domingo, 25 de julio de 2021

“La chispa creativa”, 2017. Agustín Fuentes

    La creatividad siempre se ha considerado una de las más valiosas cualidades del Homo sapiens. Se presupone que es la consecuencia más destacada de la inteligencia superior.

La creatividad está hecha de interconexiones de ideas, experiencias e imaginación. (Propuesta)

La creatividad se halla en la raíz misma de cómo evolucionamos y por qué somos de la manera que somos. Es nuestra capacidad de movernos hacia delante y hacia atrás entre los ámbitos de «lo que es» y «lo que podría ser» lo que nos ha permitido ir más allá de ser una especie exitosa para convertirnos en una especie excepcional. (Propuesta)

La capacidad de innumerables individuos para pensar de manera creativa es lo que nos condujo a tener éxito como especie. Al mismo tiempo, la condición inicial de cualquier acto creativo es la colaboración. (Propuesta)

  El primatólogo y antropólogo Agustín Fuentes es una de las personas mejor preparadas para informarnos de que el desarrollo de la creatividad es relativamente reciente incluso en nuestra especie.

Tuvo que haber un aumento enorme en la nutrición hace entre 500.000 y 2 millones de años para proporcionar energía al aumento masivo del tamaño cerebral que vemos en los fósiles (Capítulo 3)

Hace unos 500.000 años, nuestros antepasados elaboraban nuevos utensilios que requerían previsión, comunicación matizada, algo de enseñanza y mucha destreza manual. (Capítulo 3)

  En esta última afirmación, Fuentes se refiere a la radical diferencia entre los llamados "utensilios achelenses" y los muchos más simples "olduvayenses" que predominaron durante mucho más tiempo en el pasado lejano del género "Homo". Esta diferenciación coincide, más o menos en la misma época, con el uso del fuego y la aparición de nuevas armas destinadas a la caza.

No vemos pruebas frecuentes de uso del fuego en los yacimientos de homininos (como hogares o residuos de humo en huesos y dientes) hasta hace entre 350.000 y 450.000 años (Capítulo 4)

Desde hace al menos 500.000 años tenemos pruebas de que miembros del género Homo utilizaron lanzas recias y quizá incluso las arrojaban hace unos 300.000 años. (Capítulo 4)

  Sin embargo, la importancia de estos cambios no debe hacernos ver la creatividad como la mera capacidad para invenciones prácticas (obtención de alimentos y el tratamiento de estos). El ser humano se caracteriza por su complejidad social y de ahí la aparición de características únicas que no están necesariamente relacionadas con la construcción de herramientas sino más bien con la funcionalidad compleja de las relaciones personales de los individuos dentro de un grupo. 

   En lugar de fuertes jerarquías como los lobos o ciervos, y en lugar de reforzar el parentesco como las hormigas, los “Homo” desarrollaron –gracias a sus mayores cerebros- posibilidades cognitivas de sociabilidad que permitían una mayor flexibilidad en las relaciones personales -igualitarismo, reglas de parentesco complejas, adopciones, monogamia, amistad entre extraños... Un ejemplo del desarrollo de las capacidades sociales es el lenguaje, que probablemente comenzó a aparecer en el “Homo erectus” –aunque aún no en la forma vocal actual.

Mucho antes de la primera aparición de los humanos modernos hay amplia evidencia de que nuestros antepasados desarrollaban respuestas sustanciales cognitivas y conductuales cada vez más complejas a los desafíos ecológicos y sociales. Todo lo que sabemos acerca del pasado humano sugiere que fue esta agilidad conductual y cognitiva, combinada con una cooperación y coordinación social creciente, y el desarrollo del pensamiento simbólico y la experimentación con el mismo, lo que permitió a los humanos crear nuestra capacidad moderna para la intencionalidad compartida extensiva, la metacoordinación y el lenguaje. En el meollo de estas innovaciones está la capacidad de crear significado de maneras que son distintivas. (Capítulo 9)

  Con la explosión cognitiva del Homo Sapiens aparecen numerosas características únicas. Una de ellas está especialmente relacionada con la creatividad: el simbolismo.

La herencia simbólica es exclusiva de los humanos y es la transmisión de ideas, símbolos y percepciones que influyen sobre la manera en que vivimos y usamos nuestro cuerpo, que potencialmente puede afectar a la transmisión de información biológica de una generación a la siguiente. (Propuesta)

   En apariencia, el simbolismo y otras características cognitivas más, como el sentido estético o la religión, no parecen de mucha utilidad práctica. Pero forman parte del desarrollo propio del Homo sapiens y acabarán generando nuevas posibilidades económicas… como efecto secundario.

  Algunas de las características cognitivas especiales pueden tener un precedente en el comportamiento animal. Es el caso del comportamiento ritual que precede a la religión. Muchos animales tienen rituales de apareamiento o de intimidación.

El comportamiento ritual se hace común y básico en la experiencia humana y (…) precede a la aparición de la religión (Capítulo 9)

  El ritual, unido al simbolismo y a las fuertes necesidades de la complejidad social de los “Homo” generan el fenómeno religioso.

Las religiones marcan y transforman la manera en que los humanos experimentan las emociones y otros aspectos de la vida (Capítulo 9)

  Las religiones permiten el fortalecimiento del comportamiento grupal y más adelante permitirán grandes innovaciones en el ámbito moral.

  Las peculiaridades de tipo creativo incluyen muchos otros comportamientos con consecuencias prácticas que para nosotros son habituales, pero que resultan notablemente innovadoras.

Otros grupos de humanos que no contribuyeron de forma extensa al linaje humano moderno (como los neandertales) nunca se hicieron amigos de los perros (Capítulo 6)

  La creatividad –y la curiosidad- están presentes en todas estas tendencias originales. Por encima de todo, la creatividad se desarrolla mediante la cooperación y ésta solo puede surgir de la complejidad social.

Los humanos poseemos un tipo denso de intencionalidad compartida (la capacidad de ponerse de acuerdo conscientemente en la misma interpretación cognitiva y en los mismos objetivos); esto nos permite centrarnos conjuntamente en los retos y las soluciones. Nuestra capacidad para transmitir información, ideas e innovaciones es más sustancial que la de otros animales, y ello incluso en la historia temprana de nuestro género (Capítulo 11)

  El recorrido por los comportamientos creativos nos descubre una vida social diferente de la de los otros mamíferos superiores.

El gusto estético tuvo un impacto en la elaboración de utensilios. Esto lo vemos también en otra evidencia. Por esta época surgen claramente estilos regionales y locales de utensilios líticos, y algunas localidades tienen incluso formas y estilos idiosincrásicos (Capítulo 10)

  Los avances tecnológicos, que convertirían al Homo sapiens (y antes también a algunos de sus antepasados) en el animal más poderoso de la prehistoria surgen a partir de estas peculiaridades en la vida social.

Ningún otro animal en la naturaleza, ni siquiera los chimpancés, puede contemplar una piedra, comprender que dentro de aquella piedra hay otra forma más útil y utilizar otras piedras o madera o hueso para modificar aquella piedra... y después compartir dicha información con los miembros del grupo. Esto es exactamente lo que comenzó a suceder hace de 2 a 3 millones de años, en el inicio mismo de nuestro linaje. Elaborar y emplear utensilios líticos implica mucha más información, colaboración y creatividad que seleccionar una piedra o un palo, tal como son, para usarlos. (Capítulo 3)

  Algunos han puesto en cuestión que toda la creatividad humana haya sido para bien. El descubrimiento de que en las primeras sociedades agrarias la gente trabajara más y se alimentara peor que los cazadores-recolectores ha llevado a dudar acerca de la conveniencia de tal creatividad. Pero también hay argumentos que la justifican.

Hay tres razones clave que explican por qué los humanos siguieron con la agricultura, por dura que fuera:

• estabilidad de los recursos alimentarios,

• incremento de las poblaciones, y

• estar inmovilizados en la tierra (Capítulo 6)

   Y la agricultura no solo era más fatigosa. La vida sedentaria llevaría a la desigualdad ("violencia sistémica", para algunos). También el Homo sapiens del neolítico hubo de ser creativo para hacer tolerable la desigualdad social, desconocida en la Prehistoria.

¿Cómo puede una comunidad mantener un sentido de cohesión con la aparición de esta estratificación y desigualdad? Un mecanismo es desarrollar símbolos y rituales que refuercen la identidad del grupo. (Capítulo 7)

  Creatividad no debe interpretarse como progreso económico. Es una forma de vida. Surge de estos factores peculiares: cooperación extrema, lenguaje simbólico, curiosidad, sentido estético… No es solo tener un cerebro más grande, es una predisposición a utilizarlo en una comprensión de nuestro entorno más flexible, basada en el diseño de patrones, causalidades y expectativas de futuro. 

  Tarde o temprano –si lo pensamos bien, llevó bastante tiempo- tales peculiaridades, aplicadas a la vida cotidiana de subsistencia, llevarían al desarrollo de las herramientas y estrategias económicas complejas. Pero esto no fue la prioridad. Recordemos que, de todas maneras, los “Homo”, con sus piedras afiladas, el uso del fuego y sus estrategias de caza en común –trampas, emboscadas, acecho, rastreo…- ya tenían asegurada la subsistencia. Sin lanzas, ni arcos y flechas, ni mucho menos agricultura, ya dominaban el entorno natural.

  La creatividad no surgió por motivos prácticos. La creatividad es lo que somos.

Lectura de “La chispa creativa” en Editorial Planeta S.A. 2018; traducción de  Joandomènec Ros

jueves, 15 de julio de 2021

“La supervivencia del más amable”, 2020. Hare y Woods

     La idea de la “supervivencia del más apto”  se popularizó enormemente tras los hallazgos de Darwin y acabó teniendo consecuencias muy graves en el pensamiento humano, originando el fatalismo del “Homo economicus” y limitando para muchos la condición humana a la competitividad mutua y las relaciones de fuerza –la “supervivencia del más apto”, en un entorno imaginario primitivo, equivalía bastante a la “supervivencia del más fuerte”.

  En este caso, el antropólogo Brian Hare y la divulgadora científica Vanessa Woods parten reflexivamente de un planteamiento opuesto: es la confianza que surge a partir de la amabilidad lo que más favorece la cooperación mutua -y es la cooperación mutua lo que permite el progreso humano.        

Hemos prosperado no porque éramos más inteligentes, sino porque éramos más amistosos  (Capítulo 4)

  El fenómeno de la amabilidad no es algo extraño en los animales, especialmente entre mamíferos. Con independencia de la amabilidad que pueda darse en la crianza o en el cortejo nupcial, también entre iguales, dentro de la misma especie, hay individuos que son menos agresivos que otros e incluso los que sobresalen por mostrarse afectuosos o altruistas (es decir, individuos en los cuales las tendencias amables son más destacadas).

   Como el comportamiento amable y afectuoso suele darse más en las crías de mamífero -ya que, lógicamente, son dependientes del buen trato que les den sus progenitores- parece que algunos individuos más amables ya adultos también muestran rasgos relativamente infantiles. Y resulta que tales rasgos pueden propagarse mediante selección –cruzando individuos amables entre sí. Esta infantilización –neotenia- se hace evidente en la domesticación, por ejemplo, de perros y caballos. 

  Esto se da asimismo entre seres humanos, pero sin que medie la actuación del criador que selecciona los especímenes a cruzarse para generar las nuevas variedades. En el caso humano se trata de la autodomesticación.

A lo largo de generaciones, los individuos con perfiles de desarrollo y hormonas que favorecen la amabilidad y con ello la comunicación cooperativa fueron más exitosos (…) La hipótesis de la autodomesticación humana predice que una tolerancia expandida incrementa la recompensa por las interacciones sociales, como en los bonobos y perros. Pero también predice que [los humanos] somos únicos en que podemos inhibir de forma fiable nuestras reacciones emocionales e intencionadamente calcular los beneficios de la tolerancia. (Capítulo 4)

  La autodomesticación parece un fenómeno casi exclusivamente humano –aunque tal vez se haya dado también en los singulares chimpancés bonobos- y podría haber surgido por selección intergrupal: las estirpes humanas menos agresivas, más amistosas y cooperativas resultaron las más exitosas socialmente y habrían desplazado a las que no lo eran; de modo que, a posteriori, el cruce entre individuos más amables llevaría al éxito social de las subsiguientes generaciones. Esto coincide bastante con la “selección de grupo” que ya describió Darwin –una concepción bastante más optimista que la de la “supervivencia del más apto”.

  Las características seleccionadas acabarían dando lugar a peculiaridades morfológicas y de comportamiento, porque la amabilidad va unida a otras peculiaridades.

El simple gesto de extender un brazo y el dedo índice que comenzamos a usar a los 9 meses de edad, o nuestra capacidad para seguir la pista cuando nuestras madres señalan a un juguete perdido o un pájaro que vuela por encima de nosotros, es algo que los chimpancés no hacen y no comprenden (Capítulo 1)

  Qué relación pueda existir entre las diferencias cognitivas del Homo Sapiens con respecto a nuestros parientes más próximos y las características “amistosas” puede ser objeto de debate. Los chimpancés bonobos, desde luego, son más amistosos pero no parecen cognitivamente diferentes a los otros chimpancés. Lo que sí es cierto es que se dan características propias, físicas –y probablemente también cognitivas- conectadas con la diferencia en la agresividad, la cooperación y la afectividad.

[Hay un] vínculo entre un incremento en amabilidad en los humanos y los cambios accidentales que creemos que ello ha causado –incluyendo nuestros rostros afeminados [e infantiles], blanco del ojo y habilidades cognitivas como la comunicación cooperativa (Capítulo 5)

  El “blanco del ojo” es una característica que, al permitir seguir la mirada de otros, facilita la comunicación emocional y afectiva.

  Estas características de amabilidad, de empatía y de altruismo van más allá del ámbito de las relaciones interpersonales: dan también lugar a una predisposición a relaciones sociales menos agresivas y más cooperativas.

En el Paleolítico medio, nosotros, y solo nosotros, fuimos objeto de una intensa selección para la amigabilidad. Esta selección para la amigabilidad nos dio una nueva categoría social, una que ningún otro animal tiene –el extraño del intragrupo (Capítulo 5)

  Entre los mamíferos, todo individuo desconocido genera desconfianza y agresión en tanto que potencial amenaza. Pero, entre los humanos, la evolución cultural –y tal vez biológica por autodomesticación- dio lugar a una situación nueva.

El concepto del extraño del intragrupo nos ha permitido extender nuestro amor hacia aquellos que nunca hemos conocido personalmente. Esta noción de una familia extendida nos ha ayudado a tener éxito en el pasado y es la gran esperanza para nuestro futuro (Capítulo 5)

  Familia extendida o “nepotismo desplazado” o “círculo expansivo”. Lo esencial es que, determinados marcadores nos señalan a un extraño en particular como alguien de alguna forma próximo: es nuestro paisano, compañero de congregación, fan de nuestro mismo equipo de fútbol… Y eso da lugar a la confianza. La confianza tiene como consecuencia la amabilidad: premiamos a quien nos proporciona confianza. Nuestra amabilidad nos predispone a confiar y la confianza asegurada refuerza nuestra amabilidad.

La amabilidad, vagamente definida como algún tipo de cooperación intencional o no intencional, o comportamiento positivo hacia los demás, es tan común en la naturaleza porque es muy poderosa.(Introducción)

  La pregunta es por qué nos conformamos con nuestro actual nivel de amabilidad, por qué no somos más amables aún. Si a la vista está que ser amables los unos con los otros es tan beneficioso, tal pauta de comportamiento no habría de tener excepciones. La realidad es que muchos creen que el egoísmo y la agresión están generalizados –aunque eso no es lo que demuestra el estudio riguroso del comportamiento humano.

   El pensamiento popular  ante una persona amable suele ser algo así como “si todos fueran como él, yo también lo sería…” Si bien los resultados de la amabilidad están a la vista, puesto que implican cooperación inteligente, el desarrollo de la amabilidad no es tan fácil. No basta con haber heredado una determinada disposición a la amabilidad, sino que ha de desarrollarse ésta en un contexto que muchas veces no parece favorecedor la confianza.

 Ahora bien, la evidencia muestra que es mucho lo que se puede hacer para predisponer a una actuación amable unilateral.

Un estudio encontró que solo imaginar un contacto positivo con uno de los grupos más deshumanizados de personas –los vagabundos- ayuda a la gente a empatizar con ellos. Incluso usar palabras humanizadoras para describir personas en un grupo ajeno puede llevar a la gente a querer aproximarse y tomar contacto (Capítulo 8)

  Si el desarrollo de la empatía exige, en ocasiones, un esfuerzo de imaginación y una selección de palabras para crear un incremento de nuestra disposición amable, esto implica un trabajo cultural, de cultivo de actitudes amables. Tal desarrollo cultural, educativo, de estilo de vida forma parte sin duda del contenido de la evolución moral y el proceso civilizatorio. 

   Una tarea inmensa que, de hecho, ni siquiera ha sido abordada aún de forma directa por los factores sociales, ya que los gobiernos no establecen “Ministerios de la Empatía” ni han surgido organizaciones internacionales para el fomento de la amabilidad mundial...

 Lectura de “Survival of the Friendliest” en Random House 2020; traducción de idea21

lunes, 5 de julio de 2021

“La ética de la mejora humana”, 2016. Clarke, Savulescu, Coady, Giubilini y Sanyal (Editores)

  Este libro es una cuidadosa edición de las conclusiones de dos eventos organizados por la Universidad de Melbourne acerca de los problemas éticos del “human enhancement” –que podemos traducir como “mejora o perfeccionamiento humanos”… en cierto modo equivalente a la mejora, por ejemplo, del ganado selecto-. Participaron casi una veintena de autores (entre ellos los editores mismos, y también otros muy conocidos como Allen Buchanan). 

  Algunas de las posibilidades de la mejora humana –mediante la genética o la intervención directa en el cerebro humano- parecen bastante remotas de acuerdo con la tecnología disponible y muchos las considerarán como más propias de las fantasías de ciencia-ficción del estilo de Gattaca o Black Mirror. Otros procesos biotecnológicos en cambio son ya habituales, como las donaciones de órganos o la fecundación in vitro. En cualquier caso, existe la posibilidad de muchos más cambios en el futuro próximo y es razonable tratar de prevenir sus repercusiones sociales.

Seleccionar embriones antes de la implantación durante los procedimientos de fertilización en vitro, insertar o borrar secuencias de genes, tomar drogas para la mejora física o mental, buscar la extensión de la vida mediante aplicaciones de células madre y la medicina regenerativa son todos ejemplos de intervenciones que son, o pronto serán, técnicamente posibles. (p. 1)

Podemos mejorar algunas de nuestras capacidades mentales y físicas por encima de los límites superiores para nuestra especie con el uso de terapias con medicamentos y procedimientos médicos. Es muy probable que pronto seremos capaces de mejorar muchas más de nuestras capacidades (…). La expectativa de mejorar las capacidades mentales y físicas por encima de sus límites superiores ha sido recibida entusiásticamente por varios bioeticistas y filósofos de vanguardia. Sin embargo, un número de intelectuales muy prominentes (…) han objetado una serie de cuestiones sobre la mejora humana. (…) Se ha afirmado que es moralmente erróneo alterar la naturaleza humana, que intentar hacer esto equivale a jugar a Dios y es un síntoma de nuestra condición nefasta, y que no deberíamos buscar controlarnos a nosotros mismos y a otros. También se argumenta que deberíamos están pendientes de nuestras respuestas emocionales a las nuevas tecnologías, ya que algunas emociones, como la repugnancia, pueden suponer una fuente de sabiduría moral. (p. v)

   El abordar estos temas lleva a abordar otras cuestiones fundamentales que tienen que ver con los cambios éticos y la tolerancia, permisividad y fomento que tales posibilidades merecen por parte de los factores culturales de la sociedad convencional.

El modelo de desarrollo moral evolutivo que proponemos sugiere un número de estrategias culturales completas para abordar los problemas morales más graves. Aparte de una educación moral básica, tal como enseñar a los individuos a resistir su proclividad natural hacia clasificaciones esenciales de los grupos humanos [lo que implica en muchos casos supremacismo], deben hacerse esfuerzos concertados para mejorar las condiciones del entorno que equivalen a las condiciones [económicas] peligrosas propias de la evolución moral más temprana. Porque es solo en circunstancias “lujosas” que la moralidad inclusivista puede arraigar y expandirse (p. 253)

  Moralidad “inclusivista” equivale al ideal moral de las naciones democráticas y liberales, en las que ninguna minoría desfavorecida es ignorada por la voluntad general de hallar el bien común. Este mundo prosocial, benévolo y próspero, difícilmente puede surgir en condiciones [económicas] peligrosas, es decir, en condiciones de pobreza, precariedad y violencia, lo que nos refiere a algunos de los condicionantes básicos que siempre se señalan a la hora de especular con la posibilidad de un futuro moralmente mejor: es preciso garantizar tanto la educación como una cierta prosperidad económica.

  En conjunto, el punto de vista escéptico sobre las posibilidades de la mejora moral biomédica suele coincidir con el que considera que más bien son la educación y el progreso económico los elementos básicos y difícilmente mejorables del avance moral. Se basan en la evidencia presente. 

   Desde otro punto de vista, abordar los nuevos desafíos éticos de los avances biomédicos implica cuestionar cómo elegir en qué sentido han de promoverse los cambios morales, ¿los cambios morales deben basarse en nuestras emotivas intuiciones o en el juicio racional? 

El agente racional tenderá a confiar en la razón en los casos en los que las intuiciones no son adecuadas a la tarea o en los casos en los que las intuiciones no han sido aún bien entrenadas (p. 67)

  Obsérvese la importancia de “entrenar” las intuiciones. Toda intuición moral se basa en los usos culturales o costumbres: en el pasado europeo –y en el triste presente de algunas otras sociedades actuales- preservar la castidad de las doncellas era un bien moral en sí mismo; ¿cómo pasamos de esta intuición a la de respetar la libertad de toda mujer para disponer de su propio cuerpo? En un principio, solo un discurso racional de tipo liberal puede defender lo intuitivamente rechazable –despreciar la castidad de las doncellas- y con el paso del tiempo aquel discurso racional dio lugar a una intuición moral opuesta –rechazar la falta de libertad de las mujeres-. Pero pasar de una “intuición” a la otra no es nada fácil.

El conocimiento crucial para las buenas decisiones morales es el producto de prácticas sociales, y (…) el potencial para el progreso moral con frecuencia hace referencia a las virtudes epistémicas de estas prácticas sociales (p. 254)

  El avance de la razón acabará, tal vez, con el tiempo, llevando a que la cultura genere nuevas intuiciones (sobre moral sexual, sobre principios democráticos o sobre avances tecnológicos).  

  Podemos defender la libertad sexual igual que podemos defender el derecho de unos padres a mejorar por selección genética las posibilidades de éxito social de su futuro hijo –hijos “prodigio” por selección genética-. Lo que nos falta es la intuición del bien o del mal.

Las intuiciones cambian con el tiempo. La fuerte oposición inicial contra la fecundación in vitro se ha desvanecido en gran parte, por ejemplo (p. 9)

  Y lo mismo puede decirse del derecho al aborto… y tal vez en un próximo futuro de la despenalización de las drogas “para uso lúdico”.

  En el caso de la mejora por selección genética –no muy diferente a lo ya se hace, con la hibridación, en el caso de los animales domésticos- un problema –como en la película “Gattaca”- sería la desigualdad que apareciera entre los niños mejorados y los no mejorados. Pero también podemos argumentar sobre ello:

La mejora humana, lejos de ser opuesta a la igualdad, puede usarse para compensar la injusticia de la lotería genética (abrazando así una forma de igualitarismo en la suerte) al acercar a los menos afortunados a una asignación mínimamente decente de capacidades y bienestar  (p. 14)

  Los argumentos y contraargumentos son infinitos. La conclusión es que esta cuestión de la mejora posible implica por encima de todo precisar qué es lo que queremos mejorar y en qué sentido queremos mejorar. Por ejemplo ¿queremos ser todos iguales? ¿o es preferible beneficiarse todos de la excelencia de algunos?

La razón y, en particular, lo que llamamos “normatividad de fin abierto” –la capacidad para sujetar nuestras normas e incluso nuestra concepción de quien tiene la posición moral al escrutinio racional- (…) es una parte importante de cualquier explicación del progreso moral inclusivista (p. 245)

  La normatividad “de fin abierto” centrada en la moral inclusivista parece la principal candidata como pauta de prosocialidad. Esto equivale en cierto modo a la autonomía moral: no se trata de recetarios de metas morales a alcanzar  -felicidad, inteligencia, prosperidad-, sino de una disposición moral honesta, racional y sin prejuicios –de fin abierto- que, dadas las circunstancias, nos ofrecerá opciones funcionales. El objetivo es alcanzar una moral inclusivista –altruista, empática, benevolente-, que beneficie a todos, pero los pasos decisorios que haya que dar dependerán siempre tanto de la virtud autónoma honesta y racional del que actúa como de las circunstancias reales.

  Esto no es incompatible con una visión objetiva de la mejora moral, siempre y cuando esta objetividad se base en la ciencia –y no en prejuicios previos-. Y a falta de resultados evidentes de la tecnología de mejora moral -porque, en teoría, también la propia disposición moral podría ser "mejorada" por los avances biotecnológicos-, hoy por hoy son los avances morales a través de los cambios culturales nuestra mejor esperanza. El avance moral integrado en la expresión cultural toma su forma epistémica y didáctica en la sabiduría.

Las innovaciones culturales que hacen uso de nuestra mejor comprensión del desarrollo evolutivo de la moralidad humana se mantienen como nuestra mejor oportunidad de alcanzar las (…) metas éticas  (p. 240)

[Hay] cuatro componentes clave en el concepto popular de sabiduría: la comprensión profunda, las capacidades reflexivas, las capacidades para resolver problemas y la motivación para vivir bien y ayudar a los otros a vivir bien  (p. 68)

  Por otra parte, el “error general” está en el conservadurismo, una tendencia inevitable pero que nunca vale la pena.

[El] conservadurismo [se puede describir] como “un sesgo en favor de retener lo que es de valor, incluso frente a que esto sea reemplazado por algo de mayor valor” (p. 101)

[Los conservadores] necesitan mostrar que tenemos un conjunto de capacidades cognitivas razonablemente poderosas para capacitarnos para saber cuáles son nuestras capacidades cognitivas y afectivas, y para discernir de forma fiable sus limitaciones. Sin embargo, necesitan también demostrar que nuestras capacidades cognitivas son insuficientes para capacitarnos a superar esas limitaciones. (p. 213)

   No parece que estemos preparados para los desafíos éticos que puedan aparecer. Los avances biomédicos es difícil que lleguen, a medio plazo, a los niveles de las historias de ciencia-ficción, pero sigue habiendo aún posibilidades de cambio cultural que muy bien podrían poner asimismo en cuestión la ética convencional. Una moralidad “de fin abierto” puede implicar cambios no convencionales que, tanto hoy como ayer, inevitablemente darán lugar a reacciones conservadoras. Y el conservadurismo también cambia con el tiempo. Nuestra idea de lo conservador hoy puede no corresponder a la del futuro. Muchos que hoy se ven a sí mismos como progresistas quizá pronto se revelen como conservadores.

Lectura de “The Ethics of Human Enhancement” en Oxford University Press 2016; traducción de idea21

viernes, 25 de junio de 2021

“El enjambre humano”, 2019. Mark W. Moffett

Estar rodeado de desconocidos sería inimaginable para un chimpancé, que huiría aterrorizado. Lo que cambió en el caso de los humanos fue el modo en que identificamos a quienes representan o no nuestras identidades sociales.(Prefacio)

El acto aparentemente trivial de entrar en un café lleno de extraños, y que esta circunstancia nos deje completamente indiferentes es uno de los logros menos apreciados de nuestra especie, pero que separa a la humanidad de la mayoría de los vertebrados que forman sociedades. (Introducción)

   Ésta es quizá una de las afirmaciones más llamativas y útiles de este libro del gran divulgador científico Mark Moffett. Hay muchos animales sociales, y de ellos se habla con extensión en este libro (Moffett es biólogo y se declara discípulo de E O Wilson), pero de entre todos los animales sociales, los humanos somos casi los únicos con propensión a relacionarnos de forma activa con desconocidos.

Una sociedad es un grupo de individuos discreto que sobrepasa en número a una simple familia —más de uno o ambos progenitores con una sola prole indefensa— y cuya identidad compartida los distingue de otros grupos similares y se mantiene continuamente a través de generaciones.  (Capítulo 1)

   Hay algunas excepciones a la desconfianza constante a los extraños entre los animales, como nuestro simpático primo el chimpancé bonobo, que cuando se encuentra con un desconocido le ofrece comida para ganarse su confianza, al estilo de la hospitalidad humana, pero en general, el formar parte de una sociedad supone integrar un grupo en constante hostilidad contra todas las demás sociedades, lo cual, entre otras cosas, supone un fuerte impedimento a la cooperación (aunque sí estimula, obviamente, la competitividad). El truco de los humanos para paliar esto y permitir sociedades más extensas y cooperativas consiste en la aparición de las “sociedades anónimas”.

Al emplear marcadores de identidad, los humanos, como miembros de sociedades anónimas, estamos dotados de la capacidad de pensar en un extraño como uno de nosotros. (Capítulo 7)

  Una “sociedad anónima” es una en la cual no necesitamos identificar individualmente a todos con los que interactuamos para considerarlos dignos de confianza. Nos basta con identificarlo como miembro de la sociedad a la que pertenecemos (un paisano, un aficionado de nuestro mismo equipo de fútbol, un colega de la misma empresa). Esto es muy práctico y facilita la cooperación a gran escala. En eso nos parecemos a las hormigas.

La mejor definición de «sociedad» no es la que la presenta como una asamblea de cooperadores, sino como un tipo de agrupación en que todos los individuos tienen un claro sentido de pertenencia fundado en una duradera identidad compartida. (Capítulo 1)

  Las hormigas se las arreglan para diferenciarse mediante el uso de feromonas: olores distintivos. Toda hormiga portadora de ese olor es aceptada. Y tienen el mismo olor porque, como es bien sabido, las hormigas y las abejas son todas hermanas entre sí, descendientes de la “reina” de turno.

Aunque las hormigas no distinguen a los individuos por sus olores particulares, como hacen los hámsteres, se reconocen mutuamente como compañeras de hormiguero (o como forasteras) por medio de un olor que es un rasgo de identidad compartido.  (…) Una hormiga que no debería estar allí es rápidamente detectada por su olor extraño   (Capítulo 6)

   ¿Y cómo nos identificamos los humanos? Pues por una gran variedad de marcadores identitarios. Los más conocidos son los de tipo “nacional” –lengua, aspecto físico, religión, símbolos- pero se pueden crear de muchas más clases, como la forma de hablar propia de una clase social, la ropa de una tribu urbana o incluso los gestos secretos de una logia masónica. El reconocimiento de pertenencia, por supuesto, no implica un trato individualizado. Las relaciones individualizadas dentro de los grupos humanos se ven limitadas en número, pero eso no impide el funcionamiento de la sociedad. Muy diferente es el caso para otros animales sociales.

Los chimpancés necesitan conocer a todos.

Las hormigas no necesitan conocer a nadie.

Los humanos solo necesitan conocer a algunos. (Capítulo 4)

  Ahora bien, fuera de la sociedad a la que pertenecemos –incluso si es anónima y extensa- también hay peligro y hostilidad por parte de nuestros otros semejantes.

Una vez que los miembros de la sociedad tienen su identidad establecida, una fusión voluntaria con otra sociedad es muy improbable. (Capítulo 22)

  Las sociedades humanas, cada vez más populosas una vez dejamos atrás el Paleolítico, son conflictivas entre sí. ¿Podrían dejar de serlo?, ¿tan improbable es que puedan llegar a fusionarse, a nivel global?

La noción de «cosmopolitismo», la idea de que los pueblos del mundo llegarán a sentirse identificados ante todo con la especie humana, es un sueño imposible.  (Capítulo 26)

  El autor lo tiene muy claro aunque no da muchas explicaciones. Probablemente de forma parecida a como se consideraba muy clara también la diferencia intelectual entre sexos en tiempos de Platón y Aristóteles, o la inferioridad de ciertas razas en tiempos de Darwin.

  Ahora bien: es la conducta de los individuos que integran y participan en una sociedad la que da lugar a las actitudes hostiles, racistas o supremacistas. Esto es consecuencia de la pertenencia al grupo y lo que el autor nos comunica también es que tal pertenencia supone unos efectos emocionales para cada individuo.

   Ante todo, le aporta “identidad” y esto parece suponer algo más que un instrumento para el beneficio mutuo. Se considera que fuera de una sociedad, tipo “nación” o “país”, un individuo no puede existir. Formar parte de ella es algo más que beneficiarse de las ventajas prácticas que esto supone.

La predisposición a unirnos a grupos nos modela como individuos (Introducción)

Decir que una persona no tiene país es invocar una disfunción mental, un trauma o una tragedia. Sin esta identidad, los humanos se sienten marginados, desarraigados, a la deriva; es una situación peligrosa.  (Capítulo 26)

Abandonar los marcadores humanos iría contra necesidades psicológicas intemporales.   (Capítulo 26)

   ¿No sería comparable a la idea de vivir sin Dios, sin creencias en espíritus o una referencia trascendente, algo que hace un siglo muchos consideraban igualmente “una disfunción mental”? Porque de la misma forma que todos los seres humanos hasta hoy han vividos integrados en sociedades diferenciadas de otros y cada una con su propia identidad –en la cual participamos-, hasta hace no mucho, nadie ha vivido sin creencias en lo sobrenatural. Aunque finalmente hemos descubierto que esto no solo es posible, sino que las sociedades ateas son incluso las más prósperas y apacibles.

  El autor aventura una necesidad de autoafirmación.

A medida que aumentaba el tamaño de las sociedades establecidas, los humanos debieron de sentir una mayor necesidad de distinguirse. (Capítulo 10)

  Es decir, se reconoce una tensión entre el deseo del individuo de distinguirse dentro de una sociedad anónima (existir por sí mismo) y la necesidad de obtener las ventajas de vivir dentro de un grupo más amplio.

  En el principio, en el estado de naturaleza, los individuos vivían integrados en bandas de cazadores-recolectores. Cada banda podía contar con un centenar de integrantes, a modo de familia extensa, y, por lo general, las bandas formaban parte de colectivos dispersos algo más amplios, en buena parte por la necesidad biológica de impedir la endogamia.

Un «número mágico», quinientos (…) era la cantidad de individuos que, por término medio, componían en todo el planeta una sociedad de bandas. Si ciento veinte parece ser el número de individuos por encima del cual es probable que una comunidad de chimpancés se vuelva inestable, es razonable pensar que la cifra de quinientos representó el límite superior aproximado de la población de una sociedad estable durante la mayor parte de la prehistoria del Homo sapiens (…)  Una población de esta magnitud da a los humanos la oportunidad de seleccionar un cónyuge que no sea un pariente cercano.  (Capítulo 21)

  Tal “sociedad de bandas” –es decir, varias bandas que, existiendo independientemente, formarían parte de una misma sociedad más extensa- podía ocasionalmente encontrarse en festivales, grandes acontecimientos públicos que quizá fuesen el antecedente del deseo de sedentarismo –vivir, en alguna medida, en un festival constante-. 

El régimen de vida habitual en una banda cambiaba poco durante una concurrencia; al acampar un poco apartadas una de otra, cada banda a menudo mantenía un estatus de «barrio». Sin embargo, multitudes asistían a las reuniones del día, animadas por chismes, regalos, cantos y bailes (…) Las reuniones fueron un paso hacia los asentamientos permanentes. (Capítulo 10)

  Dentro de la banda, el individuo recibe seguridad, pero también se encuentra con limitaciones al comportamiento. Para evitar la tendencia a los abusos, los primeros Homo Sapiens vivían en una tensa igualdad en la cual todos controlaban a todos.

El igualitarismo de los cazadores-recolectores no comportaba que hubiera una paridad perfecta. Eso no siempre se daba en las familias; algunos padres siempre han gobernado con puño de hierro.  Y, aunque la riqueza material variase poco, los diferentes grados de habilidad diplomática y otras aptitudes creaban disparidades. (Capítulo 9)

Los humanos reconfiguran su vida social —pasando de la igualdad y de la costumbre de compartir a la aparición de una autoridad indiscutida y la formación de hordas, y del régimen itinerante al arraigo— según la situación. (Capítulo 10)

El igualitarismo suele ser una doctrina más bien salvaje, pues implica una vigilancia y una intriga constantes entre los miembros de la sociedad mientras se esfuerzan por ser iguales unos a otros (Capítulo 9)

   De modo que la aspiración parece haber sido siempre la de llevar una existencia individual en la cual la asociación sea voluntaria, igualitaria sin tensiones, de una gran confianza y con posibilidades infinitas de socializar a mayor escala –festival-.

  Ninguna de estas tendencias excluye cambios futuros en el sentido del “cosmopolitismo”, más bien parece lo opuesto: una aspiración lógica.

  Los cambios se han producido en el pasado, y en el presente están teniendo lugar cambios antes nunca esperados, como los avances científicos, las prósperas sociedades ateas, la universalidad de la educación, la igualdad sexual. Una sociedad futura sin limitaciones nacionales, sin sociedades anónimas con marcadores identitarios arbitrarios y ya no predispuesta a la hostilidad con otros colectivos, no parece algo tan imposible, por mucho que algunos no deseen imaginarlo.

La Unión Europea y Suiza son entidades territoriales unidas por la necesidad percibida de hacer frente a peligros de origen exterior, lo que da a ambas una posibilidad razonable de éxito. Una unión humana global no tendría semejante motivación, y, por tanto, sería mucho más precaria.  (Capítulo 26)

   Sí habría una motivación: precisamente el evitar la reproducción de comportamientos hostiles derivados del resurgimiento de la diversidad de entidades hostiles. De la misma forma que las primeras sociedades humanas eran igualitarias por el mutuo control (no porque existieran impulsos individuales igualitarios), una unión humana global tendría que fomentar el constante control de las tendencias antisociales destructivas de la misma manera que se promueve hoy la alfabetización o los cuidados médicos. Otra cosa es que invenciones como la “Unión Europea y Suiza” sean o no la forma más conveniente de alcanzar el ideal cosmopolita o mundialista. Al fin y al cabo, no se crearon con ese fin (y Suiza, por cierto, no es, como pudiera considerarse a la "Unión Europea", una mera "entidad territorial": existe una Constitución suiza, con una nación suiza y un pueblo suizo).

Lectura de “El enjambre humano” en Penguin Random House Grupo Editorial 2021; traducción de Joaquín Chamorro Mielke  

martes, 15 de junio de 2021

“Los orígenes de la justicia”, 2010. Nicolas Baumard

   Queremos vivir en un mundo mejor, un mundo prosocial, sin agresión, con altruismo y con plena cooperación (lo que implica riqueza). Entendemos que esto supone vivir en un mundo justo. Pero, en realidad, la justicia, la moralidad y la prosocialidad –el mundo mejor- son cosas diferentes. Esto y muchas cosas más nos explica el psicólogo cognitivo Nicolas Baumard.

Es posible juzgar una situación inmoral sin considerarla injusta (p.75)

   Por ejemplo, en el caso del capitalismo: la explotación de los obreros es inmoral, pero resulta justa en tanto que la experiencia indica que es, hoy por hoy, la mejor forma de incrementar la riqueza para todos.

El objetivo del sentido moral es equilibrar los intereses individuales  (p. 112)

  Sin embargo, estos intereses también podrían ser de tipo egoísta y competitivo, no coincidentes con un ideal de prosocialidad, es decir, de una sociedad regida por principios de altruismo, benevolencia y afección.

En contra de las predicciones de la teoría altruista, ni el comportamiento ni los juicios morales apuntan al bien del grupo. El altruismo y la moralidad son dos fenómenos diferentes (p. 161)

  Si la moralidad consiste en equilibrar los intereses individuales uno puede considerar que estos intereses se ven beneficiados por el bien de todo el grupo y, por tanto, que la moralidad tendría que ser altruista, pero en realidad esto no funciona así: los intereses se basan muchas veces en prejuicios y son competitivos por naturaleza; una moralidad del todo altruista no es fácilmente comprendida y el que pueda llegar a serlo dependerá de cómo evolucionen las concepciones culturales. El castigo al adulterio o la tolerancia a la desigualdad económica, por ejemplo, se rigen por criterios morales cambiantes que pueden ser más o menos altruistas.

   La moralidad basada en la justicia funciona como un instinto de equidad y reciprocidad, y no puede entrar en consideraciones sociales complejas y a largo plazo de acuerdo con principios altruistas. Lo esencial de la moralidad es la exigencia del respeto a los intereses ajenos a partir de cómo sean concebidos tales intereses en un momento dado.

Los humanos están equipados con una disposición psicológica específicamente dedicada a la moralidad, que es autónoma, de ámbito específico, universal e innata (p. 4)

  Y a la hora de considerar la cuestión de la justicia, la moralidad es solo uno de los aspectos distinguibles que influyen en ella.

Al menos tres disposiciones pueden estar activas [con respecto a la justicia]: el sentido moral, ya que los intereses de otros están en juego; nuestra preocupación por la opinión de otros [reputación], dada la presencia de observadores; y finalmente nuestros intereses materiales, dadas las recompensas (…)  implicadas. Nuestra tendencia a ser más justos cuando somos observados puede deberse no a nuestro sentido moral, sino a nuestro sentido del honor.  (p. 48)

  Moralidad, reputación, interés. Partiendo de estas realidades, la justicia hemos de verla como un hecho social que se rige por los condicionantes del entorno.

Por ejemplo, [podemos vernos] tentados a violar las reglas de un examen para ayudar a nuestros hijos. Aquí la afección nos empuja, pero el sentido moral nos empuja a su vez contra este impulso a cometer una injusticia  (p. 22)

  Sin embargo, el derecho a la herencia sí permite que los hijos se vean beneficiados de forma arbitraria con respecto a otras personas necesitadas. Esto es moral y a la vez justo porque así lo determina el entorno social –la cultura-.

   Lo justo tiene un sentido práctico: lo justo se ejecuta mediante las leyes y los administradores de justicia reconocidos; en cambio lo moral se asienta sobre las costumbres de mayor excelencia que no siempre son legalmente reconocidas. En teoría, lo justo siempre habría de ser moral. En la práctica –como en el caso de la desigualdad económica- esto no es así.

Los efectos de encuadre pueden ayudarnos a comprender la lógica mutualista de los deberes hacia los demás (…) La gente piensa que tenemos el deber de ayudar a un herido en la cuneta de la autopista, pero no el deber de enviar dinero para salvar a miles de personas que mueren de hambre  (p. 82)

  Este “encuadre” (consideración psicológica del convencionalismo social) nos hace también evidente la eventual imperfección moral de la justicia. Pero es que tampoco la moralidad es inamovible. Si bien necesitamos hallar criterios de justicia más acordes con la moralidad, también nos conviene hacer evolucionar la moralidad más allá de los niveles convencionales. Por eso, toda idea de justicia y moralidad debe ser dinámica y adscribirse a un criterio de evolución y mejora dirigidas.

  El autor entonces considera los tipos de concepción de moralidad. 

Una teoría mutualista predice una moralidad contractualista, una teoría altruista predice una moralidad utilitaria y una teoría de continuidad [basada en la evolución] predice una moralidad de la virtud (p. 7)

  El autor favorece la teoría mutualista que daría origen a una moralidad contractualista. 

La moralidad contractualista contrasta marcadamente con la moralidad utilitaria: la primera apunta al respeto por el interés de otros, la segunda a la maximización del bien colectivo (…) Desde un punto de vista mutualista [contractualista] tengo que devolver el dinero prestado porque de lo contrario no respeto tus intereses en la misma medida en que tú respetas los míos. Desde un punto de vista utilitario tengo que devolverte el dinero porque de lo contrario en el futuro puedes desconfiar y no prestar dinero a nadie más, lo que sería dañino para todo la sociedad  (p. 137)

  Por supuesto, los problemas de las teorías aparecen cuando trasladamos la conducta social humana al campo de las motivaciones. Para el utilitarista –que busca “el mayor bien para el mayor número”- obramos en base a la “simpatía” –o “empatía”. La motivación es nuestro deseo de favorecer al semejante –de ahí su origen en una “teoría altruista”- y por ello se seleccionan los comportamientos sociales que maximizan el bien colectivo.

   ¿Y cuál sería la motivación del “contractualista” (teoría mutualista)?

La lógica de la teoría mutualista se basa en el respeto mutuo y en las concesiones relativas igualitarias (…) El mero hecho de que alguien está sufriendo no nos impone un deber de acabar con su sufrimiento, pero sí el hecho de que el coste de ayudarlos sea mucho más bajo que el beneficio resultante. (p. 180)

    Es decir, la motivación sería no tanto el interés egoísta –éste nunca puede ser base de moralidad alguna- sino que hemos interiorizado principios de justicia, de reciprocidad y correspondencia en lugar de una “simpatía altruista”. Tiene sentido si pensamos en el comportamiento primitivo de las culturas más simples e incluso en ciertos comportamientos de los simios: yo te doy si tú me das. Se trataría de un automatismo que parece bastante propio de nuestra herencia genética más básica.

  A primera vista este tipo de comportamiento moral parece restrictivo. Incluso poco moral, porque si la moralidad implica la consideración de los intereses del semejante, está claro que tendría que ver más con el altruismo (simpatía) que con la mera correspondencia recíproca (justicia). 

  Podríamos pensar que la justicia implica una concepción limitada de la moralidad, pero no es esa la concepción del autor, que considera que la moralidad solo tiene sentido en función de la justicia. La simpatía –empatía que motiva a la acción asistencial- no sería moralidad.

La simpatía y el sentido moral funcionan de forma diferente. El sentido moral se activa por el daño que hace a los otros injustamente. La simpatía, por otra parte, se activa por el sufrimiento de otros en sí mismo, sin consideración a su causa (p. 23)

    Entonces, tendríamos el altruismo, como motor del comportamiento de asistencia benevolente –consecuencia de una agudización de la simpatía-; la justicia, como criterio para el bien común dentro de un marco públicamente reconocido; y la moralidad, como base instintiva –subjetiva, no pública- de comportamientos en atención de los intereses individuales, también dependiente del marco cultural.

Kropotkin señaló que la moralidad padece de estar conceptualizada en términos altruistas (se refería tanto al cristianismo como al marxismo). Señalaba que esta concepción de la moralidad es desalentadora. Al exigir constantemente acciones gratuitas, impulsando a olvidarse de uno mismo y urgiendo a la gente a poner el grupo por delante de los individuos que lo componen, las teorías altruistas socaban los fundamentos de la moralidad  (p. 224)

    Esta concepción individualista de la moralidad corresponde a la idea de justicia como reciprocidad e intercambio. No es la única concepción, aunque sea la favorita del autor. Se trata, en suma, de una moralidad que excluye el ideal de altruismo y prosocialidad.

   Quizá la concepción más acertada sería la que el autor desecha, la de la ética de la virtud.

[Según la visión moral de las virtudes] la moralidad consiste en un conjunto de virtudes específico para cada cultura, pero que se desarrolla sobre la base de disposiciones universales. (…) Desde este punto de vista, las virtudes son disposiciones socialmente legítimas (…) [Esto] parece una teoría culturalista (…) [Pero] no da cuenta de la diferencia entre acciones que se imponen socialmente y aquellas que se requieren moralmente (p. 189)

  Pero las acciones morales son requeridas en el contexto de una evolución social y cultural. Por eso las exigencias morales siempre dejan un margen que la idea de justicia no alcanza: la desigualdad económica es inmoral, pero hoy por hoy es justa; las penurias que padecen los inmigrantes ilegales que solo aspiran a salir de la precariedad son inmorales, pero hoy por hoy no niegan la justicia social dentro de un orden de cosas que considera imposible el “papeles para todos”. 

  La persona virtuosa sigue la evolución moral en la medida de sus posibilidades. Un hombre virtuoso en tiempos de Aristóteles trata bien a sus esclavos (igual que hoy tratamos bien a nuestras obedientes mascotas); un hombre virtuoso en tiempos de Cristóbal Colón fuerza a los paganos a convertirse al cristianismo por el bien de sus almas; un hombre virtuoso hoy vota a partidos políticos progresistas y defiende públicamente los derechos humanos.

  ¿Existe una moralidad o una justicia objetivas? Más bien parece que ambas están determinadas por la cultura. Sin embargo, hay criterios de actitud personal -disposición personal- con respecto a los semejantes que sí pueden darnos una guía moral menos dependiente de las circunstancias y que equivaldría a un ideal moral, modelo de la virtud. Pero tal visión ideal solo puede surgir de la capacidad individual para percibir, libre de prejuicios, la armonía de intereses entre individuos.

[La] teoría de la virtud (…) ante todo no es una teoría de los juicios morales (lo que hemos de hacer), sino de las disposiciones psicológicas requeridas (las cualidades que necesitamos cultivar a fin de hacerlo). Según la teoría de la virtud, ser una persona moral es un asunto no tanto de conocer los principios morales correctos como de tener las disposiciones correctas: por ejemplo, la capacidad para simpatizar con las necesidades de otra gente y responder a ésta imaginativamente. (p. 216)

[Según la] “moralidad de la virtud” (…) ser moral es tener virtudes: esto es, hacer uso de la disposición correcta en el momento adecuado, mostrar compasión cuando otros están afligidos, ser valiente en momentos de peligro, etc (…) Poseer una virtud es tener disciplinadas nuestras facultades para responder correctamente y completamente al entorno social (según Aristóteles). En otras palabras, según esta visión la moralidad es una forma de excelencia individual (p. 6)

  La “teoría de la virtud” no es entonces neutral, porque sus contenidos derivan de una particular adaptación a las relaciones humanas. Y el ser humano virtuoso es, por tanto, aquel que desarrolla la empatía y el altruismo. Lo hará en la medida en que se lo permitan las condiciones culturales de su tiempo. El hombre virtuoso de Aristóteles no es que fuese más cruel que el hombre virtuoso moderno, a la vista de cómo trataba a esclavos y extranjeros; es que el hombre virtuoso de Aristóteles no podía considerar a esclavos y extranjeros como personas con las que empatizar a la vista de las consideraciones culturales de su tiempo.

Cualquiera que individualiza a otras personas contribuye a reforzar nuestros deberes hacia ellas (p. 82)

    El comportamiento moral es el que determina la cultura y da lugar a nuestra idea de la virtud, de lo injusto o adecuado. Sin negar que exista un instinto de justicia distributiva (reciprocidad, represalias, reputaciones) la máxima prosocialidad solo puede llegar a realizarse a partir de una situación cultural que permita la interiorización de las pautas de conducta altruista por parte de las personas virtuosas. Y esto solo sucederá cuando la moralidad (y la correspondiente virtud) evolucionen lo suficiente y generen un modelo cultural acorde.

Lectura de “The Origins of Fairness” en Oxford University Press 2016 (traducción de "Comment nous sommes devenus moraux", en francés, 2010); traducción de idea21

sábado, 5 de junio de 2021

“El chasquido”, 1979. Conway y Siegelman

   A finales de la década de 1970, particularmente en los Estados Unidos, el fenómeno de las sectas, muy potenciado por los medios de comunicación, acabó creando alarma y aparecieron varios libros al respecto. “Snapping” –“El chasquido”- fue uno de los más notables. El filósofo Jim Siegelman y la periodista Flo Conway trataron de precisar el origen profundo de este tipo de alteraciones en el comportamiento humano y su significado para el conjunto de la sociedad.

En este libro investigamos el fenómeno que llamamos “Snapping” [chasquido], un término que designa la alteración rápida, drástica, de la personalidad en todas sus muchas formas (Capítulo 1)

   “Alteración rápida, drástica” equivale a algunos modismos como “cambiar el chip” o “cruzarse los cables”. El “chasquido” se produce, aparentemente, de forma repentina dentro de la mente humana –aunque puede ser un cambio repentino al cabo de un largo proceso previo- y conlleva una transformación total del comportamiento que rara vez es para mejor. Como enloquecer.

La experiencia misma puede producir alucinaciones o convertir al individuo en extremadamente vulnerable a la sugestión. Puede llevar a cambios que alteren hábitos de toda la vida, valores y creencias, acabar amistades, matrimonios y relaciones familiares, y, en circunstancias extremas, desencadenar comportamiento autodestructivo, violento o criminal (Capítulo 1)

  Estos casos siempre se han dado, y el libro recuerda que, particularmente en los Estados Unidos, existe una tradición de conversiones religiosas radicales y exaltadas que, durante algunos periodos de la joven historia de este país –tradicionalmente defensor de la libertad de pensamiento y estilos de vida- llegaron a agitar por oleadas a regiones enteras. Pero se detecta una variedad inquietante de tal tipo de cambios a partir de cierta época.

Desde los primeros setenta, América ha sido tomada por una epidemia de repentinos cambios de personalidad. Sobre la superficie, parece que una nueva era de esclarecimiento quedaba a nuestro alcance. La gente de todas las edades estaba descubriendo nuevas fes, creencias y prácticas que los cambiarían de formas que nunca soñaron. (Capítulo 1)

    No por casualidad, esta época coincide con la de la popularización de las terapias psicológicas.

Apareció un conglomerado de técnicas terapéuticas radicales –algunas viejas, otras nuevas- (…) Entre ellas estaba el psicodrama, una terapia de juego de rol desarrollada en los años veinte por un médico vienés llamado Jacob Moreno; la psicosíntesis, una combinación de terapia de grupo e individual desarrollada por un psicoanalista italiano; la fantasía guiada, una técnica de soñar despierto sistemática diseñada en los cuarenta por un psicoterapeuta francés; la bioenergética, una terapia del cuerpo de los años cincuenta desarrollada por el psiquiatra americano Alexander Lowen, un antiguo alumno de Wilhelm Reich; y el Rolfing, una forma de manipulación muscular profunda de la que fue pionera la doctora Ida Rolf, una bióloga que se convirtió en terapeuta. Cada técnica era capaz de producir experiencias emocionales extremadas, “experiencias cumbre” y otras dramáticas rupturas personales. A lo largo de los sesenta se entremezclaba todo esto junto con drogas y prácticas orientales de zen, yoga y otras formas de meditación para llevar a cabo profundas aventuras de autoapercibimiento humano. En esta popular experimentación libre para todos, estas poderosas técnicas carecían incluso de la más general guía para tal extenso uso no profesional. (Capítulo 5)

Muchas de las técnicas que se usaban para crear intensas experiencias personales y espirituales suponían una amenaza oculta a procesos fundamentales de la mente. (Capítulo 1)

  Junto a las técnicas, las estrategias…

En lugar de coerción o hipnosis, los líderes de sectas y grupos [de terapias de masa] usan conjuntamente diferentes clases de estrategias: pueden falsear sus identidades e intenciones; pueden mentir sobre sus propias relaciones con sus organizaciones; pueden mostrar un falso afecto para el miembro potencial; pueden irradiar una felicidad y plenitud espirituales hasta el punto que tenga un profundo impacto en el individuo que están confrontando; o pueden provocar discusión y debate, creando (…) conflictos emocionalmente cargados que requieren una resolución urgente (Capítulo 9)

  Y técnicas y estrategias acabarían dando lugar a un fenómeno cognitivo específico…

Consideramos la enfermedad de la información como una alteración de las capacidades fundamentales del procesamiento informativo de una persona. Cuando estas capacidades vitales se ven alteradas o dañadas, el cambio resultante no es simplemente de comportamiento. Cuando el “chasquido” da lugar a la enfermedad de la información, ello representa una alteración duradera de la consciencia humana al nivel más básico de la personalidad individual. (Capítulo 13)

  Los autores se centran, pues, en los procesos de cambio mental intencionados que llevan al “chasquido” y que en ocasiones se originarían a partir de un mal uso de estrategias modernas de psicoterapia. Es curioso que el libro, pocos meses después de ser lanzado al mercado, hubo de incluir, en nuevas ediciones, un necesario añadido referente al probablemente más horroroso episodio de “secta destructiva” conocido hasta hoy: la tragedia del “Templo del Pueblo” en Guayana. En su pormenorizado estudio llevado a cabo en los meses anteriores ellos no habían abordado este grupo –liderado por el predicador Jim Jones- por el carácter hasta cierto punto “primitivo” de su sistema de control mental.

No encontramos nada en el esquema de [Jim] Jones que produjese la clase de cimentación de alteraciones de la personalidad que hemos denominado “enfermedad de la información”. Jones no tenía un ritual específico o una técnica tal como aquellas usadas por otras sectas que hemos estudiado que pudieran, a lo largo del tiempo, alterar o destruir los caminos fundamentales del procesamiento de información en el cerebro (Postscript: Jonestown) 

  Jones “se limitaba” a utilizar la violencia, la coacción, la mentira, la demagogia política y supercherías de ilusionismo (hacía creer a sus seguidores que contaba con poderes sobrenaturales). Uno de sus antiguos discípulos haría una reveladora descripción acerca de cómo los más avisados reaccionaban ante las arbitrariedades y falsedades del líder:

No podíamos criticarlo o cuestionarlo porque hacerlo sería debilitar la efectividad del grupo (Postscript: Jonestown)

  Un planteamiento que es acorde con el pensamiento político práctico. Se podía aplicar tanto a Jim Jones como a Joseph Stalin: si la causa es lo más importante –y Jones era un prominente activista social- el líder es necesario y la crítica al líder resulta contraproducente.

   En cualquier caso, a los autores les preocupaba más la conexión existente entre el “lavado de cerebro” y las técnicas psicológicas modernas así como con el lado más siniestro de la efervescencia espiritual de la década de 1960…

¿Ha cruzado la humanidad el umbral de una nueva era de plenitud humana? Mucha gente lo cree. Gran número de individuos que han experimentado estos profundos cambios y sus vidas hablan de “grandes rupturas”, momentos de “renacimiento” espiritual y “revelación” y de “alcanzarlo”, “encontrarlo” o de repente “verlo todo claro”. O ellos describen cómo se elevan a “experiencias cumbre”, “éxtasis” y a niveles de apercibimiento que llaman “trascendencia”, “dicha” y “conciencia cósmica” (Capítulo 1)

  Todas estas concepciones llegaron a contar con cierto aval por parte de profesionales de prestigio en la psicología.

Abraham Maslow (…) determinó el ámbito de la “experiencia cumbre”. La identificó como la experiencia del “núcleo religioso” o trascendente, el núcleo de todo lo elevado conocido o de una religión revelada, el momento estático, místico al que se dotaba universalmente con significado sobrenatural. La intención de Maslow, sin embargo, era ver esta cumbre de forma objetiva. Proponía que esta nueva categoría de experiencia humana se examinara por sus propios méritos, aparte [del punto de vista] de la religión. Citaba la promesa de las drogas psicodélicas como solo una forma en la cual todos los seres humanos podían explorar momentos de experiencias cumbre por ellos mismos. El respaldo de Maslow a las experiencias cumbre daba la nota de los años sesenta. Era la olla de oro al final de la búsqueda, la ruptura por la cual toda la vaga desesperanza de los cincuenta había estado anhelando. (Capítulo 5)

  Sin embargo, el “chasquido” puede producirse por muchos mecanismos, quizá no tan exclusivos ni relacionados con la marea de espiritualidad libertaria de esa famosa época. Entre los ejemplos famosos que se estudian en el libro no solo están los “Moonies”, los “Hare Krishna”, la “Cienciología”, los “Niños de Dios” y hasta la secta homicida de Manson, sino que también se incluye el caso célebre de Patty Hearst (en el cual se vio implicada una ideología no religiosa sino política) y hasta el del asesino en serie David Berkowitz, que nunca perteneció a ningún grupo sectario… pero cuyo comportamiento pudo ser bruscamente alterado durante su estancia en las Fuerzas Armadas como consecuencia del adiestramiento militar recibido.

Se había transformado (…) no mediante un extraordinario ritual sectario o una terapia sino como resultado de una secuencia de intensas experiencias de su pasado reciente (Capítulo 15)

  Es posible que algo parecido sucediese en otro caso posterior también trágicamente famoso, el del superdotado intelectual Ted Kaczynski, “Unabomber”, pero todo ello, ¿no demostraría que el fenómeno del cambio radical de personalidad es más diverso que lo referido a las sectas y “terapias de masa”?

En el momento del “chasquido” podemos presumir que patrones de personalidad de larga duración que se han desarrollado desde la infancia –constituyendo un todo resistente y bien establecido- pueden de repente dar lugar a una nueva personalidad. Esta personalidad está compuesta por la masa de nueva información que el individuo ha recibido en el asalto de intensas y ajenas experiencias que se ejercen sobre él con una fuerza inmediata y abrumadora. Los viejos senderos del cerebro pueden quedar desconectados y destruidos o pueden formarse nuevos senderos que de repente reemplacen a los antiguos.  (Capítulo 12)

   Los autores refieren, sin embargo, la gran objeción en contra del concepto de “lavado de cerebro”: el derecho de cada uno a creer en lo que quiera y a vivir como quiera. 

En su extrema defensa de la Constitución de los Estados Unidos, [un líder antisectas] desafió la confusión de los Derechos de la Primera Enmienda en torno a la controversia de las sectas y logró una importante distinción entre nuestras libertades nacionalmente garantizadas de expresión y religión, y nuestro Derecho Humano más fundamental a la libertad de pensamiento. (…) Mediante medios engañosos y artificiosos, las sectas de hecho están robando a la gente su capacidad natural para pensar y elegir (Capítulo 6)

    Algunos argumentos expuestos despiertan la sospecha. En su alarde de tolerancia, los autores parecen incluso mostrarse comprensivos con los supuestos fenómenos paranormales y al mismo tiempo hacen una crítica a la técnica “espiritual” generalmente aceptada de la Meditación Transcendental.

Muy pronto tu mente llega a un lugar donde ya no se asocia el significado con nada (…) Solo tienes ese sonido [mantra] que va por tu mente y llega a un lugar donde ya no hay un significado concreto. Estás experimentando abstractamente la nada. Se podría pensar que una persona se asusta en este vacío, pero esto también sucede a tus sentimientos. Alcanzas un estado donde tampoco tienes ningún sentimiento (Capítulo 13)

  Por otra parte, los autores dan una visión positiva de las acciones pioneras de Ted Patrick, inventor del concepto de “desprogramación”. Patrick narra personalmente la intensidad de sus intervenciones con aquellos a los que pretende salvar.

Los fuerzas a pensar. La única cosa a hacer es plantearles preguntas clave. Los golpeo con cosas para las que no han sido programados a responder (…) Empujo y empujo. No le dejo salirse con las mentiras que le han contado. Entonces habrá un minuto, un segundo, cuando la mente da un chasquido, cuando la persona se da cuenta de que se le ha mentido en la secta y simplemente logra salir de ello (Capítulo 6)

  Pero Patrick fue denunciado en numerosas ocasiones y conoció la cárcel por cargos de secuestro, coacciones e incluso tortura. Con todo, sus estrategias de “desprogramación” han sido objeto de seguimiento por parte de psicólogos académicos. Otro ejemplo, junto con “Alcohólicos Anónimos”, de cómo iniciativas psicológicas “no profesionales” intuitivas y “chapuceras” resultan innovadoras al abordar, bajo una fuerte motivación, cuestiones prácticas de importancia vital.

    Queda la duda de si estos cambios repentinos de personalidad –los “chasquidos”- se trata de un fenómeno tan concreto como los autores lo describen pero, en todo caso, nos encontramos ante un conjunto de observaciones muy valiosas acerca tanto del poder de la conversión como de la fragilidad de la personalidad humana

El “chasquido”, tal como hemos llegado a entenderlo, puede ser resumido en una definición muy simple: es un fenómeno que sucede cuando un individuo deja de pensar y sentir por sí mismo, cuando rompe los vínculos de la conciencia y las relaciones sociales que atan su personalidad al mundo exterior y literalmente pierde su mente ante alguna forma de control externo o automático (Capítulo 16)

  Se exige, por tanto, una concreción de cuál es el estado mental óptimo del sujeto a la hora de juzgar la realidad. Ha de tenerse en cuenta que aún nos esperan cambios culturales y que coexistimos hoy con prejuicios y sesgos que desde cierto punto de vista objetivo pueden ser considerados también como “lavado de cerebro”. Por no hablar de culturas nacionales y ámbitos sub-culturales que cohíben deliberadamente el pensamiento crítico.

¿Puede una religión, una terapia de masas o cualquier otra institución atacar sistemáticamente el pensamiento y sentimiento humanos en el nombre de la felicidad y la plenitud? (Capítulo 6)

Posteriores investigaciones científicas deberían ser llevadas a cabo con el fin de proporcionar (…) a la gente criterios detallados (…) para distinguir entre una religión valida y una secta y entre una sólida terapia mental y una forma potencialmente peligrosa de abuso físico y emocional (Capítulo 16)

  El fenómeno de las sectas produciría aún escándalos de gran repercusión social en los años que siguieron a la publicación de este libro. Por otra parte, en tiempos más recientes el fenómeno del terrorismo islamista sin duda está relacionado con este tipo de cambios repentinos de personalidad. La cuestión es demasiado compleja y abarca demasiados ámbitos de actividad humana como para que este libro, testimonio de una época, pueda considerarse una obra concluyente.

  ¿La crítica acerca de estos "poderes sobre la mente humana" tendría también una lectura positiva? En teoría, alterar la conciencia humana hacia la racionalidad, la imaginación, la prosocialidad y la plena vida afectiva parece todo lo contrario de las presiones que llevan a algunas personas a ser alteradas tras un “chasquido” en su interior. Pero tampoco somos tan libres, racionales y dueños de nosotros mismos en la sociedad convencional. Probablemente no seremos juzgados así por las generaciones venideras. Lo que está claro es que nos conviene reflexionar acerca de la fragilidad de nuestras propias mentes. 

Lectura de “Snapping” en Dell Publishing Co., Inc. 1979; traducción de idea21    

martes, 25 de mayo de 2021

“Cómportate”, 2017. Robert Sapolsky

  Robert Sapolsky es propiamente “un sabio”:  biólogo, médico, neurocientífico, primatólogo y muy documentado en ciencias sociales. Su libro “Compórtate” es su intento de contribuir a que conozcamos más acerca de cómo mejorar las relaciones humanas.

Este libro [trata] sobre la biología que hay detrás de nuestros mejores y peores comportamientos (Capítulo 1)

  El problema capital, como siempre, es el de la agresión.

Un punto esencial (…) : no odiamos la violencia. Odiamos y tememos la clase errónea de violencia, la violencia en el contexto equivocado. Porque su presencia en el contexto correcto es diferente. Pagamos una buena suma de dinero para contemplarla en un estadio, enseñamos a nuestros niños a defenderse utilizándola (…) Lo que convierte a la agresión en un tema tan desafiante es precisamente esta ambigüedad (Introducción)

  Ciertamente, la civilización tiene mucho que progresar todavía a fin de eliminar la agresión –en todos los contextos-. La agresión es indeseable y a la vez es innata. Como biólogo y neurocientífico, Sapolsky nos da una visión muy documentada acerca de lo que pueda haber de determinista en nuestra biología, particularmente en nuestros cerebros. ¿Podemos hacernos cargo de nuestro destino o estamos condicionados por nuestros genes?

Un neurocientífico hegemónico podría llegar a la conclusión de que su campo lo explica absolutamente todo.(Capítulo 2)

  Pero no es realmente así…

Los cerebros dan forma a las culturas, que es lo que da forma a los cerebros, que da forma a… Esa es la razón por la que recibe el nombre de coevolución. (Capítulo 9)

El retrazado axonal en los individuos ciegos o sordos es algo extraordinario, excitante y conmovedor. Es genial que su hipocampo se expanda si usted conduce un taxi en Londres. Lo mismo se puede decir sobre el tamaño y especialización de la corteza auditiva si toca el triángulo en una orquesta. Pero, en el otro extremo, resulta desastroso que un trauma agrande la amígdala y atrofie el hipocampo, e incapacite a aquellos que tienen un trastorno de estrés postraumático. (Capítulo 5)

La neuroplasticidad hace que la maleabilidad funcional del cerebro sea tangible, «demuestra científicamente» que el cerebro cambia. Que la gente cambia.(Capítulo 5)

  En conjunto, la conclusión es que sí podemos más o menos disponer de nuestro propio destino y librarnos de los inconvenientes de la agresión. Especialmente si estamos al tanto de cuáles son y cómo funcionan nuestros impulsos innatos.

El incremento de la inteligencia y el respeto por el razonamiento logran mejorar la teoría de la mente y la toma de perspectiva y un incremento de la habilidad para apreciar las ventajas a largo plazo de la paz. (Capítulo 17)

  Primero tenemos que aceptar nuestra tendencia natural a la agresión y después señalar los impulsos humanos que pueden controlarla. Y uno de ellos, indudablemente, es el incremento de la inteligencia y el respeto por el razonamiento Y hay otros. 

Exponer a los niños a las imágenes violentas que aparecen en la televisión o en alguna película hace que aumenten las probabilidades de que se comporten de forma agresiva poco después (Capítulo 7)

  Y sin embargo, los niños tienden mucho más a la violencia si coexisten con ella no tanto en los productos audiovisuales, sino en su vida cotidiana (en la cual la violencia se expresa de forma menos espectacular, pero mucho más constante que en la ficción). Eso no quita que sea cierta la acusación contra tales novísimos productos culturales, lo cual durante mucho tiempo se ha puesto en duda precisamente por la abundancia de tales espectáculos en las sociedades menos violentas. Para cosas por el estilo necesitamos a la ciencia: para verificar las supuestas relaciones de causalidad. 

  Pongamos por caso las acusaciones dirigidas contra la testosterona…

En nuestro mundo acribillado de violencia machista, el problema no es que la testosterona incremente los niveles de agresividad. El problema es la frecuencia con la que recompensamos la agresividad.  (Capítulo 4)

  Porque resulta que la experimentación acerca de la conducta humana demuestra que la testosterona no estimula la agresividad, sino el éxito social…

La testosterona hace que la gente sea arrogante, egocéntrica y narcisista. La testosterona aumenta la impulsividad y la asunción de riesgos (Capítulo 4)

  Una persona egocéntrica puede colmar sus ambiciones si se convierte, por ejemplo, en un líder por la paz…

La testosterona fomenta la prosocialidad en el ambiente adecuado. (Capítulo 4)

  Otro ejemplo de aparente determinismo biológico en la conducta humana es el efecto de otra hormona neurotransmisora: la oxitocina.

La oxitocina, la hormona del amor, nos hace ser más prosociales con los nuestros y peores con todos los demás. (Capítulo 4)

  Hay que señalar que la oxitocina tiene su origen en necesidades biológicas de parto y lactancia, pero que, al no estar la biología humana programada propiamente para la vida social, la evolución –por “exaptación”- ha hecho uso de este recurso para fomentar la prosocialidad… aunque sea dentro del grupo al que pertenecemos - los nuestros.

La evolución es un manitas, no un inventor. (Capítulo 10)

  Si no estamos necesariamente determinados por la genética de nuestro cerebro ni por la de las sustancias neurotransmisoras, cabe decir que corremos el riesgo de estarlo por la manipulación del comportamiento humano dentro del contexto social.

Podemos ser manipulados para pensar que algunos individuos son más cercanos a nosotros, y otros menos de lo que realmente son —el pseudoparentesco y la pseudoespeciación—. Hay numerosas formas de hacer que alguien piense que un miembro de los Otros es tan diferente que apenas cuenta como humano.  (Capítulo 15)

  Ahora bien, los instintos prosociales también pueden promoverse. Para empezar, no todo el comportamiento innato es antisocial.

El estado predeterminado es confiar (Capítulo 2)

  De modo que toda desconfianza es aprendida. Si nos hacemos conscientes de muchos factores inconscientes que determinan nuestra conducta estaremos en posición de mejorar nuestra vida en común.

La difusión cultural en general (la cual incluye el comercio) también puede facilitar la paz. Esta puede tener un tinte moderno: en 189 países, el acceso digital predice que se producirá un aumento en las libertades civiles y en la libertad de prensa. Además, cuantas más libertades civiles haya en un país vecino, más fuerte es este efecto, ya que las ideas fluyen con las mercancías (Capítulo 17)

  La influencia del entorno, bajo condiciones de laboratorio, puede hacerse evidente bajo circunstancias inesperadas.

¿Disminuye el estrés la empatía? Aparentemente sí, tanto en ratones como en hombres. (Capítulo 4)

Si una persona se sienta en una habitación en la que hay basura maloliente, se vuelve más conservadora en temas sociales (p. ej., respecto al matrimonio gay) sin que cambie su opinión sobre, por ejemplo, política exterior o economía. (Capítulo 3)

Los sujetos que rellenaban un cuestionario expresaban unos principios igualitarios más fuertes si había una bandera estadounidense en la habitación. (Capítulo 3)

Forzar a las personas deprimidas a que sonrían les hace sentir mejor;  enseñar a la gente a adoptar una postura más «dominante» les hace sentirse más de ese modo (bajos niveles de hormonas del estrés); y los relajantes musculares reducen la ansiedad («Las cosas siguen estando mal, pero si mis músculos están tan relajados que no me sostengo ni en esta silla, las cosas deben de estar mejorando»). (Capítulo 3)

  A lo largo de la historia se han empleado diversas estructuras sociales para intentar influir sistemáticamente en las emociones. Si bien es cierto que nunca se ha hecho de forma directa, como sucede, a nivel individual, en la psicoterapia (la “educación”, en todo caso, ha estado siempre demasiado circunscrita a los convencionalismos), sin duda la religión ha sido la estrategia más aproximada a este respecto.

La religión es posiblemente nuestra invención cultural que más nos define, un catalizador increíblemente potente tanto de nuestros mejores como de nuestros peores comportamientos (Capítulo 17)

  Lo que Sapolsky nos señala es que, a pesar de que cada vez conocemos más acerca de cómo la conducta humana es desencadenada por mecanismos neurológicos –que a la vez son determinados genéticamente-, nosotros podemos operar sobre el entorno que condiciona nuestra conducta sobre todo si organizadamente somos capaces de expandir determinadas pautas culturales. Podemos estimular nuestros instintos más prosociales y reprimir los antisociales, fomentar la empatía e inhibir la agresión mediante la promoción de determinadas ideas y sensibilidades, pautas que se transmiten culturalmente en el tiempo y en el espacio, y de las que podemos poner unos cuantos ejemplos:

Lo que debe ser abolido son las opiniones que afirman que el castigo puede ser merecido y que puede ser un acto loable.  (Capítulo 16)

Adoptar la perspectiva de una persona amada que sufre activa la CCA [Corteza Cingulada Anterior]; hacer lo mismo por un extraño activa la unión temporoparietal, la región central de la teoría de la mente. (Capítulo 14)

En estudios extensos interculturales, Milgram y otros mostraron que existía una mayor sumisión en los sujetos de culturas colectivistas que en los de las individualistas  (Capítulo 12)

     Siempre quedarán dudas de cuál es la estrategia mejor, pero de lo que no debemos dudar es de que las tradiciones sociales solo indirectamente se refieren a este tipo de elecciones. Por ejemplo, las sociedades “colectivistas” o “individualistas” se han creado como resultado de trayectorias históricas que hoy sabemos que han acabado por favorecer pautas de comportamiento social a gran escala de forma estadísticamente demostrable: los “individualistas” de Occidente han creado el progreso económico capitalista, la ciencia y la justicia con pretensiones de objetividad y, finalmente, la democracia y las libertades; mientras que los “colectivistas” de Extremo Oriente han dado lugar a civilizaciones de un acusado civismo y productividad económica. Estas tradiciones heredadas han logrado modificar nuestro comportamiento actuando sobre la disposición emocional en nuestros cerebros.

  Si sabemos esto, ¿no podríamos actuar, más allá de la tradición, para diseñar directamente pautas de comportamiento más prosociales?

  Para hacerlo, tendríamos primero que definir y establecer –sin prejuicios-  a qué modelo de prosocialidad aspiramos y ponderar después hasta qué medida diferentes comportamientos generan determinados actos. Pensemos que, por ejemplo, los comportamientos altruistas y compasivos suelen tener como origen estados emocionales de empatía y racionalidad… pero es mucho lo que nos falta por averiguar a este respecto.

No está ni mucho menos garantizado que un estado empático conduzca a un acto compasivo.  (Capítulo 14)

     ¿Tales estados empáticos no serán, en cualquier caso, estadísticamente más conducentes al altruismo que los no empáticos? Y cuando en algunos casos no lo sean ¿de que dependerá? Un factor puede ser, por ejemplo, la “carga cognitiva”, que equivale aproximadamente a una sobrecarga de nuestra capacidad de atención.

Las ideas de trabajo y carga cognitiva también ayudan a explicar por qué las personas son más caritativas cuando ven a una persona necesitada que a un grupo. (Capítulo 14)

  La influencia del estrés en la agresividad ha hecho que muchos señalen la prosperidad económica como otro factor a considerar: un estado de escasez, al generar estrés y posiblemente agresividad, nos alejaría del comportamiento prosocial. Cualquier situación traumática afecta a nuestras mentes incluso a nivel neurológico –plasticidad cerebral.

  Tales cambios afectan incluso a las elecciones éticas -dilemas-.

¿Es correcto matar a una persona para así poder salvar a cinco? Cuando la gente pondera esa cuestión, una mayor activación de la CPFdl [Corteza Prefrontal dextrolateral] predice una mayor probabilidad de responder afirmativamente (…) [Sin embargo,] los humanos con la CPFdl dañada son incapaces de planear o de aplazar la recompensa, siguen llevando a cabo estrategias que les ofrecen una recompensa inmediata y muestran un pobre control ejecutivo sobre su comportamiento (Capítulo 2)

  No hay determinismo neurológico o biológico en el sentido de que nazcamos con genes que señalan un único camino en el comportamiento social. Antes al contrario, tenemos la opción de diseñar nuestra conducta social modificando nuestro entorno para que éste a su vez modifique nuestra respuesta conductual –coevolución-. Y nuestro entorno no es solo el estilo de vida económico o político, es sobre todo, el tipo cultural de interpretación de los hechos sociales –ideas, costumbres, estilo de vida-: respuestas agresivas, compasivas, individualistas, colectivistas, racionalistas o tradicionalistas…

  Falta todavía diseñar un planteamiento humanista –promoción de valores culturales- basado en la ciencia e incluso más aún en la perspectiva científica: objetiva (libre de sesgo y prejuicio) e imaginativamente crítica.

Lectura de “Compórtate” en edición digital Titivillus, 2019; traducción de Pedro Pacheco González