lunes, 3 de noviembre de 2014

“La rectitud de la mente”, 2012. Jonathan Haidt

  Aunque el propósito de este libro podría considerarse que es justificar la división ideológica entre liberales y conservadores tan típica del sistema político estadounidense con ayuda de la psicología evolutiva (en un intento de redimir a los conservadores ante las élites más ilustradas), Jonathan Haidt recurre para ello a un estudio muy detallado del comportamiento moral humano que vale la pena conocer.

  Ante todo, se nos muestra que la capacidad humana de emitir juicios morales para determinar la rectitud del comportamiento no es una invención social, sino que forma parte de nuestra naturaleza innata.

Una obsesión por la rectitud (que lleva inevitablemente al autocontrol) es la condición humana normal. Es un rasgo de nuestro origen evolutivo

Nuestra mente sentenciosa hizo posible que los seres humanos y no los otros animales dieran lugar a grandes grupos, tribus y naciones cooperativos sin necesidad de que el vínculo de la estirpe los mantuviera unidos. Pero, al mismo tiempo, nuestras mentes sentenciosas garantizaban que nuestros grupos cooperativos estarían siempre malditos por la pugna moralista. Cierto grado de conflictos entre grupos podría incluso haber sido necesario para la salud y desarrollo de cualquier sociedad. 

  Continúa después Haidt con una llamativa comparación (no es invención suya) acerca de la auténtica naturaleza de nuestros juicios morales:

“Las intuiciones vienen primero, el razonamiento estratégico viene después”. Para explicar este principio uso la metáfora de la mente como un jinete (razonamiento) montado en un elefante (intuición), y sostengo que la función del jinete es servir al elefante.(…) El jinete es nuestra racionalidad consciente –la corriente de palabras e imágenes de las cuales somos del todo conscientes. El elefante es el otro 99% de nuestros procesos mentales que ocurren fuera de nuestra consciencia pero que en la realidad gobiernan la mayor parte de nuestro comportamiento.

  Así tenemos que Haidt se califica de “intuicionista”, tanto como también lo era su eximio predecesor David Hume. Se nos demuestra, bastante convincentemente, que los juicios morales del individuo tienen por origen inmediato las intuiciones, y que éstas responden tanto al propio temperamento innato como al condicionamiento cultural. Que la intuición predomine sobre la razón es, en el fondo, imprescindible a fin de poder contar con una toma de decisiones eficaz.

Imagine cómo sería su vida si en cada momento, en cada situación social, elegir lo correcto para hacer o decir fuese como elegir la mejor lavadora entre diez opciones, minuto a minuto, día tras día. Usted tomaría decisiones estúpidas.(…) El razonamiento requiere de las pasiones.

    Lo que, a partir de ahí, una vez tomadas las decisiones rápidas imprescindibles, pudiera hacer la razón, es bastante discutible. En cualquier caso, los juicios morales parecen seguir unos cuantos cauces prefijados que son regidos por la intuición bajo las condiciones variables del entorno cultural.

  Jonathan Haidt considera que hay unos seis valores de juicio innatos a nivel moral (se pueden también comparar a los sabores) y que es a partir de estos seis valores –o “sabores”- como se forman los sistemas morales en una sociedad determinada… o en un entorno cultural determinado (pueden coexistir diversas sub-culturas con sistemas morales diferentes dentro de una misma sociedad).

Las moralidades seculares occidentales son como guisos que intentan activar solo uno o dos receptores (sabores)- o bien preocupación por el daño y el sufrimiento, o bien preocupación por la amabilidad y la injusticia (juego limpio). Pero la gente tiene muchas otras poderosas intuiciones morales, tales como las que se refieren a la libertad, lealtad, autoridad y santidad.

  Enumerémoslas todas:

Cinco buenos candidatos para ser los  receptores de “sabor” de la rectitud de la mente son el cuidado o asistencia a los demás ("Care"), el juego limpio, la lealtad, la autoridad y la santidad.

  A esas cinco intuiciones morales básicas, se añade otra:

El fundamento moral Libertad/Opresión que yo propongo evolucionó en respuesta al desafío adaptativo de vivir en pequeños grupos con individuos que tenderían, si se les diera la oportunidad, a dominar, intimidar y coaccionar a otros. 

  Alcanzado este nivel de simplificación, veamos ahora cómo funcionan estos seis valores básicos dentro de la naturaleza humana estándar. Para ello tenemos que imaginar la existencia de una serie de “módulos” y “disparadores” a nivel emocional y cognitivo dentro de la mente de cada individuo.

Muchos animales reaccionan con miedo la primera vez que ven una serpiente porque sus cerebros incluyen circuitos neurales que funcionan como detectores de serpientes. (…) Un modulo cognitivo evolucionado –por ejemplo, un detector de serpientes, un dispositivo de reconocimiento de rostros- es una adaptación para un tipo de fenómenos que presentan problemas u oportunidades en el entorno ancestral de la especie. Su función es procesar un tipo dado de estímulo o información.

  Es decir, los animales (también los humanos, por cierto) cuentan con módulos cognitivos innatos que reaccionan emocionalmente (disparador) cuando los sentidos detectan una serpiente. Los valores morales funcionan aproximadamente igual. Los seis valores morales que describe Haidt (Cuidado, Juego Limpio, Autoridad, Lealtad, Santidad y Libertad) son módulos cognitivos que se disparan emocionalmente cuando se detecta en nuestro entorno una conducta inequívoca referida a ellos que se considera como amenaza.

Las emociones se producen por pasos, el primero de ellos es la apreciación de algo que acaba de suceder basada en el principio de si hace avanzar o entorpecer que uno alcance sus fines. Estas apreciaciones son un tipo de procesamiento de información; son cogniciones.

  Cada uno de estos seis valores morales tendría su origen en el comportamiento del Homo Sapiens ancestral, consolidado por milenios de evolución y selección natural.

  Lo que llama Haidt “Cuidado” (Care) se refiere a la tendencia innata humana de asistirnos y auxiliarnos los unos de los otros (puede estar relacionada en origen con la maternidad y paternidad, el condicionamiento por la larga y compleja crianza de los bebés humanos), el “Juego Limpio” (Fairness) se refiere a una interactuación proporcionada y empática entre individuos. Es también asistencia, pero no ante un individuo pasivo, sino ante un semejante activo de quien esperamos una apreciación de nuestra ayuda.

Todo el mundo se preocupa acerca del juego limpio, pero lo hay de dos importantes clases. Para la izquierda política, juego limpio frecuentemente implica igualdad, pero en la derecha implica proporcionalidad –la gente debería ser recompensada en proporción a lo que ellos pueden contribuir, incluso si eso garantiza rendimientos desiguales.

  Aquí ya podemos detenernos en la crítica de Jonathan Haidt referida al pensamiento “izquierdista” o “liberal” (en el sentido estadounidense) que, según él, sería como un guiso en el que contaran solo dos sabores (valores): el del altruismo o cuidado por el bienestar ajeno, y el del juego limpio en la interactuación. En cambio, la moralidad conservadora daría una importancia igual a los valores de autoridad, lealtad, santidad y libertad.

  Los valores de autoridad y lealtad pueden parecernos propios de la disciplina militar, vitales para la vida propia de los grupos de hombres primitivos, en guerra permanente contra grupos rivales. Para que el grupo se mantenga unido y triunfe, debe someterse a la autoridad (aunque ésta no parezca cuidar de nosotros, ni jugar limpio siempre) y también fomentar la lealtad por el grupo mismo, no por cada uno de los individuos.

Autoridad no debe ser confundido con poder. Incluso entre los chimpancés, donde las jerarquías de dominio son de hecho relacionadas con el puro poder y la capacidad para infligir violencia, el macho alfa desempeña algunas funciones benéficas, tales como asumir el control: resuelve algunas disputas y suprime muchos de los conflictos violentos que surgen cuando no existe un claro macho alfa.

  Haidt nos asegura que estos valores siempre serán necesarios:

Cuando hablo a audiencias liberales sobre las tres fundamentaciones “vinculantes” –lealtad, autoridad y santidad- encuentro que muchos de la audiencia activamente rechazan estas preocupaciones como inmorales. La lealtad a un grupo restringe el círculo moral; es la base del racismo y la opresión. Autoridad es opresión. Santidad es una superchería religiosa cuya única función es suprimir la sexualidad femenina y justificar la homofobia.

  Hagamos una salvedad en lo que se refiere a “santidad”, porque los “liberales” también han creado valoraciones de “santidad” en temas como los derechos humanos.

El fundamento de la santidad nos hace fácil contemplar algunas cosas como “intocables”, tanto en un mal sentido (porque algo está tan sucio o contaminado que queremos mantenerlo lejos) como en un buen sentido (porque algo es tan sagrado, que queremos protejerlo de la profanación )(…) Cualquiera que fuesen sus orígenes, la psicología de lo sagrado ayuda a vincular a los individuos en comunidades morales.

  Esta idea de la “santidad”, de lo “sagrado” o “intocable”, parece un fundamento del comportamiento moral en todas las culturas y puede adaptarse a casi cualquier creencia (líneas rojas que no pueden sobrepasarse, acciones intolerables).

Los liberales son frecuentemente suspicaces en lo que se refiere a los llamados a la lealtad, la autoridad y la sacralidad, si bien ellos no rechazan estas intuiciones en todos los casos (piénsese en la santificación de la naturaleza)

   Lo que resulta más discutible es lo referente a los otros dos valores “vinculantes”, los de autoridad y lealtad. Jonathan Haidt no resulta convincente en su defensa.

Los conservadores creen que las personas son inherentemente imperfectas y están predispuestas a actuar mal cuando se han eliminado todas las coerciones y garantías.

   Es decir, que partiendo de una visión fatalista de la condición humana (siempre predispuestos a actuar mal) se justifica que se coarte a los potenciales transgresores y se alienta a mantener el grupo unido mediante la garantía de la autoridad y la lealtad. Esto favorece a quienes detentan la jefatura dentro de la organización jerarquizada (la autoridad a la que los que obedecen han de ser leales) así que uno se pregunta: ¿no pondrán ellos algo de su parte para mantener esta situación, incluso cuando no sea necesaria, y por eso les interesa hacer creer que las personas son inherentemente imperfectas y están predispuestas a actuar mal?

  Haidt tiene más argumentos por el mismo estilo…

Cualquier cosa que vincula a la gente en densas redes de confianza hace a la gente menos egoísta.

   Esto nos retrotrae siempre a la Horda de Homo Sapiens (y de chimpancés), con el macho alfa y la cohesión de grupo… que incluye la eliminación de los disidentes (desleales).

Necesitamos a los grupos, amamos a los grupos y desarrollamos nuestras virtudes en grupos, incluso si estos grupos necesariamente excluyen a los no miembros. Si destruyes todos los grupos y disuelves toda la estructura interna, destruyes tu capital moral (base de la confianza).

   Pero se nos ocurre que una confianza basada en las coacciones de la autoridad y de la lealtad quizá no sea tan deseable como lo sería una confianza basada en la mutua empatía y en creencias culturales del tipo “Cuidado” (o Altruismo) y “Juego Limpio”. Y estas también están arraigadas en los instintos. También podrían ser aceptables para un intuicionista.

El ámbito de la moral varía según la cultura (…)La gente tiene a veces sentimientos viscerales, particularmente hacia el asco y la ofensa, que pueden dirigir su razonamiento. (…) El aprendizaje cultural o guía debe jugar un papel más importante del que le han dado las teorías racionalistas.

  El aprendizaje cultural puede basarse en presupuestos racionalistas a fin de diseñar una cultura que fomente las intuiciones altruistas. ¿No es éste el papel tradicional de las religiones, sobre todo en el caso de las religiones doctrinales, que parten de presupuestos moralistas de tipo racional?

La religión es (probablemente) una adaptación evolutiva para unir a los grupos y ayudarlos a crear comunidades con una moralidad compartida

 El diseño de los diferentes sistemas morales de cada una de las culturas es variable y esta variación (en las intuiciones) puede ser comprendida hoy de forma racional, de la misma forma que era comprendida en el pasado de forma intuitiva (una intuición comunitaria acerca de las intuiciones individuales) mediante la propagación de nuevas doctrinas morales… normalmente mediante estrategias religiosas

¿La gente cree en los derechos humanos porque tales derechos existen realmente, como verdades matemáticas, sentadas en un estante cósmico junto con el teorema de Pitágoras solo esperando que sea descubierto por razonadores platónicos? ¿O la gente siente repulsión y simpatía cuando leen relatos sobre tortura, y entonces inventan una historia sobre los derechos universales para justificar sus sentimientos? 

  Para que la gente sienta repulsión y simpatía cuando leen relatos sobre tortura tiene que darse alguna circunstancia más aparte del acto de leer el relato (los romanos que acudían a los crueles espectáculos de sus circos no sentían despertar en ellos sentimientos acerca de los derechos humanos). Los sentimientos tienen un origen más complejo, y aunque los derechos humanos no se descubren mediante el razonamiento, tampoco surgen espontáneamente como intuición.

  Estando el intuicionismo acertado en general, lo que no se puede negar es que, a lo largo de la geografía y de la historia, los “centros emotivos” de los cerebros de los individuos que viven en diferentes culturas han dictado diferentes sentimientos morales en forma de las correspondientes intuiciones, y que el origen de estas modificaciones de lo intuitivo se encuentra, en buena parte, en procesos racionales que dan lugar a fenómenos culturales complejos que en general toman forma simbólica.

La variación cultural en moralidad puede ser explicada en parte por considerar que las culturas pueden comprimir o expandir los disparadores reales de cualquier módulo. Por ejemplo, en los pasados cincuenta años, la gente en muchas sociedades occidentales ha llegado a sentir compasión en respuesta a muchas clases de sufrimiento animal, y ha llegado a sentir asco en respuesta a muchas menos clases de actividad sexual. Los disparadores reales pueden cambiar en una sola generación, incluso cuando podría llevar generaciones de evolución genética alterar el diseño del módulo y sus disparadores originales.

  Por lo tanto, un intuicionista debería no predicar el conformismo, como hace Haidt, sino utilizar sus conocimientos para difundir más ambiciosos métodos de control de estos mecanismos emocionales –módulos, disparadores, valores- a través de los cuales se manifiestan, como intuiciones, las diversas variables de sistemas morales.

   Es racional, por ejemplo, que busquemos disminuir la agresividad para fomentar la cooperación, y está en nuestra capacidad contribuir a ello, puesto que sabemos racionalmente que los disparadores reales pueden cambiar en una sola generación. Esto puede acabar llegando a los módulos emotivos de la mente del ser humano si se utilizan estrategias psicológicas de seducción que pueden ser las propias de la religión (historias míticas, adoctrinamiento, oración, liturgias, rituales…), o bien la influencia más gradual de la educación o cualquier nueva estrategia que pueda descubrirse en el futuro. No estamos indefensos ante las intuiciones porque podemos diseñar –racionalmente- estrategias de aprendizaje y reaprendizaje que modifiquen sus manifestaciones.

  El "izquierdismo" (no queda claro a qué llama Haidt de esta forma) tiene razón en el sentido de que los valores de Cuidado y Juego Limpio son necesarios por encima de los que son de tipo negativo: la libertad sirve para evitar que te opriman otros seres humanos, la lealtad sirve para que otros te ayuden a defenderte del ataque de otros seres humanos, la autoridad sirve porque también nos ayuda a defendernos de la misma amenaza de otros seres humanos y decretar la sacralidad de ciertas cosas nos defiende de la desconsideración por parte de otros seres humanos; es decir: se trata de valores importantes solo en la medida en que los otros seres humanos carecen de una fuerte implicación emocional con respecto a los valores positivos del “Cuidado” y el “Juego Limpio”. Si la cultura humana de nuestro entorno se guiara meramente por intuiciones de “Cuidado” y “Juego limpio”, no necesitaríamos para nada de sacralidad, autoridad, lealtad ni libertad.

  En los valores “liberales” el ser humano es la solución del otro ser humano. En los valores más “conservadores” el ser humano es el problema para el otro ser humano.

  Pero el “izquierdismo” (o “liberalismo”) se equivoca a la hora de utilizar medios políticos para intentar promover una humanidad que se guíe solo por los valores de cuidar de los demás y cooperar amistosamente con los demás. Esto no puede hacerse ni con prohibiciones legales (política) ni con voluntarismo. Solo puede lograrse mediante la transformación genuina de los mencionados módulos y disparadores neurales que funcionan a nivel intuitivo (aprendizaje y reaprendizaje). Los cambios a este nivel del comportamiento no tienen mucho que ver con el ámbito de lo político sino con la psicología más privada que todos compartimos y en la que las diferencias entre individuos llegan a nivel temperamental. Solo considerando la naturaleza de este ámbito podemos considerar cómo operar sobre él, sea modificando el entorno material (creando más riqueza, por ejemplo), o interviniendo directamente en las mentes mediante estrategias psicológicas (como hacen la religión y la educación).

El nivel más básico de nuestras personalidades, llamado “rasgos disposicionales”, es la variedad de amplias dimensiones de la personalidad que se muestra en situaciones muy diferentes y que es bastante consistente desde la infancia hasta la edad adulta. Se trata de rasgos tales como sensibilidad a la amenaza, búsqueda de la novedad, extraversión y conciencia. Estos rasgos no son módulos mentales que algunas personas tienen y de las que otros carecen, sino que son más bien como ajustes en los mandos de los sistemas neurales que todo el mundo posee. 

  Haidt nos explica que existe cierta correspondencia entre tales rasgos y las opciones morales. Una de las características de las doctrinas morales –especialmente las religiosas- es que seleccionan individuos influyentes con tales rasgos para fortalecer sus propios modelos culturales o subculturales: pensemos en el caso de frailes y sacerdotes.

  Quizá el camino esté ahí: cómo crear (racionalmente) subculturas modernas, coherentes y efectivas, que funcionen en base a los valores morales más positivos, de forma que acaben evolucionando por sí mismas e influyendo a la larga en toda la sociedad. Todas las religiones moralistas de tipo compasivo, tan exigentes en el desarrollo de los módulos de “Cuidado” y “Juego limpio”, acabaron creando instituciones de tipo monástico como forma de estimular el desarrollo del autocontrol bajo condiciones únicas. Este proceso es probablemente responsable de buena parte de los éxitos del progreso social en Occidente y el mundo.

  Jonathan Haidt ha puesto el ejemplo del cambio de módulo en el caso de la aceptación social del maltrato a los animales. También se puede poner el ejemplo de las burlas que antes se hacían a los minusválidos o a los homosexuales. Nada de eso ha surgido de iniciativas políticas. Simplemente, han cambiado “las costumbres” y, si acaso, la política, como un factor más, ha contribuido a extender y reconocer el cambio (venciendo las resistencias de algunos más reacios).

La variación cultural en moralidad puede ser explicada en parte por considerar que las culturas pueden comprimir o expandir los disparadores reales de cualquier módulo.

  Por tanto, se debería trabajar en la medida de lo posible para influir en tales variaciones culturales teniendo en cuenta las más sutiles implicaciones del comportamiento privado a la hora de afrontar los cambios en módulos y disparadores.

  Existe hoy la expectativa de que el fenómeno persistente y progresivo de la educación, la ilustración y el progreso tecnológico lleven a ello al cabo del tiempo. Pero la herramienta más potente para tales cambios, cuya eficacia está contrastada por el registro histórico, es la religión. Porque la descripción de religión por parte de Jonathan Haidt es incompleta, al fijarse únicamente en que es favorecedora del grupalismo.

Nosotros los humanos tenemos una extraordinaria habilidad para cuidar de las cosas más allá de nosotros mismos, para abordar esas cosas junto con otras personas y en el proceso vincularnos en equipos que pueden perseguir proyectos más grandes. La religión es sobre todo esto. Y, con unos pocos ajustes, también la política es sobre esto. 

  No. La religión no es “sobre todo” eso. La religión, sí, une a los individuos, al igual que puede hacerlo cualquier estructura identitaria que fomente el grupalismo (de tipo territorial, lingüístico, racial, gremial…), pero lo que a la religión le da su extraordinario poder para influir en el comportamiento humano es su capacidad para crear efectos emocionales automáticos, de tipo afectivo, dentro de cada individuo a partir de un entramado simbólico de índole ética. La aparición de las “religiones compasivas” hace dos mil quinientos años (el budismo y el cristianismo, sobre todo) supuso una transformación gradual de los módulos y disparadores de la mente humana a nivel moral (por supuesto, la aparición de estas religiones compasivas surgió a su vez como algo que era demandado por una sociedad que se había hecho más compleja, sobre todo por el aumento del tamaño de las ciudades).

  El gran poder de la religión para unir a los individuos en grupos radica en que los individuos se acercan a ella en la esperanza (racional) de que las estrategias religiosas nos harán mejores como individuos en cuanto a nuestras relaciones interpersonales.

En el trabajo voluntario la gente religiosa hace mucho más que la gente secular,  y la mayor parte de este trabajo es hecho por sus organizaciones religiosas, o al menos se hace a través de ellas. Hay también alguna evidencia de que la gente religiosa se comporta mejor en experimentos de laboratorio –especialmente cuando ellos trabajan los unos con los otros. (…)El sentido común nos diría que cuanto más tiempo y dinero dé la gente a sus grupos religiosos, menos les quedaría para todo lo demás. Pero el sentido común resulta estar equivocado (…) Por supuesto que la gente religiosa da mucho a la caridad religiosa, pero ellos también dan tanto o más que la gente secular a la caridad secular. (…) La única cosa que está poderosamente y de manera fiable asociada con los beneficios morales de la religión es cómo de implicada estaba la gente en sus relaciones con sus correligionarios. Son la amistad y las actividades de grupo, llevadas a cabo dentro de una matriz moral, lo que enfatiza el desprendimiento. Eso es lo que saca lo mejor de la gente.

La principal forma en que podemos cambiar nuestras opiniones en cuestiones morales es al interactuar con otra gente.

  Precisamente, por basarse en su capacidad para mejorar las relaciones interpersonales, las religiones pueden influir en la moralidad desarrollando nuestras intuiciones de “Cuidado” y “Juego limpio”. El cristianismo no ganó la carrera a las otras religiones que competían en el Imperio Romano  por la brillantez teórica de su doctrina, sino porque sus presupuestos doctrinales eran los que más facilitaban el establecimiento de redes sociales basadas precisamente en los dos valores mencionados que Haidt asigna a los “liberales”.

   Haidt también malinterpreta interesadamente otra evidencia del comportamiento moral humano:

La naturaleza de la selección de grupo es suprimir el egoísmo dentro de los grupos para hacerlos más efectivo al competir con otros grupos.

  El suprimirse el egoísmo dentro de los grupos de acuerdo con un instinto ancestral de competencia entre grupos no implica necesariamente una competencia real entre grupos en el mundo de hoy. Los primeros cristianos, por ejemplo, desarrollaron fantasías doctrinales efectivas como la lucha contra el pecado y el Diablo (del tipo “odiar el delito y compadecer al delincuente”). Pensemos también en la ambigüedad del concepto islámico de “yihad”, la guerra santa del creyente que lo mismo puede significar la guerra efectiva contra los infieles como la guerra metafórica del hombre virtuoso contra el pecado.

  Una concepción superficial de la religión como mero “pegamento grupal” nos equivoca por completo a la hora de identificar un factor decisivo para el cambio de tipo moral.

Sería hermoso creer que los humanos estuviéramos diseñados para amarnos los unos a los otros incondicionalmente. Bonito pero bastante improbable desde una perspectiva evolutiva. El amor localista, dentro de grupos, amplificado por la similaridad, un sentido de destino compartido y la supresión de los parásitos, puede ser lo más que podemos lograr.

  Este planteamiento tendencioso contradice incluso la idea de que los seres humanos siguen evolucionando culturalmente. Y, por lo demás, no sorprende nada en lo que tiene de conservador. También los más brillantes moralistas del siglo XVIII  (Voltaire o Jefferson) concebían imposible superar ciertos límites en las libertades (por ejemplo, el sufragio universal, la igualdad racial o de las mujeres, la prevalencia del interés público sobre la propiedad privada) que hoy están ya sobradamente alcanzados.

  Desde una perspectiva evolutiva vemos que ya se han producido enormes cambios culturales a nivel moral en el pasado, de modo que desde una perspectiva evolutiva otros enormes cambios culturales a nivel moral podrán producirse en el futuro. Y es muy probable que tendrán poco que ver con la política.

  En determinadas culturas se han establecido marcos éticos que favorecen el racionalismo también a nivel intuitivo. Es decir, que se han hecho necesarias la apariencia y la reputación de ser racionales. El cristianismo, por ejemplo, predica la bondad, pero también el juicio recto, ya que los mandamientos y obras de misericordia evangélicos funcionan a modo de corolarios y premisas de los cuales han de derivarse racionalmente todos los demás mandatos morales.

Juicios razonados independientes son posibles en teoría pero muy raros en la práctica (…) La razón es el sirviente de las intuiciones

   Sin embargo, podemos educar racionalmente a nuestras intuiciones. La psicoterapia (que equivale al reaprendizaje emocional) es un buen ejemplo de ello: un hombre fumador asume racionalmente los inconvenientes de su hábito, pero no puede reprimir su compulsión. Entonces, por su propia decisión racional, acude al psicoterapeuta para que  le asista y así, haciendo uso de una serie de estrategias, se consiga el cambio de suprimir las intuiciones que racionalmente ya había juzgado erróneas. El resultado al final –si se hace bien- logra convertir  en intuitivo lo que en un principio era "solo" racional.

   La religión es en buena parte un método tradicional de hacer lo mismo: los reyes amparaban a los frailes y sacerdotes con la idea de que su predicación ayudaría a hacer a sus súbditos más pacíficos, productivos y cooperativos.

    El ateísmo no contradice la religión. La religiosidad también puede ser atea de la misma forma que un psicoterapeuta ateo puede recomendar a un paciente creyente que rece para que Dios le dé fuerzas en la empresa de reeducar sus emociones. La religión es esencialmente el método, la estrategia (que incluye creencias, sensibilidades y estilo de pensamiento), mientras que las elecciones políticas, a las que tanta importancia le da Haidt en su estudio de la moral, suponen poco más que una consecuencia secundaria de las intuiciones morales preexistentes. El marxismo soviético no logró cambiar el comportamiento moral de los ciudadanos mediante la política pese a que pretendía exactamente eso (dar paso al “hombre nuevo”).

    El hecho es que las diversas sociedades humanas, a lo largo del tiempo y del espacio, muestran una gran variedad de sistemas morales. Esos cambios, pues, llegan a darse… aunque Jonathan Haidt no parece muy interesado en averiguar cómo podemos influir en que se sigan dando. Sí sabe (y nos lo demuestra) que la política no influye gran cosa en ello, pero a partir de ahí adopta una actitud conformista y no aporta luz alguna en cuanto a alternativas.

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