Una sociedad basada en principios altruistas sería perfecta y feliz: cada uno procuraría el bienestar de los demás, y lógicamente se beneficiaría también de esta pauta de conducta generalizada.
Las objeciones a este ideal resultan bastante endebles.
Un mundo de perfectos altruistas sería incoherente y una contradicción en sí misma. Cada uno se preocuparía exclusivamente de los intereses de otros, dejando a los individuos sin interés por sí mismos (Dos altruistas discutiendo sobre quien debería ocupar el último asiento de un bus: es para ti –no, es para ti) (p. 91)
Lógicamente, los perfectos altruistas no van a favorecer discusiones bizantinas contraproducentes para su fin de benevolencia: si no hay un razonamiento práctico adecuado sobre un tema de poca importancia como sería el de quién se queda con el último asiento, se echa a suertes en lugar de perder un tiempo que puede aprovecharse mejor en continuar favoreciendo la felicidad de nuestros semejantes.
Pero el caso es que, tal como nos muestran los filósofos Niall Scott y Jonathan Seglow en su libro, si aún no vivimos desde luego en una sociedad basada en el altruismo, tampoco vivimos exactamente en una sociedad basada en principios egoístas. El altruismo existe, pero no tanto como nos convendría.
A la hora de estudiar la naturaleza y las posibilidades del altruismo en humanos, el primer paso es reconocer que el altruismo tiene un origen natural.
Darwin argumentó que se podría explicar el altruismo en términos de selección de grupo [En el libro “La descendencia del hombre”, de 1871] (p. 41)
Con todo, el mismo Darwin había de reconocer que la selección de grupo tendría una capacidad limitada para promover el altruismo. La teoría tiene sentido en que un grupo donde el altruismo esté más presente alcanzaría una cooperación más eficaz, lo que les permitiría imponerse a grupos donde el altruismo se diera menos. Pero una cosa es que eso sería conveniente, y otra el que eso fuera posible.
La teoría de selección de grupo (…) ha sido fuertemente criticada (…) [porque] un grupo de altruistas puede fácilmente ser socavado por individuos egoístas dentro de su grupo (p. 43)
Así que, sobre una base altruista innata que quizá se originase por una cierta “selección de grupo”, se han desarrollado estrategias culturales de fomento de la cooperación. La “selección de grupo” puede haberse generado por múltiples caminos, pero no hasta el punto de que no subsista un poderoso egoísmo y es éste el que tiene que ser de alguna forma controlado para el beneficio común del mayor número de individuos.
La ética evolutiva y la psicología evolutiva han tratado de explicar los orígenes del comportamiento altruista y moral mediante el desarrollo de la idea de estrategias de cooperación (p. 45)
Estas estrategias se basan sobre todo en la reciprocidad: la obtención de prestaciones altruistas a cambio de otras prestaciones altruistas. Ahora bien: el “yo te doy si tú me das” –tit-for-tat- no solo no es altruismo real –no hay “motivación” genuina de beneficiar a otro, sino un interés exclusivo en el propio beneficio-, sino que además requiere un condicionamiento en cuanto que tienen que existir expectativas reales de que tal beneficio mutuo va a producirse realmente.
El altruismo recíproco (…) es el altruismo que se lleva a cabo con la esperanza de obtener una futura recompensa de la persona a la que se beneficia. No está restringido a los parientes (p. 49)
El foco debe ponerse en esa “esperanza de obtener una futura recompensa”. La fórmula evolutivamente consistente es que el comportamiento cooperativo sea de tipo instintivo y no mera consecuencia de un deliberado e incierto cálculo de viabilidad. Si contamos con un impulso de actuar con reciprocidad, entonces la motivación sí se parece bastante a un altruismo genuino: el individuo altruista no alberga conscientemente la esperanza de la futura recompensa, sino que actúa de tal modo que es probable que ésta se produzca (igual que una ardilla instintivamente almacena nueces aun careciendo de “imaginación” para saber que eso le permitirá subsistir en invierno). Si este comportamiento altruista instintivo –por el estilo del que llevamos a cabo cuando nos relaciones altruistamente con nuestros parientes- es lo suficientemente frecuente todos acabaremos por beneficiarnos.
El problema es que también los instintos requieren que se den circunstancias favorables a su expresión. Por ejemplo, si yo soy instintivamente agresivo puedo hacer mucho más daño a otros si dispongo con facilidad de armas de fuego. Con el altruismo sucedería lo mismo.
Ya que el altruismo depende tan crucialmente de la motivación no es algo que podamos fomentar fácilmente. La solución es emplear una aproximación indirecta (…) y crear nuevas instituciones en las que pueda florecer el altruismo y ser mostrado públicamente (p. 134)
Si vivimos en una cultura en la que se incita a cada uno a ser egoísta, es menos probable que el instinto altruista florezca.
Hoy por hoy, cuando menos en los países liberales y democráticos, está claro que el altruismo en general resulta mayoritariamente atractivo, pero ¿hasta qué punto puede llegar a realizarse?, ¿hacemos lo posible por promoverlo?
Si el altruismo se asocia con sentimientos agradables tenderá a ser producido socialmente (p. 62)
Esto sería lo ideal. Lo experimentamos cuando se trata de buscar la felicidad de nuestros seres queridos (afección). ¿Cómo expandir estas emociones de benevolencia a un ámbito universal? El liberalismo compasivo parece ayudar. Pero ¿se puede ir más allá?, ¿podemos aspirar a una sociedad que promueva más aún el altruismo?
Incluso si nos sentimos compelidos a ayudar a los más próximos y más queridos, eso no quiere decir que no podamos educarnos a nosotros mismos para expandir el ámbito de nuestras simpatías morales. Después de todo -tienden a decir los imparcialistas- la motivación es una cosa pero la justificación una muy distinta. Una forma de salir de este dilema es conectar la imparcialidad y el altruismo conceptualmente mediante la idea de que el punto de vista impersonal es un rasgo necesario de las acciones altruistamente motivadas (p. 37)
Si justificación y motivación fuesen la misma cosa, el problema estaría resuelto, pero la conexión “conceptual” entre imparcialidad ética –bondad universal- y altruismo –expresión subjetiva de bondad… universal o no- depende de los principios morales: interiorizar emocionalmente –“como un instinto”- los principios morales; ése es el gran truco del progreso civilizatorio.
El altruismo es un tipo especial de emoción (p. 27)
Una cultura social de principios morales interiorizados de alcance universal –cuyo ideal fuese beneficiar imparcialmente a todos los seres- capaz de promover emociones altruistas gratificantes alcanzaría la absoluta perfección.
Las religiones, tan importantes en la evolución civilizatoria, tenían su fórmula, apelando a un orden sobrenatural benéfico –“Dios es amor”-, de gran poder emocional. Todavía hoy los creyentes en las religiones compasivas suelen ser más activos en lo que a altruismo se refiere.
La gente religiosa tiende a donar más que lo no religiosos (p. 98)
Pero como en una civilización basada en principios racionales lo sobrenatural queda ya descartado, es preciso analizar cuál es el poder de cada estrategia para promover el altruismo a fin de hallar fórmulas más viables.
Los sentimientos egoístas que son necesarios para la supervivencia eran vistos por Comte como más fuertes que las capacidades sociales y altruistas más débiles. Estas capacidades más débiles, sin embargo, podían ser fortalecidas mediante la educación (p. 15)
Para llegar a una sociedad por completo altruista, se hace necesario un complejo proceso de cambio cultural; la “educación” –didactismo- ha demostrado sus limitaciones a estas alturas.
Aquí aparecen desafíos de todo tipo. Por una parte, el hecho indudable de que hay temperamentos más propensos a la benevolencia que otros, algo que no suele tener en cuenta el didactismo educativo.
La perspectiva del aprendizaje social [para promover el altruismo] tiende a minimizar las diferencias en el carácter de la gente (p. 63)
Por otra parte, la construcción de principios morales que puedan ser interiorizados –generar emociones que impulsen la acción altruista- implica considerar factores ideológicos.
Para los altruistas normocéntricos, el sentir la experiencia del sufrimiento de los otros no es suficiente. Este sufrimiento ha de ser también una violación de las normas de un grupo de referencia con el cual se identifican. La persecución de los judíos ofendía los valores de su familia, iglesia o comunidad, y esto era lo que los movía a actuar (p. 78)
No se da una conclusión definitiva, pero sí indicaciones que pueden ser esclarecedoras a la luz de lo que hemos aprendido hasta hoy sobre el comportamiento social humano.
Resumiendo: el objetivo es expandir y explotar racionalmente la “interiorización” del comportamiento altruista. Recordemos que, a cierto nivel menor, el comportamiento altruista ya está interiorizado en muchos casos. El ejemplo más conocido es el del que da una propina en un restaurante al que nunca volverá –una “buena costumbre”-. Pero también implica casos más gravosos, como la donación de sangre u órganos.
El deber interiorizado de los donantes de sangre –que cada uno está en disposición de ayudar a cualquier semejante- podría generalizarse para proporcionar un fundamento moral para un estado de bienestar (p. 106)
No hay límite en las posibilidades de expansión del altruismo si se consideran todos los factores implicados y se obra en consecuencia de forma organizada.
Lectura de “Altruism” en Open University Press McGraw-Hill Education 2007; traducción de idea21