mediante los símbolos, experiencias transitorias de observaciones de modelos pueden ser mantenidas en la memoria permanente. Es la avanzada capacidad para la simbolización lo que capacita a los humanos a aprender mucho de su comportamiento mediante la observación  (p. 25)

Los símbolos proporcionan los instrumentos del pensamiento; las representaciones internas de las experiencias sirven como fuente para las construcciones simbólicas que constituyen los pensamientos  (p. 172)

La capacidad para la acción intencional está arraigada en la actividad simbólica. Las imágenes de un futuro deseable impulsan el curso de la acción diseñado para llevar a metas más distantes (…) Sin capacidades simbólicas, los humanos serían incapaces del pensamiento reflexivo. Una teoría del comportamiento humano, en consecuencia, no puede permitirse negligir las actividades simbólicas   (p. 13)

  Un símbolo es un “signo” que representa una idea. Almacenando concepciones simbólicas la mente humana puede evaluar no solo lo que tiene ante sí, sino enlazarlo con la memoria y sus expectativas, y realizar todo tipo de extrapolaciones acerca de actuaciones futuras o imaginarias.

Las experiencias pasadas crean expectativas de que ciertas acciones traerán valorados beneficios (…) Al representar los resultados predecibles simbólicamente, la gente puede convertir las consecuencias futuras en motivadores actuales del comportamiento  (p. 18)

   Hasta qué punto podemos aplicar la capacidad cognitiva a las entidades simbólicas y hasta qué punto podemos utilizar nuestra misma capacidad para elaborar simbolismos propios (es decir, que no nos sean dados por el entorno) determinará nuestra autonomía para salir de los condicionamientos. Somos irracionales y estamos condicionados, pero podemos prevenir las situaciones negativas derivadas de este hecho y podemos incluso modificar nuestros condicionamientos futuros. Ya que nunca seremos libres, podemos elegir cómo dejar de serlo. Somos predeciblemente irracionales.

El condicionamiento es simplemente un término descriptivo para el aprendizaje a partir de una estimulación diádica [yo estimulo-tú respondes], no una explicación de cómo suceden los cambios. Originalmente, el condicionamiento se asumía que resultaba automáticamente de los sucesos que ocurrían al momento. Un examen más atento revela que de hecho está mediado cognitivamente  (p. 67)

  El conductismo enseñaba que el aprendizaje puede ser inconsciente (manipulación) pero esto solo puede darse de forma muy limitada.

El aprendizaje (…) puede tener lugar sin consciencia de ello, pero muy despacio y con bastante ineficiencia (p. 19)

  Eso no niega que determinados condicionamientos del entorno sí pueden ser duraderos. Precisamente en las particulares situaciones que menos favorecen la actividad cognitiva del sujeto. Por ejemplo, en el comportamiento defensivo, que se halla detrás de la mayoría de las tendencias antisociales.

El comportamiento defensivo (…) se mantiene por su éxito en detener o reducir los sucesos aversivos. Una vez establecido, el comportamiento defensivo es difícil de eliminar incluso cuando los riesgos ya no existen (p. 62)

  Su origen suele ser de tipo traumático y es precisamente la cognición la que puede ponerle fin.

El miedo inducido por el pensamiento desaparece con el conocimiento de que la amenaza física ya no es de esperar. Por contraste, las respuestas de temor originadas por experiencias dolorosas persisten durante algún  tiempo, pese a la consciencia de que la amenaza física ya no existe  (p. 70)

  Finalmente, otra consecuencia valiosa de la teoría del aprendizaje social es la teoría de la atribución

Según la teoría de la atribución, las percepciones de la gente acerca de las causas de su comportamiento influencian en cómo se comportan en ocasiones futuras (…) Si llevan a cabo actividades por recompensas externas, infieren de ello falta de interés personal, mientras que si las hacen sin inducción externa, se juzgan a sí mismos interesados en las actividades (…) Las recompensas reducen la motivación intrínseca al crear la impresión de que el comportamiento está incitado externamente y al debilitarse los sentimientos de competencia y autodeterminación. Un número de estudios muestran que los niños a los que se les prometían recompensas por hacer determinadas cosas, más tarde se implicaban en ellas menos tiempo que aquellos que eran recompensados de forma no planeada o que no eran recompensados. (p. 107)

  Esta “teoría de la atribución” es importante no solo para la educación infantil –la motivación materialista sería menos efectiva que la que cuenta con argumentación más profunda- sino también para las relaciones sociales en general. La atribución fija la motivación en el resultado de la propia cognición –hago esto porque es bueno, porque es mi deber, porque me interesa a largo plazo- y esta motivación queda interiorizada. En realidad, se trata de la base psicológica de los modelos éticos más avanzados.

  La buena noticia es, por tanto, que los factores cognitivos son más determinantes que los condicionamientos inmediatos

La mayor parte del comportamiento humano se mantiene por consecuencias anticipadas más que por las de tipo inmediato  (p. 109)

La capacidad para representar las consecuencias futuras en el pensamiento proporciona una fuente de motivación cognitivamente fundamentada  (p. 161)

Según la teoría del aprendizaje social, las personas funcionan como agentes activos en su propia automotivación (p. 165)

  No hemos de confundir la teoría del aprendizaje social con una refutación del conductismo en general, sino solo de sus excesos. La consideración de nuestra cognición no nos devuelve el “libre albedrío”, simplemente nos capacita para actuar de forma mucho más efectiva en base a nuestros intereses como seres sociales. Intereses que son, por tanto, tanto individuales como colectivos.

Lectura de “Social Learning Theory” en Prentice-Hall Inc 1977; traducción de idea21

lunes, 25 de mayo de 2020

“Estímulos supernormales”, 2010. Deirdre Barrett

  La psicologa Deirdre Barret dedica en su libro un necesario espacio a la narración de cómo el Premio Nobel de Medicina Niko Tinbergen realizó la primera descripción de los “estímulos supernormales” en el comportamiento animal. De forma indirecta, se trató también de uno de los mayores descubrimientos acerca de la conducta humana. Los "estímulos supernormales" están en todo momento presentes en nuestra vida... Y precisamente en la forma de vida que más se distancia de nuestra condición animal (en el sentido de vida instintiva o "natural").

Niko Tinbergen acuñó este término tras que su investigación en los animales revelase que los experimentadores pueden crear falsos objetos de atracción instintiva más efectivos que los objetos originales para los cuales el mismo instinto ha evolucionado. Estudió que los pájaros ponían pequeños y pálidos huevos azules con puntitos grises y descubrió que preferían sentarse en unos azules grandes y gigantes con puntos grandes negros [creados a propósito por los experimentadores]. La esencia del estímulo supernormal es que la imitación exagerada puede ejercer un impulso más fuerte que el original. (p. 3)

   Pero los humanos, con su mayor capacidad cognitiva y con las posibilidades que da la cultura para organizar cambios en el entorno social, pueden utilizar este mecanismo biológico con resultados trascendentales para nuestra forma de vida -algunos de los cuales son notablemente nocivos. Muy probablemente, el mecanismo conductual de los “estímulos supernormales” es el que más nos ayudaría también en el progreso moral, en este caso manipulando los instintos para el bien común.

Este libro examina una serie de dilemas humanos desde el punto de vista de los estímulos supernormales, entretejiendo otros conceptos relevantes de las disciplinas evolutivas a fin de señalar un camino para nuestros dilemas modernos  (p. 28)

Los animales y el ser humano son dañados de hecho por lo que desean –especialmente cuando encuentran nuevos estímulos para los cuales la evolución no los ha preparado. Esa es la tesis central de este libro (p. 136)

  Lo que conocemos sobre todo de los estímulos supernormales por nuestra directa experiencia tiene más que ver con diversos abusos contra nuestros propios intereses vitales como resultado de un uso cultural poco reflexivo. El ejemplo más evidente es el de los excesos alimentarios.

Los animales encuentran los estímulos supernormales sobre todo cuando los experimentadores los construyen. Los humanos podemos producirlos por nuestra cuenta: caramelos más dulces que cualquier fruta, animales de peluche con los ojos más grandes que ningún bebé, pornografía, propaganda sobre enemigos que nos amenazan. (p. 4)

  La naturaleza nos diseñó para responder a estímulos por ciertos alimentos escasos y valiosos: la grasa, la sal, los frutos maduros –dulces. Pero ahora estos alimentos pueden ser producidos en enormes cantidades y a bajo precio. El resultado es la “junk food” y la obesidad…

Los instintos humanos fueron diseñados para cazar y recolectar en las sabanas de África hace 10.000 años. Nuestro mundo presente es incompatible con estos instintos debido a los radicales incrementos de población, las invenciones tecnológicas y la polución. La incapacidad de la evolución para ponerse al compás de tales rápidos cambios juega un papel en la mayor parte de los problemas modernos (p. 3)

El aspecto más peligroso de nuestra dieta moderna viene de nuestra habilidad para refinar la comida (p. 78)

  “Refinar” en el sentido de hacer lo dulce más dulce aún; lo grasiento, más grasiento aún; lo salado más salado aún. Con todo, este pequeño inconveniente podemos superarlo. Así como los inconvenientes más graves relacionados con la vida social.

Marx no tuvo en cuenta muchas (…) lecciones de la evolución, etología y sociobiología. Los efectos de la densidad de población, el establecimiento antinatural de la especie nómada y la estimulación supernormal de los instintos de adquisición todos ellos obraron en contra de una redistribución igualitaria de recursos (p. 116)

  Esto se refiere a la desigualdad económica. Es un error pensar que, porque partíamos de un estado original de igualdad económica, la desigualdad es antinatural.

Los humanos siempre han tenido instintos acerca de posesiones personales (p. 113)

  Algo que tanto la arqueología como la etnografía confirman.  El “hombre en estado de naturaleza” sí conocía la propiedad y la desigualdad en alguna medida, solo que el estilo de vida dentro de pequeñas bandas permitía una fiscalización mutua constante. La civilización posteriormente ha “refinado” tales tendencias, lo que permitió desarrollar la propiedad privada, la esclavitud y el lujo suntuario a gran escala.

  En realidad, la capacidad de atracción de los estímulos supernormales es lo que explica que no se pueda llevar a cabo una distinción útil entre lo “natural” y lo “antinatural”. Cualquier rasgo de conducta poco notable en el “estado de naturaleza” humano puede ser desarrollado como estímulo supernormal y dar lugar a cambios sociales enormes. Sucede con el instinto de posesión tanto como con el sesgo endogrupal y con la agresividad.

  Ahora bien, los estímulos supernormales nocivos no son invencibles. No pueden serlo precisamente porque pueden llegar a manifestarse o no dependiendo de circunstancias del entorno muy variadas, y porque podemos también “refinar” instintos contrarios a los que culturalmente designemos como nocivos.

Si hemos sido arrastrados por los estímulos supernormales [con la junk food] necesitamos cambiar nuestros hábitos para evitarlo. La primera etapa a cambiar es comprometer el neocortex prefrontal [racionalidad y elección] y ponderar opciones más sanas. Nos da posibilidades para superar los instintos y costumbres, algo que los otros animales no pueden hacer (p. 93)

    La guerra y el nacionalismo también son distorsiones supernormales de instintos de agresividad intragrupal pero el razonamiento puede salvarnos de este abuso y un elemento importante del razonamiento es considerar, precisamente, el carácter irracional del estímulo.

La tecnología para la guerra nunca va a desaparecer. Una vez la pólvora, la fusión atómica o el ántrax como arma han sido inventados, no pueden ser desinventados. Pero la tecnología de la propaganda –la comunicación de masas que puede alentar la violencia reforzando los límites entre las seudoespecies y creando las versiones supernormales de amenazantes enemigos – tiene el mismo potencial para comunicar similaridades entre grupos, para mostrarnos señales de rendición y la proximidad del sufrimiento de nuestros enemigos  (p. 128)

   La ayuda mutua, la empatía, la compasión o el deseo de paz y fraternidad son también instintos, tanto como la agresividad, la codicia, la competitividad y el sesgo endogrupal. Lo prosocial puede por tanto también “refinarse” haciendo de tales tendencias la base para el desarrollo de nuevos “estímulos supernormales”.

  Una forma ya conocida de hacerlo es exaltar la sociabilidad y la empatía mediante los espectáculos dramáticos.

Un gran novelista construye personajes que actúan en un drama que nos conmueve, nos enseña y nos deja en mejor situación para interactuar [positivamente]  que si hubiésemos pasado el mismo tiempo interactuando con la gente que nos rodea. (p. 139)

  Los personajes dramáticos nos muestran situaciones aisladas –negro sobre blanco- que mueven a la empatía de forma inescapable, diferente a como sucede en la vida real, donde las vicisitudes humanas se muestran de forma más confusa, menos definida. Los arquetipos mitológicos eran una primera formulación de este fenómeno, pero los cambios sociales y políticos de la Ilustración estuvieron sin duda relacionados con una profundización sutil en la introspección empática de la narrativa moderna

  Utilizar los estímulos supernormales para alcanzar fines prosociales deliberadamente razonados es un recurso que hasta ahora se ha llevado a cabo solo irregularmente a lo largo de la azarosa trayectoria de los cambios culturales. Pero podemos actuar de forma aún más efectiva en el futuro simplemente si sabemos con más precisión en qué consiste este mecanismo.

Individualmente, debemos primero identificar los estímulos supernormales. No hemos simplemente de “escuchar a nuestros instintos”, podemos ejercer el libre albedrío –casi una palabra sucia en estos días, pero una habilidad a desarrollar con el fin de ayudarnos en nuestros problemas habituales. Es para eso para lo que fueron diseñados nuestros gigantescos cerebros – superar a nuestros instintos reflejos cuando comienzan a llevarnos por el mal camino (p. 177)

  La admiración que dentro de una pequeña banda de cazadores-recolectores pueda despertar un guerrero hábil es un fenómeno que nace directamente del instinto social, no muy diferente al proceso por el cual, entre mamíferos sociales como los ciervos o los lobos, un macho alfa gana el reconocimiento de los otros machos. Pero sanguinarios tiranos como Gengis Khan y Hitler son, sin duda, estímulos supernormales a partir del mismo fenómeno instintivo. Igualmente, nuestros instintos nos llevan a reconocer y promover comportamientos de benevolencia, empatía y asistencia mutua. Y de forma parecida a como se puede pasar del reconocimiento público al macho alfa a la sumisión al tirano carismático, también se puede pasar del reconocimiento de las seguridades empáticas que nos asegura nuestro pariente o vecino, a las relaciones de total confianza, benevolencia y entrega mutua que nos despierta un santo, un líder espiritual o incluso una concepción social abstracta de absoluta fraternidad.

   Convertir de forma deliberada las pautas de los comportamientos prosociales instintivos en “estímulos supernormales” es algo perfectamente a nuestro alcance como cultura y sociedad organizadas. Como civilización.

Lectura de “Supernormal Stimuli” en W W Norton & Company Inc, 2010; traducción de idea21

viernes, 15 de mayo de 2020

“Empatía y desarrollo moral”, 2000. Martin L. Hoffman

  Como la mayoría de los estudiosos de la ética actuales, Martin L Hoffman aborda el comportamiento individual con respecto al bien común desde el punto de vista de la psicología. No se trata tanto de lo que la persona elige ser, sino de aquello que es capaz de elegir a pesar de los condicionamientos del inconsciente.

  El rasgo psicológico clave a la hora de contemplar las actuaciones morales es la empatía.

La empatía se define como una respuesta afectiva que es más apropiada a la situación de otro que a la de uno mismo (p. 4)

La empatía es la chispa de la preocupación humana por los otros, el pegamento que hace posible la vida social. Puede ser frágil pero ha perdurado a lo largo de la evolución y puede continuar mientras exista la humanidad (p. 3)

En este libro, pongo al día mi trabajo previo y lo encuadro en una teoría comprensiva del comportamiento y desarrollo moral prosocial que subraya la contribución de la empatía a la motivación y comportamiento morales pero que también asigna una importancia especial a la cognición. El objetivo es elucidar los procesos que subyacen a la aparición de la empatía y su contribución a la acción prosocial; arrojar luz en el camino que desarrolla la empatía, desde las formas preverbales que pueden haber existido en los primeros humanos y todavía existen en los primates, a las expresiones sofisticadas de preocupación por las emociones humanas complejas y sutiles. Mi meta es también examinar la contribución de la empatía a los principios de la justicia y asistencia altruista para resolver conflictos entre ellas, y para la contribución al juicio moral (p. 3)

  Lo “prosocial” es lo referente a la acción individual que busca el beneficio de nuestros semejantes, de cada uno y del conjunto de todos ellos. No todo acto de ayuda a desconocidos es indiscriminado.

La psicología evolutiva dice que elegimos ayudar a aquellos que comparten nuestros genes; la psicología dice que elegimos ayudar a los de nuestro grupo primario. Pero compartimos más genes con los de nuestro grupo primario (p. 19)

   Es decir, tenemos una tendencia a desarrollar relaciones de apego y benevolencia con quienes son próximos a nosotros, el “grupo primario”, pero cuál sea nuestro “grupo primario” en particular es siempre relativo. En un principio de la evolución de nuestros antepasados, lo componían solo nuestros parientes, quienes compartían nuestros genes. Pero con el desarrollo cultural, a los parientes "de sangre" se añaden parientes "adoptivos", hasta el punto de que se ha llegado a decir que "todos los hombres son hermanos"...

  La clave de la efectividad y extensión del comportamiento moral –prosocial- se halla en que éste no es una elección consciente tanto como una consecuencia de la previa “interiorización” de criterios de actuación.

La estructura moral prosocial de una persona es interiorizada cuando uno acepta y se siente obligado a mantenerse en ella sin preocuparse por las sanciones externas  (p. 9)

  La actuación “interiorizada” solo responde a nuestros propios impulsos, de la misma forma que sucede cuando seguimos un instinto, y esta es la mejor garantía de una actuación moral efectiva y continuada.

La interiorización moral (…) epitomiza el dilema humano existencial acerca de cómo la gente se enfrenta a los conflictos inevitables entre las necesidades personales y las obligaciones sociales (…) Si bien las normas pueden ser inicialmente externas y con frecuencia divergen de los propios deseos, [con frecuencia] acaban por convertirse en parte de nuestro propio sistema motivacional interno, sobre todo gracias a los esfuerzos de los primeros socializadores, en especial los padres, y ayudan a guiar el comportamiento incluso en ausencia de autoridad externa. Esto es, el control por otros es reemplazado por el autocontrol, y la acción moral se convierte en el intento del individuo por alcanzar un equilibrio aceptable entre los motivos egoístas y morales, residiendo ambos dentro de uno mismo.  (p. 121)

La interiorización sirve a la función de control social por hacer que la conformidad sea gratificante por sí misma (p. 123)

  Hoffman aborda la cuestión de la interiorización moral sobre todo en lo que se refiere a la educación de la infancia, que es el proceso más evidente de interiorización de pautas de comportamiento (morales y de todo tipo). La estructura más eficiente en mejorar el sentido moral de los niños es educándolos mediante la inducción de juicios y criterios prosociales, estimulando el sentido innato de la empatía pero poniéndolo al servicio de una creciente capacidad cognitiva. (Los adultos también pueden “interiorizar” pero este complejo proceso no es abordado apenas en este libro).

La inducción subraya tanto el malestar de la víctima como la acción del niño que la causó (…) Una inducción perceptible que alcanza el nivel cognitivo del niño y pone la presión justa en él para procesar la información de la inducción y considerar las consecuencias de su acción con respecto a la víctima puede llevar al malestar empático y al sentido de culpa (…) La cognición los capacita para comprender las perspectivas de otros, el malestar empático y la culpa  (p. 136)

  La inducción no es la única estrategia. Se señalan otras dos importantes: la aserción de poder y la retirada del amor. Veamos cómo puede llevarse a cabo la "aserción de poder" en combinación con las otras estrategias al tratar de controlar el comportamiento de un niño pequeño:

a) leve aserción de poder no cualificada: no debes tocar los juguetes mientras estoy fuera; b) la misma leve aserción de poder más decir que el adulto se enfadaría mucho si el niño toca los juguetes (moderada aserción de poder más retirada de amor); c) la misma aserción de poder más decir que el adulto estaría muy triste si  el niño toca los juguetes (aserción moderada de poder más inducción) (p. 166)

La investigación ha documentado hace tiempo como más frecuente el poder de aserción y menos frecuente la inducción (y otros razonamientos) en el grupo socioeconómico de más bajo nivel  (p. 281)

   Lógicamente, el grupo socioeconómico de más bajo nivel es el menos sofisticado en el desarrollo  del sentido moral. Hay una relación evidente entre el desarrollo económico y el desarrollo moral. Algunos informes de psicología social nos ilustran relatando el promedio de palabras que utilizan los padres del grupo de bajo nivel al educar a sus hijos en contraste con el de los padres del grupo de alto nivel: Los padres de las familias asistidas [por la Beneficencia] hablan aproximadamente 600 palabras por hora a sus bebés, mientras que los padres con profesiones universitarias hablan más de 2000 palabras por hora a sus bebés.

   Ahora bien, la evidencia de que existe la condición natural –instinto- de la empatía siempre ha sido una gran esperanza para la mejora social de todas las clases socioeconómicas.

La versión británica del utilitarismo representado por David Hume, Adam Smith y otros, para quienes la empatía es un vínculo social necesario, encuentra expresión en la investigación actual sobre la empatía, la compasión y la moralidad del cuidado a otros.(p. 2)

   Pero no basta con que exista. Tenemos que utilizarla de forma correcta, porque muchas veces la empatía no tiene el efecto benévolo que todos desearíamos. Si la empatía, por ejemplo, genera culpa, será mucho más efectiva.

El primer desarrollo narrativo de la culpa vino de Freud. Extrañamente, la culpa de Freud no se debía a que se dañase a nadie, sino a un retroceso hacia el pasado inconsciente de la infancia basándose en la ansiedad ante el castigo o abandono de los padres. Cuando esta ansiedad se activa por sentimientos hostiles, primero hacia los padres y después hacia cualquier otro, se transforma en culpa incluso si los sentimientos hostiles no son expresados  (p. 114)

  La culpa de Freud –y la culpa en general- no son de índole empática ni prosocial. Si uno ha sido educado entre malhechores puede sentirse culpable si, por causa de la empatía, se ha desobedecido la orden, por ejemplo, de agredir a un inocente.

   Sin embargo, estamos más acostumbrados a que sea un comportamiento moral prosocial el que puede generar culpa. Esto puede producirse como consecuencia de determinada preparación moral, por la cual la prosocialidad es el resultado de diferentes condicionamientos cognitivos que generen culpa.

Defino la estructura moral prosocial de una persona como una red de afectos empáticos, representaciones cognitivas y motivaciones. Ello incluye los principios (uno debería ayudar a otros en problemas, la gente debería ser recompensada por sus esfuerzos), las normas de comportamiento (decir la verdad, guardar promesas, ayudar a otros, no mentir, robar, traicionar, herir, dañar o engañar a otros), reglas (el daño intencional provocado es peor que el daño accidental, no provocado), un sentido del bien y el mal y de cometer infracciones, imágenes de los actos de uno que han herido o ayudado a otros y la autoinculpación asociada. (p. 134)

  Principios, normas de comportamiento, reglas, sentido del bien y el mal, imágenes… y finalmente la culpa por la infracción… o incluso el temor a sentirse culpables. Interiorizar tales procesos a fin de que funcionen como “instintos” no es tarea fácil. Requiere un entorno condicionante muy preciso. Ese entorno suele dárnoslo la cultura, pero también condicionamientos de nuestro entorno más próximo (sobre todo la familia en la infancia).

  Además, Hoffman señala algunos puntos oscuros que tienen que ver con la empatía y la interiorización de pautas de conducta. Entre los más importantes, la sobreexcitación empática, la empatía interesada (discriminando entre individuos por grupos –“grupos primarios”) y los problemas de la aserción y la retirada del amor (estrategias de moralización diferentes a la inducción).

No parece haber una relación consistente entre la orientación moral y la retirada del amor (p. 165)

  Ciertamente, esto funciona de forma parecida al sentido de culpa. Como el caso de las esposas de los delincuentes que, por no perder el amor de sus maridos, cometen todo tipo de actos antisociales en beneficio de ellos.

  La sobreactivación empática, por otra parte, nos impulsa a evitar la proximidad al daño ajeno que nos resulta naturalmente desagradable.

[La] sobreactivación empática [implica] (…) los procesos que subyacen al cambio del malestar empático al malestar personal (p. 201)

   El malestar empático, por otra parte, es imprescindible para disparar el comportamiento prosocial: si la proximidad del daño ajeno no nos afectase, lógicamente vamos a carecer de motivación para remediarlo. Pero la sobreactivación empática puede llegar a alterarnos en exceso, puede llevarnos a querer evitar la proximidad de los que sufren y, por lo tanto, a no actuar de forma prosocial.

  Por eso, el malestar empático debe ser también convenientemente estructurado (al igual que la culpa).

El nivel más avanzado de malestar empático implica distanciamiento: es en parte una respuesta afectiva a una imagen mental de la víctima, no solo su valor inmediato como estímulo  (p. 83)

  Si somos capaces de activar la empatía de forma meramente cognitiva, con el distanciamiento que ello requiere, la acción prosocial será más eficaz.  Esto aparece mucho en los dilemas morales: en un accidente con múltiples víctimas, un médico tiene cerca a un hombre muy gravemente herido, tan grave, que no tiene salvación, pero la empatía nos provoca que su gravedad nos haga darle preferencia, mientras que otras cinco personas heridas un poco más alejadas, cuyos casos son a todas luces más esperanzadores, pueden fallecer por no recibir a tiempo los cuidados. Por eso normalmente los médicos tienen muy asumido el distanciamiento empático. Y esto es porque tienen principios:

Los principios morales pueden reducir el sesgo empático y la sobreactivación empática  (p. 221)

   Ya hemos visto lo que es la sobreactivación empática. En cuanto al sesgo empático:

El sesgo empático puede convertirse en algo malo cuando la gente se ve impulsada a atacar a otros en defensa de su propio grupo (ira empática)  (p. 270)

  Recordemos la cuestión del “grupo primario”. Gracias a la cultura y a nuestro propio desarrollo cognitivo (extrapolaciones) existe una gran flexibilidad a la hora de extender numéricamente el “grupo primario “ (véase, por ejemplo, la teoría del “círculo expansivo”). Eso permitiría eludir el problema del sesgo empático si contamos con un principio moral según el cual nuestro propio grupo abarca todo el género humano

  Un principio moral  puede entenderse también como un criterio de distanciamiento que facilita una ideación cognitiva en un sentido prosocial y puede desactivar tanto el sesgo empático como la sobreactivación empática. En el ejemplo del médico en el accidente múltiple, el principio sería: socorre primero a aquellos que más fácilmente pueden salvarse, sin perder los nervios (sobreactivación empática) ni prestar más atención de la debida al que te afecta más personalmente (lo que abarca también el sesgo en beneficio del propio grupo).

Si el malestar empático impulsado por la situación de la víctima es intenso, un malestar empático menos intenso promovido por el principio [moral] disminuirá el malestar empático general del observador. Si el malestar empático impulsado por la víctima es débil, un malestar empático más intenso del observador impulsado por el principio [moral] intensificará el malestar empático general del observador. En otras palabras, cuando un principio moral cargado con afecto empático es activado, tiene un efecto estabilizador de elevar o bajar la intensidad del afecto empático del observador. La respuesta empática del observador es así menos dependiente de las variaciones de intensidad y lo marcado de la angustia de la víctima y la sobre-activación empática (o infraactivación) es menos probable.  (p. 239)

  Otra cuestión que aborda Hoffman es la culpa virtual, que parece un gran problema, pero no lo es tanto.

Sentirse culpable en cualquier momento en que se piense que se ha cometido una transgresión, incluso cuando no ha sido así. Llamo a esto culpa virtual, y el acto dañino presumido, transgresión virtual. En las transgresiones virtuales uno no ha causado el daño ajeno, al menos no conscientemente, pero se culpa a sí mismo igualmente  (p. 175)                         

  La parte buena es que la “culpa virtual” tiene como origen una fuerte predisposición empática. Nos dolemos y sentimos culpables de no haber ayudado a quien, de todas formas, no hubiéramos podido ayudar: así es como se suelen sentir las “buenas personas” en tales casos. Lo contrario nos estaría diciendo algo sobre la menor sensibilidad empática del que se muestra hasta cierto punto indiferente.

  Lectura de “Empathy and Moral Development” en Cambridge University Press, 2000; traducción de idea21

martes, 5 de mayo de 2020

“Las trampas del deseo”, 2008. Daniel Ariely

[Un] viaje a través de las diversas formas en las que todos nosotros somos irracionales constituye (…) el asunto del que trata este libro. Y la disciplina que me permite abordar el tema se denomina economía conductual. (Introducción)

  El libro del  psicólogo Daniel Ariely –cuyo título original es Predictably irrational-  quiere ayudarnos a descubrir nuestra irracionalidad, las contradicciones entre nuestro pensamiento consciente y nuestras acciones reales, y enfrentarnos a los males que nos atenazan en lo emocional. Esto forma la base de toda psicología, pero lo que, en particular, hace la economía conductual es señalar lo que todo esto tiene que ver con el trabajo y la adquisición de bienes. Propiamente, en nuestra sociedad contemporánea. Porque, recordemos, el “hombre en estado de naturaleza” llevaba una vida económica muy diferente. Por ejemplo, en este libro se nos narra lo ofensivo que resulta a veces el ofrecimiento o la mera exhibición o mención del dinero en el curso de las relaciones sociales.

Vivimos simultáneamente en dos mundos distintos: uno en el que prevalecen las normas sociales, y otro donde son las normas mercantiles las que marcan la pauta. (…) No tenemos maridos (o mujeres) que lleguen a casa pidiendo 50 euros por un polvete, ni prostitutas que pidan amor eterno. (capítulo 4)

 En cambio, se valoran socialmente los regalos.

Nadie se siente ofendido por un pequeño regalo, puesto que aun los regalos más pequeños nos mantienen en el mundo del intercambio social y apartados de las normas mercantiles. (capítulo 4)

  Pero en las culturas tradicionales –también llamadas “primitivas”-, donde no existe el dinero, el uso de los “regalos” implica obligaciones y responsabilidades semejantes a las del dinero en nuestra sociedad actual… sin contradecir para nada las normas sociales. Margaret Mead relataba cómo las muchachas samoanas valoraban más al novio rico que al pobre, sin comprender que esto pudiera contradecir la atracción romántica. También en Shakespeare encontramos menciones a la “gran fortuna” como mérito añadido a las cualidades del caballero que pretende a la dama, si bien para Shakespeare es solo un mero añadido porque el surgimiento del prejuicio contra la “mercantilización” estaba ya produciéndose. El cambio progresivo ha llevado a que hoy el dinero no resulte valorado como marcador de reputación social… o, si acaso, que lo sea de forma encubierta.

  Este rechazo “social” del dinero tiene una base cierta en lo que respecta a las prestaciones mutuas más valoradas en sociedad.

La gente no está dispuesta a morir por dinero. Los agentes de policía, bomberos, soldados… no van a morir por su paga mensual. Son las normas sociales –el orgullo de su profesión y su sentido del deber– las que les motivarán a dar la vida y jugarse su salud. (capítulo 4)

El dinero resulta ser con mucha frecuencia la forma más cara de motivar a la gente. Las normas sociales no sólo son más baratas, sino que a menudo resultan también mas efectivas. (capítulo 4)

  Sin embargo, los agentes de policía no cumplirían su honorable obligación sin recibir sueldos “dignos”. Y aunque no pagamos porque las prostitutas nos den amor, a las enfermeras que cuidan de nuestros niños enfermos sí se lo exigimos.

  Por otra parte, el poder del dinero es muy superior en otros aspectos.

Una vez que los salarios pasaron a convertirse en una información pública, los medios de comunicación empezaron a publicar regularmente listas de clasificación de directores generales según sus ingresos. Lejos de suprimir los beneficios de los ejecutivos, aquella publicidad llevó a los directores generales de Estados Unidos a comparar su paga con la de los demás. Y como respuesta, los sueldos de los ejecutivos se dispararon. (capítulo 1)

  Ariely se fija en muchas otras cuestiones relacionadas con nuestra irracionalidad en la vida económica.

Su agencia de viajes le ofrece un viaje organizado para cada ciudad, que incluye el avión, el alojamiento en el hotel, visitas guiadas y un desayuno de bufé libre cada mañana. ¿Cuál elegiría usted?  Para la mayoría de las personas, la decisión entre una semana en Roma y una semana en París no resulta nada fácil. (…) Suponga, sin embargo, que le ofrecen una tercera opción: Roma, pero sin el desayuno pagado (llamémosla «–Roma», o el señuelo). Si considerara las tres opciones (París, Roma y –Roma), reconocería de inmediato que, mientras que Roma con el desayuno pagado resulta más o menos tan apetecible como París con el desayuno pagado, la opción inferior, Roma sin el desayuno pagado, representa una pérdida. La comparación con la opción claramente inferior (–Roma) hace que Roma con el desayuno pagado parezca aún mejor (capítulo 1)

  Éste es uno de los muchos trucos de vendedores: en este caso, instar a hacer primero una elección fácil desactiva una el que se haga una posterior elección más difícil. Otro truco conocido –también usado en la manipulación psicoterapéutica- es el del “anclaje”: presentar una proporción inicial –el precio inicial de una mercancía, por muy absurdo que sea- que condiciona la medición posterior que creemos autónoma.

El problema de la relatividad: consideramos nuestras decisiones de forma relativa, y las comparamos a escala local según las alternativas disponibles (capítulo 1)

  Muchos de estos trucos se basan en una estrategia psicológica general mucho más importante: el primado, que es el condicionamiento del comportamiento mediante una preparación previa. El primado es básico en la educación y en el condicionamiento cultural, y aunque puede utilizarse para casi cualquier cosa, entre sus usos está el de que puede ayudar a hacernos más prosociales. Ariely da el importante ejemplo de un experimento de psicología social.

Hicieron que los participantes reordenaran una serie de palabras sueltas para formar frases cabales (…). En el caso de algunos de los participantes, la tarea se basaba en palabras como agresivo, rudo, molesto o importunar. En el de otros, se partía de palabras como honrar, considerado, cortés o sensible. El objetivo de utilizar las dos listas era predisponer a los participantes a pensar en la cortesía o la rudeza como resultado de construir frases a partir de esos términos (…) Los que habían trabajado con el conjunto de palabras «amables» aguardaron pacientemente alrededor de 9,3 minutos antes de interrumpir, mientras que los que habían trabajado con el conjunto de palabras «rudas» sólo esperaron alrededor de 5,5 minutos antes de interrumpir al experimentador. (capítulo 9)

  Ariely no menciona que, en el adiestramiento militar, a lo “Full Metal Jacket”, la brusquedad, hostigamiento, desconsideración e incluso brutalidad también sirven para estimular todo lo contrario a la amabilidad y convertir a los jóvenes en “máquinas de matar”. Pueden llegar a serlo, pero no porque sean “born to kill”, sino por condicionamiento previo –primado.

  En otro experimento, a unos estudiantes se les pone en situación de hacer trampas en una prueba de la que pueden obtener beneficios económicos. Pero antes se les prima con material didáctico. A unos cuantos se les hace escribir sobre los “Diez mandamientos”.

Los estudiantes a quienes se había pedido que recordaran los Diez Mandamientos no habían hecho trampas en absoluto. (…) Lo que me impresionó especialmente del experimento con los Diez Mandamientos fue que los estudiantes que sólo fueron capaces de recordar uno o dos se vieron tan influidos por ellos como los que casi recordaron los diez. Ello indicaba que no eran los propios mandamientos en sí mismos los que alentaban la honestidad, sino la mera contemplación de alguna clase de pauta moral. (capítulo 11)

  Ya antes se mencionó el valor del honor por encima del dinero. En un experimento, la mera invocación del honor fue efectiva… incluso cuando se refería a un código de honor (el de la universidad MIT) que ni siquiera existía.

Resulta sorprendente, pues, el efecto de firmar una declaración relativa a un código de honor; máxime si tenemos en cuenta que el MIT no tiene código de honor alguno.(…) Una vez que empiezan a pensar en la honestidad –ya sea recordando los Diez Mandamientos, ya sea firmando una sencilla declaración–, dejan completamente de hacer trampas (capítulo 11)

  Y, finalmente, merece la pena mencionar los límites del autocontrol. Un profesor da opciones diferentes a sus alumnos a la hora de presentar sus trabajos. Entre las opciones, está la de que las fechas de entrega las impone el profesor o las elige el alumno a su propio criterio.

La clase con las tres fechas tope inamovibles fue la que obtuvo mejores notas, y la clase en la que no establecí ninguna fecha tope (salvo la del último día) la que las obtuvo peores (capítulo 6)

  Es decir, la libertad resultaba inconveniente. Obtenían mejores resultados si se les situaba en una situación de sometimiento a la autoridad. Piénsese en el sorprendente fenómeno de los matrimonios homosexuales: por un lado, la minoría homosexual, que ha sido brutalmente reprimida en los entornos de costumbres conservadoras, es una partidaria acérrima de la libertad personal… pero por el otro, su reivindicación de que sus relaciones sentimentales sean refrendadas por el vínculo matrimonial no es meramente simbólica, sino que obedece a que ellos saben que la obligatoriedad del vínculo les ayuda –igual que a los heterosexuales- a mantener relaciones afectivas más estables. Una separación de amantes libres es mucho menos complicada que un divorcio, y esa facilidad lleva a la ruptura con mucha más frecuencia. La confianza en el autocontrol que va implícita en promesas como “te amaré siempre” no parece tener mucho que ver con la realidad.

Resistir la tentación e infundir el autocontrol son propósitos humanos generales, y el hecho de fracasar repetidamente a la hora de conseguirlos es origen de una gran infelicidad.  (capítulo 6)

  La lección a aprender es que debemos ser conscientes de cómo de frágiles somos. El mero enunciado de un propósito no sirve a los amantes para garantizar su fidelidad y devoción, ni a los soldados para garantizar su valor en el combate, ni a la persona con sobrepeso para mantener su constancia en seguir la dieta.

Es difícil imaginar un estado emocional cuando se está en otro. (…) Para tomar decisiones informadas necesitamos experimentar y conocer de algún modo el estado emocional en el que estaremos cuando nos hallemos en la otra cara de la experiencia. (capítulo 5)

Quizá el mero hecho de ser conscientes de nuestra tendencia a tomar las decisiones erróneas cuando nos dejamos llevar por una emoción intensa pueda ayudarnos (capítulo 5)

  En resumen:

En lo que se refiere a nuestra vida personal, podemos mejorar activamente nuestros comportamientos irracionales. Para ello, podemos empezar por hacernos conscientes de nuestras vulnerabilidades.  (capítulo 2)

Nuestros comportamientos irracionales no son ni aleatorios ni insensatos; lejos de ello, son sistemáticos y previsibles. Todos cometemos los mismos tipos de errores una y otra vez, debido a la estructura básica de nuestro cerebro.  (capítulo 13)

  El realismo no debe desalentarnos. Al contrario, tomar decisiones realistas es lo que más puede garantizarnos vencer nuestras debilidades. Podemos enfrentarnos racionalmente a lo irracional que hay en nosotros.

Lectura de “Las trampas del deseo” en Ariel Editorial, 2016; traducción de Francisco Ramos