jueves, 15 de octubre de 2015

“La pasión de la mente occidental”, 1991. Richard Tarnas

  Nada más difícil y a la vez más útil que intentar hacer una síntesis del desarrollo de la cultura occidental, la cultura que, para bien o para mal, supone el sustrato básico del mundo globalizado de hoy.

La exposición que ahora presentamos traza el desarrollo de las principales cosmovisiones de la alta cultura occidental, con atención particular a la decisiva esfera de interacción entre filosofía, religión y ciencia. 

¿Cómo ha llegado el mundo moderno a ser lo que actualmente es? ¿Cómo ha llegado la mente moderna a concebir las ideas fundamentales y los principios que tan profunda influencia ejercen en el mundo de hoy? 

  Responder a la pregunta es tan importante porque

sólo si recordamos las fuentes más profundas de nuestro mundo presente y de nuestra cosmovisión podremos aspirar a un conocimiento suficiente de nosotros mismos como para enfrentarnos a los dilemas actuales. 

  De “conocimiento” se trata. De un conocimiento creativo que supere la tradición y que satisfaga las crecientes inquietudes humanas. En un principio, el cómo se elaboraban las tradiciones (englobadas en mitos originarios) nadie podía saberlo en concreto, pero el caso es que, una vez llegan los primeros filósofos (buscadores de la sabiduría), todo es cuestionado. Antes de los primeros filósofos sí hubo algunos innovadores religiosos que merecen atención, pero es que la filosofía pronto cuestionará la religión misma.

Tales y sus sucesores Anaximandro y Anaxímenes, dotados de curiosidad y con tiempo libre a su disposición, inauguraron un intento de comprensión del mundo radicalmente novedoso y de consecuencias extraordinarias. Tal vez los estimulara su ubicación geográfica, ya que Jonia estaba rodeada de civilizaciones cuyas mitologías diferían tanto entre sí como de la griega. Tal vez influyera en ellos la organización social de la polis griega, gobernada más por leyes impersonales y uniformes que por los actos arbitrarios de un déspota. (…) Formularon el notable supuesto de que por debajo del flujo y la variedad del mundo subyacía una unidad y un orden racionales (…) La captación directa de la realidad más profunda del mundo no sólo satisface al intelecto, sino también al alma, pues en lo esencial es una visión redentora, una reconfortante mirada a la naturaleza verdadera de las cosas que resulta intelectualmente reveladora y espiritualmente liberadora.

 Así que parece que la búsqueda sistemática del conocimiento comenzó con los griegos de hace dos mil quinientos años. Es probable que en otras partes del mundo surgieran también escuelas de pensamiento racional, pero ninguna perduró en tanto que no evolucionó.

  Con todo, hay que señalar algo extremadamente importante en cuanto a la racionalidad de los primeros filósofos griegos: muy pocos de entre ellos rompieron del todo con las tradiciones acerca de la existencia del mundo de lo sobrenatural.  Para el desarrollo civilizatorio supone un factor clave el superar la contradicción entre la percepción racional del mundo por los seres humanos y la aceptación de las revelaciones inalcanzables de los supuestos seres sobrenaturales de los que ahora sabemos que son un producto inconsciente del intelecto humano. Podemos ya plantear, de entrada, que el logro de la sabiduría consiste, ante todo, en despojarnos de los prejuicios de la tradición y de nuestras propias tendencias irracionales innatas. Ni siquiera hoy se ha logrado del todo, y los grandes filósofos griegos, Platón y Aristóteles, siguieron admitiendo que lo que existe en la comprensión individual también existe en el mundo natural, así como la necesidad de una voluntad suprema de orden sobrenatural. Estos prejuicios impregnaban toda su filosofía.

Para el entendimiento moderno común, las ideas son constructos mentales subjetivos, privados, propios de la mente individual. En cambio, Platón se refería a algo que no sólo existe en la conciencia humana, sino también fuera de ella. Las Ideas platónicas son objetivas (…) Los absolutos divinos volvían a regir el cosmos y a proporcionar un fundamento a la conducta humana. La existencia volvía a estar dotada de finalidad trascendente. El rigor intelectual y la inspiración olímpica ya no se oponían. 

  Solo muy poco a poco comenzaron a aparecer los primeros filósofos racionalistas, escépticos y rigurosos.

En el atomismo queda eliminado el residuo mitológico de la sustancia autoanimada de los primeros filósofos: únicamente el vacío es causa de los movimientos azarosos de los átomos, íntegramente materiales y desprovistos de cualquier orden y finalidad divinos. (…) Como consecuencia de estos tempranos asaltos filosóficos, no sólo los dioses podían ser una ilusión, sino también la evidencia inmediata de los sentidos

  Epicuro, Demócrito, Sexto Empírico y Lucrecio figuran entre estos pioneros de los que el pensamiento clásico nos ha dejado memoria. Sin embargo, con el triunfo del cristianismo desaparecieron y el materialismo escéptico tardaría más de mil quinientos años en reaparecer. ¿Fue un tiempo perdido para la civilización? Puede que no, porque el cristianismo era necesario: al fin y al cabo, había cuestiones más importantes que la reflexión intelectual: había que vivir, vivir mejor, vivir en comunidad con los otros seres humanos, y para eso seguía haciendo falta Dios.

El cristianismo universalizó la salvación al afirmar que estaba al alcance tanto de los esclavos como de los reyes, de las almas simples como de los pensadores profundos, de los feos como de los hermosos, de los enfermos y los que sufren como de los fuertes y afortunados, e incluso tendía a invertir las jerarquías anteriores. En Cristo quedaban superadas todas las divisiones de la humanidad (…) El ideal griego del individuo autónomo y el genio heroico perdieron prestigio en favor de la identidad cristiana colectiva (…) Al garantizar la inmortalidad y el valor del alma individual, el cristianismo alentaba el desarrollo de la conciencia individual, de la responsabilidad y la autonomía personal 

La historia no era un ciclo sin fin de continuo declive, sino la matriz de la deificación de la humanidad. Gracias a la omnipotencia de Dios, el temible Hado resultaba milagrosamente transmutado en Providencia benevolente. La angustia y la desesperación humanas no sólo encontrarían alivio, sino plena realización divina. Cristo había vuelto a abrir las Puertas del Paraíso, implacablemente cerradas desde el momento de la Caída

El verdadero mandamiento del cristiano era trabajar con sus camaradas de creencia y construir juntos una comunidad de amor y pureza moral merecedora de la gloria futura de Dios. Era justo gozar con lo que ya se había experimentado a través de Cristo, pero también era necesario el rigor moral, el sacrificio personal y la humilde fe en la futura transformación. De esta manera, Pablo enseñaba un dualismo parcial en el presente 

  Este dualismo suponía que, por una parte, el cristianismo ofrecía la esperanza de la salvación (Dios se hace hombre, y el hombre puede llegar a Dios y por tanto comprender la naturaleza), pero, por el otro, presentaba la condición pecadora del ser humano. Todo este complejo planteamiento psicológico con fines morales se apoyaba en tradiciones sobrenaturales renovadas de gran efecto emocional.

Pablo (…) dio testimonio de la impotencia de la Ley en comparación con el poder del amor de Cristo y la presencia activa del Espíritu en el interior de la persona humana.(…) La senda más segura de salvación era la fe en la gracia de Cristo antes que la escrupulosa conformidad con los preceptos éticos, y la prueba de esa fe se hallaba en las obras de amor y de servicio que eran posibles precisamente por la gracia de Cristo. 

  La invención de la “gracia” supuso una revolución para toda la humanidad. La gracia superaba la contradicción entre hombre y Dios (entre subjetividad y naturaleza) y a nivel moral y social equivalía a la interiorización de pautas éticas por parte del individuo que, al permitirle alcanzar la virtud, abría el camino a la cooperación perfecta entre todos los seres humanos. Alcanzar la virtud dependía, en el cristianismo, no de contar con leyes justas (preceptos éticos), sino de una sutil y totalizadora aceptación subjetiva del orden moral, una transformación psicológica universal con consecuencias emocionales, afectivas y de acción prosocial que se manifestarían en una absoluta benevolencia (garantía de la cooperación humana universal). Diseñado el camino a la virtud mediante tradiciones alegóricas (Espíritu, Alma, Salvación… Gracia), éste no ha sido aún reproducido racionalmente por el pensamiento secular (muy probablemente porque prescinde de los mecanismos políticos de transformación social cuyo predominio es todavía generalmente aceptado… un prejuicio del mundo de hoy, tanto como la creencia en seres sobrenaturales era un prejuicio del mundo de ayer).

El enorme respeto judeocristiano por el alma individual, dotada de derechos inalienables «sagrados» y dignidad intrínseca, que se prolongó en los ideales humanistas seculares del liberalismo moderno (…) [se complementó con] la creencia en el progreso histórico lineal del hombre hacia la plena realización final.

   El Dios humanizado que propaga la caridad y la misericordia a nivel universal (auténtica “filosofía de masas”, a la vez que doctrina prosocial) tiene, sin embargo (como ya se ha visto), el inconveniente de no tolerar el racionalismo de los escépticos clásicos (que, a nivel moral, ofrece, a lo más, una pedagogía para la resignación o la insensibilización). Aunque potencia las capacidades individuales  subjetivas (y, por tanto, la libertad y la razón), el cristianismo rechaza la aparente falta de esperanza del escepticismo. El escepticismo clásico de hace dos mil años era humanamente estéril, no promovía en modo alguno la empatía, la prosocialidad, las necesidades emocionales, y, por ello, debía ser rechazado para que no estorbase a la figura confortadora del Hombre-Dios, Jesucristo. Así, con el cristianismo se dan dos pasos hacia delante y uno hacia atrás: los pasos hacia delante son el triunfo de la subjetividad humana (afectividad, vida emocional interpersonal, prosocialidad) y el rechazo a los sofismas de tipo moral (cualquier pretensión de racionalidad que no esté al servicio del bien común); pero el paso hacia atrás es que la tendencia del “alma” humana (racionalidad libre) a hacer averiguaciones se encuentra dificultada por las exigencias de la fe en Dios.

El cristianismo proclamaba una relación personal con lo trascendente.  (…) La razón era un medio secundario. 

  El problema solo se resolverá en parte cuando surja un humanismo escéptico pero a la vez prosocial e intimista (derechos humanos, ilustración compasiva, literatura introspectiva, doctrinas laicas de progreso social).  Pero para que eso surja será preciso que el mismo cristianismo, al evolucionar, dé lugar a ello.

Kant sostenía que aun cuando no se pueda saber si Dios existe, se debe creer que Dios existe a fin de actuar moralmente. (…) Sería imposible justificar la necesidad de que cada uno cumpla con su deber en caso de que no hubiera Dios, de que no existiera la libertad de la voluntad o de que el alma desapareciera con la muerte. Por tanto, hay que creer en la verdad de estas ideas. 

  Kant es el último baluarte ante el escepticismo de la Ilustración. El gran filósofo protestante comprende la oposición del cristianismo al triunfo total de la razón: la indefensión del sujeto ante la nada. La ausencia de Dios implicaría la ausencia de la iglesia, de la comunidad ética… tal vez de las emociones confortadoras de la caridad. Sin embargo, poco a poco, los escépticos de la Ilustración, que viven en un mundo muy diferente al de los pioneros escépticos del mundo clásico, han ido construyendo a su alrededor una red de sentimientos prosociales.

La aplicación del pensamiento crítico sistemático a la sociedad no podía dejar de sugerir la necesidad de reformarla (…) John Locke y, tras él, los filósofos franceses de la Ilustración aprendieron la lección de Newton y la extendieron al ámbito humano.

La meta moderna era crear para el hombre la mayor libertad posible, tanto de la naturaleza como de las opresoras estructuras políticas, sociales o económicas, de las restrictivas creencias metafísicas o religiosas, de la Iglesia, del Dios judeocristiano, del estático y finito cosmos aristotélico-cristiano, del escolasticismo medieval, de las antiguas autoridades griegas y de todas las concepciones primitivas del mundo.

  Los precursores del escepticismo Demócrito y Lucrecio no se interesaron jamás por la libertad humana, ni mucho menos por el humanitarismo que movía a un Voltaire o a un Rousseau. Se equivoca Richard Tarnas (y muchos otros) al deducir que es la revolución científica el factor decisivo que hace despegar el pensamiento humanista Ilustrado (democracia y derechos humanos).

El pensamiento clásico griego había suministrado a la Europa del Renacimiento la mayor parte del bagaje teórico que necesitaba para producir la Revolución Científica: la intuición griega inicial de un orden racional en el cosmos

  Si bien es cierto que los griegos creían en un orden racional en el cosmos, también lo es que no extendían esta concepción a la misma vida humana, que carecían del impulso prosocial del cristianismo. No creían en el progreso social, sino que aceptaban el fatalismo y el sentido cíclico de la historia.

   El cristianismo no dejó congelado el desarrollo racional de la civilización durante mil quinientos años. Muy al contrario, evolucionó, lentamente y complejamente. Evolucionó hacia el ateísmo… pero solo cuando fue capaz de crear una cultura en la cual la capacidad humana para las relaciones intersubjetivas podía desarrollarse en base a pautas de mutua confianza (empatía, afección, benevolencia…).

Mientras que en la época clásica la vida introspectiva sólo se encontraba de modo característico en unos pocos filósofos, el centro de atención cristiano en la responsabilidad personal, la conciencia del pecado y el retiro del mundo secular estimuló en una población mucho más amplia la atención a la vida interior. (…)  Toda alma humana era importante en el gran plan del universo. (…) Fueran cuales fuesen las limitaciones que los cristianos medievales hayan podido experimentar, parecen haberlas compensado con una intensa conciencia de su condición sagrada y su potencial de redención espiritual.

  Es sobre esta base cultural de vivencia intersubjetiva como se establece un nuevo racionalismo.

En el Renacimiento, Erasmo había sugerido una nueva comprensión de la escatología cristiana, según la cual la humanidad podría encaminarse hacia la perfección en este mundo

  Esta tendencia acaba desembocando en la irreversible Reforma protestante. Algo muy peculiar podemos destacar de la Reforma: en el principio parecían más totalitarios que la misma Iglesia Católica, pero al centrarse su ideología en la relación personal del individuo con la Fe (a través de las Escrituras) acabó por potenciar todavía más la subjetividad.

La paradoja peculiar de la Reforma radicaba en su carácter esencialmente ambiguo, pues era una reacción religiosa conservadora y, al mismo tiempo, una revolución radicalmente libertaria.(…) Pese al indudable carácter conservador de la Reforma, su rebelión contra la Iglesia fue un acto revolucionario sin precedentes en la cultura occidental (…) como afirmación de la conciencia individual contra el marco de las creencias, el ritual y la estructura organizativa establecidos por la Iglesia, pues la cuestión fundamental de la Reforma atañía a la ubicación de la autoridad religiosa. (…)Lutero enseñaba el «sacerdocio de todos los creyentes»: la autoridad religiosa residía, en última instancia y de forma decisiva, en cada cristiano individual y en su lectura e interpretación de la Biblia de acuerdo con su propia conciencia privada, en el contexto de su relación personal con Dios.

El protestante medio, ya no encerrado en el vientre católico de la gran ceremonia, de la tradición histórica y de la autoridad sacramental, quedó relativamente menos protegido de los avatares de la duda privada y del pensamiento secular. A partir de Lutero, la creencia del creyente carecía cada vez más de apoyo exterior y las facultades críticas del intelecto occidental se hacían cada vez más agudas.

   Las controversias bíblicas permiten hasta cierto punto la interpretación flexible (ya los teólogos medievales admitían el contenido metafórico de muchas revelaciones bíblicas).

El propio Tomás de Aquino [en el siglo XIII] había escrito en su Suma teológica que «la autoridad es la más débil de las fuentes de prueba», aforismo básico para los protagonistas de la independencia de la mente moderna. El racionalismo, el naturalismo y el empirismo modernos tenían raíces escolásticas.

  De ese modo, una estructura mental racional, crítica y subjetiva evoluciona de un pensamiento en teoría totalitario, casi como “efecto secundario”. Estas aparentes contradicciones suponen un típico fenómeno evolutivo del que contamos con otros importantes ejemplos, en todos los cuales se dieron circunstancias accidentales que alteraron el sentido inicial de un impulso.

   Así, anteriormente, el cristianismo había descubierto el pacifismo debido a que en la Antigua Roma las rebeliones armadas eran inviables, no, desde luego, porque la religión judía fuese pacifista. Lo que sucedió fue que cuando los judíos se rebelaron, siguiendo la orgullosa tradición de sus caudillos, fueron aniquilados y muchos de los que sobrevivieron eligieron resignarse, hacerse pacifistas para seguir siendo judíos… se hicieron cristianos (a este tipo de cosas solemos llamarlas “hacer de la necesidad virtud”). Igualmente, los puritanos protestantes atacaron a la Iglesia Católica porque consideraban que la jerarquía de Roma era corrupta y no lo suficientemente estricta … pero al hacerlo dieron la libertad de conciencia a los creyentes… de forma que, a la larga, la buscada intolerancia no pudo sostenerse sin el armazón autoritario de la Iglesia que ellos mismos habían destruido… Más adelante el marxismo también producirá un resultado contradictorio con su planteamiento inicial: de una doctrina basada en la razón, el escepticismo y el materialismo (socialismo científico) surgirían regímenes marxistas totalitarios, supersticiosos e inflexibles (que acabarían autodestruyéndose).

  Es, pues, tras la evolución de la mentalidad protestante cuando aparecen la Ilustración y la Revolución Científica

La nueva constitución psicológica del carácter moderno se venía desarrollando ya desde la baja Edad Media, se manifestó de un modo notable durante el Renacimiento y luego se clarificó y se potenció con la Revolución Científica, para difundirse y solidificarse en el curso de la Ilustración

Con la mente limpia de prejuicios y supersticiones, el hombre podía apoderarse de la verdad evidente y de esa manera establecer para sí mismo un mundo racional en el que todos pudieran florecer. 

La «planificación» sustituyó a la «esperanza» a medida que la razón humana y la tecnología dieron pruebas de su milagrosa eficacia.

  Así llegamos hasta nuestros días. Pero ahora descubrimos (como ya presentían los antiguos) que esta libertad y honestidad de la ciencia y el pensamiento racional implican el riesgo de la soledad y la incertidumbre. Como hemos visto, el humanitarismo cristiano había tenido sus buenas razones para creer en Dios…

Con Lutero se había quebrado la estructura monolítica de la Iglesia cristiana medieval. Con Copérnico y Galileo se había quebrado la cosmología cristiana medieval. Con Darwin, la cosmovisión cristiana mostraba signos de colapso total.(…) Lo probable, para el juicio del intelecto crítico moderno, era que el Dios judeocristiano fuera una combinación particularmente duradera de fantasía ingenua y de proyección antropomórfica, producida en la imaginación del hombre para aliviar todo el dolor y enderezar todos los entuertos que encontraba insoportables en su existencia. (…) Parecía más adecuado entender el cristianismo como un mito popular de éxito muy especial, que inspiraba esperanza en los creyentes y daba sentido y orden a sus vidas, pero que carecía de fundamento

La actividad humana —artística, intelectual, moral— se vio forzada a buscar fundamento en un vacío sin modelos. El significado no parecía ser otra cosa que un constructo arbitrario; la verdad, tan sólo convención; la realidad, imposible de desvelar. El hombre, se empezaba a decir, era una pasión inútil.

  El escepticismo y el racionalismo nos informan hoy de nuestra naturaleza como peculiares animales dotados de emociones morales, estorbados por instintos agresivos y egoístas, solos en el mundo. Si no hubiéramos construido previamente los valiosos paliativos del humanitarismo secular (desconocidos en la cultura grecorromana clásica de los primeros escépticos, aunque luego comenzarian a aparecer en el estoicismo) este “vacío sin modelos” nos resultaría insoportable…

  Richard Tarnas se limita a registrar las angustias del escepticismo y el posmodernismo hasta el final del siglo XX:

La era posmoderna es una era sin consenso sobre la naturaleza de la realidad, pero cuenta con la bendición de una riqueza de perspectivas sin precedentes

El interrogante intelectual de nuestro tiempo reside en saber si el estado actual de profunda irresolución metafísica y epistemológica continuará indefinidamente, adoptando, tal vez, formas más viables o más radicalmente desorientadoras a medida que pasen los años y las décadas; si es realmente el preludio entrópico de algún tipo de desenlace apocalíptico de la historia, o si representa una transición histórica a otra era que traerá una nueva forma de civilización y una nueva cosmovisión con principios e ideales fundamentalmente distintos de los que han impulsado el mundo moderno en su dramática trayectoria.

  Todos podemos hacer propuestas sobre la “nueva forma de civilización”. Ante todo, podemos ver que los antiguos no fueron estúpidos cuando eligieron el Dios humanista y prosocial de los cristianos. En el proceso civilizatorio, afortunadamente, el impacto de la desaparición del Dios bondadoso ha sido amortiguado por la compleja elaboración del humanitarismo secular que hoy interiorizamos a través de la cultura de la modernidad, pero pese a ello persiste el dualismo básico de la separación entre el individuo y el mundo exterior.

Nuestras predisposiciones psicológicas y espirituales están absurdamente en desacuerdo con el mundo que nos ha revelado el método científico. Es como si de nuestra situación existencial recibiéramos dos mensajes: por un lado, esforzarse, lanzarse en busca de significado y plena realización espiritual; pero, por otro, saber que el universo, de cuya sustancia derivamos, es completamente indiferente a esa búsqueda, sin alma y de efectos anonadantes.

    Tal vez, si descubrimos en nuestro propio comportamiento pautas que aseguren la confianza, la afectividad y la cooperación, sea posible crear una alternativa. Mientras funcionó, el cristianismo ofreció una solución efectiva. Ahora sería preciso construir una alternativa racional de parecida eficacia. ¿Está trabajando alguien en ello?, ¿o se limitan los pensadores e ideólogos a constatar su desorientación y a esperar una solución de la mano de la tecnología y la gradual mejora del nivel educativo de la población?

lunes, 5 de octubre de 2015

“Por qué es bueno el Bien”, 2002. Robert Hinde

  Robert Hinde nos ofrece una reflexión acerca de los valores morales. Su libro no es una obra de erudición clásica a partir del gran patrimonio de la filosofía moral, sino más bien un estudio informado que tiene en cuenta los descubrimientos recientes en las ciencias biológicas y del comportamiento.

Voy a tratar (…) acerca de cómo sucede que la gente llegue a mantener los valores [morales] que mantiene (…) La cuestión de por qué la gente mantiene los valores morales implica diversos aspectos: implica preguntar cómo los individuos adquieren los preceptos morales de la sociedad o el grupo dentro del cual surgen; también implica preguntar de dónde vienen los valores culturales, y cómo se desarrollan y cambian con el tiempo

No hay necesidad de buscar una fuente trascendente de la moralidad (…) Contrariamente al punto de vista usual, sugiero que si los códigos morales han sido construidos en última instancia por la interacción entre la naturaleza humana y la cultura –lo cual es una cuestión científica- no hay necesidad de buscar ninguna otra fuente de deberes.

  Naturaleza humana y cultura, esos son siempre los dos grandes elementos a considerar en lo que se refiere a las realizaciones sociales. La ciencia nos informa de que nuestra naturaleza es, esencialmente, la de unos homínidos excepcionalmente inteligentes que, al igual que los grandes simios contemporáneos, como los chimpancés, sobrevivieron mediante la caza y la recolección durante cientos de miles de años, y que solo hace relativamente poco tiempo se dedicaron a la agricultura y a crear civilizaciones. Pero los chimpancés no conocen la moral. Elaborar preceptos morales no es nada fácil para un animal. Excepto el ser humano, ningún animal social lo hace.

Las convenciones y preceptos morales son guías de comportamiento específicas (…) Han sido erigidas debido a que los individuos tienen propensiones que frecuentemente entran en conflicto

La moralidad se preocupa sobre todo del comportamiento prosocial, la cooperación y la justicia

Las propensiones prosociales han evolucionado debido a que aportan ventajas biológicas a los individuos que viven en grupos (...) Los preceptos son vistos como morales si conducen al “bienestar” de otros en la sociedad y a minimizar el conflicto en la sociedad como un todo

  Nuestros primos chimpancés cuentan solo con los instintos para equilibrar sus propios intereses en grupo, y los usan para pelearse,  calmarse y consolarse constantemente (usando el lenguaje gestual, sobre todo), gastando horas y horas en solucionar así los conflictos a fin de evitar que se produzcan las peores consecuencias en el enfrentamiento entre intereses particulares. Así, ciertamente, acaban por arreglárselas, pero no avanzan mucho en cuanto a desarrollar la cooperación. Carecen de nuestro recurso para crear representaciones psicológicas (simbólicas) de “lo bueno” y “lo malo”, representaciones que, una vez interiorizadas, nos permiten a nosotros elegir conductas menos conflictivas y así poner en marcha planes complejos de cooperación y ahorrarnos mucho tiempo en disputas ruidosas y apaciguamientos prolongados.

  Pero desarrollar este "truco psicológico" –la moralidad interiorizada, las estrategias morales de cooperación- parece que supone poner en marcha una extraordinaria capacidad intelectiva. Quizá sea lo que más nos hace humanos.

El desarrollo moral implica la incorporación de preceptos dentro del “auto-sistema”, de modo que comportarse moralmente pueda ocurrir espontáneamente, sin reflexión (…) Adquirir moralidad no es meramente un asunto de recoger una serie de “haz” y “no hagas”: es parte del desarrollo del “yo” en un contexto cultural particular

  Robert Hinde aporta así un concepto muy útil a la indagación: el auto-sistema moral.

Los preceptos morales son internalizados en los auto-conceptos de los individuos: esto es, son parte de cómo los individuos se ven a sí mismos (…) [El auto-sistema es] la visión que el individuo tiene de sí mismo, de sus relaciones, de la cultura (incluyendo el código moral), y de la sociedad. Los individuos luchan para mantener la congruencia entre sus auto-sistemas, sus percepciones de las propias acciones, y sus percepciones de cómo los otros los perciben. El auto-sistema, si bien maleable en algún grado, se forma en gran medida en la primera infancia, y las actitudes formadas durante el desarrollo tienden a persistir.(…) Si la congruencia no se mantiene, el actuante siente culpa y/o vergüenza

  Con esta visión, Robert Hinde coincide bastante con otros autores que resaltan que el desarrollo de la moralidad probablemente está relacionado con el origen de la misma subjetividad humana (lo que nos hace “sentirnos” como personas, autoconscientes).

Para el individuo, el código moral no es algo que está ahí fuera, una inscripción en una tabla de piedra o un libro de leyes, sino que se encuentra en la mente como parte de la identidad del individuo

“Tener una mala conciencia” corresponde a una discrepancia entre los valores internalizados en el “auto-sistema” y las acciones que uno ve que está tomando.

   La mejor estrategia para vivir en sociedad parece que sería renunciar a veces al interés propio teniendo en cuenta el bien ajeno, una actitud que permitiría el establecimiento entre todos los miembros del grupo de una gran confianza y un estado general de predisposición al altruismo. Estas pautas emocionales “prosociales” son las que promueven la aparición de normas y reglas de equidad y justicia.

Debido a que las relaciones equitativas y la vida en grupos requieren al menos un grado de comportamiento prosocial y cooperativo, estamos casi siempre inclinados por nuestra naturaleza a preferir preceptos que favorezcan un equilibrio en el cual la prosocialidad recíproca a los miembros del propio grupo predomine sobre el comportamiento egoísta. 

  Podemos hacernos una idea realista de cómo se reproducen los valores dentro del "auto-sistema":

El conformismo es importante, porque el éxito o no del comportamiento de otros es frecuentemente difícil de observar, pero copiar lo que hace otra gente es verosímilmente una buena estrategia (...) Actuar moralmente y de acuerdo con la convención tienen mucho en común

Uno tiende a imitar a aquellos que le gustan a uno, y porque a uno le gusta la gente que se comporta prosocialmente es verosímil que el comportamiento prosocial se haga más frecuente en la población

Hay predisposiciones a adjudicar sentimientos o etiquetas (inicialmente no-verbales) de “bueno” y “malo” a las acciones, bajo la influencia de no solo sus consecuencias, sino también, y más importantemente, de las respuestas de parientes u otras figuras de autoridad o de los iguales

  De esa forma se incorporarían estas pautas de conducta, emocionalmente indicadas, al núcleo conductual (auto-sistema) del individuo. Pero queda por averiguar cómo se elaboran los contenidos morales en un principio, cómo llega a existir lo que luego será convencional a nivel cultural, lo que después es imitado y a lo que se pliegan los conformistas. Está claro que necesitamos cooperación, pero también que la prosocialidad rara vez se da en el más alto grado.

Algunos entornos alentarán el predominio de la prosocialidad, otros el comportamiento antisocial. Y estos efectos pueden ser bastante sutiles

  Aunque el mayor grado de altruismo suponga racionalmente el mejor sistema moral, la racionalidad solo es una parte de lo que caracteriza al comportamiento humano.  Los comportamientos primitivos de la reciprocidad directa o de la Ley del Talión eran juzgados como más acertadas en otras culturas. Esto dependía en buena parte de las condiciones concretas en que se desarrollaba la cultura en cuestión.

La estrategia de reciprocidad directa [yo te doy si tú me das] es poco probable que sea una estrategia exitosa en grupos grandes, donde la mayor parte de los individuos no se conocen unos a otros y donde la oportunidad de que un cooperador se encuentre y reconozca a otro están disminuidas

  Es a partir de estas insuficiencias cuando comienza a comprenderse la necesidad y la dificultad del altruismo "desinteresado": encontrar una recompensa emocional al obrar por el beneficio material a otro individuo sin esperar recompensa material para uno mismo. Éste es el sistema ideal, pues no condiciona la cooperación de que se dé la situación óptima para la reciprocidad (se pasa del “yo te doy, si tú me das”, al “hoy por ti, mañana por mí”). Mientras que las prestaciones y compensaciones materiales son costosas y no siempre se encuentran a mano, las recompensas emocionales parecen muy baratas y están siempre a disposición de todo el mundo.

La reciprocidad puede tomar la forma de una expresión de gratitud, la cual puede implicar un retorno más sustancial en el futuro. El comportamiento en acuerdo con los valores y preceptos de la sociedad apareja estatus, lo que puede a su vez traer consecuencias en el futuro.

  Sin embargo, un sistema de comportamiento altruista sin más recompensa inmediata que la gratitud del que recibe y el estatus para el que da plantea dos problemas: el del engaño (alguien que finge una actitud altruista para beneficiarse materialmente del altruismo del otro, pero que nunca corresponde) y el del valor real de las recompensas emocionales en comparación con las recompensas materiales.

  Para la prevención del engaño se pueden utilizar medios culturales perfeccionados que sirvan para contrastar la reputación de cada individuo, si bien semejante cuestión implica profundos cuestionamientos acerca de nuestra forma de vida y particularmente del respeto a la privacidad (la solicitud de antecedentes penales, por ejemplo, sería solo la punta del iceberg de hasta dónde se podría llegar), pero la elaboración de las compensaciones emocionales para el comportamiento altruista es aún más psicológicamente compleja.

¿Son tales acciones [puro altruismo] meramente la superexpresión de una tendencia general a ser amable con los demás, de la misma manera que la glotonería es una sobreexpresión de la tendencia natural a comer?

  Esta observación de Robert HInde (zoólogo de formación) podemos relacionarla con el concepto de los "estímulos supernormales": tales estímulos son una distorsión (o sobreexpresión) cultural de los instintos naturales (“estímulos normales”). Así, por ejemplo, el instinto nos ha provisto de una tendencia a la búsqueda de alimento (apetito) que nos ayuda a sobrevivir y, sin embargo, la cultura puede estimular ese apetito de forma exagerada hasta generar comportamientos de glotonería que nos hagan enfermar y morir: el estímulo es culturalmente manipulado para sobrepasar su función, la exhibición de sabrosísimos alimentos ricos en calorías y la institucionalización de los banquetes como centro de las celebraciones sociales nos lleva a comer mucho más de lo que nuestro organismo nos exige. Igualmente, la abundancia a nuestro alrededor de figuras femeninas con rasgos atrayentes muy marcados tiene la misma capacidad para sobreestimular el deseo sexual de los varones, pudiendo convertirlos en obsesos.

  Lo interesante es que estas sobreexpresiones también tienen una vertiente positiva y pueden afectar a la moralidad, y particularmente al altruismo. El cristianismo y otras “religiones compasivas” han ensalzado la representación de la bondad hasta crear el concepto de “santidad”, en la cual un individuo religiosamente sobreestimulado es capaz de hundirse en las sensaciones naturales de empatía, afecto, generosidad, gratitud y comprensión hasta el punto de hacerlo inhábil para desenvolverse en una sociedad convencional donde las conductas altruistas se practiquen de forma mucho más restringida. No es sorprendente que las “religiones compasivas” inventaran el monasticismo, una modalidad de entorno comunitario especialmente seleccionado para llevar a cabo el autocontrol del comportamiento en un sentido extremadamente prosocial mediante la ejecución de especiales estrategias psicológicas de benevolencia y altruismo.

En algunas comunidades religiosas mostrar humildad puede llevar a un alto estatus (…) Si bien la cuestión es quizá todavía controvertida, la evidencia sugiere fuertemente que el estatus podría ser buscado como un valorado recurso por propio derecho, independientemente del acceso inmediato a cualquier recompensa física

   Es decir, el individuo humilde y altruista obtendría su recompensa del estatus de santidad, que le proporcionaría bienes de tipo meramente emocional. De esa forma, manipulando los estímulos normales derivados de la actuación altruista que es hasta cierto punto reconocida en todas las culturas, puede lograrse un comportamiento altruista genuino que en lugar de exigir reciprocidad en bienes materiales, se basta tan solo con las compensaciones emocionales. Compensaciones que son por el estilo de las que corresponden al reconocimiento del estatus.

  Quizá la naturaleza positiva de estos sentimientos [de obtención de estatus] es ella misma un producto de la selección natural, siendo indicativa de la prioridad al acceso a los recursos

  Esto puede ser esperanzador: el deseo de estatus surgió con fines egoístas para asegurar la obtención en el futuro de recompensas materiales (hasta cierto punto, anticipando el disfrute de estas recompensas), pero en una cultura particular, al ser sobreestimulado en el sentido de la prosocialidad, podría quedar solo en función del comportamiento altruista: tendríamos comportamiento altruista genuino al que corresponderían compensaciones emocionales (reconocimiento de estatus) de tan alto valor que haría innecesaria la reciprocidad en compensaciones materiales. Hacer el bien sin esperar nada a cambio. Amar al enemigo, poner la otra mejilla, etc… Psicólogicamente y evolutivamente, todo esto podría tener sentido. Y sería extraordinariamente útil, pues garantizaría el comportamiento prosocial ilimitado a partir del reconocimiento de la extrema confianza en quienes obran el bien solo por las compensaciones de tipo emocional.

  Este efecto decisivo de las emociones por sí mismas (y ya no tanto porque anticipen ganancias o pérdidas materiales) nos resultará más familiar si reflexionamos acerca de las experiencias de culpa y vergüenza.

El sentimiento de vergüenza está directamente relacionado con el “yo” ("yo hice algo horrible"), mientras que con los sentimientos de culpa el enfoque negativo está en la acción (…) La culpa (…), si bien dolorosa, no afecta al núcleo de la identidad, sino que tiene que ver con el efecto en los otros. (…) La culpa puede ser mejorada por intentos de reparar un daño (…) [y] también puede ser aliviada por el perdón (…) [La vergüenza], a diferencia de la culpa, está relacionada con un mal ajuste psicológico (…) [que] quizá puede afectar al comportamiento a largo plazo

  La culpa es considerada más moderna que la vergüenza, pero ambos estados emocionales suponen daños para el individuo que nada tienen que ver con la privación de los beneficios y perjuicios materiales propios del mundo animal. Y de forma similar funcionan también sus equivalentes gratificantes, como el honor y la dignidad (estatus).

  De la misma forma que la vergüenza o la culpa pueden destruir a un ser humano sin que ello implique el sufrimiento físico o la pérdida de beneficios materiales, ahora el sentimiento del más alto estatus moral (por ejemplo, la santidad) puede construir la dicha del ser humano perfectamente prosocial que no requiere tampoco de las recompensas materiales que en un principio anticipaba la adquisición del estatus.

  Otro ejemplo en el mismo sentido de preeminencia de lo emocional sobre lo material en cuanto a moralidad es la venganza:

La venganza puede ser vista como una forma de reciprocidad (…) No es una forma enteramente satisfactoria de resolver disputas por la dificultad de obtener acuerdos sobre lo que es una compensación justa

  El placer de la venganza, el dolor de la culpa, la satisfacción que genera el honor y el estatus… La compleja elaboración psicológica de compensaciones emocionales condiciona nuestro mundo moral. Las gratificaciones emocionales que surgieron como mero anticipo de las gratificaciones materiales, pueden, pues, acabar convirtiéndose también en gratificaciones en sí mismas. En realidad, es a este tipo de sistemas de recompensa al que apunta el desarrollo civilizatorio.

El uso conjunto de las ciencias naturales y sociales y las humanidades un día nos capacitará para comprender las influencias mutuas por las cuales las propensidades psicológicas humanas son traducidas en códigos morales y nos ayudarán a cómo actuar en situaciones problemáticas.

  Veamos una reflexión de Robert Hinde acerca de la transformación emocional de los valores

La sumisión puede en ocasiones haber sido un consejo pragmático para una minoría perseguida –y presumiblemente la admonición cristiana de “ofrecer la otra mejilla” es una extensión del valor dado a la humildad- pero no puede ser aplicable generalmente: si lo fuera, los bandidos no serían contenidos.

  El planteamiento, sin embargo, puede ser reducido al absurdo: la sumisión y la humildad en teoría no pueden contener a los bandidos, pero si lo pensamos bien, la reclusión penal por un máximo de veinte años (lo que permite siempre, en alguna medida, la reforma y reinserción) tampoco podría contener al homicida múltiple. Para un texano típico, resulta incomprensible que los ciudadanos de Dinamarca o Francia no cometan muchísimos más homicidios siendo, proporcionalmente, tan leve el castigo con cuya amenaza se pretende supuestamente contenerlos. Pero la realidad nos muestra que es al revés: los texanos, que aplican metódicamente la pena de muerte a los homicidas, sufren niveles de crímenes de sangre mucho más altos (pues la contención del crimen no debe basarse únicamente en la amenaza del castigo). La evolución de la moralidad desarrolla criterios muy cambiantes, pero parece que siempre en el sentido de un mayor altruismo y una mayor abundancia de las gratificaciones emocionales en lugar de las gratificaciones materiales.

Los valores que ponemos en la confianza, la honestidad, la lealtad, la compasión, la comprensión, la responsabilidad y el amor han aparecido como consecuencias de lo que somos y de nuestra necesidad de vivir en una sociedad viable, y no deben ser descartados. Cualquier cambio que implique un cambio importante en el equilibrio entre prosocialidad y egoísmo asertivo, tal como un incremento en la competición entre individuos, debe ser cuestionado.

    En suma, un examen cuidadoso de la evolución de la moralidad nos proporciona un conocimiento esencial: el que la manipulación cultural de nuestra naturaleza emocional en lo referente a las relaciones interpersonales de tipo moral puede llegar hasta niveles insospechados. De la reciprocidad hemos pasado a la elaboración compleja de actitudes emocionales que fomentan el altruismo para el bien común cuyas posibilidades aún están por ver. Hay una clara evidencia de que la extensión de la prosocialidad implica determinados valores de conducta (confianza, compasión...) y no otros (competitividad, aserción...).

viernes, 25 de septiembre de 2015

“Psícología evolutiva”, 2008. David Buss.

Comprender los mecanismos del cerebro y la mente humana desde la perspectiva de la evolución es la meta de una nueva disciplina científica llamada psicología evolutiva

  David Buss es uno de los más célebres psicólogos evolutivos y en este libro actualiza muchos de sus hallazgos previos, a la vez que recoge los trabajos de otros especialistas.

La psicología evolutiva sugiere que la humanidad posee mecanismos evolucionados a fin de tratar con los problemas de vivir en grupo (…) La psicología evolutiva proporciona las herramientas conceptuales para emerger del estado fragmentado de la actual ciencia psicológica y enlazar la psicología con el resto de las ciencias de la vida en una mayor integración científica.

  La psicología evolutiva es la vía de conocimiento más fiable y asequible con la que contamos hoy para llegar a una información cierta acerca de la “naturaleza humana”. Somos el resultado de la evolución dentro de un proceso de desarrollo biológico que en el caso humano implica, para empezar, una extraordinaria complejidad social en comparación con los demás seres vivos.

Vivir en grupos sociales complejos impone riesgos de “robo, canibalismo, infanticidio, extorsión y otras traiciones” (…) Es plausible que todas estas fuerzas relacionadas –las complejidades impuestas por la vida intensa dentro de los grupos, el bipedalismo que liberó la mano humana para la invención de herramientas y su uso, la caza y la guerra- llevaran a desarrollar los altos niveles de inteligencia que muestran los humanos de hoy

   Siendo prácticos, lo primero que nos interesa del conjunto de datos que la psicología evolutiva nos proporciona es lo referente a lo que parece ser el principal problema humano: la agresión y la antisocialidad.

La evidencia paleontológica –antiguos huesos y piedras- revela una historia de homicidios que va hasta decenas de miles de años atrás

  ¿Por qué la evolución nos ha hecho agresivos, siendo esto un obstáculo tan grave a la cooperación? Lo que parece es que, mientras que para el ser humano actual es evidente que la cooperación sin violencia nos proporcionaría enormes beneficios, esto no era algo tan claro para el hombre del Paleolítico.

Uno de los motivos clave del homicidio de varón a varón es la defensa del estatus, la reputación y el honor dentro del grupo local de iguales. (…) Si alguna vez ha habido un candidato razonable para una motivación humana general, la lucha por el estatus estaría cerca de lo más alto de la lista

   La obtención de estatus (que ahorraba la constante disputa, sustituyéndola por la constante amenaza implícita, culturalmente aceptada) era vital a fin de asegurarse el acceso a unos recursos escasos. La abundancia potencial de recursos económicos con la que hoy contamos, gracias a la tecnología, no era accesible al hombre del paleolítico. Los recursos eran para él tan escasos como para cualquier otro animal que luchaba duramente dentro de su mismo medio, siempre al límite de sus posibilidades.

Los hombres han heredado de sus antepasados mecanismos psicológicos que son sensibles a contextos en los cuales la agresión probabilísticamente lleva a una solución exitosa de un problema adaptativo particular

  Aparte de la mera supervivencia individual, la selección genética opera para favorecer la adquisición de los “recursos reproductivos”: el varón de alto estatus cuenta con más oportunidades de tener descendencia. Supervivencia individual y éxito sexual suponen el camino seguro para la reproducción de los más aptos.

   Por supuesto, en un medio de recursos siempre escasos primero hay que sobrevivir a fin de asegurar la reproducción, pero, de entre los supervivientes, no todos los animales tendrán el mismo éxito reproductivo. Es aquí donde entra la cuestión de la “selección sexual”, que tiene peculiaridades más allá del éxito social.

[Darwin] observó extrañas estructuras que parecían no tener nada que ver con la supervivencia; el brillante plumaje del pavo real era un ejemplo primario (…) La respuesta de Darwin a este aparente estorbo a la teoría de la selección natural fue diseñar lo que él pensaba que sería una segunda teoría evolutiva: la teoría de la selección sexual.(…) Si los miembros de un sexo tienen algún consenso sobre las cualidades que son deseadas en los miembros del sexo opuesto, entonces los individuos del sexo opuesto que poseen estas cualidades serán elegidos preferentemente como pareja. 

  La hembra del pavo real elige al macho de la más brillante (e inútil) cola porque se ha codificado genéticamente en ella la capacidad para evaluar que el portador de tal cola solo puede ser un individuo especialmente sano y vigoroso. Así funciona (aunque algunos actualmente lo discuten).

La selección natural y la selección sexual (…) parten del mismo proceso fundamental: éxito reproductivo por virtud de diferencias heredables en diseño.

  Y la evolución puede demostrarnos que es aún más compleja:

La selección natural y la selección sexual no son las únicas causas del cambio evolutivo. Algunos cambios, por ejemplo, pueden ocurrir por un proceso llamado “deriva genética”, la cual se define como cambios al azar en el componente genético de una población. Los cambios al azar pueden llegar a través de varios procesos, incluida la mutación (un cambio casual en el ADN), efectos de “fundación” [que se da cuando una nueva colonia es fundada por un pequeño grupo con una peculiar dotación genética, condicionando así a todos los descendientes] y efectos de “cuello de botella” [cuando una gran población se ve reducida espectacularmente por alguna catástrofe, dando lugar a que una escasa descendencia se reproduzca entre sí, propagando sus rasgos heredables particulares]

   Recapitulando: los seres humanos somos unos animales de una gran complejidad social y una extraordinaria capacidad tecnológica y cooperativa, pero seguimos en buena parte “atrapados” por los condicionamientos de la selección natural del hombre de la Edad de Piedra. Por eso no podemos aún desarrollar todo nuestro potencial para la plena cooperación: porque los instintos propios de la larguísima época de escasez económica aún predominan en nosotros.

William James definió los instintos como “la facultad de actuar de determinada manera para producir ciertos fines, sin prever los fines y sin preparación previa para la ejecución”

  Esto, desde luego, nos limita mucho a la hora de actuar. La idea de David Buss y los psicológos evolutivos es que, ciertamente, para alcanzar una vida “mejor” en el sentido que indica nuestra cultura actual (más cooperación y menos agresión) tenemos que reprimir muchos de nuestros instintos. Este control de los instintos se desarrolla mediante un aprendizaje (normalmente inconsciente) que tiene lugar en las concretas circunstancias de la cultura del momento en que vivimos. Pero hemos de tener en cuenta también que nuestra misma capacidad para el aprendizaje es instintiva…

Tenemos que identificar la naturaleza de los mecanismos de aprendizaje subyacentes que capacitan a los humanos para cambiar su comportamiento.(…) Hay evidencia clara de que cada forma de aprendizaje se explica mejor por diferentes mecanismos evolutivos de aprendizaje (…) El aprendizaje requiere mecanismos psicológicos evolucionados específicos para llegar a tener lugar.

  Entre los mecanismos psicológicos evolucionados podría encontrarse uno que nos facilita un poco la vida en sociedad, que sería la capacidad para desarrollar comportamientos de altruismo recíproco. No se trataría de una creación cultural y su existencia en el individuo tampoco es cuestión de aprendizaje. Pero el aprendizaje de reglas de prosocialidad -comportamiento altruista que genere confianza y que, por tanto, facilite la cooperación- depende de cómo opere el entorno sobre tal capacidad innata para tal reciprocidad.

El razonamiento de intercambio social podría ser un componente especializado y separado dentro de la maquinaria cognitiva humana

  Este mecanismo hereditario de aprendizaje social habría surgido también en la época de los cazadores-recolectores y nuestra cultura lucharía por adaptarlo a fin de producir resultados mejores en el mundo de hoy. Para comprender el funcionamiento de tal mecanismo de cooperación debemos tener en cuenta, ante todo, que el altruismo recíproco solo puede darse a partir de la confianza mutua. Eso exige no solo la predisposición a ayudar y la inteligencia de planearlo y ejecutarlo de forma efectiva, sino también la capacidad para detectar en lo posible que no nos engañen…

[Hay] cinco capacidades cognitivas [para desarrollar el altruismo recíproco y detectar a los que engañan]: (…) la habilidad de reconocer diferentes rostros humanos (…) la habilidad para recordar las historias de las interacciones con diferentes individuos (…) la habilidad para comunicar los valores [lo que pensamos que es correcto que debe hacerse] de unos a otros (…) la habilidad para comprender los valores de otros (…) la habilidad de representar costes y beneficios con independencia del tipo de bienes intercambiados            

  A esto se le llama la “Teoría del contrato social”. Tiene precedentes en el comportamiento animal no humano y sus reglas lógicas se han puesto a prueba en programas informáticos. En el desarrollo del "dilema del prisionero" (especie de juego lógico acerca de alternativas de cooperación y engaño) se han señalado muchas de las contingencias que pueden darse en estrategias de reciprocidad:

La reciprocidad contingente (…) identifica tres rasgos (…) que representan las claves del éxito: 1) nunca seas el primero en traicionar, siempre empieza cooperando y continúa cooperando mientras el otro haga lo mismo, 2) aplica represalias solo después de que el otro haya traicionado, y traiciona solo después del primer momento de no reciprocidad, 3) perdona si un jugador que ha traicionado comienza a cooperar y entonces actúa recíprocamente y comienza un ciclo benéfico mutuo

  Básicamente, de lo que se trata es de hacerse una “reputación” al interactuar con otros individuos, demostrando así que uno es fiable a la hora de devolver favores tanto como lo es a la hora de detectar tramposos. En las sociedades humanas complejas la elaboración de reputaciones toma diversas formas, se manifiesta mediante mecanismos emocionales de evaluación (moralidad) y se ve contrarrestada por las inevitables estrategias de engaño en respuesta.

Los humanos han alcanzado a elaborar mediante la evolución emociones morales que dan lugar a rápidas evaluaciones automáticas

  Así, la psicología evolutiva nos da un marco general y una visión realista de las dificultades para alcanzar la plena cooperación. Tenemos instintos, y entre ellos también se hallan los instintos de aprendizaje, que pueden aplicarse a desarrollar capacidades cognitivas que promuevan las relaciones cooperativas eficientes (que son igualmente instintos propensos al desarrollo). Los mecanismos de aprendizaje de la vida social, en concreto, se rigen por algunas pautas descifrables.

    Otra cuestión de la psicología evolutiva por la que David Buss se ha hecho conocido es la que se refiere a las estrategias de emparejamiento entre humanos. Para entender estas estrategias, primero hemos de contar con algunos principios fundamentales que compartimos con todos los seres vivos, como es el caso de la “inversión parental”.

El sexo que invierte mayores recursos en su descendencia (frecuentemente, pero no siempre, la hembra) evolucionará para ser más selectivo o discriminativo en seleccionar su pareja

  En el caso de las hembras humanas, el embarazo es largo y la crianza del hijo exige mucha atención, hasta por lo menos los cuatro o cinco años de edad, que es cuando, entre las familias extendidas propias de los cazadores-recolectores, la protección, mantenimiento y enseñanza del niño se hace más fácil y ya no depende exclusivamente de la madre (aloparentalidad). Esto es lo que hace que se requiera una fuerte “inversión parental”.

Debido a que las mujeres en nuestro pasado evolutivo arriesgaban enormemente su inversión como consecuencia de tener sexo, la evolución favoreció a las mujeres que eran altamente selectivas para elegir pareja. Las mujeres ancestrales sufrieron costes severos si no discriminaban: experimentaban un menor éxito reproductivo [puesto que] pocos de sus hijos sobrevivían para llegar a la edad reproductiva

  De ahí habrían surgido los fuertes vínculos emocionales –afectivos- hombre-mujer que favorecen que la pareja permanezca unida, al menos, durante el periodo de tiempo en el que la crianza del niño es más exigente.

  Buss quiere relacionar esto con hábitos muy marcados de mujeres que todavía hoy seleccionan como pareja a los hombres de alto estatus y que cuentan con buenos recursos económicos. Sin embargo, no aclara la duda de si de lo que se trata más bien es de que los hombres de alto estatus seleccionan a las mujeres que serán buenas madres tanto como seleccionan de entre los demás recursos disponibles aquellos más ambicionados gracias a su situación privilegiada. La selección natural podría haber hecho que los varones que se sienten atraídos por las buenas madres propaguen su estirpe por el mero hecho de que los hijos cuidados por buenas madres, lógicamente, tienen más probabilidades de prosperar (los hijos de los hombres a los que no les atraigan las mujeres maternales no sobrevivirían en tan gran medida como lo harían los hijos que sí se sienten atraídos por las buenas madres: estas características de la personalidad son en buena parte heredables y se propagan sensiblemente al cabo de unas cuantas generaciones).

   La puntualización sobre “quién elige a quién” se hace necesaria porque el hecho es que los antropólogos no han encontrado mucha libertad para elegir en las mujeres de las sociedades de cazadores-recolectores, que siempre se encuentran en situación de inferioridad con respecto a los hombres (muchas veces son violadas y secuestradas en el curso de las constantes guerras). El planteamiento de la “inversión parental” (a las mujeres les convienen hombres que las ayuden puesto que invierten casi todos sus recursos en la cría de los hijos) tiene sentido, pero eso no quiere decir necesariamente que sean las mujeres las que elijen.

Los hombres agresivos que desean dominar a las mujeres físicamente y burlar las elecciones sexuales de las mujeres podrían haber ejercido una importante presión selectiva sobre el sexo opuesto en los tiempos ancestrales

  Es decir, podría haberse dado el caso de que la fórmula exitosa fuese la de mujeres manipulables por hombres agresivos y sexualmente muy activos. De ese modo los hombres de alto estatus habrían podido extender su prole entre muchas mujeres que fuesen sumisas, fieles y buenas madres, prestándoles el apoyo imprescindible para permitir que sus hijos se hicieran mayores, prosperasen y a la vez se reprodujesen transmitiendo las características heredadas.

  De hecho, David Buss recoge el juicio de Roy Baumeister acerca de la “plasticidad erótica femenina”, que supone que las mujeres contarían, en comparación con el varón, con una mayor adaptabilidad (psicológica, emocional) para desenvolverse en diversas fórmulas sexuales y familiares, sea la monogamia estable, los matrimonios sucesivos, la poligamia, la castidad, la promiscuidad o incluso el lesbianismo…

El lesbianismo y la homosexualidad masculina, por ejemplo, parecen ser bastante diferentes: la orientación sexual masculina tiende a aparecer pronto en el desarrollo, mientras que la sexualidad femenina parece ser mucho más flexible a lo largo de la vida 

  Buss, en cambio, no considera el punto de vista de quienes sugieren que, igual que los hombres del neolítico habían domesticado el ganado mediante la selección, también, dentro de la sociedad agraria patriarcal, podría haberse domesticado a las mujeres de la misma forma durante los últimos milenios (la domesticación humana no se habría limitado tampoco a las mujeres: los hombres de clase inferior, los siervos, hubieran sido asimismo seleccionados... pero a la larga ellos habrían dejado poca descendencia, dada la ventaja de los numerosos hijos de los varones poderosos). El resultado habría sido hombres dominantes y económicamente responsables de su prole, y mujeres sumisas, buenas madres y eróticamente “plásticas”. La plasticidad erótica de la mujer permitiría, como se ha dicho, adaptar su comportamiento a diferentes fórmulas familiares y proporcionaría así más garantías de fidelidad sexual (la fidelidad sexual es importantísima para preservar la herencia genética del varón).

  De esa forma, las características de conducta social y sexual del varón de hoy estarían mucho más próximas a las del paleolítico que en el caso de las mujeres, dado que el comportamiento femenino habría cambiado más debido a la selección sufrida durante el largo periodo de las primeras sociedades agrarias (cuando tiene lugar la domesticación del ganado). Ciertos datos antropológicos parecen avalar esto:

Las mujeres conocidas por ser promiscuas sufren daño reputacional incluso en culturas relativamente promiscuas

   No tendría sentido que los varones invirtieran recursos en la cría de niños sin contar con cierta seguridad de que tales niños llevan su herencia genética: si fuesen sistemáticamente engañados su rastro genético desaparecería en unas cuantas generaciones, de ahí el control constante sobre la fidelidad conyugal y la preponderancia de los hombres de alto estatus a la hora de difundir su simiente. Las mujeres promiscuas siempre habrían sido perseguidas y sin embargo llegan a existir por presiones culturales, posiblemente porque esto es facilitado por esa "plasticidad" impuesta por la selección.

  Conviene aquí hacer la puntualización de que muchos autores critican la facilidad con la que los psicólogos evolutivos formulan sucesivas hipótesis sobre el comportamiento humano y sus causas evolutivas. Sobre el papel, multitud de ellas pueden funcionar tanto como contradecirse unas a otras (¿eligen las mujeres a los mejores padres o eligen los hombres a las mejores madres?). Además, muchos rasgos pueden no obedecer a ninguna necesidad indicada por la evolución.

No todas las diferencias individuales deben ser adaptativas. Alguna variación podría ser por azar genético [deriva genética], sin conexión con variables de adaptación.

  La mejor solución es, cuando sea posible, comprobar cada una de estas hipótesis mediante experimentación psicológica y observación antropológica. Y, desde luego, siempre se ha de desconfiar de la tendenciosidad ideológica de los autores. Parece extraño, por ejemplo, que Buss ponga tanto énfasis en la capacidad de la mujer primitiva para elegir, cuando sabemos que la guerra y la violencia contra las mujeres es una constante entre los pueblos cazadores-recolectores. También sabemos que en el pasado lejano de las primeras civilizaciones agrícolas los matrimonios o emparejamientos solían ser concertados, y que el elegir esposa o concubinas era privilegio de los hombres de alto estatus. Todo esto hace sospechoso el esquema de la libre elección femenina. Lo cual no niega que algunos planteamientos tengan sentido, que es lo que suele suceder cuando, como ya se observó, comenzamos a postular teorías de comportamiento evolutivo una tras otra…

Excepto en copulación forzada, el deseo del hombre para el sexo a corto plazo podría no haber evolucionado sin la presencia de algunas mujeres bien dispuestas

  Pero si al mismo tiempo, como hemos visto, se juzga que las mujeres promiscuas –las “bien dispuestas”- no gozan de buena reputación, es poco probable que estas mujeres promiscuas tuviesen, a la larga, muchas probabilidades de propagar sus características. En cambio, hemos visto que la guerra –que suele implicar para la mujer copulación forzosa- es una constante del comportamiento del hombre primitivo.

El acceso sexual a las mujeres es un importante recurso reproductivo que se gana mediante la agresión en coalición

  Dado lo que sabemos sobre la variabilidad de los temperamentos humanos (“rasgos de personalidad") y de la evolución de las culturas, no sería extraño que nuestra herencia permita la aparición constante de formas diversas de comportamiento masculino y femenino como resultado tanto de la heredabilidad genética como del control social. Así, siempre habríamos tenido mujeres promiscuas, que gustan del sexo a corto plazo, mujeres fácilmente adaptables a muy diversas formas culturales de emparejamiento y familia, o incluso mujeres “andrófilas”, que buscan la fidelidad solo con respecto a un ideal masculino en concreto (como la búsqueda de la mejor cola del pavo real macho).

  Los resultados de la psicología experimental muestran indicios de todo tipo: mujeres promiscuas, mujeres bisexuales, mujeres castas, mujeres monógamas y celosas, mujeres interesadas en varones con grandes recursos económicos… Tanto si esta variación en la mujer se debe a la diversidad de temperamentos como si tiene mucho que ver en ello la “plasticidad erótica femenina”, lo que sí parece claro es que en el varón siempre predomina el deseo de “sexo a corto plazo” y la agresividad propia de la lucha por el estatus. Quizá por eso la mayor parte de las doctrinas e ideologías tendentes a reprimir el comportamiento antisocial se centran en fomentar el autocontrol de los instintos masculinos.

martes, 15 de septiembre de 2015

“Darwin, Dios y el sentido de la vida”, 2010. Steve Stewart-Williams

La teoría de la evolución tiene importantes implicaciones en cuanto a cómo nos vemos a nosotros mismos y cuál es nuestro lugar en el universo. Tiene implicaciones para las cosas que son en verdad importantes para las personas, cosas por las que las personas se preocupan profundamente, cosas sobre las que la mayoría de nosotros tiene una opinión.

  Si bien en este libro se dedica bastante espacio a demostrar cómo se vio afectada la visión teísta del mundo por la aparición de la teoría darwiniana de la evolución natural, el autor, el psicólogo Steve Stewart-Williams, va más allá al abordar cómo el evolucionismo cuestiona también nuestro sistema ético.

La evolución es cambio. No es necesariamente el cambio que consideramos bueno.(…) Debemos rechazar el punto de vista de que la evolución es progresiva

Al socavar tanto la tesis de la racionalidad [la idea de que nos hemos distinguido en alguna forma moralmente significativa de otros animales por nuestra posesión de la racionalidad] como la tesis de la imagen de Dios [seres humanos hechos a Su imagen y semejanza], el punto de vista darwiniano socava la doctrina de la dignidad humana. La deja sin fundamento intelectual

  El progreso ético supone esencialmente promover el comportamiento altruista: si todo el mundo se preocupa por el bienestar ajeno, la capacidad intelectual humana, en feliz cooperación, podría proporcionarnos niveles de mejora social sin precedentes. La esperanza de esta mejora se basa en la evidencia de que el comportamiento altruista existe pero, entre las muchas cosas que todavía no comprendemos acerca de la naturaleza humana, se encuentra la relevancia y la estructura que este comportamiento altruista realmente tiene en la vida social.

Entre los biólogos evolutivos, la cuestión importante no es por qué la gente a veces no ayuda, sino más bien por qué la gente (y otros animales) llegan a ayudarse unos a otros en algunas ocasiones. E. O. Wilson describió esto como el problema teórico central de la sociobiología

  Y es que el altruismo contradice el principio darwiniano de la selección individual, lo que comúnmente se denomina “la supervivencia del más apto”. Todos los animales compiten entre sí por los recursos necesarios a fin de ser capaces de desarrollar el ciclo de la vida: la reproducción y con ello la propagación de su herencia genética.

La selección natural no necesariamente favorece los rasgos que consideramos buenos o saludables o deseables.

  Lo que necesita la ética, para quedar fundamentada en base a argumentos razonables de alcance universal, sería una conexión entre la naturaleza humana y el progreso moral, una justificación de la ética que se apoyase en datos evidentes acerca del comportamiento humano. Esto permitiría albergar expectativas ciertas acerca de los comportamientos altruistas y para el individuo supondría una seguridad equivalente a lo que comúnmente se denomina “conocer el sentido de la vida”.

Después de todo, sin una razón para creer en algo, la creencia no es razonable

  Por eso el darwinismo siempre ha sido visto como una amenaza. La supervivencia del más apto y el medir el éxito reproductivo como único referente de la propagación de las formas de vida parecen más bien una justificación de la inmoralidad (“éxito a cualquier precio”). Se diría entonces que para promover el altruismo tendríamos que ir en contra de nuestra naturaleza biológica. ¿Es esto realmente así?

Según los "teóricos de la ley natural", si algo es natural, es moralmente aceptable, mientras que si es antinatural es moralmente inaceptable. 

  El ejemplo más notorio de esto fue el nazismo, que se inspiraba en algunos pensadores muy ilustrados, como Nietzsche: para impedir la degeneración de la raza sería preciso reinstaurar el principio de supremacía de los fuertes sobre los débiles. Estas creencias se fundamentaban en la obediencia a la supuesta ley natural y no perdían de vista los hallazgos de Darwin. Desde el punto de vista ético convencional, la actitud de opresión y explotación de los débiles por los fuertes es absolutamente inmoral al oponerse a la propagación del altruismo. Pero ¿podría fundamentarse el altruismo al cabo de una lectura más atenta y profunda de los principios de la ley natural y la selección biológica? Algunos creen que sí…

El altruismo es bueno para el grupo y la agresión no lo es, y así deberíamos cultivar nuestras tendencias altruistas evolucionadas y buscar controlar o sublimar nuestros impulsos agresivos evolucionados. 

  Desde el punto de vista de la naturaleza evolutiva del ser humano, un planteamiento así levanta algunas objeciones. Al fin y al cabo, el altruismo en los seres humanos, si bien está probado que existe, solo se manifiesta ocasionalmente.

¿El hecho de que hemos evolucionado para ser parcialmente altruistas implica que debemos ser solo parcialmente altruistas? ¿Implica que sería equivocado ser menos altruistas, pero también sería equivocado ser más altruistas? No estando todos genéticamente diseñados para el mismo nivel de altruismo, ¿no deberíamos entonces ser ni más ni menos altruistas que el promedio?

  Esto nos lleva a rechazar la expansión del altruismo a partir del fundamento de la ley natural: el conocimiento de la naturaleza nos confirma la existencia de cierto altruismo, pero no explica porqué debería expandirse más allá de los niveles que han sido habituales durante los cientos de miles de años de existencia del ser humano sobre el planeta.

  Por otra parte, en los últimos miles de años, al producirse el “proceso civilizatorio” (agricultura, ciudades, avances tecnológicos…), encontramos que la promoción de la ética del altruismo es también altamente sospechosa en sus motivaciones.

Preceptos morales como “da sin pensar en una recompensa a cambio” son potencialmente muy ventajosos para aquellos que los predican pero no los practican. (…) [El hecho es que] esfuerzos manipuladores de la gente siguiendo esta política pueden haber ayudado a promover formas de moralidad altruistas

    Un punto de vista diferente es argumentar que, simplemente, no necesitamos para nada seguir la ley natural. En realidad, no nos concierne conocer cuál ha sido la forma de vida humana durante la mayor parte de la existencia del género humano, ni tampoco nos conciernen los orígenes de la promoción del altruismo (que muy bien podría haber sido, sí, la explotación sistemática de una clase social por otra). El hecho es que, por un motivo u otro, el proceso civilizatorio aparentemente coincide con la expansión de la ética del altruismo. Las causas parecen relacionadas con fines prácticos.

La naturaleza humana está diseñada en principio para las pequeñas sociedades de cazadores-recolectores en las cuales ha tenido lugar una parte significativa de nuestra evolución y en las que se vivía en base a relaciones "cara a cara". En las sociedades anónimas actuales a gran escala, la naturaleza humana ya no puede ser suficiente. Para vivir apaciblemente en las condiciones modernas, podemos necesitar algún tipo de prótesis intelectual para inhibir y controlar nuestra naturaleza y aumentar nuestra bondad natural.

  Podemos ver el asunto desde una perspectiva meramente utilitarista: promover una ética que nos permita alcanzar el mayor bien para el mayor número... si bien para ello hemos de partir del conocimiento más informado posible acerca de la naturaleza humana. Que promover el altruismo favorece el desarrollo de la cooperación inteligente entre los seres humanos parece fuera de toda duda, y que el altruismo existe en los seres humanos y que éste es manipulable hasta cierto grado por medios culturales (leyes, ideologías, religiones, educación…) también parece fuera de toda duda. Por lo tanto, de lo que se trata es de saber hasta dónde se puede llegar en la promoción del altruismo, con independencia de que esto sea “natural” o no.

La moralidad no es realmente innata, sino que es una invención humana informada por preferencias y motivaciones que sí son innatas. Es un producto tanto de la evolución biológica como de la cultural.

  Es aquí donde se plantea lo que parece ser el problema filosófico central de este libro:

Nuestras creencias morales son el producto de un proceso que no presupone la verdad de estas creencias. Tan pronto como nos damos cuenta de esto, ya no estamos justificados para mantenerlas, a menos que hallemos fundamentos independientes para hacerlo así. El mero hecho de que los sostengamos no puede ya ser considerado una razón suficiente para aceptarlos como verdad.

  Entonces, al estar admitiendo que la promoción del altruismo es “antinatural”, solo estamos eligiendo una tendencia manipuladora de nuestra naturaleza en particular entre otras muchas posibles, todas justificables por igual. Hitler tendría tanta razón como Gandhi, en tanto que nuestro origen evolutivo “justifica” tanto la violencia como la paz, tanto el egoísmo como el altruismo. No podemos, por tanto, decir que tenemos “razón” al promover el altruismo en lugar del egoísmo.

  Con todo…

La teoría evolutiva socava el punto de vista de que la moralidad tiene un fundamento objetivo pero no nos volverá ni depravados egoístas ni asesinos

  Sería la cultura del momento la que lo conseguiría.  Una cultura violenta y totalitaria podría ser eficiente a la hora de proporcionar “utilidad” a unos ciudadanos sobre otros. Hitler pudo haber ganado la guerra (ello dependió exclusivamente de la estrategia militar) y entonces habría podido proporcionar a la sociedad alemana muchos años de gran prosperidad económica gracias al saqueo brutal de los recursos de otras naciones. El éxito justificaría la “razón” de las creencias culturales del momento, y no habría sido la primera vez que algo así sucediese en la historia de la humanidad (pensemos en el imperio de Gengis Khan, por ejemplo). La única diferencia con respecto a pasados episodios de brutalidad habría sido que, en el caso de un triunfador imperio nazi, no iban a faltar filósofos y eruditos de talla mundial dispuestos a formular la justificación “racional” de la violencia. Martin Heidegger y Carl Schmitt han sido los ejemplos más notables.

  Hoy por hoy, aparentemente, la cultura de la promoción del altruismo predomina en el ideario colectivo a nivel mundial (pensemos en las Declaraciones solemnes de las Naciones Unidas). Pero eso podría cambiar en cualquier momento y está, desde luego, muy lejos de realizarse en sentido práctico en la vida real. Se trata solo de un ideal ético muy popularizado.

Nuestro punto de partida es siempre una disposición, un sentimiento, una asunción arbitraria de que algo es moralmente deseable. Y no hay justificación final para esto. Nuestros compromisos morales fundamentales no pueden ser derivados de la pura lógica, o de cualquier mezcla de lógica y hechos.

Los fines utilitarios –evitar el sufrimiento e incrementar la felicidad- no son justificables al extremo. Solo sucede que son de mi gusto y quizá del suyo. No creo que sea posible justificar los compromisos morales más allá de esto y no lo voy a intentar

El canibalismo y el incesto son imposibilidades morales para la mayor parte de los humanos, pero los miembros de otras especies han evolucionado en estas actividades sin problema. ¿Quiénes somos para dudar de que un animal con este tipo de forma de vida alternativa podría evolucionar en un animal moral sin renunciar a estas tendencias?

  Finalmente, podemos intentarlo de otra manera. Al hacerlo, entramos en contradicción con Stewart-Williams en su afirmación de que “Los fines utilitarios –evitar el sufrimiento e incrementar la felicidad- no son justificables al extremo”, y la cosa quedaría así: para empezar, existen fuertes indicios de que la evolución cultural humana tiene un origen determinado por nuestra naturaleza a partir de un probable cambio genético que tuvo lugar hace relativamente poco tiempo (hace entre 70 y 40.000 años), que es cuando aparecen los primeros indicios de vida intelectual (arte y rituales funerarios…). Este hecho sería determinante de nuestra verdadera naturaleza, que se diferenciaría cualitativamente de las generaciones anteriores de Homo Sapiens.

  Los avances tecnológicos y la expansión de la población humana se producen casi enseguida, y un cambio climático hace solo diez mil años favorece la aparición de las primeras civilizaciones agrarias. Todos estos avances implican el abandono “voluntario” de la vida en pequeños grupos de cazadores-recolectores.  Las tendencias a la vida sedentaria son, de hecho, anteriores a la invención de la agricultura y la ganadería, y tienen un origen psicológico profundo que se manifiesta en un momento en el cual el Homo Sapiens continúa llevando una forma de vida económica equivalente a la de sus antepasados de hace miles de años. Se trata de un profundo cambio a partir del cual se manifiesta una nueva tendencia a incrementar la intensidad y complejidad de la vida social más allá del estilo de vida nómada que el género "Homo" había llevado durante cientos de miles de años. Y esta forma de vida social más intensa y compleja solo puede conseguirse mediante la promoción del altruismo: la formación de grupos más grandes de seres humanos exige la expansión de una ética que restrinja la agresividad y el egoísmo. La necesidad de dedicar más recursos a la vida intelectual y espiritual favorece también la aspiración a una paz universal.

  Si surge la necesidad de hallar soluciones, éstas comienzan entonces a producirse: las invenciones culturales por el estilo del “Derecho”, “el alma inmortal”, “la dignidad humana” no hemos de verlas como muy diferentes de invenciones tecnológicas como la agricultura, la rueda o la fundición de metales: se trata de “tecnología de la mente”, y este proceso se habría producido a partir de un cambio en nuestra naturaleza. Una cultura prosocial, por tanto, una promoción constante e ilimitada del altruismo, no estaría en contradicción con la naturaleza humana; la “razón” del altruismo y la naturaleza coincidirían.

 Ahora tan solo se estaría acelerando el proceso de cambio dada la acumulación de invenciones en los últimos tiempos (el “proceso civilizatorio”).

 La autoridad moral del mandato divino se apoyaba en que nadie cuestionaba lo irracional de la creencia en los seres sobrenaturales. El “milagro de la vida”, observable en la naturaleza, operaba en muchos como apoyo lógico a tal creencia. Darwin (y otros naturalistas rigurosos como él, antes y después) la desmontan, reduciendo el milagro de la vida a un fenómeno complejo pero explicable (la evolución). Lo que se desmorona entonces es una ilusión, no algo realmente existente, pero se trataba de una ilusión que había reportado beneficios en el proceso civilizatorio de promoción del altruismo.

   Una ilusión eficaz puede ser reemplazada por otra, lo que, en la práctica, supone que una “razón” es reemplazada por otra. Hoy “Dios ya no existe”, pero sí contamos con el conocimiento de la tendencia demostrable del género humano hacia la prosocialidad, demostrable por la observación del proceso civilizatorio que nos ha llevado de la guerra permanente entre nómadas a la ideología de los “derechos humanos”.

  En el comportamiento humano, la fe es un fenómeno psicológico que como “justificación” requiere aquellos estímulos del entorno ("argumentos lógicos", culturalmente transmitidos) que sean lo bastante eficientes para hacerla posible. Desde un punto de vista utilitarista puede lograrse que la fe en el proceso civilizatorio sea tan eficiente (probablemente más) como la fe en Dios lo fue en su momento. Permitiría argumentar, con cierto fundamento, que existe un registro histórico en el sentido de cada vez una mayor prosocialidad: menos violencia, más benevolencia, más compasión, más cooperación y más racionalidad.

   Recordemos que, durante algún tiempo la fe en el marxismo permitió conseguir grandes logros sociales en algunos países. Por lo tanto, desarrollar una fe eficiente puede alcanzarse mediante estrategias que no consistan necesariamente en promover la creencia en seres sobrenaturales. No necesitamos de pruebas científicas irrefutables. Basta con argumentos eficientes presentados de forma eficiente que afecten las emociones de los individuos de forma determinante.

   Pero hoy en día nadie está trabajando en elaborar este tipo de estrategias en concreto por el logro del mayor bien para el mayor número, lo cual explica la inquietud de Stewart-Williams (lo que él considera la imposibilidad de fundamentar el progreso ético). Y quizá haya para ello un motivo oculto: creer en un proceso civilizatorio aún en marcha en el sentido de la prosocialidad y el altruismo cuestionaría incluso nuestra forma de vida convencional. Tal vez haya algo más allá también de los “derechos humanos” tal como los concebimos hoy.

  Para algunos autores como Stewart-Williams quizá sea mejor predicar un interesado escepticismo en lugar de dejar la puerta abierta a cambios futuros que podrían hacer desaparecer nuestro estilo de vida. El proceso civilizatorio –todo proceso evolutivo, en realidad- siempre encuentra resistencias.

viernes, 4 de septiembre de 2015

“Yo, hambre y agresión”, 1942. Fritz Perls

  A partir del extraordinario éxito del psicoanálisis iniciado por Freud se desarrollaron numerosas variaciones dentro de la naciente terapia psicológica. Cada una de estas variaciones obedecía a una particular visión acerca de la mejor forma de aliviar los sufrimientos de muchas personas afectadas por graves trastornos, y cada una de ellas ha supuesto también una enseñanza civilizadora, una oportunidad para afrontar desde perspectivas innovadoras la problemática de la vida en sociedad.

  La "terapia Gestalt", a diferencia de muchas otras de tales tendencias, perdura todavía hoy, englobada, según algunos, en el conjunto de las llamadas “terapias humanistas”. Este tipo de terapias parten de una ideología individualista, pero prosocial y optimista, en la cual cada persona puede “autorrealizarse” en perfecta armonía con sus semejantes y con la sociedad convencional.  Todas estas terapias se oponen en cierto sentido al hoy un tanto desprestigiado psicoanálisis clásico freudiano.      

La mayoría de la gente que entró en contacto con el psicoanálisis quedó tan fascinada por el nuevo enfoque que estaba tan por encima de la prescripción de bromuros, de la hipnosis y de la terapia de persuasión, que llegó a convertirse para ellos en una religión. La mayoría se tragó el anzuelo de las teorías de Freud, el hilo y el flotador, sin darse cuenta de que esta aceptación ciega constituía la raíz de una mentalidad estrecha que paralizaba muchas de las posibilidades de sus ingeniosos descubrimientos. Resultó de allí un sectarismo caracterizado por una credulidad casi religiosa

  “Yo, hambre y agresión”, de Fritz Perls, fue uno de los primeros libros en abordar lo que luego se consolidaría como la escuela de psicoterapia de “la Gestalt”. No fue, desde luego, la primera tendencia en oponerse al oscurantismo y “sectarismo” de Freud, pero ha sido una de las que más éxito ha tenido. Perls, un terapeuta de gran experiencia, da indicaciones prácticas originales, pero también argumenta a partir de unos presupuestos sensoriales, cognitivos e incluso filosóficos que todavía hoy despiertan entusiastas adhesiones. Comencemos por dos conceptos básicos: la “Gestalt” (el esquema “fondo-figura”) y el “holismo”…

La psicología Gestalt (…) sostiene que, primariamente, existe una formación comprehensiva a la cual [se] llama Gestalt —formación de figura— y que los trozos y piezas aislados son formaciones secundarias. (…) Existen totalidades cuyo comportamiento no está determinado por el de sus elementos individuales, sino que en ellas los procesos parciales están ellos mismos determinados por la naturaleza, intrínseca de la totalidad. La teoría Gestalt espera determinar la naturaleza de esas totalidades. (…) Puede entenderse fácilmente que una palabra hablada es una Gestalt, una unidad de sonidos. Solo cuando esta Gestalt no está clara —cuando, por ejemplo, no captamos el nombre de una persona en el teléfono—, pedimos que se deletree la palabra: que se divida en letras singulares (…)Al ver un objeto blanco contra un fondo oscuro (gris o negro) parece blanco, mientras que el mismo objeto contra un fondo verde puede parecer rojo y contra un fondo rojo, verde, etc.

Nuestro organismo no está en situación de concentrarse en más de una cosa a la vez. Esta deficiencia basada en el fenómeno fondo-figura, se ve resarcida en parte por la tendencia holística de la mente humana, por el esfuerzo de simplificación y unificación. Toda ley científica, todo sistema filosófico, toda generalización se basa en la búsqueda del común denominador, de un hecho idéntico a cierto número de cosas. Dicho con pocas palabras: por la Gestalt común a cierto número de fenómenos.

Al conducir por una ciudad en circunstancias ordinarias, una persona no se da cuenta de la existencia de buzón alguno. Pero la situación cambia cuando hay que enviar una carta. Entonces, de un fondo observado con indiferencia, surgirá un buzón al puesto prominente, convirtiéndose en una realidad subjetiva —dicho de otra forma, una figura (Gestalt) contra un fondo indiferente. (…) Cuando se olvida poner en el correo la carta, no necesariamente ha de deberse a represión o a resistencia. Puede más bien deberse al hecho de que el interés por llevar al correo la carta no es tan intenso como para generar el fenómeno fondo-figura.

  En términos divulgativos, se suele uno referir a “holismo” cuando se considera que “el todo es mayor que sus partes”. Lo que también equivaldría a que cada unidad de significado debe ser considerada ante todo desde el punto de vista del efecto que hace en quien la ve, y no puede ser comprendida como mera suma de elementos independientes. Esto se aplica al individuo mismo.

Tratar en forma aislada los diferentes aspectos de la personalidad humana ayuda tan sólo a pensar en términos de magia y refuerza la creencia de que el cuerpo y el alma son ítems aislados, conjuntados de una forma misteriosa.

El concepto central es la teoría de que el organismo lucha por mantener un equilibrio que continuamente se ve perturbado por sus necesidades y que se recupera por medio de su satisfacción o eliminación.

  “Holismo” como visión total de los fenómenos que son interdependientes y que no pueden existir por separado implica, para el terapeuta, evitar la rigidez conceptual de Freud y de todas las concepciones en general que dividen el alma y el cuerpo en compartimentos estancos. La terapia Gestalt se caracteriza por concebir una unidad entre lo corpóreo y lo psíquico, entre las funciones intelectuales y las fisiológicas en general. Y de ahí la referencia al “hambre”, a la función fisiológica de alimentarse, del acto de morder, de deglutir e incluso de defecar.

Aquellos a los que he demostrado la importancia del análisis del instinto de hambre —la similitud estructural de las fases de nuestra consunción de alimento con nuestra absorción mental del mundo— se han sorprendido de que Freud hubiera pasado por alto este punto.

El hambre de alimento mental y emocional se comporta como el hambre física (…) El neurótico vive permanentemente ávido de afecto, pero (…) su avidez nunca se ve satisfecha. Un factor decisivo en este comportamiento del neurótico es que no asimila el afecto que se le ofrece. O se niega a aceptarlo o lo implora, de tal forma que le resulta molesto o sin valor en cuanto lo ha obtenido.  Además, esta actitud impaciente, voraz, más que ninguna otra cosa, es la responsable de la estupidez excesiva que encontramos en el mundo. Del mismo modo que estas personas no tienen paciencia para masticar el alimento real, así tampoco se dan el tiempo suficiente para "masticar" el alimento mental.

Cuando, por ejemplo, un organismo desarrolla hambre, el alimento se convierte en Gestalt, el Ego se identifica con el hambre ("yo tengo hambre") y responde a la Gestalt ("quiero este alimento").  En el caso de la persona que preferiría morir a robar el pan, el Ego aliena el tomar alimento

   Eso da ciertas opciones al terapeuta…

El elemento esencial en todo progreso, en todo éxito, es la concentración (…) Interés significa estar en una situación; concentración significa penetrar exactamente en el centro (núcleo, esencia) de una situación; y atención significa que se dirige una tensión hacia un objeto. (…)Los tres términos tienen en común el hecho de que son expresiones diferentes del fenómeno fondo-figura. La figura sana debería ser fuerte y relativamente estacionaria: ni inestable, como en el caso de la mentalidad de asociación (neurastenia, muchas psicosis, ligereza de cascos), ni rígida (obsesiones, perversiones, ideas fijas).

Nuestro fin es restablecer —por medio de la concentración- las funciones del Ego, diluir la rigidez del "cuerpo" y el Ego petrificado, el "carácter". Este desarrollo debe moverse al principio en la dirección de una regresión. Queremos (…) regresar a los niveles biológicos de nuestra existencia (…)El síntoma neurótico es siempre una señal de que el ser biológico pide atención

La mayoría de la gente entiende por concentración un esfuerzo deliberado. En realidad este es el tipo de concentración "negativo" no aconsejable.  La concentración perfecta es un proceso armónico de cooperación consciente e inconsciente. La concentración en el sentido popular es sólo una función del Ego, no sustentada por interés espontáneo. Es identificación con el deber, la conciencia o los ideales y está caracterizada por contracciones musculares intensas, por irritabilidad y por tal cantidad de tensión que provoca fatiga y fomenta la neurastenia o hasta derrumbamientos nerviosos. Es artificial y negativa, ya que carece de sostén natural (orgánico).

Se describe mejor la concentración correcta con la palabra fascinación; aquí el objeto ocupa el primer plano sin esfuerzo alguno, desaparece el resto del mundo, dejan de existir el tiempo y el contorno; no brotan conflictos internos o protesta contra la concentración. Se encuentra con facilidad esta concentración en los niños y con frecuencia en adultos entregados a un trabajo interesante o a un hobby. Como cada parte de la personalidad está coordinada y subordinada temporalmente a un solo propósito, no es difícil darse cuenta de que esa actitud es la base de todo desarrollo. Si, para citar a Freud, la compulsión se cambia en volición ya se ha puesto la pasarela más importante para una vida sana y con éxito.

   La “concentración” sería el objetivo a buscar mediante la práctica de diversos ejercicios que propone Perls en su terapia

Describa todos los detalles de lo que siente y saborea: caliente y frío, amargo y dulce, con sabor e insípido, suave y duro. Pero no agradable y desagradable, apetitoso y repugnante, sabroso y desabrido. Dicho de otra forma, desarrolle su apreciación de hechos en contraste con su evaluación (…) Sobre todo, evite usted el peligro de la introyección, evite tragar trozos mentales y físicos destinados a seguir siendo cuerpos extraños en su sistema. Para comprender y asimilar el mundo tiene que emplear plenamente sus dientes.

Pruebe estos ejercicios de concentración al principio en los sucesos cotidianos. Tal vez esté recibiendo lecciones de conducción. Si usted confía exclusivamente en estas lecciones, su progreso será mucho más lento que si practica con la imaginación lo que se le ha enseñado, fijándose en todos los detalles. En su fantasía, vaya en un largo viaje, usted mismo al volante, recordando y cumpliendo todas las reglas que le han enseñado: se admirará del acrecentamiento de su confianza y competencia.

Se puede tomar cada uno de esos ejercicios como un punto de arranque, y cada uno le proporciona la ocasión de lograr la concentración. Cuando sea capaz de concentrarse en un ejercicio, los demás no ofrecerán dificultad

La gimnasia, mientras fomente la consciencia del cuerpo y no eso de ser "todo un hombre"; el deporte, mientras no sea unilateral y esclavo de la ambición, desarrolla ese sentimiento holístico. Al caminar, sienta que está caminando e interrumpa el "pensamiento" lo más frecuente que sea posible. Ante todo, cuando no tenga nada que hacer, conténtese con estar consciente de su cuerpo como un todo. 

  ¿Son los ejercicios de “concentración” el núcleo de la terapia Gestalt? Parece más bien tratarse de un ejemplo  de toda una visión general de actitudes prácticas ante la vida que se enfrentaría a los fenómenos negativos de las proyecciones, introyecciones, resistencias, evitaciones y represiones.

Hemos señalado la evitación como característica principal de la neurosis y es obvio que su opuesto correcto es la concentración. Pero, naturalmente, lo es la concentración sobre el objeto que, según la estructura de la situación, exige convertirse en figura.

 Un daño que no se ha enfrentado de la forma correcta nunca desaparecería psicológicamente, sino que envenenaría  la mente del individuo al dar lugar a la “proyección”…

Las proyecciones, en el sentido más estricto, son alucinaciones. (…)El material introyectado permanece fuera del organismo propiamente dicho y por ello se percibe correctamente como algo extraño al Ser, algo que provoca agresión dental o el deseo de liberarse de ello. Se defeca este material no como un desperdicio, sino como proyección

En la proyección el material, que no cambia en absoluto, se desliza del campo interno hacia el ambiental. La actividad se hace pasividad. (El niño quiere golpear a la nodriza. El niño proyecta y espera que la nodriza lo golpee a él.) 

En la introyección el material permanece esencialmente intacto, pero ha cambiado de campo, del ambiental al interno. La pasividad se hace actividad. (La nodriza golpea al niño. El niño introyecta, juega a la nodriza y golpea a otro niño.) 

El carácter sano expresa sus emociones e ideas, el carácter paranoide las proyecta

A través del tratamiento, el material introyectado —al ser desmenuzado— se diferencia en material asimilable, que contribuye al desarrollo de la personalidad (…) Recordar tiene valor terapéutico sólo cuando va acompañado de emociones.

Después del primer paso: percibir la existencia de proyecciones y el segundo: reconocer que pertenecen a la propia personalidad,  [usted] tiene que asimilarlas. Esta asimilación es la curación misma de todas las tendencias paranoicas. Si usted simplemente introyecta lo "proyectado", sólo aumenta el peligro de llegar a ser paranoico. Por ello debe entrar hasta el núcleo: el sentido de toda proyección.

  La popularidad relativa de la terapia Gestalt sin duda tiene que ver con que en muchos aspectos, y a diferencia del freudismo clásico (repleto de traumas y complejos sexuales), se halla más próxima a muchas visiones convencionales de la vida emocional

La terapia de concentración proporciona un camino más corto y superior para el "renacimiento emocional" que la conversación ordinaria o la técnica de las asociaciones libres. Un hombre, por ejemplo, que habla más bien con desprecio de su padre, cuando se le pide que lo visualice y se concentre en los detalles de su apariencia podría estallar en llanto de repente

El restablecimiento de las funciones biológicas de la agresión es, y sigue siendo, la solución al problema de la agresión. Sin embargo, con mucha frecuencia debemos recurrir a la sublimación de la agresión, de ordinario en casos de emergencia. Cuando una persona suprime la agresión (que de esta forma no está a su disposición) como sucede en casos de neurosis obsesivas, cuando embotella su rabia, tenemos que encontrar una salida. Tenemos que proporcionarle una oportunidad de que se desahogue. El golpear una pelota de boxeo, cortar leña o cualquier tipo de deporte agresivo, como el fútbol, a veces hará maravillas.

El valor catártico de concentrarse en la imagen de una persona o acontecimiento, con el cual se tiene una relación emocional, es casi el mismo del análisis hipnótico o del narcoanálisis, con la ventaja adicional de que fortalece la personalidad consciente.

Al mejorar el "sentir" usted logrará un conocimiento más profundo, un "psicoanálisis" de las características de su personalidad. Descubrirá su Ser en la monotonía, la lectura, la radiodifusión, el lamento o la jactancia de su voz interna.

Ejercicios de visualización: (…) al desviar nuestra mentalidad de "las imágenes que vienen a nuestra mente" hacia "nosotros mismos que miramos las imágenes", mejoramos nuestras funciones del Ego. Cambiamos de una actitud pasiva a otra más activa

Es una idea equivocada suponer que cerrar los ojos provoca sueño. Sucede exactamente lo opuesto. Cerrar los ojos no provoca sueño, sino que el sueño provoca cerrar los ojos.

  Al mismo tiempo, aparte de mostrar su propio camino de terapia humanista, Perls se opone a otras visiones del mundo. Por supuesto, contra los excesos del psicoanálisis de Freud, pero también levanta objeciones contra la filosofía marxista.

Freud sexualizó el instinto de hambre, mientras que el comunismo pasó por un periodo en el que los problemas sexuales eran considerados "como si" pertenecieran a la esfera del hambre (…)La base común de Freud y Marx: las necesidades del hombre (para Freud los instintos de conservación de la raza y para Marx los instintos de autoconservación) son primarias; la superestructura intelectual está determinada por la estructura biológica y por la necesidad de gratificación de estos dos grupos de instintos.

  Y, para evitar equívocos en lo referente a la “concentración”, objeta también la base filosófica del yoguismo:

En yoga el amortiguamiento del organismo para desarrollar otras facultades desempeña un papel prominente, mientras que nuestro fin es despertar el organismo a una vida más completa.

   Hoy en día, algunos de los presupuestos que aparecen en este libro de Fritz Perls están, a su vez, bastante desprestigiados. La psicoterapia actual rechaza la catarsis, la idea de que expresar la agresión puede calmarla (más bien se considera que se refuerzan los circuitos agresivos al alentarla), y el estudio de la conducta demuestra que la imitación sí que estimula los comportamientos: cerrar los ojos puede ayudar a provocar el sueño y componer gestos apacibles ayuda a generar paz incluso si hacerlo supone reprimir la manifestación de la agresividad; algunos autores denominan esto "retroalimentación aferente".

  Sin embargo, las tendencias terapéuticas humanistas siempre gozarán de popularidad ya que desarrollan técnicas que aceptan las visiones del mundo hasta cierto punto acordes con la cultura del momento, y Perls era un terapeuta que se guiaba sobre todo por la respuesta positiva de sus pacientes. Si los pacientes se sentían haciendo lo correcto podían sentirse satisfechos solo por eso, y si la actitud del terapeuta era amistosa y cooperativa, incluso propia del sentido común, siempre le estarían más agradecidos que a un Freud siniestro que encontraba impulsos sexuales insospechados en todas partes. Por encima de todo, Perls ofrece al paciente que se haga cargo de su propia suerte. El terapeuta solo le ayudaría dándole indicaciones y consejos fácilmente comprensibles y aceptables por el mismo sentido común.

  Oponerse a la resistencia, a la evitación y al control nos ofrece una esperanza de libertad, de que hay caminos accesibles para superar los trastornos que parecen relacionados con, en parte, dejarse llevar espontáneamente por los impulsos naturales, y no tanto en luchar contra ellos.

Con mucha frecuencia el autocontrol socialmente exigido puede lograrse tan sólo a costa de desvitalizar y deteriorar las funciones de grandes partes de la personalidad humana —a costa de crear neurosis colectivas e individuales

Para eliminar un síntoma neurótico en el propio organismo se necesita tener consciencia del síntoma en toda su complejidad, no introspección y explicaciones intelectuales

Todo contacto, ya sea hostil o amistoso, acrecentará nuestras esferas, integrará nuestra personalidad y, por asimilación, contribuirá a nuestras facultades, mientras que no esté cargado de un peligro insuperable, mientras que haya posibilidad de dominarlo.

  De esta forma, la psicoterapia saldría de su entorno represivo y podría popularizarse creando la imagen de ser tal como somos, expresándonos mediante el contacto con el mundo y liberando nuestras tensiones. Las referencias a la alimentación, la respiración y la evacuación de residuos nos sitúan en la vida cotidiana, fuera del oscuro ghetto de la sexualidad y de las peligrosas complejidades políticas del poder. Se puede vivir convencionalmente y a la vez demostrar un escrupuloso cuidado para evitar los conflictos psicológicos: concentración, visualización, exposición y vida sana pueden ayudarnos.

  Sin embargo, los errores detectados en la descripción de algunas funciones del comportamiento hacen pensar que la práctica de esta terapia, con independencia de los buenos resultados que haya podido dar en algunos casos (al fin y al cabo, también Freud era capaz de obtenerlos), no parte de una visión del todo correcta de la psique humana. En muchos aspectos, parece tratarse de mero voluntarismo o de mero efecto placebo.

  Parece más bien que el ser humano ha construido su cultura, cada vez más cooperativa, menos agresiva y más avanzada intelectual y tecnológicamente, gracias precisamente a las estructuras de autocontrol y represión de ciertos instintos naturales. La idea de que solo debemos ayudar a la naturaleza a expresarse y a ser reconocida podría ir en dirección contraria a la experiencia observable de la civilización.