jueves, 25 de febrero de 2016

“Autoconstitución”, 2009. Kristine Korsgaard

  Un problema de principio en la búsqueda del comportamiento moral correcto es que no tenemos criterios firmes para juzgarnos a nosotros mismos aparte de los que nos son dados por las instituciones sociales del momento, y la experiencia histórica nos informa de lo peligroso que es ponerse en manos de los mandatos externos. Por tanto, el humanismo exige una concepción de la naturaleza humana universal, y es a partir de ella de donde hemos de desarrollar por nosotros mismos una virtud coherente y duradera. El deseo de ser autónomos, de atenernos a lo que es propio de nuestra naturaleza individual, implicaría volvernos más hacia lo que realmente somos y no tanto a lo que las variantes culturales de cada época nos fuerzan a ser. De esta forma nos aproximaríamos racionalmente a lo que es bueno de forma objetiva.

 ¿Cómo podemos lograr ser nosotros mismos, de acuerdo con nuestra naturaleza real?

A fin de ser una persona –esto es, de tener razones- debes constituirte como una persona en particular (…) Te constituyes como el autor de tu acción en el mismo acto de elegirla (…) La tarea de autoconstitución implica hallar algunos roles y cumplirlos con integridad y dedicación. También implica integrar estos papeles en una sola identidad, en una vida coherente

Si, cuando actuamos, estamos intentando constituirnos a nosotros mismos como los autores de nuestros propios movimientos, y, al mismo tiempo, estamos convirtiéndonos a nosotros mismos en el particular tipo de gente que somos, entonces podemos decir que la función de la acción es la autoconstitución

  “Autoconstitución”, la propuesta de Kristine Korsgaard, supondría el construirse a sí mismo como persona. A primera vista, éste es el afán de todo individuo dotado de amor propio, pero

el tipo de unidad que es necesaria para la acción no puede ser conseguida sin un compromiso por la moralidad. La tarea de la autoconstitución, la cual es simplemente la tarea de vivir una vida humana, nos situa en una relación con nosotros mismos –ello quiere decir que interactuamos con nosotros mismos (…) La única forma en la cual podemos constituirnos es gobernándonos a nosotros mismos de acuerdo con principios universales que se puedan desear como leyes para todos los seres racionales

  La autoconstitución, como pauta unificadora de nuestros actos dispersos, sería la guía que puede acercarnos a la virtud, es decir a principios universales que se puedan desear como leyes para todos los seres racionales ¿Qué poder tenemos para enfrentarnos a las fuerzas psicológicas del entorno?, ¿cómo podemos ejercer la voluntad de autoconstituirnos como seres morales de un valor objetivo?

Nuestra consciencia del funcionamiento de los fundamentos de nuestras creencias y acciones nos da control sobre la influencia de tales fundamentos en sí mismos. El primer resultado del desarrollo de esta forma de autoconsciencia es la liberación del control del instinto
 
   Si hemos de liberarnos de la presión de nuestro entorno y si hemos de liberarnos de la presión de nuestro instinto, lo que nos queda es un referente de racionalidad… evidentemente informada por la experiencia de nuestra cultura, pero aun así capaz de dar lugar a una visión moral propia, individual y coherente con una naturaleza universal.

El rasgo distintivo de los seres humanos, la razón, es (…) la capacidad para un auto-gobierno normativo

La razón es un poder que tenemos en virtud de un cierto tipo de autoconsciencia –consciencia de los fundamentos de nuestras propias creencias y acciones. Esta forma de autoconsciencia nos da una capacidad para controlar y dirigir nuestras creencias y acciones de la que los otros animales carecen, y que nos hacen activos de una forma en la que ellos son incapaces

La razón no es lo mismo que la inteligencia (…) [La razón] existe solo cuando nos hacemos autoconscientes, cuando miramos hacia dentro, cuando nos enfrentamos con problemas normativos y debemos decidir lo que vale la pena hacer a fin de lograr algo. Es la razón, no la inteligencia, la que nos pone en el ámbito de lo normativo

  ¿Podría la fragilidad de nuestras circunstancias personales estar a la altura de nuestra voluntad de autoconstituirnos moralmente mediante el mero uso de la razón?

  Veamos un ejemplo clásico que la autora nos da referido a la disposición moral. Imaginemos un joven aristócrata ruso del siglo XIX que, seguidor aparente de la doctrina tolstoiana, se compromete a sí mismo a entregar sus propiedades a los campesinos en cuanto tenga el poder para ello… pero temiendo que al transcurrir el tiempo su carácter cambie, hace jurar a su esposa que ella lo forzará entonces, en todo caso, a mantener su compromiso de juventud…

Sus esfuerzos como un hombre joven están dedicados a asegurar que gane su “yo más joven” y que su “yo más viejo” pierda. Su alma en consecuencia se caracteriza por la guerra civil, y es por eso que fracasa como un agente, y su ”joven yo” no puede ser eficaz sin la ayuda de la esposa. Pero, por la misma razón, él, su “yo completo”  en el momento actual, es incapaz de interactuar con su esposa

  Es decir, que la moralidad no solo se invalida por el cambio de personalidad, sino que la misma personalidad se invalida por su incoherencia. No puede seguir siendo persona si deja de actuar. Si su “yo primero” actúa al tomar una decisión moral, su “yo segundo”, al haber dejado de actuar (y depender de la acción de otros, que le “fuerzan” a seguir un camino en particular), ya no constituye la misma persona. Para existir como persona hemos de actuar en todo momento, pues es la acción la que nos constituye. Pero no cualquier tipo de acción, sino la acción racional, racionalmente moral.

[Según Kant] una mala persona no es después de todo una que es impulsada por el exterior, o que se le fuerza a actuar por sus deseos e inclinaciones. En lugar de eso, una mala persona es una que es gobernada por lo que Kant llama el principio del amor propio. La persona que actúa por el principo del amor propio elige actuar tal como le impulsa la inclinación: toma sus inclinaciones, sin reflexión posterior, como si fuesen razones para la acción. ¿Por qué es el principio del amor propio la ley errónea?: la ley errónea debe ser aquella que falla en constituir la agencia de la persona, y que por tanto falla en hacerla autónoma y eficaz.

  La aparición de este tipo de principios filosóficos obedece a una necesidad psicológica: la de buscar una pauta estructural objetiva del comportamiento moral. Lo que sea moral o no lo conocemos por el entorno, de manera que nuestra actitud es siempre manipulable, y lo que necesitamos es encontrar una referencia en nuestro propio comportamiento, con independencia del contenido en particular, que nos mantenga en la actitud que más nos garantice no equivocarnos, es decir, llevar a cabo una elección racional –mediante la acción- de entre todo lo que el entorno nos ofrece.

A fin de ser un agente, necesitas estar unificado –necesitas poner todo tu yo, por así decirlo, detrás de tus movimientos (…) Eso es lo que es la deliberación: un intento de reunir un conjunto de movimientos que contarán como tuyos. Y a fin de reunirlos, has de tener una constitución, y tus movimientos han de surgir de tu control constitucional sobre ti mismo

Cuando preguntamos por la razón [de algo] no estamos solo preguntando qué propósito era servido por el acto –estamos preguntando por un propósito que da sentido a toda la acción

 Actuar como agente, autoconstituirnos como agentes, significa acceder a una coherencia psicológica que trasciende el burdo amor propio al tiempo que niega las actitudes encontradas que se darían dentro una psique no coherente, no autoconstituida. ¿Cómo podemos saber si estamos obrando de forma moral? Según esta visión, lo sabemos si obramos coherentemente con nosotros mismos siguiendo nuestra razón, construyéndonos como individuos diferenciados con el material que nos proporciona el conocimiento racional.

El agente malvado actúa en base al principio del amor propio, que es el principio de seguir sus deseos hasta donde le lleven

  El amor propio, en cambio, que solemos malinterpretar como desarrollo de la individualidad, se basa en la afirmación de una subjetividad sin contenido, formada por meros impulsos instintivos, no racionales.

La ley moral está construida exactamente sobre la actividad por la que, por virtud de ser humanos, estamos necesariamente comprometidos: la actividad de hacer algo de nosotros mismos. La ley moral es la ley de autoconstitución, y como tal, es un principio constitutivo del ser humano mismo

  Afirmarse como voluntad frente a los demás –amor propio- no es lo mismo que afirmarse como individuo mediante un contenido coherente de actitudes, pautas y visión del mundo, porque en el segundo caso, el del agente autoconstituido, estamos aportando una posibilidad de entendimiento racional con nuestros semejantes (la moralidad), que es todo lo contrario de la autoafirmación egoísta vacía de contenido que caracteriza al amor propio.

Si te constituyes bien a ti mismo, si eres bueno en ser una persona, entonces serás una buena persona. La ley moral es la ley de la autoconstitución

La meta de actuar racionalmente se da por sentada: pero hay fuerzas dentro de nosotros, deseos indomables, que a veces interfieren con nuestra capacidad para alcanzar esta meta. Es solo entonces cuando debemos ejercer el autocontrol

  Naturalmente, no todos extraerían las mismas conclusiones acerca del contenido de ese “ser una persona”, un ser autoconstituido de acuerdo con principios universales que se puedan desear como leyes para todos los seres racionales. Pero, en todo caso, el llamado a la autorresponsabilidad, a la racionalidad y a la consciencia de que necesitamos un orden moral a la vez universal y a la vez personal siempre es oportuno y puede ayudarnos a elegir mejor…

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