viernes, 15 de mayo de 2026

“Cristiandad”, 2022. Peter Heather

   Este es un libro de historia acerca de la “Cristiandad” con bastantes puntos de vista originales.

   Se cubre el periodo que va desde la aceptación del cristianismo por el emperador Constantino hasta finales de la Edad Media, cuando el Papado romano logra la supremacía religiosa sobre el poder de los reyes de Europa Occidental. Aproximadamente, vamos del siglo IV al XIII.

  La primera originalidad del punto de vista del historiador Peter Heather es que el triunfo cristiano parece más bien consecuencia de una decisión casi caprichosa de Constantino.

La idea de que el cristianismo llevara ya camino de dominar la esfera religiosa del mundo romano en torno al año 300 d. C. no resulta convincente, dado que no hay forma de situar el número total de cristianos por encima del 1 o el 2 % de la población en el momento de la conversión de Constantino (Capítulo 2)

El número de adeptos de la Iglesia cristiana del año 300, poco más o menos, no era lo bastante grande, ni su cohesión suficiente, para pensar siquiera en convertirla en un socio eficaz en la gobernación del mayor imperio que jamás se haya conocido en la Eurasia occidental (Capítulo 1)

La Iglesia preconstantiniana del año 300, poco más o menos, seguía siendo una corriente relativamente reducida de creyentes de una sinceridad rigurosa, marcados por unas normas conductuales y unos rituales draconianos, que además de ser de obligado cumplimiento requerían largos períodos de tiempo y podían resultar potencialmente humillantes (en el caso de las faltas graves).(…) En el transcurso de los siglos IV y V, en los que el cristianismo fue evolucionando hasta convertirse —sin prisa pero sin pausa— en un movimiento religioso de masas, se hizo imprescindible modificar muchas de las antiguas pautas de creencia y disciplina. (Capítulo 1)

  Y en cambio, hubiera podido ser una buena idea la restauración del paganismo por Juliano.

Lo que hizo Juliano fue adoptar algunas de las estructuras típicas del cristianismo emergente y utilizarlas como fundamento de la reorganización de la tradicional religión pagana (…)Juliano creía —y de hecho, tenía que creerlo necesariamente así— que si el cristianismo había revelado ser una religión triunfante era debido a su cohesión estructural, a la impresionante apariencia de santidad de sus sacerdotes, y a sus generosas obras de caridad. (Capítulo 3)

Tan solo una generación antes de que Juliano accediera al trono, las dos terceras partes de las urbes imperiales (es decir, unas mil doscientas) carecían incluso de obispo.(…) Está claro que el emperador tuvo que hacer frente a un amplio abanico de dificultades importantes al intentar unificar los numerosos y muy distintos cultos paganos de su imperio, pero eso no impide que hubiera un gran número de respuestas positivas a las políticas de Juliano (…) A fin de cuentas, llegaría un momento en que otros mecanismos de padrinazgo y coacción notablemente similares se encargarían de transformar a las élites cristianas en clases musulmanas (Capítulo 3)

  Es decir, Constantino se implicó en una apuesta personal que, gracias a su autoridad política habría tenido éxito, pero Juliano pudo haberle dado la vuelta. ¿No supuso entonces el cristianismo “progreso” alguno? El autor parece a veces caer en contradicciones al valorar esto.

La capacidad del cristianismo medieval para generar un sentimiento de unidad en la cultura religiosa de la inmensa mayoría de la población europea (…) es un fenómeno histórico extraordinario (Introducción)

  El caso es que, caído el imperio de los césares, la cristiandad hace pervivir las estructuras autoritarias y la superioridad intelectual de Roma, tratando de proporcionar seguridad y certeza ante el vacío creado.

Tras la conversión de Constantino, la fe cristiana reclutó para su causa los servicios de la filosofía clásica y los mecanismos de coerción cultural del estado imperial para convertirse en un fenómeno teológicamente coherente e institucionalmente eficaz (Introducción)

La caída del imperio romano obligó al cristianismo a evolucionar por vías inéditas (Capítulo 8)

  La salida lógica es que, a la caída del César de Roma, los reyes locales habían de reemplazar su autoridad, pero, inevitablemente, esto se reveló insuficiente. Por otra parte, durante un tiempo, con Carlomagno (y con Justiniano, en el Imperio de Oriente), se intentó recrear un Imperio cristiano.

Por primera vez desde el siglo V, [encontramos] un gobernante occidental [Carlomagno] investido de un grado de autoridad política muy superior al de un soberano común y corriente (Capítulo 9)

  Ni Carlomagno ni Justiniano logran crear imperios duraderos. El mundo cristiano sigue inmerso en la fragmentación política y en el empobrecimiento espiritual. Hasta la simbología cristiana se identifica con el mundo guerrero característico del caos político de la Alta Edad Media.

Habrá que esperar hasta el siglo X para que los autores anglosajones dejen de pintar a Jesús con los rasgos de un hombre de armas (Capítulo 6)

   Sin embargo, parece que un proceso evolutivo dará lugar a que la Iglesia de Roma cree su propia autoridad espiritual que en ocasiones llega hasta a doblegar la autoridad política de los reyes. Éste es, en buena medida, el punto culminante de este libro (y ya estamos en el siglo XIII).

Los decretos del IV Concilio de Letrán no solo nos ofrecen la imagen de un papado que se había apoderado de facto de las riendas de la suprema autoridad religiosa, arrebatándosela a los emperadores en todo el Occidente latino, sino también una amplia definición de los deberes religiosos, tanto del clero local como de sus feligreses laicos (Capítulo 13)

   Este gran éxito del Papado también el autor lo considera en parte fruto del éxito casual. Si Constantino eligió el cristianismo y pudo no haberlo hecho, y si Juliano fracasó y pudo haber tenido éxito, también el triunfo del Papado debe mucho al éxito militar un poco casual de la Primera Cruzada.

  Sin embargo, también se reconoce que el éxito de la Cruzada vino precedido por un gradual incremento del prestigio del Papado. Y esto sucede porque la Iglesia va constituyéndose en una original estructura de sabiduría y poder moral y espiritual, sometiendo la religión cristiana de tiempos de Constantino a grandes transformaciones. 

  Las características que permitieron que la Cristiandad impusiera su superioridad fueron, por una parte, las relacionadas con el racionalismo de lo sagrado y espiritual: la elaboración de la doctrina, la difusión de ésta por sus sacerdotes –ya no meros ejecutores de ritos- y la elaboración de sacramentos y otras invenciones institucionales y espirituales.

El hecho mismo de convocar un concilio revolucionó la toma de decisiones en las más altas estructuras institucionales de la Iglesia. Aunque en el siglo III ya hubieran celebrado sínodos con cierta regularidad algunas congregaciones de la Iglesia (Capítulo 1)

Ahora que el Purgatorio, la penitencia y la piedad sacramental —de acuerdo con las definiciones efectuadas por los teólogos de París— habían formado ya un sistema plenamente desarrollado, no existía ya necesidad alguna de intentar revolucionar las falibles conductas humanas y las prácticas operativas deficientes que pudieran darse entre los miembros del clero. (Capítulo 13)

Al idear la inquisición, las altas esferas oficiales de la Iglesia acababan de desarrollar un mecanismo jurídico cuya eficacia, brutalidad y alcance no tenían precedente (Capítulo 14)

Antes del siglo XII, no existía ninguna definición precisa de lo que era un sacramento, salvo por la indicación de que se trataba de una especie de símbolo de la gracia o el poder de Dios (…) Para Lombardo (…) un sacramento no era ya un simple símbolo de la gracia del Creador, sino un acto que la confería de manera positiva, es decir, una realidad inherentemente portadora de un cierto potencial de energía divina. (Capítulo 13)

A lo largo del siglo X, irían ganando fuerza tanto las peticiones de un celibato total y cuasi monástico como la voluntad de incrementar el control de la sexualidad del clero en general (Capítulo 11)

Una decisión revolucionaria tomada en el concilio de Vaison en 529, Cesáreo convenció a sus colegas de que era preciso dar a los sacerdotes permiso para predicar [algo que antes solo llevaban a cabo los obispos] (Capítulo 7)

En la Pascua de Resurrección del año 1059, el papa Nicolás II congregó a ciento trece obispos en un concilio celebrado en Roma (…) En lo sucesivo, las elecciones debían realizarse únicamente a través de las decisiones de un cuerpo especial formado por un conjunto de clérigos a los que se dio en llamar «cardenales».(Capítulo 11)

  El libro acaba, pues, con el triunfo de la autoridad papal, con una religión capaz de influir en la moral, en la legislación, en el orden político. No se adentra en lo que vendrá después: el estallido del cristianismo reformado –protestantismo- y la consecuencia a medio plazo de la racionalización definitiva de la espiritualidad, que sería la Ilustración y con ella, el mismo fin del cristianismo… que parece que, en el fondo, y a diferencia, por ejemplo, del Islam, es a lo que parece tender esta religión un tanto autodestructiva.

El movimiento religioso mahometano no desarrolló en ningún momento nada que se pareciera al género literario que el cristianismo dio en centrar en la experiencia de la conversión, es decir, en la consciente, paulatina y en ocasiones torturada evolución de las creencias íntimas de la persona, que finalmente desemboca en una epifanía religiosa — según un proceso que en la tradición cristiana encuentra su expresión canónica en las Confesiones de Agustín—. (Capítulo 5)

  Esta tendencia cristiana a la experiencia íntima de la vida religiosa había de llevar más tarde o más temprano al cuestionamiento de la divinidad misma a partir de la razón centrada en esa misma privacidad solitaria. La Vita Apostólica –el cristianismo supuestamente puro en lo moral y espiritual- ya amenaza en este sentido. Al hacerse mundana la espiritualidad institucionalizada por el cristiano del Imperio romano, se produce una reacción dentro de ámbitos más selectos.

¿Dónde encontrar ya esa clase de devoción martirial al Señor en un mundo marcado por un florecimiento del cristianismo efectuado al precio de su simultánea transformación en una religión mucho menos exigente? Para algunos, la respuesta estaba en Antonio y sus ascetas del desierto. (Capítulo 1)

  Pero el florecimiento espiritual de la Edad Media lleva a una Vita Apostólica menos automarginada de la cotidianidad, con consecuencias duraderas en la espiritualidad de masas: son los precedentes directos de lo que más adelante serán el pietismo o puritanismo protestante.

Valdo fundó una orden religiosa, autodenominada de predicadores, centrada en la pobreza y la evangelización: sus propios miembros le dieron el nombre de «Pobres de Lyon». Aproximadamente por esa misma época, un movimiento similar estaba empezando [los “Humilitati”] a adquirir también impulso entre los trabajadores del gremio textil de los pueblecitos del norte de Italia, sobre todo en Milán. (Capítulo 13)

 El cristianismo muere –o evoluciona hacia otra creencia- pero el islamismo sobrevive. ¿Puede sobrevivir la religión si triunfa la sabiduría? ¿Puede en nuestros tiempos sobrevivir una religión que no se oponga a la sabiduría?

Lectura de “Cristiandad” en Editorial Planeta 2024; traducción de Tomás Fernández Aúz 

martes, 5 de mayo de 2026

“El mayor bien que puedas hacer”, 2015. Peter Singer

   Los creadores del movimiento “Altruismo eficaz” se vieron directamente inspirados por la interpretación de Peter Singer de la ética utilitarista. ¿Qué tiene que decir el mismo Singer sobre este movimiento?

[Altruismo eficaz es] una filosofía y movimiento social que aplica la evidencia y la razón a llevar a cabo las formas más efectivas de mejorar el mundo (p. 4)

  Una racionalización del altruismo podría ser un gran paso adelante después de otros procesos culturales de racionalización. Como la racionalización del estudio del mundo natural o la racionalización del buen gobierno político.

  El altruismo es una acción económica individual relativa a la existencia moral –consciencia del conflicto entre el interés individual y el interés común-. Al ser acción individual, que no es fruto de la coerción legal, el fundamento racional debe estar en la motivación.

Muchos altruistas eficaces dicen que al hacer el bien, se sienten bien. Los altruistas eficaces benefician directamente a los otros, pero indirectamente con frecuencia se benefician a sí mismos (p. viii)

  De modo que el altruismo es plenamente funcional, tan funcional como el egoísmo: simplemente, busco beneficios de tipo emocional –de muy bajo coste económico- compatibles con el altruismo –de mucho mayor valor económico-.

  Hay que reconocer que el planteamiento más generalizado del “altruismo eficaz” se refiere más propiamente a cómo sacar el máximo rendimiento de nuestro acto altruista –o caridad- y no tanto a cómo estimular la motivación…

Persuadir al donante a dar a la caridad más efectiva llevará a beneficios cincuenta veces mayores que dejar al donante seguir sus convicciones personales (p. 126)

  Pero desde el momento en que el acto de caridad es racionalizado, la consecuencia inevitable es que nos planteemos cómo actuar –en general- para incrementar la efectividad de nuestra voluntad altruista. Y el altruismo más efectivo es no solo aquel realizado personalmente por nosotros .. si no también y sobre todo aquel que ayuda a propagar -mediante la emulación- la acción altruista por parte de otros, aparte de uno mismo: mientras más altruistas haya, más actos altruistas se producirán.

  Se impone, por tanto, conocer lo más posible sobre la actuación altruista, la personalidad altruista y la motivación altruista.

Un test usado por los psicólogos para determinar la empatía, el inventario de reactividad interpersonal, mide cuatro componentes diferenciados: 1. Preocupación empática es la tendencia para experimentar sentimientos de calidez, compasión y preocupación por otras personas; 2. Desasosiego personal es el propio sentimiento de incomodidad como reacción a las emociones de otros; 3. La toma de perspectiva es la tendencia a adoptar el punto de vista de otras personas y 4. La fantasía es la tendencia a imaginarse a uno mismo experimentando los sentimientos y el desempeño de acciones de caracteres ficticios. Los primeros dos se refieren a lo que uno siente hacia otros y en consecuencia son aspectos emocionales de la empatía. Los otros dos son aspectos cognitivos de la empatía, implican conocer lo que es algo para otro ser  (p. 77)

  Se trata de importantes transformaciones psicológicas que nos alertan de que el altruismo nos lleva a un estilo de vida exigente. Exigencias que se suman a la pérdida económica lógica de la donación a caridad.

  Y aquí es posible hacer una crítica a una afirmación fácil y despreocupada.

La mayor parte de los altruistas eficaces no son santos, sino gente corriente como usted y como yo (p. viii)

  ¿Hasta qué punto pueden ser eficaces “no siendo santos”? ¿Y si aprendiendo a ser “santo” se puede ser más eficaz? ¿No sería entonces lógico que el altruismo eficaz se preocupe ante todo por el diseño de un estilo de vida atractivo a fin de conseguir un mayor número de altruistas? Sobre todo cuando nos damos cuenta de que los resultados de la comunidad “Altruismo eficaz”, tal como existe hoy, son bien escasos en cuanto a incrementar la acción altruista. Los malos resultados no son utilitarios.

  Cuenta así el mismo Peter Singer de sus experiencias personales:

Una de las razones que nos hacía psicológicamente difícil [a mi esposa y a mí] incrementar nuestras donaciones [a caridad] era que durante muchos años estuvimos donando una tajada de nuestros ingresos mayor que cualquier otra persona que conocíamos (p. 13)

  El verse rodeado de otros altruistas es un factor de primado… tanto como lo es el diseño de una catedral gótica a la hora de impulsarnos a rezar… o los insultos y humillaciones que nos proporciona el sargento instructor de la película “Full Metal Jacket” a la hora de convertirnos en eficientes y uniformados psicópatas.

  Hay que racionalizar: si queremos ser en verdad utilitaristas y hacer el mayor bien para el mayor número, hemos de hacer todo lo posible para incrementar el número de altruistas, y para ello tenemos que tener en cuenta todos los factores que pueden conducir a expandir esta conducta –el altruismo- a todos los niveles; en nosotros mismos y en los demás.

  Partimos de que todas las personas mentalmente sanas somos compasivos en alguna medida ¿Por qué esto no es suficiente para que, con los extraordinarios medios económicos de hoy, no hagamos más para paliar el terrible y absurdo sufrimiento que experimentan los más desafortunados?

El reconocimiento de la importancia de actuar por el bien en su conjunto da lugar a una respuesta emocional en [las personas moralmente motivadas]. Si esto es así, la razón puede dar lugar a una emoción o pasión (p. 83)

  Está claro que “actuar por el bien en su conjunto” es un estímulo emocional… tanto como tenemos claro que resulta insuficiente, por mucho que recibimos una educación cívica (en centros de enseñanza y en todo el entorno social de las naciones desarrolladas) que tiende a alabar el acto altruista.

¿Hay más estímulos disponibles para el mismo fin? He aquí una reflexión importante al respecto:

[En el caso de los ] donantes warm glow (…) ellos donan [porque esto] los hace sentir bien, sin interesarse por el impacto de su donación (p. 90)

  Los llamados “warm glow” operan en base a una motivación altruista no racionalizada y, por tanto, no muy eficaz. ¿Un buen altruista tiene derecho a no racionalizar su motivación?

  Esto lo notamos sobre todo a la hora de priorizar las causas de caridad. ¿Debemos dedicar al bienestar animal recursos que, de otro modo, se dedicarían a paliar el sufrimiento humano?, ¿deberíamos financiar el avance tecnológico?, ¿deberíamos financiar movimientos políticos de tipo socialista?

Donar a los teatros de ópera y los museos probablemente no es lo mejor que podemos hacer (p.9)

  Ayudar a los museos y a las “artes escénicas” no es lo mejor en la medida en que hay personas que mueren porque no se invierte lo suficiente -¡que es relativamente poco!- en, por ejemplo, el tratamiento de la malaria en los países pobres. Los datos son inequívocos en todo lo que se refiere a los costes materiales de los cuidados médicos.

El coste de salvar la vida de un niño en una Unidad de Cuidados Intensivos en Estados Unidos es típicamente miles de veces mayor que el coste de salvar la vida de un niño en un país en desarrollo (p. 110)

  ¿Y cuál es el coste de propagar una doctrina atractiva para la práctica del altruismo a nivel de masas, por el estilo de las religiones compasivas que ya conocemos –el cristianismo, pero no solo éste-? Peter Singer no se lo plantea.

  El poder de las ideas es grande y es mucho menos dependiente del condicionamiento cultural de lo que creemos. El altruismo, la justicia social y la caridad son valores activos a un nivel universal.

Ambrosio dijo que cuando das a los pobres “no estás dando un regalo de tus posesiones al pobre; estás dándole lo que es suyo, porque lo que se ha dado en común para el uso de todos, te lo has arrogado para ti mismo”. Esto se hizo parte de la tradición cristiana. Aquino fue tan lejos como para decir: “no es robo, propiamente hablando, tomar secretamente y usar la propiedad de otro en caso de extrema necesidad: porque el que toma para sostener su propia vida lo convierte en su propiedad por razón de su necesidad”. Sorprendentemente para algunos, la Iglesia Católica nunca ha repudiado esta visión radical e incluso la ha reiterado en varias ocasiones (p. 26)

    Si, en el momento presente, se quiere hacer “el mayor bien para el mayor número”, la racionalización acerca de la caridad debería llevarnos ante todo a descubrir estrategias para expandir la acción altruista. Diez años después de escribir Singer este libro, el movimiento “Altruismo eficaz” ha crecido relativamente poco y solo diez mil personas han firmado el Pledge. Esto es apenas nada si consideramos el sufrimiento en el mundo consecuencia de la desigualdad.

  Una estrategia básica sería asociar la acción altruista a llevar una vida mejor. Dar bienes materiales a cambio de recibirlos “espirituales” ¿Es posible?, ¿cuál es la motivación habitual de las personas altruistas?

  Obsérvese que se parte de aceptar las satisfacciones de tipo ético-emocional como motivación eficiente para el altruismo.

La base más sólida para la autoestima es vivir una vida ética (p. 102)

Hubo una correlación positiva entre haber donado a caridad en el mes pasado y alcanzar un nivel más alto de felicidad (p. 100)

  Hasta aquí, se acepta la satisfacción íntima del donante (bienes emocionales a cambio de bienes materiales). Pero Singer, que ya antes ha aceptado para la motivación altruista el “primado” –particularmente, el condicionante exterior de no practicar el altruismo en soledad-, también añade la gratificación social.

Liderar un grupo de discusión de altruismo eficaz, y el desarrollo de una comunidad de altruistas eficaces (…) ha dado [a una pareja que participa en el movimiento] una nueva fuente de placer: reunir a gente que piensan como ellos y continuar teniendo la clase de conversaciones profundas y estimulantes que mucha gente tiene solo durante sus días universitarios (p. 30)

    Para el utilitarista, cuya principal preocupación es actuar racionalmente para satisfacer su inclinación –inevitablemente emocional- de practicar el altruismo, la ponderación de los factores de motivación altruista en sí mismo y en otros ha de ser la cuestión capital. De todos los factores implicados en la donación altruista ninguno más importante que la repercusión que nuestra conducta altruista pueda tener a la hora de motivar a otros altruistas en potencia. 

  Generar entornos sociales en los que el altruismo eficaz se asocie a una satisfacción personal es, además, consecuente con la naturaleza social de la personalidad humana. Y esto es diferente de ver el acto altruista como una acción solitaria a partir de una decisión exclusivamente privada (¿libre albedrío?).

Lectura de “The Most Good You Can Do” en Yale University Press 2015; traducción de idea21