La politóloga Kristen Monroe se suma a los científicos sociales que, como los Oliner, tratan de estudiar la personalidad altruista. Nada sería más valioso que averiguar cuáles son los mecanismos psicológicos que estimulan el altruismo y así poder adaptarlos mediante algún tipo de estrategia a las circunstancias más usuales de la vida social.
El altruismo se desarrolla como un patrón consistente de comportamiento. (…) Hay algo como una “personalidad altruista”, por la cual el hábito de ayudar a otros se convierte en algo tan integrado que al cabo de los años la respuesta de ayudar es virtualmente automática (p. 149)
Aunque quizá sea un tanto desorientador que este estudio, al igual que el de los Oliner, se centre en las personas que realizan actos excepcionales de altruismo, como los rescatadores del Holocausto o las personas adineradas que hacen grandes donaciones a caridad.
Los cálculos económicos fallan totalmente para explicar las acciones de los héroes o los rescatadores de los judíos, gente que llegaron al más puro altruismo en nuestro continuo conceptual (p. 159)
La referencia a “cálculos económicos” tiene que ver con la relación coste/beneficio de los actos altruistas: en un acto heroico, el altruista puede estar jugándose la vida, solo a cambio –aparentemente- de una ligera satisfacción moral privada.
Aquí uno puede ponderar dos cuestiones: por una parte, la de si son los comportamientos heroicos los que importa más que se cultiven a fin de contar con una sociedad más altruista (¿no sería diferente y más importante un comportamiento altruista constante y cotidiano?); y por otra parte, de si no debe tenerse en cuenta que se dan comportamientos heroicos desinteresados también en defensa de principios no altruistas, como el caso de los abnegados militantes religiosos o políticos.
Argumentaré que los altruistas simplemente tienen una forma diferente de ver las cosas. Donde el resto de nosotros ve a un extraño, los altruistas ven a un semejante (p. 3)
Esto ya es otra cuestión: se supone entonces que lo que caracteriza al altruista no es su capacidad de sacrificio ni su impulsividad, sino un contenido muy específico de principios éticos, un conocimiento o ideología en concreto (¿humanismo?).
[En el altruismo] cuentan más las intenciones que las consecuencias (p. 6)
Se trataría entonces de un estado psicológico, que se expresa emocionalmente, pero que viene dado a partir de una evaluación de la realidad que establece principios morales inequívocos.
Las discusiones psicológicas y sus contrapartes en filosofía (…) enfatizan empatía, visión de uno mismo y del mundo, expectativas e identidad. Incluyen bases cognitivas y emocionales del altruismo e introducen el impacto de la cultura mediante los procesos psicológicos de razonamiento que llevan al altruismo. Cuando estos factores se unen de una forma en particular constituyen lo que refiero como una perspectiva altruista (p. 9)
La visión del mundo influencia de forma extremadamente poderosa en el altruismo, con el factor crítico siendo la percepción del altruista de su yo en relación con otros (…) Se trata de una reflexión de la relación percibida entre el altruista y todos los otros seres humanos. Los altruistas comparten una visión del mundo en la cual las gentes son uno. Esta visión del mundo parece vincularlos con toda la humanidad en una forma afectiva que alienta el tratamiento altruista (p. 198)
Mi explicación del altruismo se centra en el sentido de una humanidad compartida, una concepción del yo como uno con toda la humanidad. Es un concepto mucho más vago y sutil que los tradicionales –tales como religión o modelos de rol- que los científicos sociales gustan de identificar. Carece de la comodidad de los conceptos explicativos tales como utilidad psíquica o selección de grupo o de parientes. (p. 206)
Esta explicación de la autora no resulta convincente: parece que se atribuye el altruismo a una ideología liberal y democrática muy interiorizada, pero la idea de “humanidad compartida” puede entenderse desde el punto de vista de ideologías totalitarias colectivistas, capaces también de generar actitudes de autosacrificio.
Además, las explicaciones referidas a “utilidad psíquica” o “selección de grupo” nos llevan a pensar que tales casos –que se darían ya en la prehistoria- pueden ser objeto de adaptaciones posteriores compatibles con las ideologías de principios humanitarios, y no tanto con las más vagas ideas de “humanidad compartida”: si el altruismo es un instinto que es seleccionado (por utilidad para el individuo o por conveniencia del grupo) entonces podemos contar con que este instinto siempre va a estar a disposición de los hábitos culturales que puedan darle mayor o menor relevancia para el conveniente desarrollo vital.
En general, los biólogos evolutivos explican el altruismo en dos maneras: selección de parentesco o de grupo (p. 161)
En los casos de selección, de lo que se trata es de que, por la conveniencia del grupo (grupo de parentesco o de unidad económica), los comportamientos altruistas innatos se vean incentivados y, por lo tanto, pueda construirse a partir de ellos una ideología basada en el desarrollo de tales instintos innatos y no tanto que esta construcción se produzca a partir de creencias más abstractas y culturalmente elaboradas como la “humanidad compartida”. La diferencia es importante porque la empatía y benevolencia que arrancan de los instintos innatos son marcadores directos e inequívocos en las relaciones entre individuos, no creaciones culturales efímeras como una ideología de la “humanidad compartida”.
Los altruistas, en el marco evolutivo convencional, aparecen como muy vulnerables al abuso, y de ahí la dificultad de desarrollar una ideología altruista no manipulable. La única forma de no abusar del altruista es que la comunidad en su conjunto valore a éste como un recurso a largo plazo: que se sea consciente de que no hay que matar a la gallina de los huevos de oro.
Dañar a los altruistas limitará la capacidad futura del altruista para contribuir al consumo del egoísta (p. 162)
Esta teoría es discutida, pues, al fin y al cabo, no está probado que el grupo pueda imponer el interés común sobre el particular hasta el punto de proteger a los altruistas (acaban matando a la gallina).
De lo que no cabe duda es de que los comportamientos altruistas deben generalizarse y no darse solo en condiciones excepcionales o heroicas. ¿Qué nos enseñan los casos excepcionales de altruismo? Quizá no tanto.
Lectura de “The Heart of Altruism” en Princeton University Press 1996; traducción de idea21