jueves, 16 de abril de 2015

“La negación de la muerte”, 1973. Ernest Becker

   El filósofo Ernest Becker escribió una larga y brillante reflexión (galardonada con el premio Pulitzer) acerca de cómo el conjunto de la vida humana se halla condicionada por la conciencia de la ineludible muerte del individuo.

La idea de la muerte, el miedo que ocasiona, acosa al animal humano como ninguna otra cosa. Es causa principal de la actividad humana, diseñada, en su mayor parte, para evitar la fatalidad de la muerte, para superarla negando de algún modo que es el destino final de la persona. 

La muerte y el miedo a la muerte. (…) Este es el estrato de nuestra verdad y de nuestra ansiedad animal básica, el terror que llevamos con nosotros en el fondo de nuestro corazón. 

  ¿Qué solución puede tener esto? Evidentemente, el ser humano actual no puede encontrar solución material a la muerte. Becker, como otros pensadores, considera que el no saber afrontar esta cuestión ha supuesto uno de los mayores obstáculos para el desarrollo de una vida humana plena y enriquecedora.

Mientras el ser humano sea una creatura ambigua, nunca podrá acabar con su ansiedad; lo que puede hacer en su lugar es utilizarla como una fuente eterna de inspiración para crecer en nuevas dimensiones de pensamiento y de confianza. 

  La palabra “creatura” la utiliza Becker en el sentido de que el ser humano es un producto biológico, un ser animal, condenado a la muerte y al sufrimiento… en el que coexiste a la vez una naturaleza “espiritual” que siente incontrolables experiencias de rechazo y repugnancia a la propia condición biológica. Esta experiencia de repugnancia fue primeramente identificada por Sigmund Freud cuando escribió acerca de la “analidad”

La clave del problema de la analidad reside en que refleja el dualismo de la condición humana, el yo y el cuerpo. La analidad y sus problemas se originan en la infancia, puesto que es cuando el niño realiza ya un descubrimiento alarmante: su cuerpo es extraño y vulnerable. Además, el cuerpo tiene un claro predominio sobre él, con sus exigencias y necesidades. (…) El ano y su producto incomprensible y repulsivo representan no sólo el determinismo físico y la dependencia, sino el destino, así como todo lo que es físico: la degeneración y la muerte.(…) Lo inquietante de la analidad es que revela que toda la cultura, todas las formas de creatividad humana, son, en algunos aspectos básicos, una protesta elaborada contra la realidad natural

  Ante este choque con la realidad biológica, las únicas salidas, tal como lo vio Freud, son la represión y la ilusión:

La gran lección de la psicología freudiana: que la represión es autoprotección normal y autorrestricción creativa; en realidad, el substituto natural del ser humano para el instinto.

El mundo real es sencillamente demasiado terrible para aceptarlo; le dice al ser humano que es un animal insignificante y tembloroso que morirá y se descompondrá. La ilusión cambia todo esto

Creo que los que consideran que la comprensión total de la condición humana nos volvería locos están en lo cierto. (…) Todo lo que hace el ser humano en su mundo simbólico es un intento de negar y superar su grotesco destino. 

La neurosis (…) se refiere a las personas que tienen problemas para aceptar la verdad de la existencia; en este sentido es universal porque todo el mundo tiene algún problema para vivir con la verdad de la vida y paga algún rescate vital a esa verdad.

  Es interesante que Becker aprovechó para contestar a una línea de pensamiento muy característica de su época (décadas de 1960 y 1970) que pretendía reconciliar al ser humano con su cuerpo y sus deseos, una tendencia que aparecía como alegre, optimista y lúcida, y que él denominó “pensamiento antirrepresivo”

Norman Brown llega a la conclusión de que la humanidad sólo puede trascender el terrible precio que se cobra el miedo a la muerte si se vive plenamente en el cuerpo y no se permite que quede ninguna parte de la vida sin vivir que pueda envenenar nuestra existencia, que socave nuestro placer y que deje un residuo de lamentación. Si la humanidad hiciera esto, dice Brown, el miedo a la muerte ya no conduciría a la locura, al desperdicio y a la destrucción; los seres humanos tendrían su apoteosis en la eternidad viviendo plenamente en el ahora de la experiencia. El enemigo de la humanidad es la represión básica, la negación del latido de la vida física y del espectro de la muerte. El mensaje profético es para la vida sin represiones, que dará a luz a un nuevo ser humano. 

  Todo esto le parece a Becker absurdo

La visión de Brown de algún futuro para el ser humano se derrumba ante la incapacidad de comprender la culpa. No procede de la «fantasía infantil», sino de la realidad. (…) Hablar de un «nuevo ser humano» cuyo ego se fusiona completamente con su cuerpo es hablar de una creatura subhumana, no de una superhumana. El ego, para llegar a desarrollarse, ha de negar, ha de ceñirse al tiempo, ha de detener al cuerpo.

No vale la pena dar vueltas en torno a las falacias de los revolucionarios de la antirrepresión; podríamos seguir y seguir, pero siempre volveríamos al mismo tema básico: la imposibilidad de vivir sin represión.

  La represión es inevitable, entonces. El ser humano no podría vivir con ignorancia. ¿Cuál es entonces la actitud correcta?: lo que Becker llama “heroísmo”

Lo primero que hemos de hacer con el heroísmo es poner al descubierto su parte oculta, mostrar lo que da a la heroicidad humana su naturaleza específica y su ímpetu. (…) El heroísmo es un reflejo del terror a la muerte. (…) Cuando vemos a una persona afrontando con entereza su propia extinción, es como si ensayáramos la mayor victoria que podamos imaginar. 

  Esto nos recuerda la lectura del existencialismo que encontramos en muchos textos de Sartre… Y al igual que en el caso del escritor francés socialmente comprometido, también para Becker este heroísmo tiene una dimensión social.

Lo que es y ha sido siempre la sociedad: un sistema de acción simbólico, una estructura de statu quo y papeles, de costumbres y normas de comportamiento diseñadas para servir de vehículo al heroísmo terrenal. (…) Es un sistema mítico al que la gente se somete para adquirir un sentimiento de valor primordial

  Esta búsqueda del valor primordial es el auténtico origen de la religión.

La idea de Dios nunca ha sido un simple reflejo de un miedo supersticioso y egoísta, como han reivindicado los cínicos y los “realistas”. Por el contrario, es el resultado de un genuino anhelo por la vida, de una búsqueda de una plenitud de sentido

La única manera de trascender las contradicciones naturales de la existencia era en la trillada forma religiosa: proyectar nuestros problemas en una figura divina, ser curado por una trascendencia omniprotectora y omnijustificadora. (…) La orientación de los seres humanos ha de estar siempre más allá de sus cuerpos, ha de basarse en represiones saludables y encaminadas a ideologías sobre la inmortalidad explícitas, a mitos de trascendencia heroica

Argumento a favor de una fusión de la psicología y de una perspectiva mítico—religiosa. Para ello, me baso en gran medida en la obra de Otto Rank.

[Rank y Kierkegaard] llegaron a la misma conclusión tras la búsqueda psicológica más exhaustiva: que, en los más lejanos límites de la descripción científica, la psicología ha de dejar paso a la “teología”, es decir, a una visión del mundo que absorba los conflictos y el sentido de culpa del individuo y le ofrezca la posibilidad de algún tipo de apoteosis heroica. El ser humano no puede soportar su propia insignificancia a menos que pueda traducirla en un significado lo más amplio posible. 

   Vemos aquí un pronunciamiento firme que reivindica a la Antigüedad: los cambios culturales no se han dado por mero azar y el cristianismo ha tenido su razón de ser

El temor a la muerte no es el único motivo de la vida; la trascendencia heroica, la victoria sobre el mal de la humanidad en general para las generaciones futuras, la consagración de nuestra existencia a fines superiores, estos motivos son igualmente vitales y son lo que confieren al animal humano su nobleza incluso ante sus temores animales. El hedonismo no es heroísmo para la mayoría de las personas. Los paganos en el mundo antiguo no se dieron cuenta de eso y salieron perdiendo con el “odioso” credo judeocristiano. 

La idea del ritual y, una vez más, de toda cultura: la forma artificial de las cosas prevalece sobre el orden natural y lo domina, lo transforma y lo hace seguro.

  Hoy en día sigue habiendo algunos filósofos que continúan señalando el camino de la antirrepresión, el hedonismo y el paganismo (opuesto al ateísmo). Estos pensadores consideran que hemos de gozar con nuestra condición natural y aceptar armoniosamente nuestro origen y destino. Ernst Becker se opuso a ellos y reconoció la necesidad de la concepción originalmente cristiana de represión, sentido de culpa y sacrificio. Todo ello valdría la pena. Incluso la represión sexual tendría lógica.

El problema humano distintivo desde tiempos inmemoriales ha sido la necesidad de espiritualizar la vida humana, de elevarla a un plano inmortal especial, más allá de los ciclos de la vida y de la muerte que caracterizan a todos los demás organismos. Esta es una de las razones por las que la sexualidad ha estado sujeta desde el principio a tabúes

El cuerpo es sin duda un obstáculo para el ser humano, la decadente carga de la especie sobre la libertad y la pureza de su yo.

  El dualismo alma/cuerpo seguiría teniendo sentido. Es cierto que ya no resulta creíble la idea de un alma inmortal, pero no dejaría de existir una “dimensión heroica” de la voluntad humana. El humanismo lleva al idealismo, y el idealismo a las ideologías.

El heroísmo transmuta el miedo a la muerte en seguridad de autoperpetuación, hasta el punto de que las personas pueden enfrentarse alegremente a la muerte e incluso cortejarla según su ideología.

La propia sociedad es un sistema codificado de héroes, lo que significa que, en todas partes, la sociedad vive el mito del significado de la vida humana, una provocadora creación de sentido. Toda sociedad es, por lo tanto, una “religión” tanto si así lo cree como si no: la “religión” soviética y la maoísta son verdaderas religiones

  Hay, sin embargo, otra visión de la vida humana a la hora de enfrentarse a la maldición de nuestra “sucia” condición biológica. Una visión que puede ser vista o no como complementaria de este heroísmo esencialmente religioso que promueve Ernst Becker, y que es el mundo de los afectos.

  El mundo de los afectos es el mundo originario, porque el ser humano nace como ser biológico envuelto en una protección afectiva

El niño que tiene una experiencia materna positiva desarrolla un sentido de seguridad básico y no está sujeto a temores insanos de pérdida de apoyo, de aniquilación o similares.

  Luego, como hemos visto, viene el descubrimiento de la “analidad”: nuestra mísera condición solitaria y perecedera. Pero, en un principio, estamos sumidos en un universo de protección y dicha. ¿Podemos volver a él, de alguna forma?

La transferencia refleja la condición humana en su totalidad (…) El ser humano no puede estar solo, sino que necesita ayuda externa.

  Becker, dependiente de los descubrimientos (ciertamente heroicos) de los primeros psicólogos, hace uso del concepto psicoanalítico de “transferencia” que supone la relación afectiva como intercambio y percepción de signos de confianza entre humanos. Esto también puede interpretarse como amor en todas sus formas posibles: maternidad, sexualidad, “ágape”, compromiso social…

Las personas ansían la inmortalidad y la obtienen donde pueden: en el pequeño círculo familiar o en el objeto del amor único. 

  A Becker no le parece suficiente. El ser humano necesitaría más. Necesita una idea trascendente y colectiva de afectividad. Necesita religión.

La vida es, al fin y al cabo, un reto (…) Si se rinde al ágape, se arriesga a no conseguir desarrollarse, a no realizar su contribución activa para el resto de la vida. Si expande demasiado a Eros, se arriesga a aislarse de la dependencia natural, del deber con una creación más extensa

La necesidad de una verdadera ideología religiosa (...) es inherente en la naturaleza humana, y su realización es imprescindible para cualquier tipo de vida social

El ser humano moderno se volvió psicológico porque se aisló de las ideologías colectivas protectoras. Tenía que autojustificarse desde su propio interior. Pero también se volvió psicológico porque el pensamiento moderno evolucionó de ese modo cuando se desarrolló a partir de la religión.

  ¿Una religión psicológica podría ser el paso siguiente en la evolución cultural? No sería una religión afectiva, como el concepto cálido de la fraternidad cristiana nos hace sentir, sino que se trataría de una religión heroica en la que el individuo afronta la vida (y la muerte) en una individualidad distintiva que a algunos les podrá parecer soledad. Las relaciones entre los individuos serán en buena medida utilitarias: la “transferencia” es un servicio de fortalecimiento mutuo, un medio para un fin.

Si vemos la religión terapéutica como una necesidad cultural, entonces el idealismo más elevado será intentar cumplir esa necesidad en cuerpo y alma. Por otra parte, aun con las mejores intenciones, la transferencia es, queramos o no, un proceso de adoctrinamiento. (…) Para que la psicología se convierta en un sistema de creencia completo, todo lo que ha de hacer el terapeuta es tomar las palabras de las profundidades internas de la personalidad de las religiones místicas tradicionales

  Por otra parte, Becker señala la insuficiencia del poderoso “amor romántico”

La grandeza y el poder de Dios es algo que nos puede nutrir, sin que se comprometa en manera alguna con los acontecimientos de este mundo. Ninguna pareja humana puede ofrecernos esta seguridad, porque la pareja es real. (…) Si una mujer pierde su belleza, o demuestra que ya no posee la fuerza ni la fiabilidad que una vez creímos que tenía, pierde su agudeza intelectual, no cumple nuestras necesidades peculiares en cualquiera de las mil formas posibles, entonces toda la inversión que hemos hecho no sirve para nada. La sombra de la imperfección cae sobre nuestras vidas y, con ella, la muerte y la derrota del heroísmo cósmico. 

  Aun siendo conscientes de que la idea de Dios pertenece al pasado, que hoy no es admisible, el conocimiento, la sabiduría y la conciencia del ser podrían reemplazarla. Y puesto que Dios no existe, las mujeres son frágiles y el amor mutuo –el ágape- dispersa la capacidad del individuo para enfrentarse al mundo como un todo, lo que Becker promueve para cada individuo es

la necesidad de sentirse heroico, de saber que su vida tenía alguna importancia en el esquema de las cosas

La forma en que una persona resuelva sus necesidades naturales de autoexpandirse y de encontrar un sentido determinará su calidad de vida. La heroicidad de la transferencia ofrece al ser humano justo lo que necesita: cierto grado de individualidad claramente definida, un punto de referencia para su práctica del bien, y todo ello dentro de cierto grado de seguridad y control.

  Todo esto resulta un tanto vago. Está claro que Becker vivió una época en la que el fin de las viejas religiones llevaba a una reflexión sobre su origen y necesidad, y que a partir de ello se esperaba el surgimiento de nuevas adaptaciones. De un plumazo Becker se deshace de las tentaciones del hedonismo antirrepresivo y reconoce la profundidad y la ineludibilidad del reconocimiento de nuestra sufriente condición mortal. Son los psicólogos, los Freud, Jung y Adler (y Rank), los nuevos profetas a este respecto. La cuestión no es tanto qué sentido tendría la vida, sino cómo hemos de vivirla con menos sufrimiento, cuál sería la actitud madura, coherente con nuestra condición.

  Es interesante que Becker haga varias referencias a la fascinación de la sexualidad femenina. Se diría que no se le pasó por la cabeza que su libro también pudiera ser leído por mujeres…

Nuestro completo desconcierto ante el evidente sinsentido de la creación: dar forma al milagro sublime de la faz humana, al mysterium tremendum de la radiante belleza femenina, a las verdaderas diosas que son las mujeres hermosas. Sacar todo esto de la nada, del vacío y hacer que reluzca a mediodía; tomar el milagro y crear nuevos milagros en su seno, allá en lo profundo de los ojos que atisban, unos ojos que estremecieron incluso al seco Darwin. Poder hacer todo esto y tener que compaginarlo con un ano que caga, ¡es demasiado!

El amante romántico (…) busca en la profunda interioridad de la mujer, en su misterio natural. Quiere que ella sea una fuente de sabiduría, de intuición segura, un pozo sin fondo de fuerza que se renueva constantemente. 

  La verdad es que uno tampoco se puede imaginar que un libro como éste pudiera haber sido escrito por una mujer, no solo por estas alusiones al deseo por la feminidad, sino por el señalamiento constante de lo heroico, de las tradiciones religiosas de la Antigüedad. En todas estas visiones queda implícita la preponderancia de lo masculino.

Esa personalidad (…) que el ser humano quiere desarrollar: la idea de que es un héroe cósmico con dones especiales para el universo. No quiere ser un mero animal fornicador como cualquier otro (…) Este es un punto crucial porque explica la razón por la que los tabúes sexuales han girado en torno a la sociedad humana desde sus comienzos. Afirman el triunfo de la personalidad humana sobre la igualdad animal. (…) Creó los tabúes sexuales porque tenía que triunfar sobre el cuerpo y sacrificó los placeres del cuerpo al mayor de todos los placeres: la autoperpetuación como ser espiritual a lo largo de toda la eternidad. 

  La conclusión, pues, parece una especie de “homenaje” a la vieja religión:

La única manera de trascender las contradicciones naturales de la existencia [se encuentra] en la trillada forma religiosa: proyectar nuestros problemas en una figura divina, ser curado por una trascendencia omniprotectora y omnijustificadora. 

Podemos concluir diciendo que un proyecto tan grande como la construcción mítico—científica de la victoria sobre la limitación humana no es algo que pueda ser programado por la ciencia. 

Quién sabe qué forma adoptará el impulso hacia adelante de la vida en tiempos venideros, o qué uso hará de nuestra angustiosa búsqueda. 

  La lectura de este ferviente compromiso con la mente autoconsciente (dualismo alma/ cuerpo) resulta insatisfactoria si la cotejamos con lo que sabemos de la naturaleza humana a la luz de la ciencia del comportamiento de hoy. Hoy sabemos, por ejemplo, que no existe el libre albedrío y tampoco un ser humano separado de la comunidad de otros seres humanos, lo que hace un poco injustificado el ideal del heroísmo.

  La confrontación heroica del individuo ante la vida (que incluye la muerte) a la manera angustiosa de un Kierkegaard o un Sartre podría llevarnos a una neurosis conflictiva. Llevó, casi con seguridad, a los totalitarismos socialistas. Una mejor propuesta parece que sería una visión cristiana menos mortificante y mistérica, y más centrada en las gratificaciones emocionales de la afectividad. Si la fuente de toda afectividad es la mujer, y si la belleza femenina supone el mysterium tremendum que se ha mencionado, convendría que profundizáramos en esta realidad tan significativa más allá de la cuestión trivial de que esta belleza se marchite (todo se marchita: es el principio de la entropía).

  Al fin y al cabo, la belleza de la mujer no es solo inspiración para los varones heroicos, es también fuente de amor en los niños y en muchas más mujeres de las que habitualmente se piensa (una intrigante dimensión del narcisismo). Esa belleza se refiere a una realidad del mundo de la afectividad, de los instintos altruistas y prosociales que existen realmente en el comportamiento humano universal y que puede desarrollarse culturalmente. Ese angelismo (el término existe) supone una promesa para la humanidad más realista y más amable que el angustioso heroísmo que propone Becker.

lunes, 6 de abril de 2015

“La catedral de Darwin”, 2002. David Sloan Wilson

El propósito de este libro es tratar el concepto orgánico de los grupos religiosos como una seria hipótesis científica.

  David Sloan Wilson aborda la religión de forma científica: la ciencia estudia la naturaleza, y en la naturaleza humana parece existir la necesidad de vivir en grupos dentro de los cuales siempre se llevan a cabo actividades religiosas. De modo que es razonable plantearse que si la religión ha existido en todos los grupos humanos conocidos a lo largo de la historia probablemente será porque ésta debe de haber cumplido alguna función.

Religión [es](…) un producto de la evolución que capacita a los grupos humanos para funcionar como unidades adaptativas –al menos hasta cierto punto.

  Hay que decir que no todos los científicos aceptan que la religión tenga esta función prosocial (para que los grupos funcionen como unidades adaptativas)

La hipótesis que estoy buscando probar propone que la religión contribuye a que los grupos humanos funcionen como unidades adaptativas. Esta hipótesis tiene muchos rivales, incluyendo las hipótesis de la religión como herramienta de explotación, como un parásito cultural o como un subproducto del razonamiento coste-beneficio

  (El planteamiento de “herramienta de explotación” tiene que ver con el viejo posicionamiento marxista: la clase superior manipula las supersticiones de la clase inferior para obtener más ventajas que aseguren su supremacía;  el “razonamiento coste-beneficio” se refiere a la opinión de que las religiones son una creación consciente para obtener beneficios concretos, por ejemplo, una religión que impone la autoridad de unos sacerdotes para ejecutar trabajos colectivos en beneficio de la comunidad; la hipótesis del “parásito cultural” se refiere a la idea de que la religión es inútil y contraproducente para la vida social pero que se perpetúa a sí misma por selección natural de la misma forma que lo haría un virus que ocasiona una enfermedad)

  La visión "funcionalista" que defiende David Sloan Wilson, en cualquier caso, concreta bastante su idea de que la religión (relacionada o no con la creencia en supuestos seres sobrenaturales) obedece a una necesidad de la vida humana en comunidad:

Es importante recordar que las comunidades humanas cuyo tamaño pasa del de unos pocos cientos de individuos son “antinaturales”. En lo que se refiere a la evolución genética, por lo que sabemos, nunca existieron grupos humanos tan numerosos antes del advenimiento de la agricultura. Esto quiere decir que la sociedad humana necesita mecanismos culturales evolucionados para permanecer unida por encima del nivel de grupos de personas que puedan conocerse cara a cara.

  Wilson se refiere a “sistemas unificadores” en general, que englobarían también a lo que hoy llamamos religión.

La teoría general debería diferenciar la religión de otros sistemas unificadores, pero debería también mostrar lo que la religión tiene en común con otros sistemas unificadores, incluyendo aquello que aparece como altamente no-religioso en otros aspectos.

  Al diferenciar entre “religiones” y “sistemas unificadores” podemos llegar a comprender ciertas cualidades esenciales del fenómeno religioso. Todo “sistema unificador” implica un sistema de creencias relativas a la vida social. Veremos que hay algo muy particular en la naturaleza y efecto de las creencias religiosas, pero de entrada tengamos en cuenta que las creencias, para tener relevancia social, no basta con que sean conocidas y transmitidas entre los individuos.

Sin importar cómo sea de poderoso, un sistema de creencias por sí mismo es probablemente insuficiente para convertir un grupo en un organismo social. Se requiere también una organización social para hacer cumplir las normas y coordinar las actividades de aquellos que acatan las normas

  La religión propiamente dicha parece ser un particular sistema de creencias capaz de producir efectos en el individuo dentro de un grupo hasta el punto de hacer necesaria una organización social vinculada a él.  El “efecto religioso” para el individuo depende de factores emocionales que no están al alcance de cualquier “sistema unificador”. Los sistemas unificadores en general (por ejemplo: una ideología política no religiosa) tendrían también el poder de producir determinados efectos en el individuo dentro de un grupo, pero no llegarían a alcanzar esta capacidad para fomentar el vínculo social. La diferencia se hallaría sobre todo en un factor específico: “lo sagrado”.

  Veamos cómo lo explicaba el gran clásico de la antropología de hace más de cien años, Emile Durkheim:

Para Durkheim, la esencia de la religión era una distinción entre lo sagrado y lo profano (…) Durkheim interpretaba la religión como una adaptación que capacita a los grupos humanos para funcionar como unidades armoniosas y coordinadas. 

  Para distinguir entre “lo sagrado” y "lo profano”  a efectos del funcionamiento de un “sistema unificador” dado, podemos recurrir al ejemplo de un rey de la Antigüedad que pretendiera desarrollar diversas estrategias unificadoras: unas serían religiosas y otras no, pero todas tendrían el mismo fin de favorecer el bien común.

Las supersticiones, mitos y dioses (…) están íntimamente relacionados con asuntos de una suprema importancia práctica [como] compartir la comida. (…) El grupo está unido por un sistema de creencias y prácticas que es esencialmente moral

  Se trata, pues, de fomentar creencias de tipo moral, pero el rey puede elegir entre que estas creencias se proclamen y difundan mediante un sistema “sagrado” o bien mediante un sistema “profano”. ¿Cuál es la diferencia?

  Aquí tenemos una posible respuesta:

Muchos de los mecanismos que guían la evolución cultural tienen lugar por debajo del nivel de la consciencia (…) Esto quiere decir que las culturas pueden evolucionar para ser hábiles de formas que son invisibles a sus propios miembros.

  "Lo sagrado” es aquello que a nivel moral y simbólico nos impacta emocionalmente en el sentido de aprobación o rechazo, y que por tanto más fácilmente arraiga en el inconsciente. La idea de "lo sagrado” parece que es una adaptación de la emoción animal de la repugnancia física (la función original habría sido evitar la ingestión de sustancias tóxicas).

    El rey puede dictar normas profanas por el bien común… aunque sabe que las normas son fácilmente violadas de acuerdo con la conveniencia egoísta de cada uno; sin embargo, si opta por establecer algo como “sagrado” (asociado, por tanto, a sentimientos de repugnancia y asco arraigados en el subconsciente) esto se hace mucho más ineludible y por lo tanto las normas morales se harán más efectivas porque al rigor de las autoridades en hacer cumplir las normas morales se suma ahora el autocontrol del mismo individuo que experimenta una subjetiva reverencia ante los valores sagrados y la equivalente repugnancia a obrar contra ellos.

   En la Antigüedad no era lo mismo obedecer al jefe de la tribu (que podía estar respaldado o no por los chamanes) que obedecer al Faraón de Egipto, que era Rey y era Dios, y que, por tanto, resultaba “sagrado” él mismo.

  Se trata, pues, de una especie de truco psicológico que la humanidad ha manejado y perfeccionado desde tiempos ancestrales. Hoy en día también sigue sin ser lo mismo obedecer las reglas referentes al tráfico urbano de vehículos que obedecer las reglas que se refieren a los derechos humanos que son proclamadas solemnemente y cuya infracción nos produce un rechazo automático. Los islamistas gustan de comparar el efecto que en los creyentes musulmanes hacen las blasfemias contra el profeta Mahoma al efecto que en los ciudadanos europeos hacen las burlas al Holocausto judío. Estas bromas referidas a la matanza de seis millones de inocentes nos resultan repugnantes… es decir, producen asco: uno de los síntomas más notorios referidos a "lo sagrado”.

Los sistemas morales requieren mecanismos psicológicos innatos y (…) ellos pueden evolucionar rápidamente mediante evolución cultural

Moralidad: conformidad a las reglas de la conducta correcta (…) Los comportamientos que cuentan como conducta correcta no son determinados genéticamente sino que dependen de procesos culturales y psicológicos con final abierto.

  Otro ejemplo típico de la diferencia entre establecer normas meramente cívicas y establecer normas sagradas es el del caso del delincuente antisocial que recibe aleccionamiento cívico –“profano”- a cargo de educadores y psicólogos especializados: se le expone racionalmente la inconveniencia de la conducta antisocial y las consecuencias legales de los actos antisociales… pero los resultados suelen ser escasos. Al lado de esta evidencia tenemos la otra evidencia de las frecuentes conversiones religiosas de los delincuentes antisociales que acaban transformados en devotos seguidores evangélicos o fundamentalistas islámicos, con lo cual suele cesar automáticamente su comportamiento antisocial. Solemos llamarlo “lavado de cerebro”, pero se trata, de nuevo, de la inculcación de “lo sagrado” en sus mentes: el poder de lo emocional, que se arraiga en el subconsciente y que rebasa el poder de lo racional.

  Es algo poderoso y parece útil, tanto para bien como para mal, ¿cuánto sabemos acerca de su mecánica psicológica? Al fin y al cabo, para que una norma adquiera carácter de “sagrada” no basta con que una autoridad la proclame como tal…  Hace falta un cierto proceso psicológico que actúa tanto a nivel del individuo como a nivel cultural en toda la sociedad.

  Las creencias sagradas se originan en el “mundo de la espiritualidad”, un ámbito próximo a las emociones y el inconsciente.

La espiritualidad es en parte un sentimiento de estar conectados a algo más grande que uno mismo. La religión es en parte una colección de creencias y prácticas que parten de la espiritualidad.

   El individuo ha de sensibilizarse primero en un sentido espiritual para que pueda aceptar normas sagradas.

   Una forma de alcanzar esta sensibilización es mediante un adiestramiento perceptivo. El sentimiento de “trascendencia”, equivalente a la “espiritualidad”, muchos lo relacionamos con las emociones que se derivan de la vida artística, y aquí, a su vez, entra el factor clave del simbolismo religioso: la capacidad de transmitir grandes unidades de información mediante signos, que pueden ser iconos (meras imágenes que adquieren significado al asignárselo otras estrategias religiosas), representaciones artísticas (imágenes trascendentes con independencia de que después se les asigne valor religioso) o meros conceptos expresados en palabras (que adquieren significado trascendente a través de la doctrina o la historia mítica).

Estamos cerca del núcleo de la religión cuando hablamos de símbolos sagrados. 

Los símbolos sagrados exigen respeto; dictan el comportamiento. Considerar algo como sagrado es subordinarse a ello, obedecer sus exigencias. En contraste, considerar algo como profano es subordinarlo a uno mismo, usarlo para los propósitos de uno solo. Los símbolos sagrados organizan el comportamiento de la gente que los consideran sagrados.

  (Remarquemos lo que se afirma de que "lo profano” se usa para los propósitos de uno solo: las normas cívicas -profanas- se proclaman para el bien común, pero se pretende que el individuo las acepte por su propia conveniencia. Así nunca funciona el autocontrol, como veremos más adelante al abordar la cuestión del engaño dentro del grupo)

   Otra forma de alcanzar la sensibilización de “lo sagrado” es mediante la obtención de gratificaciones emocionales dentro de una comunidad espiritual e ideológicamente organizada. Recordemos cómo se suele relacionar la comunidad de creyentes con la comunidad humana más estrechamente vinculada de todas, la familia. Es lógico que el individuo se muestre en extremo sensible a las gratificaciones afectivas dentro de la comunidad:

Obtienen beneficios psíquicos que son considerados tan importantes como los beneficios materiales, incluyendo apoyo emocional, sentido de pertenencia y respeto

La selección natural ha dotado a los individuos con un mecanismo psicológico que les incita a unirse a grupos, lo cual ellos experimentan como un cálido sentimiento de amistad. No diríamos que “el individuo se une al grupo porque sobrevive mejor y porque recibe un cálido sentimiento de amistad”, [sino que] en términos próximos el individuo se une a los grupos solo a causa del cálido sentimiento de amistad, mientras que en términos últimos lo hace solo porque se favorece la supervivencia. La distinción próximo/último es una de las más fundamentales que puede hacerse en la teoría evolutiva y debe ser tenida en cuenta cuando se piensa en la religión

  Los miembros de las comunidades religiosas suelen negar el atractivo de las gratificaciones afectivas que obtienen dentro de su red social. Siempre aluden a la búsqueda de la fe, la salvación, la iluminación: una experiencia solitaria del individuo autónomo. Pero esta mentirijilla (o autoengaño) se asemeja al caso del que bebe alcohol y niega que sea por los efectos embriagadores que produce, asegurando que lo hace por el sabor grato de la bebida…

   Tenemos entonces alguna certeza acerca de lo que caracteriza a la religión: creencias en un orden moral interiorizadas en la mente del individuo (lo que permite el autocontrol) gracias a la experiencia espiritual (emocional) propia de “lo sagrado” (simbolismo trascendente) y que repercuten en la construcción de una red social que proporciona gratificaciones de tipo afectivo (estas gratificaciones afectivas también pueden considerarse como experiencias espirituales).

  El resultado, en cualquier caso, parece apuntar a la mejora efectiva de una sociedad humana cada vez más compleja y cooperativa formada por individuos que siempre se sentirán acosados por sus propios instintos antisociales. La aspiración máxima hoy, se exprese en ideales religiosos o en la tradición humanista laica, es alcanzar una moralidad universal implementada por el autocontrol de los individuos.

Quizá la hermandad universal pueda ser alcanzada por una religión u otra organización social pero ése es un desafío para el futuro.

  Eso en lo que respecta al futuro, pero si consideramos que el origen de la religión es mejorar la convivencia, conviene entonces que averigüemos cuál pudo ser el pasado de la religión prehistórica, mucho antes de las complejas religiones doctrinales surgidas en la Antigüedad clásica… Cómo y por qué comenzaron a reunirse todos los elementos que acabarían dando lugar a la experiencia religiosa.

  Ante todo, consideremos la problemática de la “selección de grupo”:

Las religiones son bien conocidas por su moralidad intragrupal y su hostilidad extragrupal

  El concepto de “selección de grupo” se refiere a uno de los criterios a los que recurren los científicos sociales para explicar la evolución prosocial dentro de los grupos formados por seres vivos.  Todos los grupos compiten por los recursos del entorno, y solo los grupos más eficientes son seleccionados, igual que sucede a nivel de individuos… La “selección de grupo” podría explicar cualquier mejora dentro del grupo, ya que todo lo que haga al grupo más armonioso (y por tanto más eficiente) le permitirá competir con mayor éxito frente a los grupos rivales. Algunos consideran paradójico que una comunidad gane en armonía y mutuo altruismo (el mutuo altruismo es siempre el mejor medio para alcanzar la armonía dentro de un grupo social) a fin de desarrollar también con más eficiencia la hostilidad a los extranjeros: es decir, practicar el amor mutuo dentro del grupo a fin de poder descargar nuestro odio al extranjero con mayor contundencia. Con ser esta situación verosímil en la época prehistórica, este resto de hostilidad intuitiva se ha demostrado en la historia moderna que resulta bastante plástico y culturalmente manipulable.

   En cualquier caso, sabemos que nuestros antepasados vivieron durante decenas de miles de años dentro de pequeñas bandas de cazadores-recolectores (entre cien y ciento cincuenta individuos, como máximo), y sabemos que estos grupos competían por los recursos, muchas veces violentamente. Para fortalecerse, mientras más cooperación hubiese entre los individuos, mejor preparados estarían, como grupo, para enfrentarse y prevalecer ante los desafíos del entorno… incluido el de la hostilidad de los otros grupos humanos. Y para que el grupo mejorase gracias a la cooperación mutua entre todos los que lo integran era preciso fomentar en alguna medida la moralidad y el altruismo.

Un comportamiento es egoísta cuando incrementa la adaptación del actor, relativo a los otros miembros del grupo. Un comportamiento es altruista cuando incrementa la adaptación del grupo, relativo a los otros grupos, y decrece la relativa adaptación del actor dentro del grupo. 

Si deseamos explicar las bandadas de pájaros como unidades adaptativas, no solo debemos demostrar un proceso de selección entre grupos, sino también debemos mostrar que opera más fuertemente que el proceso opuesto de selección dentro del grupo. 

  “Selección dentro del grupo” equivale a “egoísmo”… El individuo que obtenga más ventajas con menos esfuerzo tendrá más posibilidades de prosperar y con ello tener descendencia y que sus propias características se perpetúen (“éxito reproductivo”). Si el individuo vive dentro de un grupo, su beneficio particular puede obtenerse en perjuicio de otros individuos… y también en perjuicio del grupo en su conjunto.

   Hay, por lo tanto, una tensión constante entre ambos tipos de selección (de grupo e individual). Por eso David Sloan Wilson habla de “selección multinivel”

El término selección multinivel expresa la posibilidad de que  la selección natural puede operar a más de un nivel de la jerarquía biológica.

La selección de grupo puede producir rasgos altruistas, pero deben ser excepcionalmente fuertes para oponerse a la desventaja selectiva del altruismo dentro de los grupos.

  Esto sucedía en la época en que los recursos estaban limitados, en los que las bandas de “Homo Sapiens” apenas si podían sobrevivir y para ello habían de disputar los recursos a las otras bandas… y dentro de cada banda, cada individuo disputaba con los demás en la medida de lo posible. La precariedad forzaba tanto al egoísmo dentro del grupo como a la hostilidad entre grupos. El altruismo también tenía su lugar dentro del grupo, desde luego, pero sus posibilidades de desarrollo eran limitadas.

   Cuando se descubre la agricultura, la humanidad por primera vez dispone de excedentes, de riqueza. ¿Qué beneficio produce entonces la forma de vida de enfrentamiento constante entre grupos y entre individuos (selección dentro del grupo)? Ninguno, puesto que la escasez de recursos ya no existe.

   Ésa es la situación en la que nos encontramos a partir del proceso histórico: los seres humanos nos hemos convertido ahora en nuestro mayor enemigo. El medio natural ha quedado dominado, la riqueza nos rodea por todas partes… y seguimos viviendo en la angustia y la precariedad debido a que nos atenazan los instintos egoístas y  agresivos que nuestros antepasados (humanos y prehumanos) nos legaron.

  La religión, pues, podría no ser ninguna tontería (un sub-producto parasitario, como opinan algunos, según hemos visto) sino una solución desarrollada a lo largo de la evolución de las culturas en el sentido de promover el altruismo no solo dentro del grupo, sino también entre grupos, buscando expandir cada vez más el ámbito de la acción prosocial (aunque gustemos de mostrar pesimismo al respecto de los avances sociales en la Antigüedad, los registros etnográficos parecen demostrar que la convivencia es mucho más armoniosa y menos violenta en los tiempos históricos que en la prehistoria de los cazadores-recolectores, y que lo es cada vez más a medida que el registro histórico avanza a lo largo del tiempo hasta el presente).

  En un principio, los mitos religiosos proporcionaron enseñanzas que todavía son valiosas (aunque ya no las expresemos mediante historias míticas). Y de los mitos se pasó a las doctrinas y a la predicación de los “maestros de la sabiduría”: Zoroastro habló de que dentro del ser humano luchan el bien (nuestros instintos altruistas, prosociales) y el mal (nuestros instintos agresivos y egoístas, antisociales); los judíos hablaban de un “pecado original” con el que todos nacemos (nuestra maldita herencia genética procedente de la época de la precariedad…)

La evolución es un proceso notoriamente embrollado que desafía explicaciones únicas. Nada es perfectamente adaptativo o un producto de un solo nivel de selección.

La selección de grupo explica la esencia de la religión de una manera que otras hipótesis no logran

Por su misma naturaleza, la moralidad altera el equilibrio entre los niveles de selección a favor de la selección de grupo.

El ideal del modelo de la selección de grupo elimina completamente la selección dentro del grupo

  No es nada fácil producir individuos altruistas, por mucho que racionalmente sepamos que eso es lo mejor para el grupo y, en consecuencia, también para cada uno de los que formamos parte de él…

El altruismo es psicológicamente paradójico. Aquellos que se preocupan menos de sí mismos prosperan más, ya que ellos viven entre individuos de mentalidad parecida.

  … pero subrayemos que nuestro impulso primario sigue siendo el de la “selección individual”: buscamos nuestro propio beneficio y tratamos de ser lo menos altruistas posible. Incluso el altruista, si bien puede renunciar a determinados bienes materiales (incluso arriesgar la propia supervivencia), también suele obtener bienes de otro tipo (emocionales, afectivos) a cambio de un comportamiento desprendido.

  Todos los “sistemas unificadores” tratan de promover el comportamiento altruista y la moralidad (respeto a las normas por el bien común) pero solo la religión, como hemos visto, utiliza el recurso de la interiorización emocional de la fe en lo sagrado a fin de alcanzar el autocontrol.

  El sistema religioso, al fomentar el autocontrol de forma semejante a un instinto (el efecto de "lo sagrado"), es, por tanto, el mejor “sistema unificador” de todos. Un comportamiento totalmente altruista lo asociamos con la idea de “santidad” y lanzaría a la humanidad hasta niveles de cooperación eficiente inimaginables.  Sin embargo, alcanzar este nivel sigue siéndonos imposible, de momento. En la práctica, la vida social no puede bastarse con el autocontrol de origen religioso. No contamos con “suficiente religión” para conseguirlo y tenemos que combinar todo tipo de recursos sociopsicológicos…

Los grupos humanos consiguen su organización funcional no del todo mediante el autocontrol (aunque este puede ser un factor importante) sino por vigilancia mutua y control social

Las teorías evolutivas de altruismo y cooperación se centran casi exclusivamente en el problema del engaño

La única razón por la cual el desprendimiento podría parecer como poco razonable es el problema de los tramposos.

  Por una parte, las reglas morales requieren de algo más que de racionalidad, porque tan racional es cumplir mi parte del trato con mi esfuerzo como engañar con un esfuerzo menor, ya que nunca tendremos ninguna seguridad de que una persona racional vaya a cumplir su palabra (dependiendo de las circunstancias, tan racional es cumplir como hacer trampa), pero, por otra parte, el sistema religioso de autocontrol es tan complejo de llevar a cabo (experiencias espirituales, creaciones simbólicas, vida comunitaria, organización ideológica y doctrinal…) que la humanidad ha tenido que hacer uso de otro tipo de recursos, aparte del de la religión, para prevenir el problema esencial del engaño dentro del grupo…

Construir un sistema simbólico diseñado para motivar la acción es una tarea cognitiva sustancialmente diferente de la de ganar un conocimiento factual exacto del entorno físico y social

Muchos sistemas motivadores son posibles, y no todos ellos deben incluir un glorioso más allá o siquiera agentes sobrenaturales (Durkheim definió religión en términos de lo sagrado y lo profano, no de agentes sobrenaturales). Cuando falta la creencia en la gloria del más allá, habrá otros elementos motivadores que tomen su lugar

  ¿Esta estructura de creencias “en lo sagrado” interiorizadas mediante estrategias psicológicas (experiencias espirituales) que hacen uso del lenguaje simbólico seguirán siendo útiles en el futuro?, ¿y si resultara conveniente incluso ampliar nuestro vocabulario simbólico, alcanzar más altos niveles de autocontrol basados en la interiorización de una moralidad “sagrada” mediante nuevos recursos propios de nuestra cultura científica y racional?

  Es decir, ¿seguiremos necesitando religiones?, ¿podemos todavía desarrollar mejor los mecanismos religiosos para alcanzar mayores cotas de autocontrol sobre nuestros instintos antisociales?

Un propósito de este libro es argumentar que la evolución cultural es un proceso en marcha capaz de descubrir nuevas y genuinas soluciones, incluso a partir de elementos antiguos. Cuando se trata de evolución, el hecho de que algo no haya sucedido antes es un pobre argumento de que no pueda suceder en el futuro.

  David Sloan Wilson compara la complejidad de las evoluciones culturales humanas (entre ellas, las religiones y demás “sistemas unificadores”) a la conjunción de elementos simples en estructuras funcionales unificadas, como bloques de construcción o notas musicales que dan lugar a catedrales o sinfonías. Apenas hemos apuntado algunos de los elementos más notables, como la simbología sagrada, los sistemas emocionales de control del comportamiento, las gratificaciones afectivas o las redes sociales. Las combinaciones parecen infinitas.

¿Puede alguien probar que la evolución cultural ha cumplido ya su recorrido?, ¿que todas las sinfonías han sido compuestas y todas las estructuras construidas?

viernes, 27 de marzo de 2015

“El futuro de nuestra mente”, 2014. Michio Kaku

  Michio Kaku es uno de los más conocidos y competentes divulgadores científicos. Escribe libros, artículos, dirige y presenta documentales en televisión, y está perfectamente preparado desde el punto de vista académico para ello, pues se trata de una autoridad en física teórica. Sin embargo, en este libro aborda un tema de biología

La mente y el universo (…) son las fronteras más misteriosas y fascinantes de la ciencia

  Kaku nos informa de los últimos logros en las investigaciones científicas referidas a la mente humana. Y a la hora de abordar a los mejores especialistas toma las debidas precauciones:

Para incorporar a este libro [las especulaciones de los científicos que están edificando los cimientos para el futuro de la mente], solo impuse dos requisitos: (1) sus predicciones debían cumplir rigurosamente las leyes de la física y (2) debían existir prototipos que permitiesen, en principio, demostrar la aplicabilidad de sus ambiciosas ideas.

  A partir de aquí, tenemos que a Kaku no le acompleja nada utilizar como guía de sus exposiciones numerosos argumentos de la literatura y cine de ciencia-ficción. ¿Por qué no hacerlo, si hoy ya hemos asumido la capacidad de la tecnología para alterar nuestras vidas?

Los científicos han logrado obtener lecturas aproximadas de los pensamientos de una persona mediante escáneres electroencefalográficos. Los sujetos se ponían un casco con sensores (…)  y se concentraban en determinadas fotografías (por ejemplo, la imagen de un coche). A continuación se grababan señales en un electroencefalograma para cada imagen, a partir de los cuales se generó un rudimentario diccionario de pensamientos

Se le muestran al paciente una serie de letras y se le dice que se concentre en cada símbolo (…) Una vez que se ha creado este diccionario unívoco, es fácil hacer que, cuando la persona piense en la letra, ésta aparezca en la pantalla, utilizando únicamente el poder de la mente.

[Se ha logrado] registrar un recuerdo creado por ratones y grabarlo digitalmente en un ordenador (…) El sueño de descargar recuerdos al cerebro algún día podría hacerse realidad

En el futuro, se podría utilizar la nanotecnología, la capacidad de manipular átomos individuales, para insertar en el cerebro nanosondas con las que acceder a nuestros pensamientos (…) Se colocarían precisamente en las áreas del cerebro dedicadas a determinadas actividades.

Podremos aprender cálculo simplemente con descargarnos la habilidad. El sistema educativo experimentaría toda una revolución (…) El número y la calidad de los trabajadores especializados aumentaría enormemente

Quizá sería posible convertir a individuos normales en savants (…) Algo que ha sucedido muchas veces en el pasado, como consecuencia de accidentes casuales

  ( “Savant” es como se denomina al individuo autista con prodigiosas capacidades de memoria y cálculo; estas habilidades, sin embargo, suelen estar acompañadas de graves taras mentales que incapacitan la integración normal en sociedad; algunas personas que han sufrido golpes en la cabeza –“accidentes casuales”- han manifestado la adquisición repentina de ciertas habilidades de este tipo)

  La inmortalidad mediante la transferencia de los registros neuronales a un soporte más duradero (un disco, o incluso una onda láser… o cualquier otra invención futura) parece que también será factible en un futuro no demasiado lejano (¿mil años?, ¿qué son mil años si hace ya cinco mil desde que se descubrió la escritura?). Se nos informa de que ya existe un "Proyecto Conectoma", que buscaría la materialización alternativa del ser mediante la reconstrucción digital: el diseño exacto de las conexiones cognitivas que tienen lugar en el cerebro.

Para alcanzar la inmortalidad podría hacerse un conectoma completo. El médico tendría todas nuestras conexiones neuronales en un disco duro

  Y esa vida inmortal podría, además, tomar una expresión completamente diferente a lo que hoy conocemos…

La comunicación cerebro-cerebro no solo permitiría  la transmisión de actividades físicas, sino también la de emociones y sentimientos.

Una brain-net [conexión directa y universal entre cerebros] podría incluso alterar el curso de la civilización (…) En la época prehistórica, durante miles de años nuestros antepasados fueron nómadas, que se desplazaban en pequeñas tribus y se comunicaban entre sí a través del lenguaje corporal y los gruñidos. La aparición del lenguaje nos permitió, por vez primera, comunicar símbolos e ideas complejas, lo que facilitó  el surgimiento de las ciudades

  Lo que falta en las imaginativas especulaciones de Kaku es una especulación paralela acerca de los cambios culturales que traerían semejantes innovaciones en la vida humana. Quede al menos la advertencia al respecto: la escritura, la difusión de la literatura en forma de libro, la novela psicológica, los periódicos, la educación pública, acabaron cambiando al ser humano en su manera de ver el mundo y relacionarse con sus semejantes; agudizaron la empatía y la capacidad para la reflexión y la introspección; hicieron viable la universalización del concepto de “persona”. Cambios tan espectaculares como los descritos en este libro, que implican la conexión directa entre memorias y conciencias individuales, habrían de tener una influencia cultural proporcionada y, aparentemente, iría en un sentido prosocial de expansión de las redes humanas de confianza y cooperación.

  Para que se dé lugar a tales modificaciones de las capacidades propiamente humanas (intelecto, emociones, espiritualidad) los técnicos habrán de actuar a partir del conocimiento previo de la naturaleza del ser tal como existe hoy.

Conciencia es el proceso de crear un modelo del mundo a partir de múltiples bucles de retroalimentación basados en distintos parámetros (…) para lograr un objetivo

El nivel más simple de conciencia es el de un termostato (…) La clave es la retroalimentación, que activa un interruptor si la temperatura baja o sube demasiado (…) Cada bucle de retroalimentación constituye una “unidad de conciencia” (…) Podemos clasificar la conciencia numéricamente, basándonos en la cantidad y la complejidad de los bucles de retroalimentación (…) Una flor con diez bucles de retroalimentación (que miden la temperatura, la humedad, la luz solar, la gravedad…) tendría una conciencia de nivel 0: 10

La autoconciencia consiste en la creación de un modelo del mundo  y en la simulación de un futuro en el que aparece el propio sujeto (…) Los animales crean un modelo del mundo principalmente en relación con el espacio y con los demás individuos, mientras que los humanos van más allá y crean un modelo del mundo en relación con el tiempo, tanto hacia adelante como hacia atrás

   La ciencia que estudia el cerebro humano no ha descubierto, pues, una esencia de la personalidad individual. Todo parece una efectiva simulación a cargo del neocórtex (la sorprendente acumulación de tejido nervioso humano en la zona más superficial del cerebro). La idea del “yo” sería una especie de ficción, lo mismo que el “libre albedrío”: todo fabricado por el neocórtex.

La noción del “yo” como un todo único y unificado que toma todas las decisiones de manera continua es una ilusión creada por nuestra propia mente subconsciente (…) El cerebro racionaliza el resultado a posteriori y crea la sensación de que un único yo controlaba la situación desde el principio

El libre albedrío es falso. El cerebro toma las decisiones con antelación, sin la participación de la conciencia, y después trata de disimularlo (como acostumbra) haciendo creer que la decisión fue consciente

  El conocido fenómeno de la “pareidolia” (por ejemplo: ver rostros y figuras en las formas de las nubes o las manchas de la pared) está igualmente relacionado con un hecho más general:

El cerebro está constantemente creando imágenes falsas para “llenar los vacíos”

  En contra de la idea popular de que solo usamos una mínima parte de nuestro cerebro, en realidad, éste solo puede mantener sus capacidades restringiendo al mínimo su actividad. Por eso, gran parte de lo que creemos estar observando es reconstruido por la mente haciendo uso de patrones (la observación detallada directa es mucho más costosa en energía) y otra buena parte es olvidada cuanto antes para ahorrar espacio de unidades de información (el mantenimiento de la memoria es también muy costoso).

  Igualmente, la existencia de las emociones tiene origen en la necesidad de ahorro: nos permite tomar decisiones rápidas en lugar del largo y costoso esfuerzo de evaluar racionalmente cada situación…

Si hacemos que una hembra penetre en el territorio de un pez espinoso macho, el macho está confuso, porque quiere aparearse con la hembra, pero también quiere defender su territorio (…) Simultáneamente atacará a la hembra e iniciará el cortejo (…) [En cambio,] un humano tiene un consejero delegado en el cerebro que valora los pros y los contra de la situación.  (…) La clave es simular el futuro estableciendo relaciones causales entre eventos

Los insectos (…) aunque establecen relaciones sociales con los miembros de su colmena o grupo, hasta donde sabemos no sienten emociones

  Tener en cuenta estos principios simples de economía ayuda a que comprendamos muchas de las limitaciones biológicas de nuestras mentes. Y son estos principios los que nos podrían permitir en el futuro incrementar la eficiencia de nuestros cerebros y desarrollar las fascinantes posibilidades de la inteligencia artificial. La falta de un conocimiento exacto de cómo funciona nuestra mente supuso un obstáculo a este tipo de desarrollos en el pasado reciente:

En 1965 el doctor Herbert Simon, uno de los creadores de la inteligencia artificial, dijo rotundamente: “Dentro de veinte años, las máquinas serán capaces de hacer cualquier tarea que pueda hacer un hombre” (…) Los científicos subestimaron el problema, porque en realidad la mayor parte del pensamiento humano es subconsciente

  Ya hemos visto la importancia de las emociones a la hora de afrontar la relación con el medio. También podemos ver los inconvenientes que, a su vez, presenta la vida emocional a la hora de utilizar la razón.

Existe una tensión entre la parte del cerebro que busca el placer y la parte racional que trata de controlar las tentaciones

Los niños capaces de diferir la gratificación obtenían mejores resultados en prácticamente cualquier parámetro para medir el éxito en la vida (…) Las imágenes cerebrales de estos individuos mostraban un patrón definido

La conexión entre los lóbulos prefrontal y parietal es importante para el pensamiento matemático y abstracto (…) La conexión entre el lóbulo prefrontal y el sistema límbico (…)  es aparentemente fundamental para tener éxito en la vida

  El sistema límbico es el “cerebro emocional”, mientras que el lóbulo prefrontal, sobre todo, es la parte racional. Los distintos temperamentos individuales y  los diferentes filtros culturales ayudan a obtener las mejores estrategias  a fin de sacar partido a todas las complejidades de la función intelectual. Es posible que en el futuro próximo se utilicen métodos basados en nuevas tecnologías.

La estimulación magnética transcraneal  permite silenciar partes del cerebro (…) mejora la velocidad y la agilidad del proceso cognitivo

  Michio Kaku no entra en la cuestión de cuál es la meta para la que está diseñada la mente humana, aunque como muchos científicos que especulan acerca de la mente futura y la inteligencia artificial, parece dejar ver que el trabajo intelectual supondría el ideal a largo plazo  de una mente humana mejorada. Al fin y al cabo, diferir la gratificación es lo más indicado para realizar tareas complejas cuyos resultados solo podemos disfrutar al cabo de un tiempo. Y si la demora en la gratificación es el elemento cognitivo que conduce al éxito, es de suponer que perdurará una vez el ser humano haya alcanzado sus metas biológicas más generales (supervivencia, evitación del dolor, procura del placer… inmortalidad); si el ser humano ha prosperado (éxito reproductivo) gracias a su inteligencia social (capacidad para la cooperación) y gracias a su capacidad para resolver problemas al contar con la demora en la gratificación, estas cualidades serían las que llenarían de contenido la vida humana futura: ¿una brain-net extendida por el universo dedicada a la resolución de los últimos desafíos científicos?

  El escenario no podría ser más grandioso… La mente humana, como hemos visto, podría ser reproducida en un soporte más perdurable. Mejor que en un disco, podría ser en una onda de luz… Lo que nos permitiría acceder a ciertas ventajas…

La conciencia trasmitida por un rayo láser, al ser inmaterial, tiene una ventaja decisiva sobre la materia cuando se trata de pasar a través de un agujero de gusano.

La idea de que algún día la conciencia pueda vagar libremente entre las estrellas es el sueño definitivo. Por increíble que parezca, esto encaja en las leyes de la física

Si la teoría de cuerdas es correcta, significa que todo este universo coexiste con otros en un hiperespacio de once dimensiones (…) El verdadero escenario de los fenómenos físicos es el multiverso de universos, lleno de universos que son como burbujas flotantes

    Tales posibilidades para la mente se desarrollarían de forma paralela con las posibilidades de la inteligencia artificial. Si la mente puede plasmarse en su existencia material en forma de conexiones computacionales, esto equivaldría también a las conexiones independientes de una mente artificial. ¿Por qué una mente artificial no iba a ser equivalente a una mente humana, incluida la autoconciencia?

Para crear un robot con conciencia de sí mismo (…) [se comenzó por crear] robots con una teoría de la mente. Empezaron por construir dos robots (…) El segundo estaba programado para observar al primer robot y copiar lo que éste hacía

  (La “teoría de la mente” es el fenómeno por el cual un ser vivo es capaz de prever el comportamiento de otro al especular que éste tiene un comportamiento intencional semejante al suyo)

  Con todo, Michio Kaku acepta que puedan aparecer nuevos problemas que dificulten la realización de estos prodigios. Tal vez relacionados con la mecánica cuántica, que implica una concepción de la naturaleza en la cual la incertidumbre y el mero cálculo de probabilidades reemplazarían a nuestras viejas tradiciones de comprobación empírica y de las seguridades de causa y efecto.

Un sistema cuántico es intrínsecamente impredecible. Lo máximo que se puede calcular es la probabilidad de que algo ocurra, debido al principio de indeterminación

Las neuronas llevan a cabo cálculos tanto analógicos como digitales (…) Las neuronas son caóticas (…) En mi opinión esto indica que un conjunto de transistores solo pueden reproducir aproximadamente el comportamiento de las neuronas (…) Incluso las neuronas normales presentan problemas de fugas e inestabilidad

  Inmortalidad y viajes por el cosmos nos resultan atractivos hoy desde una sensibilidad vagamente religiosa, pero mucho antes de que una humanidad futura pueda hacer uso de estos avances de la tecnología, los logros que se aproximan ya han sacudido los principios elementales de la moralidad. Pensemos por ejemplo en la posibilidad próxima (se ha experimentado ya con animales de laboratorio) de poder eliminar los recuerdos traumáticos mediante terapia neurológica.

Una droga llamada propanolol puede aliviar el dolor asociado a los recuerdos traumáticos (…) Al recuperar el recuerdo de la memoria, éste cambia. Este podría ser el motivo por el que la droga funciona (…) Interfiere con la absorción de adrenalina, una de las claves para la creación de los recuerdos vívidos y duraderos.

   Sería un gran alivio para muchas personas que sufren pero…

[Sobre] las repercusiones éticas del borrado de recuerdos (…) [hay quienes opinan que]  los recuerdos existen por una razón: para enseñarnos las lecciones de la vida (…) La droga no obtuvo la aprobación del Consejo Presidencial de Bioética (…) “Atenuar nuestros recuerdos de cosas terribles haría que nos sintiésemos demasiado cómodos en este mundo, impasibles ante el sufrimiento, la maldad o la crueldad”

  Quizá éste sea un ejemplo claro de las limitaciones de la cultura actual para enfrentarse a las posibilidades que nos muestran los trabajos científicos. No cabe duda de que los avances en la potenciación de la mente no van a ser tan rápidos como se especuló hace cincuenta años, pero parece indudable que acabarán por darse, ¿estaremos preparados por entonces? ¿O nos resultarán inaceptables en base a principios por el estilo de los del Consejo Presidencial de Bioética? ¿Necesitamos, por ejemplo, el sufrimiento, incluido el de conservar los recuerdos de cosas terribles, para llevar una vida realmente humana?, ¿y en qué beneficia entonces al individuo la vida realmente humana, con todas sus consecuencias?

lunes, 16 de marzo de 2015

“Tratado de la naturaleza humana”, 1739. David Hume

  David Hume merece hoy, visto en retrospectiva, las mayores alabanzas de los estudiosos modernos que, como él en su momento, profundizan en la complejísima problemática de la “naturaleza humana”. El filósofo escocés del siglo XVIII fue uno de los más lúcidos escépticos de su época y sus puntos de vista resultan sorprendentemente actuales.

Es imposible formarnos una noción de las fuerzas y cualidades (…) de la esencia del espíritu (…) más que por experimentos cuidadosos y exactos y por la observación de los efectos particulares que resultan de sus diferentes circunstancias y situaciones.  (…) No podemos ir más allá de la experiencia, y toda hipótesis que pretenda descubrir el origen y cualidades últimas de la naturaleza humana debe desde el primer momento ser rechazada como presuntuosa y quimérica

Hasta las matemáticas, la filosofía natural y la religión natural dependen en parte de la ciencia del hombre, pues se hallan bajo el conocimiento de los hombres y son juzgadas por sus poderes y facultades. (…) Así, pues, si las ciencias matemáticas, la filosofía natural y la religión natural dependen de tal modo del conocimiento del hombre, ¿qué no puede esperarse en otras ciencias cuya conexión con la naturaleza humana es más estrecha e íntima? 

  Lo que Hume descubre, desde su asentada posición de filósofo de la época en que comienza a desarrollarse la ciencia tal como la conocemos hoy (se trata de la Gran Bretaña de Newton, de Boyle, de Cavendish) es el principio básico de la psicología moderna: el conocimiento de todo lo humano solo puede partir de la percepción por el individuo del entorno que lo rodea. No contamos con más referencia veraz que ésta.

A las percepciones que penetran con más fuerza y violencia las llamamos impresiones y comprendemos bajo este nombre todas nuestras sensaciones, pasiones y emociones tal como hacen su primera aparición en el alma. Por ideas entiendo las imágenes débiles de éstas en el pensamiento y razonamiento, como, por ejemplo, lo son todas las percepciones despertadas por el presente discurso, exceptuando solamente las que surgen de la vista y tacto y exceptuando el placer o dolor inmediato que pueden ocasionar.(…) Todas las ideas se derivan de las impresiones, y las representan. 

  Ése no era el mundo del pensamiento estándar de la época. Todavía predominaba la idea de un mundo del espíritu, de un dualismo entre lo material y lo inmaterial: lo físico e intelectual serían cosas muy distintas, pues habría cuerpo y alma, mundo y Dios, así como leyes divinas, éticas, políticas, que nos habrían sido dadas por una tradición sagrada y que, aunque limitarían nuestra libertad de innovación, también nos aportarían seguridad.

Según mi sistema, todos los razonamientos no son más que efectos de la costumbre, y la costumbre no tiene influencia más que vivificando nuestra imaginación y dándonos una concepción intensa de un objeto.

Todo conocimiento degenera en probabilidad, y esta probabilidad es mayor o menor según la veracidad o error de nuestro entendimiento y según la simplicidad o complicación de la cuestión.

  Nuestro deseo de conocer, y el método objetivo de conocimiento que nos aporta una visión escéptica, no nos libran del hecho de que, sin las certidumbres de las tradiciones espirituales, la mera razón se revela escasa y frágil.

La consideración intensa de las varias contradicciones e imperfecciones de la razón humana han causado tanta impresión sobre mí y agitado de tal modo mi cerebro, que me hallo dispuesto a rechazar toda creencia y razonamiento y no puedo considerar ninguna opinión como más probable que otra. ¿Dónde estoy o qué soy? ¿De qué causas deriva mi existencia y a qué condición debo volver? ¿Qué favores debo buscar y qué cóleras debo temer? ¿Qué seres me rodean? ¿Sobre qué tengo yo influencia y qué tiene influencia sobre mí? Todas estas cuestiones me confunden y comienzo a imaginarme en la condición más deplorable que pueda pensarse, rodeado de la más profunda obscuridad y totalmente privado del uso de todo miembro y facultad.

  Inevitablemente, David Hume se convierte en el primer gran filósofo ateo. La sociedad británica era mucho más tolerante al respecto que cualquier otra del mundo en aquel momento (con la probable excepción de la sociedad holandesa) pero aun así debía mostrarse precavido. Su ateísmo se basaba en la honestidad de confesar un escepticismo generalizado que nadie gustaba de exteriorizar.

Un estado futuro se halla tan alejado de nuestra comprensión y tenemos una idea tan oscura del modo como existiremos después de la disolución del cuerpo, que todas las razones que podamos aducir, por muy poderosas que sean en sí mismas y por muy reforzadas que se hallen por la educación, no son capaces, con imágenes tan torpes, de dominar esta dificultad o conceder una autoridad suficiente o fuerza a la idea.

La superstición surge natural y fácilmente de las opiniones populares del género humano, arraiga más poderosamente en el espíritu y frecuentemente es capaz de perturbarnos en la conducta de nuestras vidas y acciones. La filosofía, por el contrario, si es exacta puede presentamos solamente opiniones indulgentes y moderadas

  Al comprender la inferioridad de la filosofía (la razón) frente a la superstición a la hora de impactar en el entendimiento humano, David Hume alcanza también una comprensión funcional de los límites de la Ilustración, porque la vida real no puede transcurrir por los mismos cauces que la indagación honesta del filósofo. Por muy natural que sea el escepticismo, la civilización está construida sobre “falsas filosofías”.

Podemos observar una gradación de tres opiniones que surgen las unas de las otras, según que las personas adquieran nuevos grados de razón y conocimiento. Estas opiniones son la del vulgo, la de la falsa filosofía y la de la filosofía verdadera, que se aproxima más a la opinión del vulgo que a la de un conocimiento equivocado.

  Lo que Hume llama “falsa filosofía” coincide con las verdades de la religión de la época. Con ser esto grave, son muchas otras las “verdades” de la “falsa filosofía” que quedan en entredicho al aplicárseles las exigencias de la filosofía escéptica y materialista, la misma que coincide un poco con la “opinión del vulgo” (el desenvolvimiento convencional de la vida convencional donde no tienen cabida las “grandes preguntas”).

  De la observación de causas y efectos aparece una naturaleza común y una explicación de las diferencias entre los diversos fenómenos humanos.

Existe un curso general de la naturaleza en las acciones humanas lo mismo que en las actividades del Sol y del clima. Existe, pues, un carácter peculiar a las diferentes naciones y a las personas particulares, y del mismo modo un carácter común al género humano. El conocimiento de estos caracteres está fundado en la observación de una uniformidad de las acciones que nacen de ellos, y esta uniformidad constituye la verdadera esencia de la necesidad.

En el espíritu humano se halla establecida una percepción del dolor y el placer como resorte capital y principio motor de todas sus acciones

  El comportamiento humano así observado (la percepción del dolor y el placer como resorte capital) resulta muy alejado del idealismo espiritual cristiano. De ahí el predominio de la pasión sobre la razón, mientras que la religión cristiana (“falsa filosofía”, aunque no se diga explícitamente) pretende aunar la razón y la virtud, es decir, que, guiadas por la razón (que es Dios), los hombres hallen la virtud verdadera. Sin embargo, la evidencia muestra que la pasión predomina.

Podemos considerar que cuando recibimos daño por parte de una persona nos inclinamos a imaginarla como criminal, y sólo con extrema dificultad reconocemos su justicia o inocencia. Esta es una prueba clara de que, independientemente de la opinión de la intención dañina, todo daño o dolor tiene la tendencia natural a excitar nuestro odio y que después buscamos las razones que puedan justificar y fundamentar la pasión. 

Solamente cuando un carácter es considerado en general sin referencia a nuestros intereses particulares causa un sentimiento o afecto que denominamos bien o mal moral. (…) Rara vez acontece que no imaginemos un enemigo como vicioso y que podamos distinguir entre su oposición a nuestros intereses y su villanía o bajeza real

  ¿Es inútil la razón?

La razón es y sólo puede ser la esclava de las pasiones y no puede pretender otro oficio más que servirlas y obedecerlas. 

La razón es el descubrimiento de la verdad y falsedad. La verdad o falsedad consiste en la concordancia o discordancia con las relaciones reales de las ideas o con la existencia real y los hechos. (…) Es evidente que nuestras pasiones, voliciones y acciones no son susceptibles de una concordancia o discordancia tal por ser los hechos y realidades originales completos en sí mismos y no implicar referencia a otras pasiones, voliciones y acciones. Es imposible, por consiguiente, que puedan ser estimadas como verdaderas o falsas y que sean contrarias a la razón o conformes con ella.

  La razón sí nos ofrece numerosos caminos en nuestro beneficio… pero siempre teniendo en cuenta cuál es su poder real. Digamos que el puro peso de la razón se muestra impotente, pero que queda la opción de tomar, gracias a la razón, estrategias hábiles en el manejo de las pasiones.

Se ha observado que la razón, en un sentido estricto filosófico, puede tener una influencia sobre nuestra conducta solamente de dos modos: cuando excita una pasión, informándonos de la existencia de algo que es un objeto propio de ella, o descubriendo el enlace de causas y efectos de tal forma que nos proporcione los medios para ejercer una pasión. 

Del mismo modo que una idea de la memoria, al perder su fuerza y vivacidad, puede degenerar en un grado tal que pueda ser tomada por una idea de la imaginación, una idea de la imaginación, a su vez, puede adquirir una fuerza tal que pase a ser una idea de la memoria y a producir sus efectos sobre la creencia y el juicio. Esto se nota en los casos de los mentirosos, que por la frecuente repetición de sus mentiras llegan a creer que las recuerdan como realidades

  El tortuoso camino de la virtud pasa, pues, por hacer uso de un complejo sistema de resortes emocionales instintivos –“enlace de causas y efectos”- que nos lleven a sentirnos compelidos a obrar por el bien propio y de los semejantes al mismo tiempo. La razón nos convence de que la virtud es conveniente para todos, pero las pasiones nos arrastran siempre con mayor fuerza. Para evitar el comportarnos siguiendo solo las pasiones egoístas recurrimos a estrategias como la selección preferente de algunas pasiones moderadas y amables, la imposición de ciertas restricciones y la retribución del entorno en forma de prestigio y aprecio para las acciones más virtuosas.

Y si la razón nos muestra que repetir una mentira puede hacer que acabemos por creerla, también se ha recurrido con frecuencia a repetirnos las falsas verdades de la religión, de modo que una idea de la imaginación(…) puede adquirir una fuerza tal que pase a ser una idea de la memoria y a producir sus efectos sobre la creencia y el juicio. Y puesto que lo que sirve para las falsas verdades también puede servir para la filosofía verdadera, la razón y la virtud cuentan también con mecanismos de este tipo (trátese de repetición o de  imitación o de seducción). De ese modo, un razonamiento puede llegar a “ser una idea de la memoria y a producir sus efectos” [hoy podríamos decir que se “interioriza”]. Así podemos evitar los peores daños del influjo de las pasiones destructivas.

  Veamos ahora una famosa paradoja moralista

No es contrario a la razón, para mí, preferir mi total ruina para evitar el menor sufrimiento a un indio o a un hombre totalmente desconocido. 

   Como la razón compasiva no puede imponerse a los intereses egoístas, de ahí la inevitable lectura pesimista de Hume acerca de las relaciones humanas.

Ninguna afección del espíritu humano posee a la vez la suficiente fuerza y dirección propia para equilibrar el amor de las ganancias y hacer a los hombres aptos para la sociedad llevándolos a que se abstengan de las posesiones de los otros. La benevolencia hacia los extraños es demasiado débil para este propósito

  Pero recordemos que este escepticismo lleva también, como hemos visto, a describir posibles mecanismos de controlar las pasiones y a  reconocer verdades ciertas que también aportan esperanza...

Si somos filósofos, debemos serlo tan sólo sobre principios escépticos (…). Cuando la razón es activa y se combina con alguna inclinación puede asentirse a ella. Cuando no lo hace, no puede tener derecho alguno a actuar sobre nosotros.

En general, las pasiones violentas tienen una influencia más poderosa sobre la voluntad, aunque sucede que las tranquilas, cuando son fortalecidas por la reflexión y secundadas por la resolución, son capaces de dominarla 

  Estas “pasiones tranquilas” sí pueden representar un ideal a nuestro alcance, siempre y cuando aceptemos nuestras dificultades para hallar la virtud, para burlar, mediante el conocimiento preventivo de las "pasiones violentas”, las trabas que éstas mismas ponen a nuestro razonable deseo de vivir en una sociedad justa y bondadosa.

Mansedumbre, beneficencia, caridad, generosidad, clemencia, moderación y equidad poseen la mayor consideración entre las cualidades morales, y se denominan comúnmente virtudes sociales para indicar su tendencia al bien de la sociedad. 

El arrepentimiento purifica de todo crimen, especialmente si va acompañado de una reforma evidente de la vida y maneras. ¿Cómo ha de explicarse esto sino afirmando que las acciones hacen de una persona un criminal tan sólo en cuanto son pruebas de pasiones de principios criminales en el espíritu, y que por una alteración de estos principios, si cesan de ser pruebas de ello, la persona cesa de ser criminal?

  Los “principios criminales en el espíritu” son el equivalente al “pecado” de la religión. El ser humano puede enmendar su espíritu mediante el arrepentimiento, y esto puede ser demostrado al evaluar sus actos. Aquí Hume, el escéptico escocés, se muestra de acuerdo con el calvinismo escocés…

  Finalmente, conviene hacer algunas precisiones actuales en el paisaje escéptico y lúcido que nos muestra David Hume. En algunas cosas, era en exceso pesimista:

¿Se puede concebir una pasión de una yarda de longitud, un pie de latitud y una pulgada de profundidad? Pensamiento y extensión son, pues, cualidades totalmente incompatibles, que jamás pueden unirse en un sujeto.

  En realidad, hoy no es imposible concebir tales magnitudes, pues pronto localizaremos el mecanismo fisiológico de la razón y las pasiones gracias al estudio de los procesos cognitivos en el cerebro y sus ramificaciones en las demás actividades del sistema nervioso. Y todo ello es empíricamente mensurable

Tanto el vicio como la virtud son igualmente artificiales y se hallan fuera de la naturaleza

Las impresiones que dan lugar al sentido de la justicia no son naturales al espíritu del hombre, sino que surgen del artificio y las convenciones humanas

  Aunque el sentido de la justicia varía de unas culturas a otras, hoy sabemos que existen instintos innatos de conducta equitativa, retributiva, punitiva y cooperativa no solo en los seres humanos, sino también en muchos animales. Por lo tanto, la virtud no es algo artificial, aunque sí lo son las modificaciones a ésta que la cultura elabora en su propio curso evolutivo.

Las acciones pueden ser laudables o censurables; pero no pueden ser razonables o irracionales: laudable y censurable, por consiguiente, no es lo mismo que razonable e irracional.  El mérito y demérito de las acciones contradicen frecuentemente y a veces se oponen a nuestras inclinaciones naturales.

  El sueño de los moralistas es lograr una descripción exacta de las necesidades y posibilidades del control del comportamiento social de acuerdo con la naturaleza fisiológica. Esto hoy tampoco se considera imposible. “El mérito y el demérito de las acciones” podemos llegar a concebirlo como basado en el desarrollo de la capacidad prosocial del individuo, es decir, de la capacidad objetiva de actuar en fomento de la mayor cooperación entre individuos. Esta capacidad del individuo para obrar por el bien común puede determinarse siguiendo un proceso racional de deducción a partir del control cultural de los instintos: desarrollo de los instintos de altruismo, empatía y antiagresividad, y control y represión de los de egoísmo y agresividad. Los comportamientos prosociales generan confianza, y la confianza garantiza la cooperación.

   Aunque lo prosocial es tan instintivo como lo antisocial, la razón nos muestra que lo prosocial es mucho más conveniente para todos en el mundo de hoy. En la prehistoria, sin duda se daba un equilibrio espontáneo entre todas las “pasiones” humanas que era el más conveniente en la forma de vida ancestral. Hoy aspiramos a niveles mucho más altos de cooperación que los propios de la vida de los cazadores-recolectores, de modo que tenemos que controlar la manifestación de las “pasiones” que puedan resultar demasiado destructivas. Podríamos llegar a tener comportamientos que fuesen racionales en la medida en que obedeciesen a los criterios de prosocialidad. La bondad también es natural, y es posible incentivarla, estimularla y hacerla más socialmente aceptable en base al establecimiento de mejores costumbres.

Los animales son susceptibles de las mismas relaciones con respecto a los otros de la especie humana, y por lo tanto serían susceptibles de la misma moralidad si la esencia de la moralidad consistiese en estas relaciones.

  Eso tampoco es exacto porque los animales carecen de la capacidad humana para la prosocialidad, ya que no pueden establecer entre ellos relaciones de extrema confianza que les permitan una plena cooperación. Tales relaciones exigen una inteligencia suficiente para comprender los deseos ajenos del semejante-“inteligencia social”, “teoría de la mente”. Esta inteligencia insuficiente hace que la moralidad entre los animales no pueda alcanzar la complejidad de la moralidad humana.

   De todas formas, sí es cierto que entre muchos animales el grupo castiga al que incumple las reglas y que, por tanto, aparte del equilibrio resultante de la lucha por los propios intereses entre los individuos (lo que el darwinismo llama “selección individual”), también se dan cierto tipo de reglas dentro de la vida social animal. Entre los grandes simios abundan las interactuaciones bastante complejas que implican actitudes morales. Pero lo que no existe es la "conciencia" moral, que nos permite a los humanos interiorizar las pautas de conducta socialmente aceptadas al evaluarlas emocionalmente (sentidos de vergüenza y de culpa).

  La conclusión de leer hoy a David Hume es que este autor tan lejano en el tiempo comprendió el fundamento de las ciencias sociales de hoy: que el ser humano se halla sometido a instintos equiparables a los de los animales, a pasiones egoístas y conflictivas, pero que dispone también de la razón para tejer (mediante la inventiva cultural) una red de compensaciones entre unos instintos y otros. La solución a los problemas humanos pasaría entonces por hacernos más conscientes de esa capacidad de regular nuestras pasiones a fin de poder ejercerla en nuestro beneficio con más precisión y eficacia. Así de simple es todo en principio, pero resulta complejísimo llevarlo a cabo.

viernes, 6 de marzo de 2015

“¿Cuántos amigos necesitas?”, 2010. Robin Dunbar

   El biólogo evolucionista Robin Dunbar es el descubridor del famoso “número de Dunbar”

El número de personas que conocemos personalmente, aquellas en quienes podemos confiar, con quienes sentimos afinidad emocional, no es más de 150, el número de Dunbar. Ha sido 150 por tan largo tiempo como hemos sido una especie. Y es 150 porque nuestras mentes carecen de la capacidad de hacerlo mayor.

  ¿Qué implica esta relación entre individuos?, ¿cómo podemos describirla? Algunos estudiosos han creído reconocer detalles reveladores…

Nuestras redes sociales tienen una estructura muy definida basada en múltiplos de tres. (…) Tres a cinco personas parecen constituir el pequeño núcleo de amigos realmente buenos a quienes acudes en momentos de preocupación –para pedir consejo, obtener confort o incluso para que te presten dinero. Más allá de este núcleo hay un grupo algo más grande que consiste típicamente en diez personas adicionales. Y más allá de este grupo hay un círculo más grande de alrededor de treinta más.(…) Si tienes en cuenta cada sucesivo círculo inclusivo de todos los círculos internos, se muestra un patrón claro: parecen formar una secuencia que va por un factor de tres (cinco, quince, cincuenta y ciento cincuenta)

El agrupamiento de doce a quince, por ejemplo, ha sido durante largo tiempo conocido por los psicólogos sociales como el “grupo de simpatía”  (…) Éste es también el tamaño típico de grupo en la mayor parte de los deportes, el número de miembros de un jurado, el número de los apóstoles…

  Estos hallazgos ya nos proporcionan una muy valiosa referencia a la hora de abordar la naturaleza humana, pero la importancia del número implica algo más. Para Robin Dunbar

la capacidad para manipular información sobre el constantemente cambiante entorno social podría estar limitada por el tamaño del neocórtex

  Es decir, que esas cantidades (ciento cincuenta, tres, doce…) serían un límite cuantitativo. Supone nuestro límite porque nuestro cerebro (del cual el neocórtex es la estructura más moderna y compleja) tiene el tamaño que tiene como resultado de la evolución biológica que nos ha llevado hasta el punto donde hemos llegado (y no más lejos). Otros no han llegado siquiera: el chimpancé, cuyo cerebro es tres veces de menor tamaño que el humano, también vive habitualmente en grupos, pero el número de individuos que los forman es tres veces menor de promedio (unos cincuenta).

   La capacidad para la vida social es consecuencia, en la psicología individual de cada ser humano, de disponer de la llamada “teoría de la mente”, es decir, de la capacidad para ponerse en el lugar de otro, de incorporar en nuestra propia mente una simulación de la perspectiva del semejante. Esto es lo que permite interactuar con grupos cada vez más grandes.

Mientras todos los animales funcionan como los conductistas siempre han supuesto que actúan (aprenden reglas de comportamiento) los monos y simios han cambiado lo suficiente para ser capaces de actuar en términos de comprender al menos un poco de la mente que se encuentra detrás del comportamiento.

   Hay también por ello un límite para el número máximo de “órdenes de intencionalidad” a la hora de utilizar esta capacidad:

Se ha demostrado experimentalmente que los humanos normales adultos pueden aspirar hasta el quinto orden de intencionalidad de forma habitual, pero que esto representa realmente el límite más alto para la mayor parte de la gente. El quinto orden de intencionalidad es el equivalente de formular una línea de pensamientos como: supongo que tú crees que yo quiero que pienses que pretendo que…(…) Si los humanos tienen un límite en el quinto orden de intencionalidad, los chimpancés (y quizás otros grandes simios) están en el segundo orden y los monos en el primer orden.(…) Estas capacidades son una función relacionada directamente con el tamaño relativo del lóbulo frontal del cerebro

  Dunbar nos ilustra este concepto de "orden de intencionalidad" con el ejemplo de las estrategias maquiavélicas del malvado Yago en la tragedia de Shakespeare “Otelo” (aunque también la utilización de un mayor número de “órdenes de intencionalidad” caracteriza la capacidad estratégica de los maestros del ajedrez). Se sabe que los grandes simios son capaces de llegar a un segundo orden de intencionalidad, pero lo que hace Yago pensando en lo que puede que Otelo piense que Desdémona piensa (y Shakespeare pensando lo que Yago piensa que Otelo piensa que Desdémona piensa…) escapa de la capacidad mental de los grandes simios

Un simio (…) podría haber apreciado que Yago pretende decir algo a Otelo (creo que Yago pretende…) pero no habría sido capaz de comprender cómo, en adición a esto, Yago pretendía que Otelo interpretara sus palabras –eso habría requerido intencionalidad de tercer orden a la que él nunca habría podido aspirar. (…) Los grandes simios podrían ser capaces de imaginar el estado mental de alguien e incluso podrían ser capaces de construir una historia muy simple, pero nunca podría ser más que una narrativa que implicara a un solo personaje.

El nivel de intencionalidad que una especie puede alcanzar parece relacionado con el volumen de sus lóbulos frontales (…) La evidencia sugiere que hace dos millones de años Homo erectus habría aspirado a un tercer orden de intencionalidad, quizá permitiéndole tener creencias personales acerca del mundo.

Para realmente ser capaz de desafiar y encender a la audiencia, un gran contador de historias ha de ser capaz de llevar a la audiencia a los límites de sus habilidades intencionales hasta el quinto orden de intencionalidad. Pero eso quiere decir que el contador de la historia ha de ser capaz de trabajar al menos un nivel más alto, al sexto orden de intencionalidad. Esto está más allá del alcance de más de los tres cuartos del resto de nosotros.

  (Se puede incluso presentar la cuestión de si es imaginable un ser humano capaz de establecer en su mente un octavo, noveno o décimo orden de intencionalidad. ¿Podría lograrlo la inteligencia artificial en el futuro?)

  Esta limitación podemos (y debemos) relacionarla con una cuestión mucho más práctica: la capacidad para enfrentarse al medio con la habilidad de prevenir el futuro.

En solo dos aspectos las herramientas de los chimpancés difieren de las herramientas de las sociedades humanas pretecnológicas: los chimpancés no tienen vasijas para el almacenamiento y no construyen trampas (para pescar o cazar)

  Y no pueden hacerlo porque los grandes simios apenas si cuentan con sentido del tiempo: viven al día. Poner trampas supone una espera con vistas al futuro, y lo mismo en cuanto a almacenar víveres. Así pues, la misma insuficiencia de racionalidad para ir más allá de dos órdenes de intencionalidad se muestra en la insuficiencia para imaginar el futuro. (No confundamos esto con el comportamiento instintivo de animales irracionales como las ardillas que almacenan alimentos o las arañas que tejen su red: en estos casos se limitan a seguir sus muy convenientes instintos, consecuencia de una larguísima historia evolutiva: las ardillas no saben que esas nueces que están amontonando les permitirán alimentarse durante el invierno, pero cuando llega el invierno y pasan hambre, al tenerlas cerca, pueden comérselas y sobrevivir).

  ¿Y cuál es el origen evolutivo de todo esto?  Muy probablemente se trata de la evolución de los seres vivos en su lucha por la supervivencia en un medio hostil a lo largo del complejo proceso darwiniano… Un camino diferente al del puro instinto...

El núcleo de la moderna teoría evolutiva y sus muchas derivaciones intelectuales todavía yace firmemente en la elegante y sencilla idea de Darwin: los organismos se comportan de manera que tienden a incrementar la frecuencia con la cual los genes que ellos llevan pasan a futuras generaciones

  El número de Dunbar implica que el Homo Sapiens originario, los cazadores –recolectores prehistóricos a los que debemos la práctica totalidad de nuestra estructura genética, era un tipo de homínido que vivía en comunidades relativamente grandes (hasta los ciento cincuenta individuos) y al que el que la comunidad fuese más grande aportaría muchas ventajas a la hora de defenderse de los depredadores, a la hora de explorar para obtener recursos y a la hora de conservar estos recursos.

  Este principio también se evidencia en primates que no son grandes simios ni homínidos, y podemos ver en estos casos una proporción parecida en cuanto al desarrollo de su neocórtex con respecto a otras especies.

Los primates que viven en los grupos más grandes y que tienen los neocórtex más grandes son especies tales como los babuinos, macacos y chimpancés, que pasan la mayor parte del tiempo en el suelo y viven en hábitats relativamente abiertos como la sabana o el límite de los bosques, donde están expuestos a mayores riesgos por parte de los predadores que las especies que viven en las selvas.

  Parece evidente que los primeros homínidos poblaban hábitats abiertos. Un austrolopiteco era poco más que un chimpancé bípedo que vivía fuera de la selva (mientras que el chimpancé actual, aunque suele vivir en el suelo y no en lo más profundo de la jungla, sigue dependiendo de la protección de los árboles). Del australopiteco surgiría el “Homo erectus”, el auténtico “eslabón perdido” entre nosotros y los grandes simios.

El incremento dramático en el tamaño del neocórtex que vemos en los humanos modernos refleja la necesidad  de evolucionar en grupos mucho mayores de los que son característicos de los otros primates (o bien para enfrentarse con niveles más altos de predación o bien para facilitar un estilo de vida más nómada)

    Así que, en general, podemos concluir que

los primates usan sus conocimientos sobre el mundo social en el que viven para formar alianzas más complejas con cada uno de los demás en mayor medida que otros animales. Esta hipótesis de inteligencia social está sostenida por una fuerte correlación entre el tamaño del grupo- y en consecuencia la complejidad del mundo social- y el tamaño relativo del neocórtex en varias especies de primates no humanos

  Pero el aumento del tamaño del cerebro ha implicado no solo el aumento del grupo social dentro del cual se interactúa (así como el aumento de número de “órdenes de intencionalidad”) sino también la capacidad para el desarrollo cultural en lo que se refiere a las habilidades económicas, al permitir un aprendizaje más eficaz.

  En los casos en que se dan comportamientos culturales entre animales, (es decir, aprendizaje de habilidades que no recibimos por instinto) algo que no es únicamente humano, somos solo los humanos quienes poseemos la capacidad de desarrollar los comportamientos culturales hasta el punto de poder cambiar por completo nuestra forma de vida.

La atención de un animal observador es atraída hacia un problema por el comportamiento de su enseñante y entonces aprende la solución al problema por sí mismo mediante un proceso de prueba y error. En humanos, sin embargo, el tutor enseñaría al observador tanto la naturaleza del problema como la solución, o bien el alumno simplemente copiaría al tutor, y esto marca una clara distinción entre la cultura en los humanos y la cultura en los animales

Solo los humanos tienen el potencial para la cultura que les permite explotar nuevas innovaciones que construyen progresivamente a partir de lo que otra gente ha hecho antes

La capacidad para embarcarse en las formas más altas de cultura que nosotros asociamos con el ritual religioso, la literatura e incluso la ciencia depende de la habilidad para ir más allá del propio ser, para ver el mundo desde una perspectiva independiente. Esto requiere no solo ser capaz de preguntarse “¿qué sucede?” sino también “¿por qué ha de ser así?” Los animales, parece, toman el mundo tal como es.

  Todo estas ventajas de la vida social de los mamíferos de gran cerebro son sencillas de comprender, pero todavía nos resta el problema del comportamiento antisocial.  Está claro que establecer complicadas relaciones interpersonales favorece la cooperación pero, entonces ¿por qué persiste el comportamiento egoísta y violento? El  interés propio no tiene mucho sentido si dificulta el obtener provecho de nuestras inclinaciones sociales y cooperativas del cual todos y cada uno nos beneficiaríamos espectacularmente dadas las extraordinarias capacidades de la inteligencia humana…

  Para tratar de ver algo claro en este problema debemos comenzar por preguntarnos en qué consiste exactamente el comportamiento prosocial

Comportarse prosocialmente (…) [es] actuar altruistamente hacia aquellos que no esperamos volver a ver

  El caso es que el comportamiento altruista favorece enormemente la cooperación no solo por su utilidad práctica, sino sobre todo por generar confianza, y, por lo tanto, a corto, medio y largo plazo, beneficiaría a todos, pero dentro de cada grupo de individuos permanece el instinto para el beneficio egoísta aún a costa de echar a perder las oportunidades de cooperación. Aquí es oportuno considerar el concepto de “selección multinivel”:

Los procesos de selección multinivel son especialmente importantes para nosotros porque muchas de nuestras soluciones a los problemas de supervivencia y éxito reproductivo son sociales (cooperamos para conseguir aquellos fines más exitosamente), y las soluciones sociales requieren un paso intermedio –asegurarse de que la comunidad trabaja unida. (…) Esto equivale a observar que algunos beneficios para el individuo llegan a través de funciones a nivel de grupo. 

  Por tanto, dentro de un grupo social pugnan los intereses del individuo por su propio beneficio y los intereses del individuo por el beneficio del grupo que lo incluye (los dos niveles de actividad social). Dunbar no entra en la difícil cuestión de cómo pueden compensarse ambas tendencias (beneficio para el individuo y beneficio para el grupo en el cual vive el individuo). En cualquier caso, en ambos niveles se ponen a prueba las capacidades sociales de cada individuo a la hora de interactuar.

  El interés individual se convierte en antisocial cuando supone una merma para los intereses ajenos (y, a corto y medio plazo, también para el interés propio, puesto que todos se beneficiarían de una eficiente cooperación).  La moralidad es el instinto que busca salvaguardar la sociabilidad del individuo dentro del grupo, y aquí es donde se considera que surge la necesidad de una autoridad sobre cada individuo por el bien común.

Si queremos que la moralidad se consolide, tenemos que hallar alguna fuerza más alta para justificarla. El brazo del derecho civil lo hará bien como un mecanismo para hacer cumpir la voluntad colectiva pero igualmente lo hará un principio moral más alto –en otras palabras, la creencia en un principio filosófico sacrosanto o en una autoridad religiosa más alta

“Quiero que tú creas que Dios quiere que actuemos correctamente”. Esto es intencionalidad de cuarto orden, y nos da la religión social.(…) añade un quinto nivel (“quiero que sepas que ambos creemos que Dios quiere que actuemos correctamente”) y ahora, si tú aceptas la validez de mi planteamiento, entonces aceptas implícitamente que tú también crees. Tendríamos así lo que podemos llamar religión comunal: juntos, podemos invocar una fuerza espiritual que nos obliga, quizá incluso nos fuerza, a comportarnos de cierta manera.

  La necesidad de la autoridad (también de una autoridad imaginaria, de tipo sobrenatural, como tantas veces se ha dado) es sola una de las manifestaciones evolutivas de naturaleza social formadas durante la prehistoria. Para algunos psicólogos evolutivos, la división en comunidades lingüísticas diferenciadas y xenófobas tendría también una causa de interés biológico de grupo.

Las barreras del lenguaje reducen significativamente las oportunidades para el contacto entre diferentes poblaciones, minimizando así el riesgo de contaminación. Crear sociedades xenófobas más pequeñas, más vueltas hacia el interior, puede así ayudar a reducir la exposición a enfermedades para las cuales uno no tiene inmunidad natural. Resulta que la religión tiene una distribución similar

  Esto, que parece una mala noticia (estamos predispuestos a buscar el enfrentamiento contra nuestros semejantes encuadrados en otros grupos), puede compensarse también con unas cuantas buenas: la mejor de todas es que, al igual que nuestros primos los simios, estamos instintivamente predispuestos a gratificarnos emocionalmente con el comportamiento afectivo de nuestros semejantes.

En contra de la imaginación popular, el grooming de los monos no tiene que ver con quitar pulgas. (…) Más bien tiene que ver con la intimidad del masaje. La estimulación física de la piel dispara la suelta de endorfinas en el cerebro.

  Y es mucho el tiempo que estos animales dedican a esas actividades de toqueteo mutuo. Se trata del equivalente a nuestro gusto por disfrutar de la compañía , de charlar, chismorrear o compartir aficiones… Algo muy barato, muy poco costoso, y que suele tener como consecuencia psicológica el facilitar la confianza y la cooperación dentro del grupo.

Para hacerse alguna idea de lo importante que son los chismes, monitorizamos las conversaciones en un refectorio universitario:(…) las relaciones sociales y las experiencias personales contaban sobre el 70 % del tiempo de conversación. Sobre más de la mitad de esto se dedicaba a las relaciones o experiencias de personas no presentes.

  De la observación del comportamiento de interactuación social ociosa se destacan algunos importantes rasgos:

Considerando que los varones tienden a hablar más sobre sus propias relaciones y experiencias, mientras las mujeres tienden a hablar más sobre otra gente, esto podría sugerir que el lenguaje evolucionó en el contexto de vínculos sociales entre mujeres.

  Lo referente a la forma en que interactúan las mujeres socialmente parece confirmarse con otras observaciones

Las conversaciones de las mujeres están principalmente generadas para servir a sus redes sociales, construyendo y manteniendo una compleja trama de relaciones en un mundo social que siempre está en flujo (…) Las conversaciones de los hombres parecen estar generadas más para darse publicidad que para otra cosa. Hablan sobre sí mismos o hablan sobre cosas de las que pretenden saber mucho. Es una especie de forma vocal de la cola del pavo real.

  Quizá esto tenga algo que ver con que las actuaciones antisociales son más propias de los varones que de las mujeres. La “cola del pavo real” es un ejemplo de cómo los machos de todas las especies animales compiten entre sí, y el uso del lenguaje de interés meramente social (es decir, no informativo) entre los varones podría tratarse de un sustitutivo de la agresión mutua. Los pavos reales utilizan su llamativa cola como una forma de proclamar públicamente su vigor y buena salud, lo que resulta atractivo para las hembras de la especie.

 En cualquier caso, tanto hombres como mujeres comparten esa misma tendencia a interactuar socialmente en lo que parece una actitud de consolidar los vínculos sociales por el bien común. La moral es también una consecuencia de esta interactuación tanto como del interés del grupo.

Kant argumentó que nuestros sentimientos morales (…), son el producto del pensamiento racional a medida que evaluamos los pros y los contras de las acciones alternativas.

  Sin embargo, esta visión racionalista se enfrenta a otra concepción del comportamiento moral humano:

David Hume argumentó que la moralidad es principalmente un asunto de emoción: nuestros instintos viscerales dirigen nuestras decisiones sobre cómo debemos comportarnos. La simpatía y la empatía juegan un papel significativo.

  Nuestra capacidad innata para la interactuación social nos ha predispuesto a hacer juicios morales, incluso sin atenernos a un razonamiento estricto, y lo que pasa es que nuestras emociones pueden hacer degenerar irracionalmente las consecuencias lógicas de nuestra propensión a la moralidad.

  La religión, con su origen en la necesidad de una autoridad común y sostenida por los diversos órdenes de intencionalidad que tienen cabida en la mente humana, ha probablemente cumplido la función de favorecer un orden moral por el bien común. De esta forma, la carga emocional religiosa logra impulsar el uso de la razón. Razón y emoción coexisten dentro de la complejidad de la vida social humana, pero no son el mismo mecanismo psicológico.

Los juicios sobre moralidad y los juicios sobre la eficiencia utilitaria se hacen en lugares distintos del cerebro y no tienen necesariamente por qué ser activados al mismo tiempo.

  Es decir: a pesar de que podemos comprender racionalmente la importancia del interés común y el valor de la cooperación, cuando juzgamos moralmente dependemos aún de instintos irracionales. Esto es lo que hace inevitable la persistencia del comportamiento antisocial… al menos, en la medida en que la cultura no pueda prevenirlo ni reprimirlo.

  La modesta conclusión final:

¿Qué es lo que nos hace humanos? La respuesta a la que somos conducidos inexorablemente tiene que ver con la capacidad para comprender la mente de otro individuo.

  Esto es, de nuevo la “teoría de la mente”, de donde surge el ramaje de los “órdenes de intencionalidad” que ya conocemos: Yago comprende la mente de Otelo cuando éste imagina lo que Desdémona siente por Casio…