viernes, 24 de marzo de 2017

“Reinventando lo sagrado”, 2008. Stuart A. Kauffman

  Stuart A. Kauffman es un hombre de ciencia con gran prestigio entre los críticos especializados. Otra cosa es que sus teorías más ambiciosas acaben consolidándose, puesto que se trata de especulaciones de gran alcance.
  
Hemos visto evidencia digna de crédito de que la ciencia está avanzado hacia una explicación basada en la emergencia natural de la vida, la agencia, el significado, el valor y la acción

  “Emergencia” en lugar de “evolución determinista”.

Mi afirmación no es simplemente que carecemos de suficiente conocimiento o sabiduría para predecir la evolución futura de la biosfera, la economía o la cultura humana. Es que tales cosas están inherentemente más allá de toda predicción.

     ¿No podemos saber?
  
  La afirmación enseguida podemos relacionarla con lo que se conoce generalmente sobre los principios de indeterminación de la mecánica cuántica. Ahora bien, lo que nos dice la mecánica cuántica no es que no podemos saber nada acerca de la naturaleza de la materia, sino que más allá de ciertos límites las leyes del universo newtoniano ya no son válidas (por ejemplo, cuando se dan condiciones extremas en la incidencia de la energía sobre la materia dentro del mundo diminuto de las partículas sub-atómicas). Esta limitación de nuestro desconocimiento nos tranquiliza un poco, pero Stuart Kauffman extrae conclusiones más significativas a un nivel general de la experiencia humana.

El desafío final a la ciencia actual es radical. Va fuertemente en contra de los casi cuatrocientos años de creencia de que las leyes naturales serían suficientes para explicar lo que es real en cualquier parte del universo, una visión que he llamado el “embrujo de Galileo”. La nueva visión de la emergencia y creatividad incesantes más allá de la ley natural es realmente una nueva visión científica del mundo en la cual la misma ciencia tiene límites. Y la misma ciencia ha hallados estos límites. En este territorio parcialmente sin leyes no hay un abismo, sino una libertad y creatividad sin paralelo.

    Claro que también podemos opinar que, igual que hoy no podemos saber, hoy tampoco podemos saber si nunca podremos llegar a saber. Porque la ciencia puede hallar nuevos caminos y superar en el futuro las limitaciones actuales… Incluso, accediendo a la Inteligencia Artificial, podríamos aumentar la misma capacidad humana de cognición…

    El libro de Kauffman está lleno de demostraciones científicas, informes sobre complejos experimentos en física o biología, y todo tipo de noticias acerca de investigaciones de vanguardia. El lector común, por tanto, no puede quedar convencido de nada. ¿Y si otro autor igualmente prestigioso escribe un libro igualmente riguroso que cuestiona su cuestionamiento?

  El lector común es el que menos puede saber. Estamos en manos de la autoridad científica, a la espera de un consenso. En cualquier caso, sí sabemos que Planck no negó a Newton como Copérnico sí negó a Tolomeo.

  A la espera de conclusiones científicas acerca de cuestiones tan complejas, lo que sí puede sernos de mayor aprovechamiento hoy son las sugerencias de Stuart  Kauffman acerca de cómo su diferente punto de vista acerca de la naturaleza con respecto a la visión generalmente aceptada hoy (negación del determinismo) puede afectar al pensamiento social. No olvidemos que, de momento, nuestra civilización descansa sobre los principios lógicos del determinismo y la evolución.

Nuestra perspectiva contemporánea es reduccionista: todos los fenómenos están en última instancia explicados en términos de interacciones de las partículas fundamentales. Quizá el pronunciamiento más sencillo del reduccionismo se debe a Laplace, al principio del siglo XIX, que dijo que una inteligencia suficiente, si se le dan las posiciones y velocidades de todas las partículas del universo, podría calcular todo el futuro y el pasado del universo

  El marxismo, por ejemplo, era claramente determinista: la ciencia social basada en la economía política nos describía el origen del conflicto social y señalaba la solución basada en un cambio político revolucionario de las estructuras económicas productivas.

Propondré una visión del mundo más allá del reduccionismo, en la que somos miembros de un universo de incesante creatividad en el cual habrán emergido la vida, la agencia, el significado,  el valor, la consciencia y toda la riqueza de la acción humana.
  
  ¿Cómo “emergen” las cosas, si no podemos atenernos a unos principios generales del determinismo según los cuales unas cosas dan lugar a otras según reglas cognoscibles?
   
Nos movemos, por primera vez en cuatrocientos años, más allá del espejismo que el brillante Galileo nos impuso a todos nosotros: que “todo” algún día será cubierto por una ley natural suficiente. En su lugar hallaremos un territorio parcialmente sin ley a medida que invadamos el adyacente posible en el universo no ergódico [donde no puede darse el retorno o reiteración]. Con ello hallaremos creatividad incesante en el universo, biosfera y vida humana
  
  “Adyacente posible” parece la clave conceptual de la “emergencia”…

[En] las gigantescas nubes frías moleculares, los lugares de nacimiento de las estrellas que derivan a través de muchas galaxias (…) tienen lugar complejos procesos químicos. Por lo que sabemos, se están expandiendo eternamente en sus adyacentes posibles químicos. Las partículas que se forman en las nubes pueden servir como catalizadores de superficie para más procesos químicos, las nuevas moléculas pueden vincularse a los catalizadores de superficie de las partículas y modificar las subsecuentes reacciones químicas, y de ello surgiría el subsecuente flujo en el adyacente posible químico.

   O sea, la abundancia de posibilidades por proximidad de los diversos factores es la que crea los nuevos sucesos. Para el lector poco comprometido con la teoría, este cambio de perspectiva no parece suficiente para refutar el determinismo. Veamos cómo se aplica, desde la física y la química, hasta la vida social humana…

Las nuevas funcionalidades de cualquier cosa, no solo las invenciones fundamentales como el transistor, sino artículos familiares como el destornillador usado para abrir una lata de pintura y el armazón de un motor usado como chasis de un tractor, parecen permitir un amplio potencial para fluir en el adyacente posible económico

  Hay que decir que en la evolución hace ya mucho que se habla del fenómeno de la “exaptación”, por el cual los seres vivos gradualmente utilizan recursos disponibles (órganos, extremidades, procesos químicos…) con funciones diferentes a las que cumplían originalmente: la vejiga natatoria de los peces se convierte en pulmón que permite oxigenar la sangre, las plumas que recubren la piel para controlar la temperatura del cuerpo se convierten en alas que permiten volar…

  En cualquier caso, lo que resulta más valioso es cómo Kauffman, que es un científico ambicioso en el mejor sentido de la palabra, pretende  poner en marcha un nuevo paradigma de forma similar a como el evolucionismo de Darwin o el materialismo determinista de Galileo pusieron en marcha los suyos. Recordemos que se trató entonces de cambios tales que muchos los consideran el cimiento de todo nuestro humanismo racionalista actual. Y puesto que a nivel de las masas el cimiento propio de cada cultura se ha expresado siempre mediante la religión, no es de extrañar que Kauffman relacione estas nuevas concepciones con cierto concepto de divinidad.

Creo que podemos reinventar lo sagrado. Podemos inventar una ética global, en un espacio compartido, seguro para todos nosotros, con una visión de Dios como la creatividad natural en el universo

Creo que una ética global emergente será una que respete toda la vida y al planeta


  La mención de “Dios” Kauffman la encuentra justificada  

Dios, un Dios completamente natural, es la misma creatividad del universo. Es esta visión la que espero que pueda ser compartida a lo largo de todas las tradiciones religiosas, que abarque a aquellos como yo mismo, que no creen en un Dios Creador, tanto como aquellos que sí lo hacen. Esta visión de Dios puede ser un espacio religioso y espiritual compartido por todos nosotros

   Pero los dos elementos paradigmáticos que son esenciales en la descripción de una cultura humana (y que no necesitan a “Dios”) son el ámbito de lo sagrado y la ética.

  Lo “sagrado” abarca todo elemento simbólico de valor social que es objeto de aversión o preferencia instintiva por el conjunto de una sociedad determinada. Los contenidos de lo “sagrado” se transmiten por la cultura y dan a esta su forma específica. Dios era sagrado. La familia es aún sagrada en muchas culturas. En el Occidente actual los derechos humanos son sagrados.

  La ética es el contenido último de lo sagrado, puesto que es la pauta de conducta social más decisiva de todas: regula las actuaciones de cada uno con respecto al bien común. Puede haber ética fuera del ámbito de lo sagrado, pero en tal caso se trata de una ética ineficaz, por el estilo de los mandatos racionales de contribuir al bien común por mero “deber cívico”: puesto que la vida es individual y subjetiva (no es “común”), es difícil que el individuo se sienta vinculado por tal mandato. En cambio, la internalización de las actuaciones éticas clasificadas como “sagradas” (los tabúes son el ejemplo más claro) son eficaces porque se manifiestan de forma similar a los instintos: cumplimos el mandato de forma automática, racionalizando a posteriori lo que es en principio un impulso visceral (el canibalismo es tabú, la Patria es lo primero, el poder es para el pueblo…).

  Las pautas de lo “sagrado”, en las sociedades civilizadas, se asignan de arriba a abajo, normalmente es la jerarquía social la que impulsa los cambios que, a su vez, llegan a ésta por tortuosos caminos. En último término toda sociedad requiere de paradigmas sagrados abstractos que puedan ser manejados a distintos niveles y que supongan la fuente y justificación de los mandatos éticos: Dios, la nación, los antepasados… la racionalidad científica. Estos paradigmas abstractos se desarrollan en doctrinas o mitologías culturalmente transmitidas que acaban por arraigar en el subconsciente.

  ¿Qué nos ofrece, entonces, este paradigma de “lo sagrado” construido a partir de la concepción de una naturaleza emergente que se opone a la concepción determinista –el embrujo de Galileo?

  Por ejemplo, en economía

Hay una red económica de bienes y servicios, donde cada bien tiene vecinos que son sus complementos y sustitutos. La estructura de la red crea nuevos nichos económicos en sus adyacentes posibles para bienes inéditos, nuevas mercancías y servicios, de manera que la diversidad económica se ha expandido. La estructura de la red económica gobierna en parte su propio crecimiento y transformación
 
  Por ejemplo, ante el problema de la violencia y agresividad humanas.
 
Puesto que matar es parte de nuestra herencia, ninguna civilización global emergente podrá permitirse ser siquiera remotamente utópica. Necesitaremos un poder legítimo, político, militar, económico, para prevenir o limitar el baño de sangre que estamos tan dispuestos a desencadenar. Probablemente necesitaremos tal poder para un futuro indefinido

   La conclusión es que no queda muy clara la diferencia entre lo que se denomina “determinismo” y este “emergentismo”, que sus repercusiones sociales parecen, cuando menos, dudosas, y que no parece capaz de aportar, de momento, un nuevo paradigma cultural.

  Decir que porque “matar es parte de nuestra herencia” estamos condenados a requerir siempre el uso de la fuerza estatal suena casi más que a determinismo, a fatalismo o incluso a la “falacia naturalista”. Igualmente, la idea de “Dios” como encarnación de la naturaleza creativa incesante de la naturaleza no se ve qué puede aportar a la vida del que cree en tal divinidad “reinventada”. Si no se le puede rezar, si no hace milagros, si no nos aporta mandatos morales… queda como una fórmula poética un tanto pobre. Lo peor de toda esta visión a nivel social es que no nos aporta racionalmente mandatos de tipo moral: de lo “adyacente posible” puede surgir cualquier cosa…

  Lo que sí aporta de positivo la teoría de Stuart A. Kauffman es la voluntad y la necesidad de hallar un nuevo paradigma ante la insatisfacción y el inconformismo que la falta de cambios despierta en el complejo mundo de hoy, donde todos los paradigmas del pasado han quedado ya obsoletos y el futuro que se va haciendo presente resulta cada vez más decepcionante. Hay que seguir buscando.  

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